Putin, Trump y Milei: un nuevo eje en la geopolítica internacional

Hinde Pomeraniec: "Rusia no solo ataca soldados, también apunta a destruir la cultura de Ucrania"

"Putin ganó", explica Hinde Pomeraniec, refiriéndose al avance de la retórica anti-LGBT promovida por el Kremlin, que hoy resuena en líderes de todo el mundo. ¿De qué modo la guerra con Ucrania afecta a jóvenes, adultos, y a quienes viven en las grandes ciudades y en la Rusia profunda? ¿Cómo ve Putin a Trump? Y, sobre todo, ¿qué puede pasar en el futuro?
Hinde Pomeraniec: "Rusia no solo ataca soldados, también apunta a destruir la cultura de Ucrania"
Ramiro Gamboa 21-03-2025
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En 2024, mientras Milei se alineaba con Zelensky y condenaba la invasión rusa a Ucrania, Putin seguía persiguiendo y eliminando opositores. Pero hace poco, algo cambió. Argentina dejó de condenar a Rusia en la ONU y el Kremlin lo celebró. ¿Cómo se explica este giro?

El Economista entrevistó a Hinde Pomeraniec, licenciada en Letras, periodista, editora y escritora; autora, entre otros libros, de Rusos de Putin, y una de las voces más lúcidas en la cobertura de Rusia.

"¿Qué es lo que más valorás de Hinde Pomeraniec como periodista", le pregunta El Economista a la escritora Claudia Piñeiro.

Piñeiro responde: "Una característica importante de Hinde, y que valoro mucho en ella, es que conserva lo mejor de una tradición periodística, de una manera en la que se podía hacer periodismo en otro momento, aunque absolutamente aggiornada al presente. Logra esa conjunción: sostener una forma más profunda de encarar los temas, investigarlos, buscar la noticia en serio, no lo que genera clickbait o simplemente llama la atención, y al mismo tiempo se fija en cómo son las nuevas audiencias. Otra cosa que valoro es que es muy fiel y consistente con los temas que le interesan. Por ejemplo, la política exterior, Rusia, Ucrania, la cultura".

La editorial Siglo XXI publicó Consejos no solicitados sobre política internacional, un libro basado en conversaciones entre el profesor Juan Gabriel Tokatlian e Hinde Pomeraniec. "Con inteligencia y sobriedad, Hinde me fue conduciendo: un comentario de apertura, una respuesta, la introducción de un matiz o de una idea llevaban la conversación hacia un mayor nivel de precisión y enseguida surgía una repregunta incisiva propia de quien, como Hinde, conoce en detalle los temas del diálogo", escribió Tokatlian.

"Hinde guió la conversación con inteligencia, precisión y repreguntas incisivas", escribe Juan Gabriel Tokatlian en "Consejos no solicitados sobre política internacional".

En Rusos de Putin, Pomeraniec reconstruye cómo el país pasó de ser una democracia frágil a un régimen donde la disidencia se castiga con la muerte. Su libro es el resultado de un trabajo de campo riguroso: entrevistas con exiliados, activistas y familiares de perseguidos, un análisis exhaustivo de documentos oficiales y un rastreo de los asesinatos políticos que marcaron la era de Putin.

Además de su capacidad de reporteo, de sus citas a autores indispensables y de la contextualización del escenario político y cultural ruso, Pomeraniec recorre, observa y escucha. Desde una protesta de Otra Rusia, el espacio opositor de Kasparov, hasta Monoclub, un boliche LGBT en Moscú. Desde el cuartel general de los jóvenes ucranianos pro Revolución Naranja hasta el cementerio de Highgate, donde están enterrados disidentes rusos en Londres. Rusos de Putin es una exploración del país más grande del mundo, con sus 145 millones de habitantes, sus once husos horarios y su mezcla de Oriente y Occidente, de cristianismo e islamismo, de occidentalistas y eslavófilos.

"Autoritarismo, lengua hiriente, patrimonialismo, realidad a medida, sentido de la excepcionalidad de la propia cultura: todo eso Putin lo convirtió en la base de su poder", escribe Pomeraniec. 

La autora reconstruye el asesinato de Anna Politkovskaya, una de las voces más críticas del gobierno ruso. "Sé que esto va a terminar mal", le llegó a decir Anna a una amiga semanas antes de ser ejecutada por un sicario, un sábado de 2006, en el ascensor de su edificio moscovita. Anna denunció con dureza la actuación de las fuerzas militares rusas en Chechenia y adquirió estatura de mártir luego de su asesinato.

