Elecciones 2025: Alemania elige entre el regreso del partido de Merkel y el avance de la extrema derecha
Las elecciones en Alemania del próximo domingo 23 de febrero llegan con un escenario político marcado por el crecimiento de la extrema derecha y la reconfiguración de la centroderecha. Alternativa para Alemania (AfD), un partido que ha crecido con un discurso antiinmigración y euroescéptico, podría consolidarse como la segunda fuerza y alterar el equilibrio de poder en el Bundestag. Al mismo tiempo, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), que gobernó Alemania durante 16 años bajo Angela Merkel, enfrenta un dilema: hasta qué punto endurecer su postura sin ceder terreno a la AfD.
Con la coalición gobernante de Olaf Scholz ya desmoronada y la CDU perfilándose como la principal opción de gobierno, el ascenso de la AfD genera interrogantes no solo sobre la gobernabilidad del país, sino también sobre el impacto de estos movimientos en Europa. "La coalición del semáforo [Socialdemócratas, Verdes y FDP] fue un fracaso absoluto", sintetiza Tomás Vellani, licenciado en Ciencia Política por la UBA y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Potsdam. Vive en Alemania desde hace siete años y ha seguido de cerca la evolución del sistema político del país gracias a su trabajo como docente en el programa franco-alemán de Sciences Po, entre otras actividades.
"Los dos ejes centrales de la campaña son la inmigración y la economía. El endurecimiento del discurso sobre la migración es evidente en todos los partidos", señala Vellani. La AfD ha sabido capitalizar el descontento en el este del país y entre los jóvenes: "En Alemania, los jóvenes ya no se sienten representados por los partidos tradicionales". ¿Qué cambió en el electorado para que la extrema derecha ganara terreno?
"La entrevista de Elon Musk a Alice Weidel, líder de la AfD, tuvo mucha repercusión, no solo en Twitter ni únicamente en el ámbito tecnológico, sino en todos los medios, llegando incluso al noticiero de horario central en Alemania. Ese tipo de apoyo es clave para la AfD: buscan legitimarse y romper con la exclusión social que todavía pesa sobre sus votantes", detalla Vellani. ¿Hasta qué punto la AfD ha logrado normalizarse como una opción de gobierno?
Si la CDU gana las elecciones, ¿qué tipo de coaliciones podrían formarse y qué desafíos enfrentarían para garantizar la gobernabilidad? ¿Qué implicaría para Alemania, la Unión Europea y América Latina un gobierno con una extrema derecha fortalecida? ¿Puede la CDU resistir la presión o terminará, de algún modo, colaborando con la AfD?
—¿Hay alguna posibilidad real de que la AfD gane las elecciones del 23 de febrero? Si bien las encuestas la ubican en segundo lugar, ¿existe algún escenario en el que pueda sorprender y convertirse en la fuerza más votada?
—Es muy improbable. Los resultados de las encuestas suelen ser bastante fiables en Alemania. Por ejemplo, si uno mira las encuestas de las elecciones parlamentarias de 2021, daban a la AfD en torno al 11% y sacó 10,4%. Hay diez encuestadoras grandes confiables, por lo que las posibilidades de un cisne negro son bajas. Así y todo, la AfD está encaminada al mejor resultado de su historia y esto, de por sí, ya es un éxito grande para ellos.
—El voto joven por la AfD desafía la idea de que su apoyo proviene solo de la nostalgia del pasado. ¿Qué explica la atracción de las nuevas generaciones por la extrema derecha?
—Lo que vemos en Alemania, y también en otros lugares de Europa, es que los partidos tradicionales no atraen a los jóvenes. Naturalmente, en Alemania lo que vemos son dos partidos nuevos que pelean por los votos de los jóvenes: los Verdes, como la alternativa de izquierda de la juventud, y la AfD, como la alternativa de derecha. Esto se basa en un nuevo clivaje, ya no tanto pensado en términos de capital-trabajo, sino en términos de cosmopolitismo-nacionalismo. Es decir, una postura, la de los Verdes, más orientada hacia una sociedad tolerante, abierta y diversa, mientras que la AfD representa una idea más homogeneizante, nacionalista y de protección de cierto acervo cultural que algunos sectores asocian a la identidad alemana.
