José Natanson: "Maduro está convencido de que, si se va del poder, no le espera una vida parlamentaria tranquila, sino la cárcel o el exilio"
"Entre la centroizquierda y el gobierno de Maduro no queda nada en común", asegura el politólogo y periodista José Natanson en diálogo con El Economista. Autor del libro Venezuela: Ensayo sobre la descomposición (Editorial Debate, 2024), Natanson, con su amor por las paradojas y las contradicciones, logra una vez más distanciarse de las explicaciones simples y escribe: "En efecto, hay algo muy propio, un rasgo verdaderamente excepcional, en la forma en que procesa su drama Venezuela: el único país del mundo cuyo PIB se redujo a una cuarta parte en cinco años sin que mediara una guerra; el único que expulsó al 24% de su población en menos de una década —el único país latinoamericano con decrecimiento demográfico—; el único de América Latina con hiperinflación; el único —salvo Nicaragua— que admite la reelección indefinida del presidente; el único —salvo Cuba— gobernado por un régimen cívico-militar; y el único país del mundo que se animó a declararse explícitamente socialista desde la caída del Muro de Berlín".
Director de Le Monde Diplomatique edición Cono Sur y del área editorial del Grupo Insud, "complejo, culto, afilado", como lo describió Beatriz Sarlo, Natanson es también autor de La nueva izquierda (2008), ¿Por qué los jóvenes están volviendo a la política? (2012), El milagro brasileño (2014) y ¿Por qué? La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha (2018).
En este reportaje, también busca soluciones a los problemas latinoamericanos. ¿Cómo puede revertirse la situación caótica en Venezuela? ¿Qué impacto puede tener el regreso de Trump a la presidencia de Estados Unidos? ¿Alguien puede permitirse tener esperanza en Venezuela?
—¿Cómo puede impactar el regreso de Trump a la presidencia de Estados Unidos en Venezuela?
—Lo de Trump es un misterio para mí porque, por un lado, uno podría decir que es esperable que tenga una postura dura en relación con Venezuela. De hecho, él hizo declaraciones bastante fuertes y, durante su primer gobierno, quiso intervenir y puso las sanciones en su máximo nivel. Trump tiene una posición dura en relación con Venezuela. Su canciller, Marco Rubio, de origen cubano también, es muy permeable al lobby latino del Estado de Florida, que ya es un estado republicano; primero fue un estado demócrata, después un estado oscilante y finalmente un estado republicano. Están muy permeables a ese lobby.
Ahora, Trump también tiene una alianza muy fuerte con la industria petrolera norteamericana, y las grandes compañías de petróleo de Estados Unidos lo que quieren es poder operar en Venezuela. Si no están ellos, entran los chinos y los rusos. No me queda tan claro hasta dónde va a llegar Trump esta vez. Por ahora, estamos bajo el gobierno de Biden todavía y no le levantaron a Chevron el permiso especial que tenía para operar en Venezuela, que fue el punto central de aflojamiento de las sanciones.
Porque las sanciones sobre los jerarcas o sobre los dirigentes venezolanos son sanciones que pueden molestar a alguna persona, pero tienen un efecto más bien simbólico. Lo mismo ocurre con sus familias; lo que les impide, en todo caso, es sacar la plata de Venezuela. Si tienen fortunas, se les dificulta ponerlas a resguardo en otros países del mundo. Ese es el efecto que tiene una sanción personal. Ahora pusieron nuevas sanciones contra Diosdado Cabello, entre otros. Pero las sanciones más duras son las que le impiden operar a las empresas venezolanas, en especial a PDVSA. Con respecto a esas empresas no sé qué va a pasar.
—En tu libro "Venezuela: Ensayo sobre la descomposición" explicás que el camino que llevó al país caribeño a esta situación caótica fue singular. ¿La salida de la crisis económica y social también debería serlo?
—No creo que haya una solución particular o especial a la crisis económica de Venezuela. Lo único que pueden hacer es aplicar un poco de sentido común, que ya sería un montón. Primero, tratar de conseguir algún tipo de moneda, sea la propia, sea el dólar, sea esta dolarización sui generis que tienen ellos. Estabilizar mínimamente las cuentas del Estado, cosa que también están tratando de hacer. De hecho, los salarios son tan bajos en Venezuela porque se niegan a seguir aumentando el déficit fiscal. Y tratar de hacer todo lo posible por recuperar la industria petrolera. Yo lo escribo en el libro: Venezuela había llegado a producir 3 millones de barriles diarios de petróleo. Con Chávez estaba en 2,4 millones, llegó a caer a 300.000 en el peor momento de Maduro y ahora está en 700.000 o 750.000 barriles diarios de petróleo. El problema es que, justamente, la recuperación de la producción petrolera está atada a la situación política porque necesitan inversiones. Con las inversiones rusas y chinas no les alcanza. De hecho, la recuperación se explica básicamente por Chevron; por la licencia especial que Estados Unidos le dio a Chevron. Por eso hablo del "nudo venezolano", porque economía, sociedad y política están muy atados, a diferencia de esos otros países en donde muchas veces la política y la economía van por carriles diferentes. Perú, por ejemplo, que crece y está estable, y la política es un caos. En Venezuela no es así. No veo más camino que ese: estabilizar la situación, una macro lo más ordenada que se pueda y empezar por la recuperación de la industria petrolera, tomando decisiones sensatas, lo cual tampoco es fácil porque Maduro está condicionado, también porque han perdido una cantidad de capital humano fenomenal. Alguien va a Neuquén y la mitad de las personas que están trabajando en Vaca Muerta son venezolanos.
