¿Hacia una nueva vicepresidencia?

(Publicado en la edición nº35)

Hay motivos para creer que puede comenzar un período en el que se modifique la relación entre los presidentes y sus compañeros de fórmula.

Nunca antes hubo una puesta en escena rodeada de tanto misterio para el anuncio de una candidatura a la vicepresidencia. De alguna manera, respondió al suspenso generado no pocas veces por la pareja presidencial. Cabe recordar, años atrás, cuando el ex presidente Kirchner decía que el candidato a presidente sería “pingüino o pingüina”.

El suspenso reforzaba la centralidad de la mandataria en la escena preelectoral. La razón sobre la elección de Boudou, según la Presidenta, fue por su lealtad y su valentía. Se han agregado beneficios colaterales como su buena relación con el sindicalismo, la juventud K y el hecho de que con su figura la cuestión económica adquiere un lugar central en el debate.

Lo cierto es que, como se adelantó oportunamente en esta columna, el elemento
central sería la lealtad y no necesariamente el elegido sería un gobernador. Es más, la elección del candidato siguió el patrón más frecuente en la historia política argentina: el desempeño de un cargo ministerial en el Gobierno en ejercicio. Así ocurrió en los casos de Pellegrini, Quirno Costa; Madero; De la Plaza; González; Castillo y Ruckauf. Incluso el elegido se encuentra próximo a al promedio de edad del vicepresidente
histórico, que rondó los 50 años. No hay demasiado espacio para el asombro.

En realidad, lo más importante del anuncio de Cristina fue su comentario acerca de
la “densidad” que había adquirido la vicepresidencia, haciendo referencia implícita a
los conflictos acaecidos con su vicepresidente, Julio Cobos, y la intención de que su compañero de fórmula juegue otro papel. ¿Cuál será?

Cabe señalar que aún con vicepresidentes absolutamente identificados con el ideario presidencial, el liderazgo del oficialismo –cualquiera fuere- en el Senado se encuentra
en cabeza del jefe de bloque y no del vicepresidente, quien debe obrar como presidente del cuerpo. El kirchnerismo tuvo su propia concepción sobre la vicepresidencia al destacar la lealtad como máximo atributo, su identificación con el proyecto presidencial, su ubicación fuera de la órbita del Ejecutivo y su función como transmisor de las ideas del mandatario en el Senado.

En realidad, la Constitución dice mucho menos de la vicepresidencia, que lo que la Presidenta dice que la Constitución dice. La institución no fue esencialmente reformada en 1994 y los cambios que se produjeron vinieron de la mano de las modificaciones consagradas con relación a la presidencia.

La Constitución de 1853/60 siguió el modelo escueto y austero de la Constitución norteamericana. En Estados Unidos, la vicepresidencia estaba en una suerte de “limbo institucional”, pero en distintos momentos del siglo pasado una serie de prácticas paraconstitucionales modificaron su perfil institucional y su función. Lo más relevante fue que pasó a formar parte de la órbita del Ejecutivo y presidente y vice dejaron de competir para empezar a cooperar en la tarea de gobierno.

LOS CAMBIOS
En la Argentina fue lugar común que los presidentes retacearan a los vices algún tipo de papel en el Ejecutivo y los vicepresidentes intentaran lograr mayor protagonismo en situaciones que fueron sentidas y vividas por los presidentes -con mayor, menor o ninguna razón- como “conspirativas”. La desconfianza y la competencia minaron la relación de estos dos órganos del Estado que son, en realidad, dos personas.

Dejando de lado las apreciaciones políticas e incluso las razones por las cuales la Presidenta ha elegido al ministro de Economía como su vicepresidente la ocasión puede ser propicia para dar forma a una institución que ha crecido en visibilidad o volumen, como ha señalado la Presidenta. Un nuevo papel de la vicepresidencia no debería ser sólo la fidelidad del presidente nato del Senado en ocasiones de ejercicio
del voto, en caso de desempate.

Por cierto ello sería muestra de absoluta ausencia de imaginación política. A nadie le ha interesado mayormente reformar la institución. ¿No es hora de hacerlo?

Se esté de acuerdo o no con el kirchnerismo, con la reelección de la mandataria y con su elección del vice, en términos institucionales que los componentes del binomio tengan una excelente relación y que la Presidenta haya manifestado el deseo de que el vicepresidente cuente en la vida institucional puede abrir la puerta para que la vicepresidencia deje el “limbo institucional” en que se encuentra y adquiera un perfil más definido.

Joel K. Goldstein, estudioso de la vicepresidencia norteamericana, observó el giro extraordinario que se dio a partir de la experiencia de Walter Mondale. Gracias al impulso dado por Jimmy Carter, el vice fue un asesor del presidente, un “solucionador de problemas” y no necesariamente con responsabilidades de línea. Los vicepresidentes posteriores mantuvieron estos papeles de la vicepresidencia con variaciones, de acuerdo a sus propios estilos.

Bush y Quayle tuvieron un papel menos importante como asesores del mandatario. Gore, en cambio, fue un vicepresidente que jugó enorme rol como consejero del presidente Clinton y sólo se distanció de éste en ocasión del caso “Lewinsky” y
en vistas a su campaña por la presidencia. Sin duda, la vicepresidencia de Dick Cheney
fue la más robusta en la historia norteamericana a punto tal que Blumenthal acuñó el
término “Imperial Vice President”, recordando el título de la obra de Arthur Schlesinger (Jr.) que obtuvo el Premio Pulitzer: “The Imperial Presidency”.

Hasta ahora, y más allá de lo expresado por la Presidenta, las fórmulas presidenciales
se exhiben en los programas de televisión y en los reportajes mostrando a dos personas que nada dicen acerca de los papeles que jugarán en caso de llegar al poder. Nada expresan sobre el estilo que desplegarán los presidentes y acerca del papel que jugarán los vices.

¿Existirá voluntad e imaginación política para comenzar a reescribir la institución
vicepresidencial, sus funciones y su relación con la presidencia?

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