En estas elecciones en particular, la confluencia de la crisis económica, el hecho de que los Verdes están en el gobierno —lo que ha generado decepción en muchas personas—, el avance de la extrema derecha en toda Europa y una estrategia de comunicación muy efectiva en redes, particularmente en TikTok, han favorecido a la AfD. Todo eso explica por qué, puntualmente ahora, la AfD, más que los Verdes, está creciendo.
Si observamos las tendencias generales, los Verdes suelen ser más populares entre la juventud urbana, las mujeres y las personas con mayores ingresos, mientras que a la AfD le va mejor en el este del país, entre jóvenes varones con dificultades para encontrar trabajo o de nivel socioeconómico más bajo.
—Si la AfD queda segunda en las elecciones y la extrema derecha representa casi un tercio del parlamento, ¿qué impacto concreto puede tener esto en la gobernabilidad de Alemania? ¿Podría dificultar la formación de coaliciones y la estabilidad del Bundestag?
—Sí, sin duda. Acá hay un tema de matemática electoral complejo: Alemania tiene una barrera del 5% para entrar al parlamento, lo que significa que es un umbral muy alto. Y esta elección es clave, porque hay tres partidos distintos que están en torno al 5% en las encuestas.
La izquierda [Die Linke] está apenas por encima del 5%. Luego, apenas por debajo, en 4,7%, tenemos a BSW [Alianza Sahra Wagenknecht], un partido económicamente de izquierda pero socialmente más conservador. En elecciones pasadas, la izquierda había logrado presentar un frente unificado en cuyo interior coexistían perspectivas muy distintas. La izquierda como partido [Die Linke] aunaba tanto a la izquierda urbana radical en términos climáticos, como la de Berlín, con una izquierda más de corte tradicional, más nostálgica del este. Ese esquema se rompió, en particular con una figura fuerte e importante: Sahra Wagenknecht, representante de una idea de izquierda más tradicional, que dejó el partido La Izquierda y creó esta nueva agrupación política, BSW. Es la primera vez que compite en elecciones federales, ya que tiene aproximadamente un año de vida. El partido está posicionado dentro de una idea de izquierda, pero con un corte más nacionalista y una postura propaz con Rusia. También tiene una visión escéptica respecto de la inmigración y de la integración europea.
A esto se suma también el FDP, que es el partido de los liberales, ubicado en torno al 4%. Formaron parte de la coalición junto a Olaf Scholz, el SPD [los socialdemócratas] y el Partido Verde, y fueron quienes dejaron la coalición y precipitaron estas elecciones anticipadas. De no haber sido por esto, las elecciones, según el calendario, tendrían que haberse realizado a fines de 2025 y no a principios de este año.
En conclusión, hay tres partidos en torno al 5%: La Izquierda (Die Linke), el BSW y el FDP (los liberales). Si esos partidos entran al Parlamento, los demás partidos recibirán menos escaños, lo que significa que formar una coalición y obtener la mitad más uno de los asientos en el Parlamento se vuelve más complicado. En un escenario donde solo entrara la izquierda, que es lo que indican las encuestas actuales, la CDU (Unión Demócrata Cristiana de Alemania) podría formar coalición con la AfD, el SPD o los Verdes. La CDU podría negociar tanto con el SPD como con los Verdes, porque es impensable que los demócrata-cristianos formen gobierno con la extrema derecha de la AfD.
Primero buscarían negociar con el SPD, porque tiene una postura más moderada, y la CDU [el partido de Angela Merkel, hoy liderado por Friedrich Merz] hizo mucha campaña buscando polarizar con los Verdes. Si además de la izquierda entrara el BSW —que hoy está en el 4,8% en las encuestas—, una coalición de la CDU con los Verdes se volvería imposible. En ese caso, las únicas dos opciones para la CDU serían la AfD o el SPD, y en términos prácticos, la única viable sería el SPD.
Todo este entramado tiene un impacto enorme en la gobernabilidad, en particular si estos pequeños partidos logran entrar al parlamento. Cuantos más partidos haya en el Bundestag y si la AfD sale segunda, más difícil será para los demócrata-cristianos formar gobierno. La clave para la formación de una coalición dependerá de si estos partidos menores logran superar el umbral del 5%. El problema de fondo es que una de las fuerzas políticas más grandes es la AfD, con la que no se puede negociar ni coalicionar.