Asimismo, el conocido político opositor Boris Nemtsov fue acribillado en un puente a pasos del Kremlin un viernes por la noche a fines de febrero de 2015.

Aleksey Navalny ya había estado preso antes, acusado de "malversación de fondos estatales". En esa oportunidad, en una especie de gesto magnánimo, lo autorizaron a salir de la cárcel para presentarse como candidato a alcalde de Moscú en las elecciones de septiembre de 2013. Con el 27% de los votos, salió segundo detrás del candidato oficialista.

Navalny pasó más de una década enfrentándose al Kremlin cuando parecía imposible. Fue encarcelado y liberado, envenenado y sobrevivió. Le advirtieron que se mantuviera alejado de Rusia y no lo hizo. En prisión, lo castigaron con aislamiento, le negaron el acceso a sus abogados y lo trasladaron de una cárcel a otra, hasta que finalmente fue enviado a una prisión en Siberia. A pesar de todo, no dejó de desafiar a Putin. Su promesa era sobrevivir y liderar lo que llamaba "la Hermosa Rusia del Futuro". Lo mataron a los 47 años en una cárcel de Siberia en 2024.

El misterioso "accidente" de Anna Politkovskaya el día del cumpleaños de Putin, la ejecución de Boris Nemtsov a metros del Kremlin, la muerte calculada de Aleksey Navalny tras años de persecución: cada asesinato tiene un mensaje. 

La lista de hombres y mujeres que denunciaron a Putin desde su llegada al poder y terminaron asesinados es larga. Políticos, empresarios y periodistas han muerto en circunstancias sospechosas o han sido directamente ejecutados. Desde 1991, más de 250 periodistas han sido asesinados, desaparecidos o han muerto en Rusia.

La crudeza y la complejidad de la escena en Rusia es abordada por Hinde Pomeraniec en Rusos de Putin. Su libro es una crónica que mira de frente un régimen que gobierna con coerción y propagandística. 

Y hoy, Milei y Trump se acercan sin matices a un líder con estas credenciales.

La crudeza y la complejidad de la escena en Rusia es abordada por Hinde Pomeraniec en Rusos de Putin. Su libro es una crónica que mira de frente un régimen que gobierna con coerción y propagandística. "A la mayoría de los rusos les importa más ser respetados o temidos que vivir bien", afirma Pomeraniec en esta entrevista con El Economista, y los datos lo confirman: el 70% de los rusos cree que su país es más importante hoy que hace diez años, y tres de cada cuatro apoyan que continúe la invasión a Ucrania. Además, la autora asegura que no es solo una guerra de soldados, sino de ataques a la cultura y a la lengua. "Los ataques rusos apuntan directamente a museos, iglesias, escuelas, instituciones culturales y educativas. Hay ataques a la identidad misma de Ucrania. Hay un placer en la destrucción de la cultura del otro", sostiene Pomeraniec.

"Putin ganó", sentencia la autora, refiriéndose al avance de la retórica anti-LGBT promovida por el Kremlin, que hoy resuena en distintos líderes alrededor del mundo. "Lo que hizo Milei en Davos fue reproducir exactamente ese discurso, alineándose con una narrativa que antes nos parecía propia solo de Rusia". El mapa de la geopolítica mundial está en crisis. ¿Dónde están hoy los valores liberales de la sociedad occidental?

¿Cómo está parada hoy la sociedad rusa frente a la nueva realidad del país y su relación con Occidente? ¿De qué modo viven la guerra con Ucrania los jóvenes, los adultos, las personas de las ciudades y de la Rusia profunda? ¿Cómo ve Putin a Trump? ¿Lo considera un jugador clave en su plan para ponerle punto final a la invasión a Ucrania? ¿Qué va a pasar en el futuro?

Hinde Pomeraniec es licenciada en Letras, periodista, editora y escritora; autora, entre otros libros, de Rusos de Putin, y una de las voces más lúcidas en la cobertura de Rusia.

—En Rusos de Putin, escribís que el líder ruso "no parece ser el mismo hombre que llegó por sorpresa desde las tinieblas de los servicios secretos". Más de dos décadas después, ya no es el líder que reconstruye Rusia tras los noventa, sino el arquitecto de una guerra prolongada en Ucrania. ¿Qué aspectos de su formación en los servicios secretos siguen siendo clave en su forma de gobernar hoy?