—"La singularidad de la crisis venezolana resulta más notable por tratarse de un país importante —escribís en tu ensayo—. No es frecuente que colapse un país como Venezuela, con casi 30 millones de habitantes, que tuvo el cuarto PBI de América Latina, que durante años disfrutó de los niveles de bienestar más altos de la región". ¿Puede ser que este rasgo único que mencionás sea justamente lo que permita tener esperanza con Venezuela? Esa idea de que siempre que hubo una buena fiesta puede repetirse, ¿es válida para el caso venezolano?
—Efectivamente, Venezuela es un país muy especial, básicamente porque es el único país petrolero, totalmente petrolero, de América Latina. Eso le da una impronta muy particular, le permitió desarrollarse, modernizarse, urbanizarse y construir una clase media mejor que otros países que uno podría decir equivalentes, como Colombia o Perú. Venezuela estuvo mejor que esos países durante décadas, pero también tuvo una caída mucho más estrepitosa.
Yo no tendría mucha esperanza. Uno podría decir que una rápida recuperación de la industria petrolera y un brutal aumento de los precios del petróleo podrían devolverle a Venezuela algo de la prosperidad, y un poco sí, pero sería también limitada. Lo que perdió Venezuela en todos estos años es muchísimo en términos de infraestructura, de capacidades logísticas y, sobre todo, en dos aspectos: primero, el capital humano. La mitad de la clase media profesionalizada y educada se fue de Venezuela, una parte muy, muy grande. Un poco como Haití, nadie que puede evitarlo se queda a vivir en Venezuela; son muy pocos, en todo caso.
Y después, es una sociedad que está rota. La política impide también que este tipo de soluciones, incluso recuperando la industria petrolera e incluso con precios del petróleo muy altos —que podrían ser las dos variables que se podrían conjugar para que haya una recuperación mágica—, se dé. Entonces, no me imagino que pueda haber algo muy particular ahí.
—En el libro Venezuela: Ensayo sobre la descomposición citás al politólogo estadounidense Adam Przeworski: "La democracia es un acuerdo político en el cual las personas deciden su gobierno mediante elecciones y cuentan con una razonable posibilidad de destituir a los gobiernos que no sean de su agrado". ¿Qué tan dañino es para el progresismo global un gobierno que no respeta la democracia en los términos de Przeworski? ¿Existen puntos de conexión entre la centroizquierda o la socialdemocracia y el modelo de gobierno de Maduro?
—No, yo creo que Venezuela es un problema para la izquierda latinoamericana y para la democracia latinoamericana. Para la izquierda latinoamericana, porque hay un país no democrático que se suma a Cuba y a Nicaragua; son tres las no democracias de América Latina y, en los tres casos, son gobiernos que se reivindican de izquierda. Eso es un problema para la izquierda latinoamericana, y es un problema también para la democracia latinoamericana porque uno no podría descartar que otro presidente, sea de izquierda o de derecha, viendo que Maduro se pudo afanar las elecciones y permanecer en el poder, haga lo mismo.
No me quiero adelantar, pero uno podría pensar en Bukele, por decir algo. O que otro gobierno haga un giro autoritario como el que hizo Maduro sin que la comunidad internacional tenga herramientas concretas para evitarlo.
Y entre la socialdemocracia, la centroizquierda y el modelo de gobierno de Maduro, yo diría que acá ya no queda nada. Si en algún momento del chavismo Venezuela fue de izquierda, yo creo que Chávez tenía todo el derecho del mundo a reivindicarse como parte de la primera ola anterior de la izquierda latinoamericana. Chávez, con Lula, con Kirchner, con Correa, con Evo, etcétera. Venezuela se fue de ese grupo básicamente porque es el país que dejó de ser una democracia.
—Algunos autores y periodistas venezolanos han mencionado el miedo a ir preso que tienen Maduro y su gabinete de ministros. ¿Creés que una amnistía o una garantía de que no serán encarcelados podría facilitar que acepten un resultado electoral adverso?
—Las elecciones ya ocurrieron. El costo de salida de Maduro y la cúpula bolivariana era realmente muy alto. La decisión de afanarse las elecciones y de permanecer en el poder a toda costa tiene que ver con que ellos están convencidos de que, si se van del poder, no les espera una vida parlamentaria tranquila o ir a una gobernación, o dedicarse a una empresa o lo que sea, sino la cárcel o el exilio. Entonces, cuando el costo de salida es tan alto, el que está en el poder está dispuesto a hacer cualquier cosa.
—En el libro mencionás el fraude que hubo originalmente en las elecciones de 2021 en Barinas, donde finalmente, en una segunda elección, el gobierno de Maduro aceptó el triunfo del opositor Sergio Garrido, representante de la Mesa de Unidad Democrática. ¿Creés que lo ocurrido en Barinas podría replicarse a nivel nacional? ¿Qué condiciones harían falta para que esto suceda?
—Lo que la oposición aprendió de Barinas es que lo último que tienen que hacer es salirse de la ruta electoral. Barinas fue una especie de pre-28 de julio, con la diferencia de que, en ese momento, el Consejo Nacional Electoral reconoció el triunfo del candidato opositor Freddy Superlano, que de hecho está preso ahora. Después lo metieron preso y lo inhabilitaron, lo cual debe ser el único caso en la historia del mundo: lo inhabilitaron después de que el tipo ganó la elección. Le dijeron: "No, vos no podías presentarte".
Entonces, más que preguntarse si se va a replicar o no, yo creo que ya se replicó. Pero la diferencia es que, esta vez, en vez de inhabilitar a González Urrutia después de haber ganado la elección —que ya hubiera sido demasiado—, decidieron hacer el fraude o dar a conocer un resultado que después no pudieron explicar. Pero me parece que lo de Barinas sí fue muy importante en ese sentido; fue como la gran enseñanza de la oposición.