Históricamente, en el parlamento alemán había tres partidos: la CDU (conocida como "la Unión"), el SPD (los socialdemócratas) y el FDP (los liberales). Eso permitía combinaciones diferentes. Con el crecimiento de partidos más pequeños y la fragmentación del electorado, ese esquema se rompió y, desde entonces, formar coaliciones se volvió más difícil.
—Según lo que señalás y las encuestas más serias, los tres partidos de la coalición gobernante de Scholz —el SPD, el FDP (estos dos afectados en mayor medida) y el Partido Verde— tienen menos votos hoy que los que obtuvieron en 2021. ¿Qué explica este abandono de ciertos votantes?
—La coalición del semáforo [el nombre que recibe la coalición del SPD, Verdes y FDP] fue un fracaso absoluto. La coalición asumió en 2021 con expectativas muy altas, tras 16 años de Merkel en el poder. Merkel fue una administradora muy efectiva de la coyuntura, pero no impulsó transformaciones fundamentales ni movió al país hacia adelante. La expectativa era que, después de 16 años de estancamiento, no tanto en términos económicos, pero sí en infraestructura y en lo social, con ausencia de reformas importantes, esta coalición llegaría para proponer un cambio significativo.
Los tres partidos [SPD, los Verdes y FDP] representaban una promesa de cambio, pero con posturas muy distintas. Cambio sí, pero ¿en qué dirección? Eso generó, desde el inicio, conflictos muy marcados dentro de la coalición. Asimismo, hubo una seguidilla de crisis: el COVID, la guerra con Rusia y el consecuente aumento de los precios de la energía, que golpeó de lleno a Alemania, un país cuya matriz económica depende en gran medida de las exportaciones de bienes industriales, más que de servicios. Sectores clave como el automotriz, el farmacéutico y el metalúrgico sintieron un impacto enorme por el encarecimiento de la energía.
Esa coyuntura compleja, sumada a las tensiones internas dentro del gobierno, siendo además la primera coalición de tres partidos a nivel federal con intereses muy contrapuestos, explica el fracaso de esta gestión.
—La brecha entre el este y el oeste de Alemania sigue marcando la política del país. Como dijo el político Bodo Ramelow: "La unificación económica tuvo éxito, pero la unificación emocional fue pisoteada". ¿Hasta qué punto esta tensión va a seguir definiendo las elecciones alemanas en los próximos años?
—Es cuestionable si la unificación fue realmente exitosa a nivel económico. Si uno mira la situación actual, no hay ninguna empresa importante que tenga su casa matriz en el este. Gran parte de la política alemana sigue determinada por esta línea divisoria, y así seguirá siendo. Ha habido intentos de desarrollar la región oriental, incluso a nivel federal hay un encargado de políticas para el este, pero si se observa el mapa de votantes, la diferencia es evidente. En el este, la AfD tiene mucha fuerza, mientras que en el oeste no ocurre lo mismo. Además, hace campaña con temas muy propios del este, como la migración y posturas más favorables hacia Rusia.
Esto seguirá marcando la política alemana en los próximos años. Es una fractura muy arraigada en el país. La AfD ha logrado consolidarse como una fuerza clave en el este y continúa creciendo en los estados del oeste.
—¿Es factible que, aunque la AfD no gane la elección, llegue a influir en la formación de un gobierno o condicionar las políticas de una futura coalición? ¿Cómo podría evolucionar su influencia en los próximos años?
—Depende de qué entendemos exactamente por cooperar con la AfD. El escenario más extremo sería que la AfD integre una coalición gobernante. Ese escenario es actualmente casi impensable. Friedrich Merz ha descartado públicamente esta posibilidad varias veces. No creo que eso vaya a cambiar porque Alternativa por Alemania es un partido sumamente polarizante y no es bien recibido entre los votantes de la Unión [CDU]. Sería prácticamente un suicidio político buscar una coalición con ellos. Un gesto de ambición desproporcionada por parte de Merz, si las negociaciones de coalición se complican y quisiera ser canciller a toda costa.
