Andrés Velasco: "El Estado debe ser un socio del sector privado para promover la productividad y el crecimiento"
Chile entra en otra elección decisiva. El 14 de diciembre, Jeannette Jara —candidata del oficialismo agrupado en la coalición Unidad por Chile, que obtuvo el 26,8% en la primera vuelta— y José Antonio Kast —líder del Partido Republicano, que alcanzó el 23,9%— definirán en un balotaje dos proyectos que divergen en casi todo: derechos sociales, modelo económico, modos de ejercer el poder. La escena de extremos marcados se repite en buena parte del mundo. ¿Cuáles son algunas de las claves que explican la coyuntura chilena y la tendencia global hacia escenarios polarizados?
El libro "The London Consensus: Economic Principles for the 21st Century", compilado por Tim Besley, Irene Bucelli y Andrés Velasco, ha sido editado por LSE Press en octubre de este año. La publicación no se propone un recetario técnico ni un regreso nostálgico al Consenso de Washington sino un conjunto de principios para reinventar una época. Reúne más de seiscientas páginas escritas por autores de referencia.
Andrés Velasco, economista chileno, exministro de Hacienda de Michelle Bachelet, candidato presidencial en 2012 y actual decano de la School of Public Policy de la London School of Economics ha sido uno de los responsables de esta publicación, en la que se entrecruzan múltiples voces.
En estos días Velasco estuvo en Buenos Aires para presentar el libro en la Universidad Di Tella —forma parte de su comité académico— y recibió a El Economista en el café de un hotel de Recoleta. "Me encanta venir a Buenos Aires. Tengo muchos amigos, y me gusta el asado argentino". Ese subrayado afectivo marca el espíritu que impregna el modo de conversar de Velasco: con profundidad, pero sin nunca perder encanto.
Su expertise es tanto económica como política. Esa combinación —la del académico que escribe desde la evidencia y la del exministro que conoce las urgencias del poder— influye en la forma en la que el libro aborda los dilemas contemporáneos: cómo sostener políticas responsables sin perder el vínculo con sociedades que cargan frustraciones acumuladas.
La biografía ayuda a entender parte de su sensibilidad política. Hijo de Eugenio Velasco, abogado socialdemócrata perseguido por la dictadura de Pinochet, y exiliado junto a su familia en Buenos Aires y luego en Estados Unidos. Andrés Velasco creció entre la marca del exilio y la vida en otro país. Esa experiencia temprana de desarraigo explica su preocupación constante por las libertades públicas.
Estudió Economía, Filosofía y Relaciones Internacionales en Yale, hizo un doctorado en Columbia y un posdoctorado entre Harvard y el MIT. Su mentor fue el economista cubano Carlos Díaz-Alejandro, autor de "Essays on the Economic History of the Argentine Republic", a quien recuerda como "brillante, generoso, culto" y de quien tomó la idea de que América Latina "está repleta de los cadáveres de los auges que terminaron en desastre".
En Chile, entre otros cargos importantes, Velasco fue ministro de Hacienda de Michelle Bachelet entre 2006 y 2010, candidato presidencial en 2012 y fundador del partido Ciudadanos. Esa combinación de biografía familiar atravesada por la dictadura, formación académica exigente y trayectoria política en gobiernos de centroizquierda atraviesa su mirada y su perspectiva en sus aportes al libro.
"The London Consensus" es un libro escrito íntegramente en inglés (aquí algunos pasajes se ofrecen en traducción propia). En la introducción, Besley y Velasco escriben: "Los desafíos nuevos se enuncian con facilidad: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, las pandemias, las desigualdades de todo tipo, los efectos indeseados de la tecnología, una economía mundial cada vez más fracturada, el populismo y la polarización, la guerra en el continente europeo, el debilitamiento del apoyo a la democracia liberal en muchos países. Lo difícil es encontrar el conjunto de ideas capaz de orientarnos frente a esos desafíos". Y continúan: "Ponemos el foco en los elementos centrales que, creemos, pueden sentar las bases de un nuevo consenso de políticas públicas capaz de desplazar al Consenso de Washington".
La política, sostienen los autores, ocupa un "lugar decisivo en este nuevo consenso, en contraste marcado con el Consenso de Washington". Añaden: "No hay buena economía sin buena política".