—Intuyo que tiene que haber algo en la construcción de su modo de relacionarse que, naturalmente, remite a esa formación. También ya lleva mucho tiempo como líder político. Además, como queda claro en el libro —y en su momento sorprendió a muchos—, tampoco es exactamente el espía que vino del hielo, que no tenía la menor idea y cayó como paracaidista.

No es así. Putin ya era abogado antes de ser presidente, un abogado soviético. Era un tipo que conocía el mundo, que hablaba alemán porque había estado en Alemania. También había sido el número dos de la alcaldía de San Petersburgo, que era una capital importante y la ciudad rusa con más vínculo con Europa históricamente. 

Tiende a asociarse su paso por los servicios secretos con lo que es la parte más oscura de su gobierno. Cuando se habla de los crímenes de opositores, de ciertas operaciones políticas en las que los servicios secretos rusos dejan tanto los dedos marcados, es donde se podría pensar que su formación en inteligencia sigue presente. Tenía la sensación —y esto es algo que Ucrania me hizo revisar— de que el líder político había ido ganando peso por sobre el hombre que ordena o impulsa operaciones encubiertas.

La forma que tomó la guerra en Ucrania, la manera en que se convirtió en una guerra total, me modificó un poco esa percepción. Hasta 2022, veía algunas entrevistas de Putin con periodistas de Bloomberg y se lo notaba distinto. No tenía nada que ver con ese liderazgo sin modales que describo en el libro y que hoy ya no es ninguna novedad.

Putin fue bastante pionero en esa manera de ejercer el poder. Diría que Netanyahu también está en esa línea de liderazgo sin modales. Pero, si hoy tuviera que definirlo, no lo haría como a un agente secreto, sino como un político de esta era. Es más, diría que él mismo ayudó a marcar esta era. Lo cual no significa que apoye esta forma de autocracia, simplemente es parte del fenómeno al que estamos asistiendo.

—"Los gobernantes rusos más exitosos fueron siempre aquellos en los que se combinaban cualidades de criminales y estadistas", citás al general Pavel Sudoplatov. Considerando la prolongada guerra en Ucrania, ¿cómo se manifiesta esta dualidad "criminal-estadista" en el liderazgo actual de Putin?  

—La cita tiene que ver con el ideal para los rusos, naturalmente. Porque no en todas las culturas políticas es el modelo de líder, pero sí en su caso. Hay una frase que me dice la viuda de Litvinenko, Marina Litvinenko, y que es la que resume también esta personalidad. Efectivamente, uno no imagina que Putin haya ido y haya agarrado a un funcionario suyo y le dijo "sacame de encima a Navalny". No se necesita eso. Eso mismo que a veces también pasa en la mafia: cuando al jefe le molesta algo, quien está cerca lo sabe y lo baja, y después se arreglan.

En otro orden de cosas, no es común ver a Putin vestido de militar. Él suele usar ropa deportiva o traje, lo que sugiere que la elección del uniforme militar es un mensaje calculado. Quiere mostrarse como el guerrero de su pueblo en un momento en que se habla de posibles negociaciones de paz. La vestimenta no es solo ropa, sino parte de su estrategia de comunicación política.

Es esa conjunción que tienen los rusos que curiosamente pueden ser el cerebro más helado del mundo y al mismo tiempo un volcán. Es raro de decir porque uno intentaría pensar que o sos un volcán o sos una heladera. No, los rusos son ambas cosas. Son un volcán helado.

Vladimir Putin, en uniforme militar, en una puesta en escena inusual.

—En tu libro aparece constantemente la idea de los contrastes dentro de Rusia: cristianismo e islamismo, Occidente y Oriente, los occidentalistas proeuropeos versus los eslavófilos que ven el pasado ruso como un faro. ¿Cómo influyen estas tensiones en la identidad política del país y en la consolidación del poder de Putin?

—Sí. Es una cultura, por un lado, tan antigua y tan rica. Todo lo relacionado con ese país, el más grande de la Tierra y a la vez de los menos habitados en proporción, resulta atractivo. Y Putin es representativo de eso.

No es casual que lleve tantos años en el poder. En los últimos años se perdió algo fundamental: Rusia se convirtió en una especie de Corea del Norte en cuanto a la información.