Ese tipo de estrategia no es propia de la política alemana. En general, se prioriza la estabilidad por motivos históricos, por lo que es mucho más probable que las negociaciones se vuelvan tensas, pero que finalmente termine habiendo una gran coalición entre la CDU y el SPD. Difícilmente dejarían que la situación llegue a ese punto e, incluso dentro de la CDU, a pesar del control que tiene Merz sobre el partido y del apoyo interno con el que cuenta, no avalarían una decisión así.
Ahora bien, la pregunta sigue abierta: ¿qué significa cooperar con la AfD? Porque hay otras posibilidades. Por ejemplo, presentar o negociar leyes en conjunto, que es una forma más sutil de cooperación, pero que para grandes sectores de la sociedad alemana sigue siendo visto como una colaboración. Incluso presentar un proyecto sin hablar previamente con la AfD, pero que claramente contaría con su apoyo, es considerado por muchos como una forma de cooperación.
Hay encuestas de opinión sobre esto. Una parte importante de la población lo rechaza, mientras que otros lo ven como una necesidad, argumentando que no se puede permitir que un partido extremista impida tomar decisiones de política pública fundamentales para resolver los problemas del país. En una encuesta del 6 de febrero de 2025, el 44% de la población considera aceptable que se presenten leyes, incluso si pasan con votos de la AfD, mientras que el 49% está en contra. Presentar leyes en conjunto con la AfD es rechazado por el 56% y solo apoyado por el 38%, mientras que formar una coalición con ellos es rechazado por el 66% y solo apoyado por el 28%.
A esto hay que sumarle que la AfD ronda actualmente entre el 20% y el 21% de intención de voto. Si asumimos que la gran mayoría, por no decir la totalidad, de sus votantes estarían a favor de una coalición con otro partido, queda solo un 7% de personas que no votan a la AfD y que aceptarían esa posibilidad. Esto ilustra lo poco popular que es, incluso entre los votantes de centroderecha, y explica por qué, aunque el candidato de la Unión tuviera una ambición desmesurada de ser canciller, de todos modos, no sería un camino viable. Sería una decisión sumamente impopular, suicida.
—¿Qué diferencias hay entre el actual líder de la CDU, Friedrich Merz, y Angela Merkel?
—Merz y Merkel fueron aliados y, durante mucho tiempo, dos de las figuras más importantes de la CDU. A principios de los 2000, Merkel le ganó la pulseada a Merz por el control del partido. Merz se autoexilió, dejó la política y retomó sus actividades empresariales, mientras que Merkel pasó a ser la figura excluyente de la CDU durante 16 años. Su estrategia fue darle un perfil más moderado al partido y buscar votos en el centro, una táctica que fue exitosa hasta su retiro. Sin embargo, Armin Laschet, candidato de la CDU en 2021, no logró el resultado esperado, lo que llevó a una fuerte renovación del partido, donde Merz finalmente consiguió el liderazgo con la promesa de volver a posturas de una centroderecha más definida.
Merkel y Merz son enemigos políticos desde hace muchos años. Además, se ha producido un giro importante en la orientación del partido. Scholz fue vicecanciller de Merkel, por lo que, a pesar de haber asumido con un mandato de cambio, su coalición mantuvo cierta continuidad en algunas políticas. El próximo cambio parece ser más profundo, especialmente en cuestiones migratorias. La transformación que impulsaba la coalición de Scholz no estaba enfocada en ese aspecto, sino en la redistribución de la riqueza y en políticas verdes.
—Las encuestas muestran que los alemanes del este son mucho más escépticos sobre la ayuda militar a Ucrania y las sanciones contra Rusia. La AfD ha capitalizado este sentimiento con una postura abiertamente crítica hacia la OTAN y la UE, oponiéndose al envío de armas a Kiev y promoviendo una narrativa más comprensiva hacia Moscú. ¿Hasta qué punto la postura de la AfD sobre la guerra en Ucrania y su visión de Putin han sido clave para su crecimiento en el este?
—Es un factor clave, tanto para la estrategia de la AfD como para la de BSW (la izquierda conservadora). Hay dos aspectos fundamentales. Por un lado, ambos partidos hacen política con la idea de que la asignación de recursos económicos en el país es equivocada. Plantean que se destina demasiado dinero a mantener un frente bélico y a recibir refugiados ucranianos, mientras que la población del este, especialmente en términos económicos, enfrenta dificultades.