A partir de esa constatación, el libro distribuye sus diecisiete capítulos en siete partes. Cada parte aborda un tema central de la agenda económica global. La Parte I comienza con un capítulo de Philippe Aghion y John Van Reenen sobre política industrial e innovación, seguido por un ensayo de Dani Rodrik centrado en la calidad del empleo y la productividad. Rodrik introduce una advertencia que atraviesa todo su capítulo: "El productivismo se diferencia de lo que hoy se conoce como 'neoliberalismo' porque asigna al gobierno y a la sociedad civil roles clave para alcanzar objetivos de empleo productivo. Pone el acento en la producción y la inversión por sobre las finanzas, y en la revitalización de las comunidades locales por encima de la globalización". Esa idea funciona como columna vertebral: sin capacidad estatal, incluso las estrategias más sofisticadas quedan en el papel.
La Parte II gira hacia el comercio y la globalización. Dave Donaldson revisa los beneficios de la apertura comercial con nuevas herramientas empíricas y concluye que tales beneficios son importantes. A su vez, Ricardo Hausmann profundiza en la idea de que el desarrollo depende de la diversificación exportadora y de la capacidad de un país de insertarse en redes productivas complejas.
Distintos autores, en la Parte III, abordan la política macroeconómica. En esta parte, Velasco junto con Ricardo Reis, escriben el capítulo "Política fiscal y deuda pública" en el cual, por una parte, exploran el papel de "asegurador de última instancia" que puede tener la política fiscal, y por otra subrayan la importancia de la prudencia fiscal y, por lo tanto, la necesidad del orden en las cuentas públicas para estar preparado ante eventualidades. Escriben: "Entre los países emergentes, quizás la experiencia más exitosa con reglas fiscales sea la de Chile, que desde el año 2000 consiguió mantener baja la deuda pública y aplicar políticas fiscales contracíclicas en las crisis".
La Parte IV examina los mercados de trabajo. Christopher Pissarides, Premio Nobel, define que "los buenos empleos son aquellos que promueven el bienestar de los trabajadores al mismo tiempo que son productivos y beneficiosos para las empresas". A partir de esa idea, Pissarides discute cómo orientar a la innovación tecnológica para lograr que esa tecnología complemente, y no desplace, al trabajo humano.
Cohesión social, equidad y políticas públicas son los temas indagados en la Parte V. En un capítulo, Francisco Ferreira explora tendencias de desigualdad global, mientras que en otro Nicholas Barr analiza los sistemas de protección social y Lant Pritchett examina fallas estructurales de los sistemas educativos. En todos los casos aparece un mensaje convergente: sin bienes públicos de calidad —educación, salud— la desigualdad se vuelve combustible para malestares que más tarde pueden ser capitalizados por proyectos que prometen soluciones inmediatas.
La Parte VI se concentra en clima y ambiente. Robin Burgess y Tim Dobermann discuten cómo diseñar políticas que alineen eficiencia económica y justicia climática, mientras Elizabeth Robinson y Chukwumerije Okereke examinan las dimensiones políticas de la transición verde, sobre todo en los países en desarrollo.
Finalmente, la Parte VII aborda la capacidad estatal y la economía política. Tim Besley, compilador, y Torsten Persson profundizan sobre una idea que atraviesa el libro: la capacidad del Estado varía mucho entre países y eso condiciona qué políticas se logran implementar y cuáles quedan en el papel. A partir de ese diagnóstico, otros capítulos muestran cómo ciertos gobiernos —aun con instituciones frágiles— lograron construir "islas de eficacia" capaces de sostener políticas concretas y resultados persistentes.
Leído desde Chile —que volverá a votar en un balotaje polarizado— el libro adquiere otra dimensión. No se trata sólo de crecimiento o de desigualdad. Se trata de cómo reconstruir un horizonte de largo plazo en un país donde los extremos políticos pesan cada vez más. En ese punto, "The London Consensus" ofrece un mapa razonado para una época que precisa directivas frente a la cada vez mayor incertidumbre y ruido.
Andrés Velasco en diálogo con El Economista reflexiona sobre aspectos fundamentales del libro y continúa profundizando en dimensiones políticas y económicas que atraviesan el presente.
—En la introducción de "The London Consensus", que escriben junto a Tim Besley, señalan que "ahora el problema central es la política" y se ponen como meta combatir el auge del populismo autoritario ¿En qué medida la polarización chilena actual se explica por factores globales y en qué medida la atribuiría a elementos propiamente chilenos?