Es difícil conseguir información de Rusia, sobre todo desde el inicio de la guerra en Ucrania, cuando terminaron yéndose por las malas todas las agencias internacionales y los corresponsales. Los fueron sacando. Hicieron con el periodismo lo mismo que hicieron con los políticos opositores. Es un gobierno personalista, patrimonialista, en el que Putin piensa en modo "todo es mío, todo lo decido yo". 

Para tener información sobre lo que piensa la gente, vi estos días unas encuestas del Levada Center de fines de enero de 2025, las últimas publicadas en Rusia y lo que aparece es que para el 70% de los rusos, Rusia es más importante hoy que hace diez años. La guerra consiguió ese efecto. Por supuesto, creen que van a ganar la guerra, desde afuera uno ve que están ganando la guerra. Es lógico, era cantado que iba a ser así. Pero lo que ven es eso: que recuperaron un lugar en el mundo que habían perdido, que son más importantes que hace diez años. 

—Sobre la base de la encuesta que citás, ¿podrás hacer una radiografía a grandes rasgos sobre cómo está parada hoy la sociedad rusa frente a la nueva realidad del país y su relación con Occidente? ¿Cómo lo viven los jóvenes, los adultos, las personas de las ciudades? 

—Los hallazgos clave de la última encuesta publicada en febrero pasado muestran que el 94% de los rusos expresan orgullo. Esto es algo que históricamente se mantuvo alto. También hay cifras elevadas en términos culturales y militares: 88% y 82%, respectivamente. En cambio, en cuanto a los logros económicos, el porcentaje baja al 57%. Aun así, sigue siendo un número importante.

Esto habla de un imaginario particular. Por primera vez, la mayoría de los rusos dicen que les gustaría que Rusia fuera un gran poder temido y respetado por otros países. El 55% piensa así, más que en la idea de un país con un buen nivel de vida. Les importa más ser respetados o temidos que vivir bienY eso es algo que ya había escrito en relación a Putin: más que la calidad de vida, lo que importa es la percepción que los demás tienen del país. Es más importante que la democracia. Siempre se percibió así: mientras más o menos tengan para comer, lo relevante es cómo los ven desde afuera.

Después, por ejemplo, 3 de cada 4 rusos apoyan que continúe la acción militar en Ucrania. Y el 76% cree que van a ganar la guerra. 

Otro dato importante es que el 65% de los rusos señala como uno de sus principales temores que sigan muriendo soldados. Porque eso es lo que está pasando. Al mismo tiempo, el gobierno ruso no está dando cifras oficiales. No se sabe cuántos soldados murieron

Algunas estimaciones hablan de 200.000 muertos, otras de 150.000. Pero, de cualquier manera, estamos hablando de una cifra enorme, sobre todo considerando que la población rusa no es tan grande. Es un número altísimo.

—Escribís sobre cómo el Kremlin ha utilizado la asociación entre homosexualidad y pedofilia como una herramienta para desactivar disidencias y reforzar su narrativa conservadora. En su discurso en Davos, Javier Milei dijo que la "ideología de género" es una amenaza que incluye pedofilia y abuso infantil, replicando un marco discursivo similar. ¿Ves un paralelismo entre la retórica de Putin y la de Milei?

—Me interesa mucho esta pregunta porque, por distintas razones, estuve pensando seriamente en escribir una nota titulada "Ganó Putin". Durante muchos años la retórica del Kremlin nos sorprendía —para mal— porque entendíamos que  el mundo iba en otra dirección, hacia más respeto a la diversidad, pero finalmente no resultó de ese modo. De hecho, hoy todos los liderazgos giran en torno a lo que ellos llaman "valores", una palabra que se apropiaron y que habría que recuperar, porque valores tenemos todos, lo que pasa es que no son los mismos. Pero nosotros también tenemos valores.

Lo que hizo Milei en Davos fue reproducir exactamente ese discurso. Y no es casual que Alexander Dugin, el filósofo ultranacionalista e imperialista, el gran impulsor de la cuestión euroasiática —donde Rusia tendría que dominar el mundo—, esté contentísimo retuiteando tanto a Trump como a otros que repiten estas ideas sobre valores.