El otro está más ligado a la nostalgia. Las regiones del este tienen una población envejecida y han sufrido una fuerte pérdida demográfica, salvo en Brandeburgo. Las demás han visto una disminución considerable de habitantes. Esto implica que hay muchas personas que vivieron en la República Democrática Alemana [la Alemania oriental] y que, si bien no necesariamente tienen una postura prorrusa, tampoco comparten el nivel de escepticismo hacia Moscú que predomina en el oeste, donde siempre se estuvo del otro lado de la Cortina de Hierro y de la Guerra Fría.
—La posibilidad de una nueva "gran coalición" entre el SPD y la CDU parece probable. ¿Qué desafíos enfrenta este tipo de gobierno en un Bundestag donde la extrema derecha y los movimientos antiinmigración están en ascenso?
—Parece claro, y ya se ha visto en elecciones anteriores, que la AfD crece cuando la migración se convierte en un problema central. Es un tema que maneja con mucha fuerza. Durante años, la postura de los partidos del centro ha sido más bien ignorarlo o impulsar cambios graduales. Además, cuando en Alemania se habla de migración, el foco no está tanto en la migración calificada, sino en los pedidos de asilo y en la migración económica.
Hasta ahora, la mayoría de los partidos del centro han optado por evitar que el tema domine la agenda. Sin embargo, ante el fuerte crecimiento de la AfD y el hecho de que la migración, junto con la economía, sea el eje central de estas elecciones, ya no es un asunto que se pueda esquivar. Lo que probablemente ocurra después de estos comicios es una renovación de las figuras que lideran los partidos del centro. Se esperan cambios en el SPD, en los Verdes y, en general, en los referentes políticos, que podrían asumir posturas más duras en materia migratoria. Scholz, al haber sido vicecanciller de Merkel, carga con todo el legado de decisiones. Por más que ahora intente girar en campaña y recalcar que están aumentando las deportaciones y endureciendo ciertas políticas, en términos comunicacionales no logra ser del todo convincente.
Los Verdes, que históricamente han defendido posturas más abiertas, también están modificando su enfoque. Robert Habeck, su principal figura, lanzó recientemente un documento con diez puntos que plantean una posición más firme sobre inmigración, aunque menos rígida que la de la CDU. Aun así, el endurecimiento del discurso sobre el tema es evidente en todos los partidos.
El principal desafío de una posible coalición, ya sea entre la Unión y el SPD o entre la Unión y los Verdes —aunque lo más probable es una alianza Unión-SPD—, será manejar la cuestión migratoria y lograr una recuperación económica.
—Si la CDU endurece su postura, ¿corre el riesgo de perder parte de su identidad?
—No. De hecho, lo inteligente de la estrategia de Merz es que, en su momento, el diagnóstico fue que la CDU había perdido identidad al moverse hacia el centro. Especialmente porque ese espacio está muy saturado de partidos: el SPD, los Verdes y otros compiten por los mismos votantes. La lógica de la CDU bajo Merz fue diferenciarse y disputar el electorado más de derecha. Apunta a captar votantes que ven a la AfD como una opción demasiado extrema. Hasta ahora, lo ha logrado con éxito.
Obviamente, si uno escucha a Scholz o a Habeck [líder de los Verdes] en campaña, acusan a Merz de adoptar posturas similares a la AfD. Aun así, para la mayoría de la población hay una diferencia muy clara entre la CDU y la AfD. La CDU es un partido tradicional, ha sido el más votado y es, en términos de presencia en el poder, el equivalente al peronismo en Alemania. Es el partido que más tiempo gobernó y siempre tuvo una clara vocación de poder. No hay posibilidad de que se confunda con la AfD. Más bien, esta estrategia busca definir con mayor claridad el perfil de la CDU, que se fue diluyendo tras 16 años de Merkel y su giro al centro. Durante ese tiempo, mucha gente llegó a quejarse de que la CDU y el SPD eran prácticamente indistinguibles.
—¿En algún momento en el futuro ves posible una alianza para formar gobierno con la AfD?