—La polarización que aparece en la política de Chile encaja muy bien con la polarización que se observa, de manera creciente, en países con economías razonablemente exitosas, como la chilena. La gran pregunta es por qué incluso en aquellos países en los que el desempeño fue razonablemente bueno en las últimas tres décadas aparece tal descontento.
Un ejemplo de los países exitosos que deben sufrir el populismo es Polonia. Polonia se liberó del yugo soviético más o menos en la misma época en que Chile volvió a la democracia, hacia 1990. Desde entonces hasta hoy, después de China, Polonia es la economía que más ha crecido en el planeta. Tiene un ingreso per cápita comparable al de Japón. Es un país democrático, pujante, donde los polacos y polacas viven infinitamente mejor que antes. Y aun así es un país polarizado: tiene un primer ministro de centro liberal y un presidente de una derecha populista, y en temas como defensa nacional, valores sociales o la importancia de la democracia, la población está radicalmente dividida. En ese sentido, países como Polonia y Chile calzan en un esquema parecido.
Ahora, cuando el descontento es mundial, es evidente que sus causas van más allá de las meras circunstancias nacionales. Es un error conceptual suponer que lo que ocurre en Chile —así como en Ecuador, en Sudáfrica o en Rumania— depende exclusivamente de las tendencias internas, porque si se observa un fenómeno planetario, las causas no pueden ser puramente locales.
—Jeannette Jara, candidata presidencial del oficialismo agrupado en la coalición progresista Unidad por Chile, fue la más votada en la primera vuelta del 16 de noviembre. El 14 de diciembre se medirá en el balotaje con José Kast, líder del Partido Republicano. ¿Observa algún terreno de consenso básico entre los proyectos de Jara y Kast?
—En un contexto tan polarizado como el de la política chilena de los últimos 35 años, los puntos de acuerdo no son obvios. Aunque si se revisa lo que se dijo en los debates o lo que plantean los programas de gobierno, aparece una convergencia sorprendente respecto de algunos asuntos prioritarios. Hace cinco años, el centro de la discusión era la desigualdad y la necesidad de cambiar la Constitución. En la actualidad, las prioridades parecen girar en torno a la seguridad e inmigración.
Sobre ese consenso aparente, ni Kast ni Jara ni los otros candidatos muestran demasiadas diferencias. Sus propuestas no son idénticas, pero la identificación de esos problemas como prioridades es ampliamente compartida.
—"Las personas se identifican ante todo con sus barrios; esas identidades son un componente crucial de quiénes son como seres humanos" escribe junto a Besley. ¿Cómo debería influir esa mirada en la manera en que Chile piensa su estrategia de desarrollo?
—La sociedad de Chile desea mayores ingresos y más consumo, pero también valora muchas otras dimensiones del bienestar que van más allá del bolsillo. Lo mismo corre para las personas en todo el mundo. Les importa que sus comunidades prosperen, que los trabajos no desaparezcan de su barrio o de su provincia, les importa la calidad de los servicios públicos.
En muchos países esa parte del bienestar fue descuidada. En Chile, por ejemplo —un país largo y angosto— existe un debate interminable sobre el peso de Santiago en relación con el resto del país, o sobre lo que algunos describen como el abandono relativo de las regiones extremas frente a la zona central del país.
Frente a este asunto, los economistas suelen responder: 'Si no hay empleos en su ciudad, señor, trasladese a donde los hay'. Eso se repite en Estados Unidos respecto del Rust Belt, donde han desaparecido muchos empleos, y simplemente se los invita a los ciudadanos a mudarse a California, Miami, o donde haya trabajo. Ese enfoque hoy merece revisión. Las personas quieren permanecer en los lugares donde tienen raíces, donde están los vínculos afectivos, la familia, la comunidad.
Otra lección importante —y no sólo para Chile— proviene de algo que acaba de discutirse en Uruguay, en un seminario convocado por el FMI y la OCDE sobre cómo retomar el crecimiento en América Latina. Otra idea central del "London Consensus", muy apoyada por el trabajo de Philippe Aghion, uno de los coautores que ganó el Nobel hace un mes, es que el crecimiento sostenido requiere de avances en la productividad. Y si algo tienen en común prácticamente todos los países de América Latina es que su productividad crece muy poco. La productividad está ligada a la adopción y adaptación de mejoras tecnológicas. Para que esa innovación ocurra debe existir una ganancia esperada para quien innova.