El tema de la homosexualidad asociada a la pederastia es algo viejo en la cabeza rusa, porque también viene de la era soviética. Acusar a alguien de pederasta, ya sabemos lo que significa. Y hoy en día, una acusación de pedofilia es algo difícil de revertir. Pero esa asociación está en esa forma de pensar, en esa idea del mundo y los valores. Por eso digo: Putin ganó. Porque, increíblemente, su discurso empieza a aparecer en distintos lugares y de formas muy similares.

—Milei comenzó su gobierno con un fuerte alineamiento con Ucrania, invitando a Zelensky a su asunción y participando en foros internacionales en su apoyo. Sin embargo, en la reciente votación de la ONU, Argentina se abstuvo de condenar la invasión rusa, un giro celebrado por el Kremlin. ¿Te sorprendió este cambio? ¿Cómo lo interpretás?

—No me sorprende lo que está pasando. Todavía no puedo creer que alguien con las ideas que tiene nuestro presidente haya logrado entrar en la política argentina, pero eso tiene que ver con que yo misma fui víctima de esa idea de la excepcionalidad argentina. Nos costaba pensar que Bolsonaro iba a gobernar Brasil, nos costaba imaginar a Trump llegando al poder en Estados Unidos. Y ahora, intentamos convencernos de que algo así no podía pasar acá.

Sobre todo después de haber visto el declive de la clase política en Argentina. Porque el papelón que hizo La Libertad Avanza hace unos días en el Congreso fue tremendo: estaban a las trompadas, se tiraban vasos de agua. Cuando se mira a muchos de los personajes que hoy representan al pueblo argentino, que forman parte de ese rejunte que se armó, cuesta mucho imaginar que esto podía pasar.

En el caso de este gobierno, el concepto de diplomacia directamente dejó de existir. ¿Qué es la diplomacia? ¿Qué es la política de Estado en materia diplomática? Nosotros nos quejamos muchas veces de no tener la coherencia del Itamaraty, ¿cuántas veces se habrá escuchado eso? Ahora estamos asistiendo a una era de cambios enormes en todo lo que tiene que ver con el intercambio entre países, con la cultura diplomática, con la cultura política.

Imaginaba, por supuesto, que si Trump ganaba, iba a haber un seguidismo importante. Lo que no pensé es que no iba a haber ni siquiera algún matiz. Ver a Argentina votando en contra de esa resolución sobre la paz y la convivencia de los pueblos, alineándose solo con Estados Unidos e Israel —tres países contra el resto— me dio pena.

Porque, además, hay algo en las conductas diplomáticas de los países que cuesta mucho recomponer. ¿Cómo se reconstruye un récord así? ¿Cómo se recupera?

Milei pasó del abrazo con Zelensky a una abstención en la ONU que celebró el Kremlin.

—¿Qué tan factible es un acuerdo de paz en el contexto actual?

—Hoy Putin está llevando la negociación con Ucrania al extremo. Dice: "Hacemos un alto el fuego, pero ustedes se retiran de Kursk, y nosotros no nos vamos de ningún lado". Están obligando a los ucranianos a perder una parte significativa de su territorio sin ninguna garantía de que Rusia no vuelva a invadirlos.

Lo que están pidiendo es, en definitiva, una rendición incondicional. Un acuerdo así es muy difícil de aceptar.

Cualquier conflicto de esta magnitud deja heridas profundas. Hay familias divididas entre ambos lados, primos, amigos, pero incluso con ese vínculo afectivo, esto va a llevar muchísimo tiempo en resolverse. En este momento, los ucranianos no quieren ni escuchar hablar de Rusia. Y no solo están enojados con el gobierno ruso, sino también con la población rusa, que en gran medida apoya la guerra.

No hay manera de persuadirlos de que los rusos actúan por desconocimiento. En Rusia, la guerra no está presente en la vida cotidiana. No ocurre en su territorio. Si alguien no tiene un hijo, un marido o un hermano en el frente, no hay conciencia real de lo que pasa. La televisión rusa no informa todos los días cuántos soldados murieron.

Y cuando no hay palabras ni imágenes que describan lo que pasa, es fácil mirar para otro lado. Además, los convencieron de que la guerra es una cuestión de supervivencia. La palabra clave para los rusos hoy es "existencial".

Rusia sostiene que invadió Ucrania porque la existencia misma de Rusia estaba en juego. Ucrania sostiene que la existencia de Ucrania es la que está en juego. Y esto se refuerza cada vez que el gobierno ruso dice que Ucrania, como país, no existe. Cuando un país niega la existencia del otro, ¿cómo se llega a un acuerdo?