—En el futuro inmediato, no. Un escenario como el de Austria, donde el partido de extrema derecha FPÖ ganó las elecciones y negocia una coalición con el ÖVP, el partido de centroderecha tradicional austríaco [luego de la entrevista se anunció el fracaso de las negociaciones de coalición], se discute mucho en Alemania por la cercanía entre ambos países y sus similitudes, pero no parece posible. Principalmente porque hay un rechazo muy fuerte de la mayoría de la sociedad a una coalición con la AfD. Es un partido altamente polarizante. Alemania, por motivos históricos y por una fuerte política de memoria, tiene mayores mecanismos de defensa frente al avance de la extrema derecha en comparación con otros países de Europa.
Esto no significa que la AfD no pueda seguir creciendo, pero escenarios como el de Austria son actualmente impensables. Me animaría a decir que, incluso en cuatro años, en la próxima elección, tampoco sería una posibilidad. Para que eso ocurriera, tendría que producirse un verdadero terremoto político.
—Alemania tiene una de las reglas fiscales más estrictas del mundo. Su "freno de la deuda" limita el déficit estructural al 0,35% del PBI, restringiendo el endeudamiento incluso en crisis. En este contexto, ¿cómo podrían influir las elecciones alemanas en el debate sobre esta política? ¿Podría aumentar la presión para flexibilizar las reglas fiscales alemanas?
—A la política sancionada en 2009 que impide al gobierno endeudarse se la conoce como "el cero negro", en referencia al objetivo de déficit cero. Ante cada crisis surge la pregunta de si Alemania debería flexibilizar su política fiscal y tomar más deuda. Actualmente, el debate gira en torno a la necesidad de reactivar la economía y seguir cumpliendo con el objetivo de invertir el 2% del PBI en defensa. De hecho, la CDU plantea incluso elevar ese porcentaje al 3%.
El debate está fuertemente atravesado por una disputa política. La CDU hace campaña acusando al SPD de buscar siempre aumentar los impuestos y endeudarse, mientras que ellos se presentan como más prudentes en materia fiscal, evitando tanto la deuda como la suba de impuestos. Como resultado, este tema se discute en campaña y, en general, la postura de la CDU es mantener el "cero negro" o el freno a la deuda. El déficit fiscal cero está consagrado en la Constitución, y si bien reformarla en Alemania es más accesible que en Argentina, sigue siendo un proceso complejo.
Por su parte, el SPD y los Verdes suelen hacer campaña planteando la necesidad de considerar la deuda como una herramienta para invertir en el país. Merz ha dicho que está dispuesto a discutir el tema, pero que la deuda no puede ser el punto de partida del debate, sino un recurso de última instancia. Lo mencionó hace algunas semanas y, en el debate de esta semana, volvió a remarcar la importancia de la prudencia fiscal. Por eso, el freno a la deuda es un tema central en la campaña y marca una diferencia clara entre el SPD y la CDU.
—¿Hasta qué punto la AfD representa una reconfiguración del neonazismo en Alemania?
—Es difícil de responder porque la AfD no es un partido homogéneo. Históricamente, surgió como una fuerza euroescéptica con una fuerte presencia de académicos y un enfoque centrado en la economía. Su escepticismo con respecto a la UE no estaba basado en una visión nacionalista, sino en los riesgos económicos que esto podía implicar para Alemania. Ese partido inicial es muy distinto de la AfD actual, que, con los años, ha ido adoptando posturas cada vez más radicales.
Dicho esto, dentro del partido hay diferencias importantes. En algunos estados, como Turingia, la AfD está clasificada como una organización extremista. Por razones históricas, Alemania cuenta con un sistema institucional fuerte para proteger su Constitución y prohibir organizaciones extremistas, tanto de derecha como de izquierda. Sin embargo, el proceso para ilegalizar partidos políticos es aún más complejo, porque se considera que impedir su existencia afecta el derecho de la población a expresarse políticamente.
El control de estas organizaciones está a cargo de las Oficinas de Protección Constitucional, tanto a nivel federal como en cada estado. Estas agencias de inteligencia interna tienen un sistema de clasificación que va desde la simple observación hasta la categorización como amenaza confirmada. En el caso de Turingia, Sajonia y Sajonia-Anhalt, la AfD ha sido oficialmente catalogada como una organización que atenta contra la Constitución y la democracia. De todas formas, en otros estados no ocurre lo mismo, lo que muestra que sigue siendo un partido con posturas diversas, aunque cada vez menos, ya que se está radicalizando.