Pero esa ganancia no puede ser ni muy pequeña ni muy grande. Si es muy pequeña, nadie invierte ni innova. Si es muy grande, las empresas ya instaladas se vuelven demasiado poderosas y aplastan a los potenciales competidores. Hay un equilibrio delicado entre los incentivos a la innovación por un lado y el estímulo a la competencia por el otro.
Otra idea que aprendemos de la obra de Aghion y sus coautores es que el crecimiento requiere insumos públicos muy específicos. Por supuesto que todos los países necesitan mejor infraestructura y mejor educación, pero quedarse en ese nivel de generalidad no sirve para entender qué hace falta. Lo que importa es que no se trata de cualquier educación, sino de la educación adecuada para un sector particular. Y no de cualquier obra de infraestructura, sino de una carretera o puerto específico que sirva a un sector exportador dado. Ese ecosistema en el que sector público y sector privado no son enemigos sino colaboradores todavía está ausente en buena parte de América Latina. La provisión de bienes públicos por parte del Estado es absolutamente central, lo mismo que el marco regulatorio y la defensa de la libre competencia.
—¿Cuáles son las causas que ayudan a explicar el giro a la derecha que atraviesa Chile?
—En el mundo, las sociedades votan en contra de quienes gobiernan. Si se observan todas las elecciones chilenas desde 2010, en todas ganó la oposición, independientemente de la tendencia política del oficialismo. Lo mismo ocurre a nivel global. Si se analizan las elecciones presidenciales de las últimas dos décadas en América Latina, la inmensa mayoría las gana siempre quien está fuera del poder.
Además, los asuntos que se instalaron como centrales en Chile hoy son temas respecto de los cuales la derecha históricamente tenía una postura ya desarrollada. No necesariamente correcta —en muchos casos no lo es—, aunque sí una postura nítida. Por ejemplo, la delincuencia o la inseguridad son asuntos que a la centroizquierda y a la izquierda les costó históricamente abordar.
Aunque conviene insistir: éste no es un fenómeno puramente chileno. Uno de los rasgos más notorios y sorprendentes de la política mundial en los últimos quince o veinte años es que el populismo, que en América Latina nació vinculado a la izquierda, hoy es un populismo de derecha. Y son varias las candidaturas en la elección chilena que obedecen al patrón del populismo de derecha.
—¿Qué riesgos enfrenta ese modelo exportador chileno que destaca Dave Donaldson en el libro y qué tipo de "nuevo consenso" comercial debería buscar un país pequeño y abierto como Chile?
—El capítulo de Donaldson es muy revelador porque expone algo que no siempre se entiende en los debates públicos: la reacción contra el comercio internacional que hoy domina titulares no proviene de los países emergentes. Proviene de los países ricos. Hoy hay un coletazo contra el comercio internacional en Estados Unidos y, en menor medida, en Europa. Pero ese rechazo no aparece ni en Brasil ni en Sudáfrica ni en la India ni en Chile. Ningún candidato en la elección chilena propuso cerrar la economía o replicar los aranceles de Trump.
A veces se extrapola mal y se supone que, si en Estados Unidos hay oposición al comercio internacional, lo mismo debería ocurrir en nuestros países. Y eso es incorrecto. La teoría económica lo explica bien: los beneficios del comercio son distintos según la estructura de la economía, y para países de ingresos medios como los nuestros la apertura ha sido indudablemente positiva. Abrir la economía trajo beneficios muy significativos y eso no debería estar en discusión.
—¿Qué riesgos conllevan para nuestra región las tensiones crecientes entre Estados Unidos y China?
No nos equivoquemos. En los últimos cinco años pasamos de la era de la globalización a la era de la geoeconomía. Hoy, los criterios políticos y estratégicos predominan sobre los estrictamente económicos para definir qué políticas adoptan Estados Unidos o China. Y de las reglas estables a la discrecionalidad total. Para América del Sur esto es un peligro. A la región le conviene una economía global abierta y regida por reglas relativamente claras.
Sin embargo, toda crisis trae oportunidades. Y conviene subrayarlas. América del Sur tiene lo que el mundo necesita. El mundo necesita agua, necesita alimentos y —sobre todo— necesita materias primas vinculadas a la transición verde: minerales críticos y tierras raras. Hay una oportunidad para que la región se convierta en un proveedor estratégico de esos insumos. Chile y Brasil, por ejemplo, tienen una oferta potencial muy relevante de minerales críticos.
—¿Qué implicancias políticas tienen estos giros globales?