—¿Quién fue realmente el que impulsó la idea de que Rusia no pertenecía a Occidente? ¿Qué actores del lado occidental ves como los más activos e interesados en ese proceso de alejamiento de Rusia de su órbita?

—Si la situación no fue más grave, fue porque Angela Merkel estuvo al frente de Alemania todos esos años y, como locomotora de la Unión Europea, logró contener bastante la relación con Rusia. Antes de ella, también estuvo Schröder, aunque después terminó trabajando para los rusos en el gasoducto. Alemania siempre funcionó como un buffer en ese sentido.

Cuando finalmente Rusia se aleja por completo de Occidente, el momento determinante es Crimea. Lo que los rusos llaman "la recuperación" y Occidente llama "la anexión" de Crimea fue lo que selló la ruptura. Porque durante muchísimo tiempo, sobre todo los europeos —ni hablar los ingleses, que miraban para otro lado mientras los rusos les compraban todo— permitieron que las inversiones rusas fueran fabulosas.

En 2008 entrevisté a un montón de personas, expertos y rusos viviendo en Europa, y en ese momento todavía había un vínculo fuerte. Tenían a Abramovich, que era gobernador de una provincia en el norte de Rusia mientras al mismo tiempo era dueño del Chelsea. 

Cuando hablo de Obama en relación con Bush, es porque Obama nunca tuvo una relación con Putin. Nunca se engancharon. Si se miran los años en los que gobernó, los primeros fueron con Medvedev, pero en su segundo mandato, en 2012, el conflicto en Ucrania ya estaba en marcha, el este de Ucrania empezaba a crujir y Rusia ya estaba metida ahí. Putin y Obama nunca lograron acercarse.

Pero en Europa, Rusia todavía tenía defensores. Algunos por cuestiones económicas, otros por razones estratégicas, y otros porque simplemente les caía más simpático. En este momento, en Europa, los únicos que de algún modo mantienen cierto alineamiento con Rusia son los húngaros, en parte por lo que Juan Tokatlian llama la "internacional reaccionaria", que se empieza a consolidar.

Por otra parte, lo que Rusia hace con la infraestructura ucraniana es de una brutalidad pocas veces vista. No es solo una guerra de soldados, sino que atacan a la cultura y a la lengua.

Los ataques rusos apuntan directamente a museos, iglesias, escuelas, instituciones culturales y educativas. No es que están bombardeando un edificio donde se fabrica armamento: van directamente a los lugares que representan la identidad ucraniana. Y en eso hay algo de goce, hay un placer en la destrucción de la cultura del otro.

He visto estatuas de grandes escritores ucranianos con disparos en la cabeza. Son bustos enormes, atacados a propósito. Es algo realmente siniestro.

"Los ataques rusos apuntan directamente a museos, iglesias, escuelas, instituciones culturales y educativas", sostiene Hinde Pomeraniec. En la imagen, los restos de un busto en un museo ucraniano bombardeado, símbolo de la destrucción cultural en la guerra.

—¿Cómo ve Putin a Trump? ¿Lo considera un jugador clave en su plan para cerrar el proceso ucraniano? 

—Si tengo que ser completamente honesta, siempre creí esto y lo sigo creyendo: Putin desprecia a Trump profundamente.Nunca lo vio como un jugador político ni tampoco le importa intelectualmente. Lo mira con desdén y, en todo caso, lo usa cuando le conviene.

Alguien a quien no mencionamos y que es clave en la política exterior rusa es el canciller Serguéi Lavrov, un hombre que conoce muy bien Estados Unidos porque vivió ahí diez años como funcionario.

Lavrov sí es un intelectual. Tanto él como Putin desprecian profundamente a Trump y, en todo caso, lo van a usar mientras les sirva, tanto a él como a Vance. Son figuras menores para ellos.

Hay otro detalle que muestra claramente el desprecio que le tienen: Durante la campaña, Putin llegó a decir que el gobierno ruso prefería que ganara Kamala Harris. Lo dijo solo para perturbar a Trump, para humillarlo, para golpearlo donde más le duele: con una mujer demócrata.