Llamarla neonazi es complicado. Sin duda, es un partido de derecha radical y, en algunos lugares, de extrema derecha. Pero el nazismo es una ideología muy específica, con un componente totalitario y una visión racial que propone el genocidio, la eliminación de ciertos grupos humanos. Es difícil trasladar ese marco conceptual a la AfD actual. Con todo, es innegable que tiene un fuerte nacionalismo, posturas xenófobas y que ciertos sectores del partido mantienen vínculos con grupos abiertamente neonazis. Hay una conexión con ese pasado, pero es más bien una cercanía con ciertos sectores, no una definición aplicable a todo el partido.
—¿Es posible que la AfD sea prohibida o proscripta en Alemania?
—Esa decisión depende de la Corte Suprema y requiere un pedido formal del Parlamento, del Gobierno o del Bundesrat. Por ahora, no parece una posibilidad real. Incluso si la AfD reuniera las condiciones legales para ser prohibida, su nivel de apoyo —actualmente en torno al 21%— haría que la decisión fuera extremadamente difícil. En Alemania, solo se han prohibido dos partidos en el pasado: uno de extrema izquierda y uno neonazi. No obstante, otros grupos de extrema derecha, como Die Heimat, no fueron prohibidos porque la justicia determinó que, si bien sus ideas eran inconstitucionales, no tenían el peso suficiente para amenazar la estabilidad del país.
Además, dentro del espectro político y académico no hay una expectativa realista de que la AfD sea ilegalizada. La postura mayoritaria es que a la extrema derecha se le debe ganar en el debate público, no con proscripciones. De hecho, recientemente algunos parlamentarios impulsaron un proyecto para iniciar el proceso de prohibición de la AfD, pero figuras clave de todos los partidos del centro se pronunciaron en contra, argumentando que esa no es la vía correcta. La estrategia, tanto desde la política como desde la academia, parece apuntar a enfrentar a la extrema derecha en el ámbito del debate y la confrontación democrática.
—El discurso de Elon Musk en un acto de la AfD, minimizando la importancia de la memoria histórica, marca un cruce entre la visión del pasado y el populismo tecnológico. ¿Qué efectos puede tener el apoyo de figuras internacionales en la normalización de la extrema derecha alemana? ¿Hasta qué punto la intervención de Musk podría influir en el resultado electoral?
—La entrevista de Musk a Alice Weidel, líder de la AfD, tuvo mucha repercusión, no solo en Twitter ni únicamente en el ámbito tecnológico, sino en todos los medios, llegando incluso al noticiero de horario central en Alemania. Y funcionalegitimando.
La AfD busca constantemente mostrarse como una opción viable y razonable, jugando en un terreno ambiguo donde propone posturas de extrema derecha pero, al mismo tiempo, intenta presentarse como un partido moderado y aceptable. En ese juego, el apoyo de figuras internacionales, especialmente aquellas con éxito y gran alcance, es sumamente útil.
El respaldo de Musk, además, los posiciona dentro de un fenómeno más amplio: el crecimiento de las extremas derechas a nivel global. Lo que buscan es salir de su situación actual, donde en muchos círculos de la sociedad alemana decir que se vota a la AfD puede generar exclusión social. Hay una especie de "espiral del silencio", concepto que, no por nada, surgió en Alemania. Su objetivo es trasladar el debate a otro nivel, donde alguien pueda decir "yo voto a la AfD" con la misma naturalidad con la que se dice "yo voto a la CDU" o "yo voto al SPD".
—¿Qué efectos tendría un gobierno de la CDU con Friedrich Merz como canciller en la relación de Alemania con América Latina y, en particular, con Argentina? ¿Y cómo cambiaría ese escenario si la AfD lograra mayor influencia en el parlamento o en un futuro gobierno?