—América del Sur necesita socios. Y hoy, el socio natural es Europa. Existe una oportunidad para consolidar esa sociedad a través del Acuerdo Mercosur-Unión Europea.
Si Europa lo ratifica, el Mercosur se sumaría a los países de la región que ya tienen acuerdos con la Unión Europea: Chile, Perú, Colombia, México. Entonces, ¿dónde está la oportunidad? En consolidar esos acuerdos. ¿Qué lógica tiene que Argentina tenga un conjunto de reglas para el comercio con Europa, y Chile —del otro lado de la cordillera— tenga otro distinto?
Hay economistas latinoamericanos —por ejemplo, Ernesto Talvi, el excanciller uruguayo— que han estudiado esta posibilidad con bastante detalle. La propuesta es que América Latina modifique los acuerdos con Europa de modo que los vuelva simétricos. Por ejemplo, que las "reglas de origen" para determinar si un bien es argentino, brasileño o peruano sean iguales para todos. Así, un zapato que combine insumos de varios países —una suela hecha en uno, los cordones en otro— podría ingresar al mercado europeo bajo un mismo marco normativo.
—¿En qué sectores se advierte el mayor potencial de generación de exportaciones y empleo para América Latina?
—En los servicios. Y en los servicios aparece también la mayor oportunidad de ganancia y eficiencia. Las economías latinoamericanas son especialmente ineficientes en este sector. Pero hoy la tecnología permite que, cada vez más, podamos convertirnos en exportadores de servicios profesionales o de lo que algunos llaman "servicios globales".
Nada impide que un radiólogo en Buenos Aires lea radiografías de un hospital en Nueva York sin moverse de su consultorio. Nada impide que un arquitecto chileno participe desde Santiago en un proyecto inmobiliario en Beijing. O que un contador en Lima colabore con una empresa en Los Ángeles. Y como nuestros países invirtieron mucho en educación superior en los últimos 30 años, existe abundante capital humano calificado que no siempre encuentra oportunidades laborales en el mercado local. Ese radiólogo, ese contador o ese arquitecto pueden, a través de internet o de la inteligencia artificial, poner sus conocimientos a disposición de proyectos en cualquier parte del mundo.
—¿Qué tipo de políticas económicas podría impulsar Kast si es elegido presidente de Chile?
—No está claro. Su programa, hasta ahora, ofrece titulares, pero carece de detalle. No va mucho más allá de los típicos lugares comunes de un candidato conservador. Sumados a una cuota de populismo penal en materia de delincuencia.
Aunque hay un punto sobre el que existe acuerdo entre todos los sectores: aumentar la inversión en Chile exige acortar los plazos para otorgar permisos a las nuevas inversiones, lo que en Chile ha venido llamándose la "permisología". Si un proyecto antes tardaba dos años en aprobarse, hoy el mismo trámite puede demorar cinco, seis o siete años. Eso no ayuda a nadie. Y por lo tanto, hoy la izquierda, el centro y la derecha coinciden en que acortar los plazos de aprobación es clave. Sospecho que por ahí empezaría el equipo de Kast si llega a ser presidente.
—Si se observan las últimas tres décadas, Chile logró combinar la disciplina fiscal con mejores resultados en pruebas educativas y en el Índice de Desarrollo Humano que Argentina. Desde la perspectiva de "The London Consensus", ¿qué lecciones pueden extraerse de esa experiencia para que Argentina consiga crecer durante veinte años seguidos?
—Están los factores obvios, como la estabilidad macroeconómica. Aunque la pregunta sugiere algo adicional: la necesidad de gastar bien el dinero público.
Chile, con todas sus carencias —que no son pocas—, tiene una capacidad estatal que marca la diferencia. En "The London Consensus" planteamos cinco principios para una agenda económica novedosa. Uno de ellos es "un Estado capaz". Ésa es la piedra angular.
Lo ilustro así: hace poco, un amigo peruano con el que colaboro desde hace años me envió un gráfico con las vacunas administradas en Perú y en Chile durante la pandemia. Chile y Perú son países con situaciones fiscales más o menos sólidas y con margen para gastar durante la pandemia. Y ambos gastaron.
Pero la velocidad con la que Chile vacunó a su población fue muchísimo mayor que la de Perú. Y esto no tiene que ver con el dinero: tiene que ver con la existencia de una estructura estatal que en Chile vacuna niños desde la década de 1950. Eso genera capacidad estatal y una cultura de servicio público que —con carencias— funciona.