—Le preguntaste a la escritora Margaret Atwood "¿Por qué cree que un pueblo tan ilustrado como el ruso no puede vivir en libertad y siempre necesita de figuras despóticas como líderes?" y su respuesta fue optimista: "Nunca digas nunca. Nunca digas siempre. No estoy tan segura de que los rusos 'necesiten' esas figuras. De hecho, muchos rusos hoy luchan contra ellos. ¡Veamos qué pasa en el futuro!" ¿Qué va a pasar en el futuro? 

—La verdad, no lo sé. Si miro cómo están las cosas hoy, creo que va a haber un antes y un después en la historia de las relaciones internacionales después de la escena que vimos en vivo y en directo en la Casa Blanca, con Trump y Vance extorsionando públicamente a Zelensky, maltratándolo y pretendiendo humillarlo. Como suele pasar, hubo quienes interpretaron esa escena como una confirmación de la derrota ucraniana, y otros que sostienen que, dentro de todo, Zelensky se mantuvo digno, incluso interrumpiéndolos en algunos momentos, lo que los ponía visiblemente nerviosos.

Pero más allá de cómo se lea ese episodio, creo que estamos viendo el fin de una era, y a partir de acá puede pasar cualquier cosa. Se hace muy difícil predecir el futuro. Ucrania, sola, no va a poder sostenerse. Trump consiguió lo que quería: que Europa aumente sus presupuestos en defensa, algo que venía reclamando desde hace tiempo. Pero por más que los europeos destinen más dinero en defensa, mientras no haya un acuerdo de paz o al menos un alto el fuego sostenido, esta guerra va a ser una derrota para todos.

Europa está preocupada. Teme que si esto se resuelve de una manera en la que Rusia no pague un costo territorial o estratégico —más allá de las 200.000 bajas, que son muchísimas, pero que no suponen un castigo real para el Kremlin—, el próximo objetivo sea Estonia o Polonia. Y por eso quieren asegurarse un refuerzo en sus defensas.

Tiendo a pensar que la propia existencia de Ucrania, tal como se la conocía, está en peligro. No solo por la pérdida de territorio, sino porque es un país que, en todos estos años, solo pudo sobrevivir gracias al apoyo externo. No sé de qué manera puede ser viable como Estado europeo en el largo plazo. Cuando se decidió que Kosovo existiera como entidad autónoma, muchos decían que era inviable, pero lo sostuvieron. Es un escenario extraño. Me cuesta imaginar el futuro de Ucrania.

Al mismo tiempo, me pregunto cuántos hombres más puede perder Putin. Porque de algo estoy convencida: cuando Putin inició esta guerra, o él mismo se convenció, o alguien lo convenció, de que iba a ser un paseo. Creía que iba a ser como Georgia en 2008: una semana, fin de la historia. Nadie conocía realmente a Zelensky, ni siquiera quienes lo votaron. No venía de la política, ¿quién podía imaginar que se convertiría en la figura que es hoy? Por supuesto, el hecho de ser actor lo ayudó mucho en la construcción de su imagen, pero imagino que Putin pensaba que, ante la primera oportunidad de escape, Zelensky se iba a ir. Y no ocurrió.

Mientras tanto, Rusia está gastando cifras enormes y perdiendo mucha gente. Y es un país que ya tiene problemas gravísimos de natalidad. Tienen un problema demográfico severo.

Es cierto que hay amenazas existenciales en ambos lados. Y en cuanto a la guerra en sí, Ucrania está dando señales clarísimas de que necesita terminarla. Hay un agotamiento por la invasión. Se le muere la gente, pero además tiene una parte de su territorio ocupada, y con el riesgo de que la situación empeore aún más. Sobre todo ahora, que perdió el respaldo directo de Estados Unidos en términos estratégicos: sin la "pata norteamericana", perdió acceso a alertas satelitales y otras herramientas fundamentales para la supervivencia en el campo de batalla.

Sinceramente, con Trump, el problema es que hoy dice una cosa y mañana dice otra. Un día acusa a Zelensky de ser un dictador, y cuatro días después, cuando un periodista le pregunta si sigue pensando lo mismo, dice: "¿Yo dije eso?". Y la gente lo celebra. 

"Creo que va a haber un antes y un después en la historia de las relaciones internacionales después de la escena que vimos en vivo y en directo en la Casa Blanca, con Trump y Vance extorsionando públicamente a Zelensky, maltratándolo y pretendiendo humillarlo", dice Hinde Pomeraniec.