—La posibilidad de un futuro gobierno con la AfD se descarta casi por completo, pero vale la pena analizar los posibles cambios en caso de que la CDU llegue al poder con Merz. Ante todo, es importante destacar que tanto Merz como Scholz apoyan el acuerdo con el Mercosur. Si bien pueden tener relaciones distintas con Macron —Francia es el país que más se opone a ese acuerdo—, ambos han manifestado en distintas oportunidades su respaldo a la iniciativa. Por lo tanto, no habría grandes diferencias en términos económicos ni en la postura política de Alemania respecto a América Latina.
Alemania no suele posicionarse como un país que marque el rumbo del mundo en términos de valores dentro de las relaciones internacionales. En general, mantiene una línea más moderada en política exterior. No veríamos algo similar a Trump, que buscó reconfigurar el tablero internacional, sino una continuidad en un enfoque más pragmático.
Lo más probable es que, si la CDU gana y se conforma una coalición con el SPD, se mantenga el respaldo al acuerdo con el Mercosur, que es el punto clave de la relación con la región. Ninguno de los dos candidatos tiene una afinidad particular con Milei. Si bien Merz, al estar más a la derecha que Scholz, puede coincidir con algunas de sus propuestas, no parece tener intención de sumarse a ese discurso.
Un detalle curioso es hasta dónde llegó el concepto de Milei: en el último debate, Merz mencionó la "motosierra", pero solo porque una de las moderadoras le preguntó si era necesario recortar la burocracia alemana de manera drástica. La pregunta en sí ya reflejaba el impacto del término en la discusión política alemana. Ante la consulta sobre si hacía falta una "motosierra", Merz respondió con un rotundo "sí", pero Scholz también afirmó que era necesario reducir la burocracia.
—¿Un buen desempeño electoral de la AfD en estas elecciones podría fortalecer a líderes como Milei en Argentina?
—Sí, porque hay una sensación de cambio de clima de época. Después de años de gobiernos más moderados y liberales en términos políticos, hay un giro claro hacia posturas internacionales más confrontativas y duras, y un crecimiento significativo de la extrema derecha. En ese contexto, cualquier éxito de la extrema derecha en Europa, y ni hablar en Alemania, que es la tercera economía más grande del mundo, tendría un impacto fuerte.
Dicho esto, me parece importante hacer una aclaración. En Alemania, debido a su pasado ligado al nazismo, asociarse o mostrarse muy cerca de la extrema derecha es bastante más problemático que en otros países. Si bien es cierto que muchos sectores afines a Milei probablemente celebren un avance de la extrema derecha alemana, si se la compara con otros países europeos, la AfD no es particularmente exitosa. Está lejos de los niveles de poder que alcanzaron figuras como Giorgia Meloni en Italia, el FPÖ en Austria o Geert Wilders en Países Bajos.
—¿Qué diferencias y similitudes hay entre la AfD y La Libertad Avanza? ¿En qué se diferencian los liderazgos y el sistema de ideas de Javier Milei y Alice Weidel?
—Hay una diferencia cultural muy grande: en Alemania no gusta la política de la exaltación. Incluso Alice Weidel, que tiene un discurso duro y claramente populista, no se pasearía con una motosierra ni discutiría a los gritos de forma agresiva como lo vemos a Milei. Ese tipo de actitud es visto de manera muy negativa en Alemania. No es un país que, por razones históricas evidentes, premie ese perfil político.
Hay una diferencia clara en el perfil y en la forma de comunicar. Pero esto se explica sobre todo por cuestiones culturales: Weidel es lo más populista que se puede ser en Alemania, y Milei es lo más populista que se puede ser en Argentina. El margen de lo aceptable en términos de estilo político es más amplio en Argentina que en Alemania.
En cuanto a las ideas, en Argentina, la discusión política está estructurada en torno a la economía. Si bien Milei impulsa una agenda de confrontación cultural y tiene algunas posiciones antimigratorias, el tema migratorio no define la política argentina. En cambio, la AfD, aunque tiene propuestas económicas de corte liberal, se fortalece principalmente en el eje de la migración.
Lo que sí los une es la idea de la batalla cultural, un fenómeno que atraviesa a todas las extremas derechas. Trump puede aplicar tarifas proteccionistas mientras Milei defiende el liberalismo extremo, pero ambos se suben a debates sobre cuántos géneros existen, los cupos para minorías y otros temas similares.