Ese ejemplo debe trasladarse a la educación —donde Chile tiene más problemas— y a otros servicios públicos. En el desafío de gastar bien, Argentina tiene muchas tareas pendientes.
—En la entrevista con El Economista de septiembre de 2024 afirmaste: "Las películas de sobrevaluación cambiaria en América Latina no terminan bien". ¿Qué evaluación efectúa del actual estado de la economía argentina y en particular del tipo de cambio?
—Siempre hay debate sobre si el tipo de cambio real está bien, mal o más o menos. En Argentina hay economistas que plantean que existe un problema y otros que dicen que no. Pero en general conviene tener mayores grados de flexibilidad cambiaria y no menores.
Pasado el trance electoral, existe ahora una oportunidad para que la banda cambiaria se vaya ampliando y que Argentina vaya convergiendo a las políticas cambiarias que dieron buenos resultados en prácticamente todos los países de la región.
—En The London Consensus varios autores señalan que "la gran mayoría de los países de ingresos bajos y medios dependen de la exportación de materias primas y deben importar bienes de alto valor agregado". ¿Hasta qué punto ese patrón aumenta el riesgo de que economías como la argentina queden atrapadas en un enclave de recursos naturales si no suman tecnología y complejidad a su canasta exportadora?
—Ese es un charco que habrá que cruzar cuando Argentina llegue a él. Antes de eso, lo urgente es consolidar un modelo exportador de recursos naturales que, por problemas de tipo de cambio y de macroeconomía, nunca terminó de asentarse plenamente en la Argentina.
Es evidente que aportar más valor agregado es deseable. Pero no lo restringiría al sector de recursos naturales. Pueden surgir sectores nuevos que no están vinculados a los sectores tradicionales. El ejemplo más obvio en la Argentina es el del retail tecnológico. Empresas como Mercado Libre son pioneras y no tienen nada que ver con la soja, la carne o Vaca Muerta.
Vengo de Montevideo. Allí hoy empieza a perfilarse un potencial hub tecnológico. Incorporar tecnología es indispensable, pero conviene ser flexible y no suponer que siempre aparecerá conectada a lo minero o a lo agrícola.
—¿Qué interpretación realiza sobre el rescate del Tesoro de Estados Unidos, el swap y las elecciones de medio término del año que viene en Estados Unidos? ¿Considera que, si Trump tiene un mal resultado, eso puede afectar negativamente a Milei?
—Ambos fenómenos no parecen estar vinculados. La decisión de otorgarle una línea de crédito a la Argentina es una decisión tomada por el Tesoro de los Estados Unidos sin necesidad de autorización legal o legislativa de ningún tipo. Por lo tanto, lo que pase con la composición del Senado o de la Cámara Baja no debería incidir.
—¿Proyecta que Argentina y Chile, en los próximos dos años —2026-2027—, van a crecer?
—Las circunstancias macroeconómicas son tan distintas que no me atrevería a hacer una comparación directa. En Argentina el desafío inmediato es la estabilización macro. En Chile es la productividad y el crecimiento de largo plazo.
Ahora, ambos países van a depender mucho de las veleidades de la economía global y del gobierno de los Estados Unidos. En el seminario del FMI de hace pocos días, uno de sus funcionarios mostró el índice de volatilidad e incertidumbre global que ellos mismos elaboran. Hoy está en niveles similares a los del pico de la pandemia.
Pocas veces en la historia hubo un momento tan incierto en materia de política cambiaria, política arancelaria, política monetaria o tensiones geopolíticas —como la brutal agresión de Putin en Ucrania o la incertidumbre en torno a Taiwán—. Por lo tanto, es evidente que lo que ocurra en el resto del mundo, para bien o para mal, nos va a afectar mucho.
—Chile suele presentarse como un país con altos niveles de convivencia política: candidatos que se llaman por teléfono, saludos cruzados entre Jara y Kast, gestos de cordialidad en los debates. ¿Ese compromiso cívico está garantizado hacia adelante?
—Si hay una razón potente para ser optimista respecto del futuro de largo plazo de Chile es la calidad y la persistencia de su cultura política y cívica. Cuando Gabriel Boric fue elegido presidente —el más joven de la historia de Chile y probablemente el más de izquierda desde Salvador Allende—, Boric y Sebastián Piñera intercambiaron saludos telefónicos y, al día siguiente, se reunieron a desayunar. Quiero creer que esa tradición en Chile no se ha roto ni se va a romper.