Corrupción, bronca y la paradoja de la confianza
La política argentina se encuentra (una vez más y van...) en un punto de inflexión. El próximo domingo, la provincia de Buenos Aires será el escenario donde se medirá mucho más que la renovación de bancas legislativas: lo que está en juego es la viabilidad de un proyecto político y la fortaleza de un contrato social que desde hace tiempo se resquebraja.
Nuestro último relevamiento del mes de agosto, previo a la difusión del caso Spagnulo, muestra un desplazamiento significativo en la agenda ciudadana: la corrupción aparece como el principal problema mencionado por la sociedad (21,7 %), por encima de la inflación y la inseguridad (17,1 % cada una). Este corrimiento no es menor. Durante años, la inflación encabezó el ranking; ahora cede ante una percepción más profunda: la idea de que la política en su conjunto no logra generar confianza.
En este marco, el caso Spagnuolo es la mejor ilustración de esta nueva sensibilidad. El 94,5 % de los encuestados afirma conocer los audios filtrados y más del 73 % los considera graves. El 59 % cree que los hechos denunciados son verdaderos, y la mayoría atribuye responsabilidad directa a Karina Milei o al conjunto de la gestión. Sin embargo, el 82,6 % asegura que no modificará su voto legislativo. Allí emerge la paradoja argentina: se condena la corrupción, se pierde confianza en el gobierno, pero la bronca no se traduce en un corrimiento electoral.
No es la primera vez que observamos este fenómeno. Ya en 2023 se habló de la "rebelión de los nadie", cuando un voto bronca masivo eligió a Milei aun cuando sus propuestas implicaban una cirugía sin anestesia. Dos años después, esa lógica se repite: la indignación persiste, pero no genera nuevas identidades, sino que reafirma las ya adquiridas.
El contraste con mayo de este año es evidente. La estabilización económica funcionaba entonces como plataforma política, con baja de la inflación y control cambiario que oxigenaban al oficialismo en distritos clave. Hoy, en cambio, el gobierno llega a la elección con reservas agotadas, ventas de dólares del Tesoro para sostener el peso y un riesgo país en alza. El relato de la estabilización como legitimación política ya no pareciera tener el mismo impacto.
La consecuencia se ve con claridad en Buenos Aires: la desaprobación de la gestión nacional en la provincia de Buenos Aires trepa al 52,6 %, frente a un 43,7 % de aprobación. Y la gestión de Axel Kicillof tampoco logra capitalizar el desgaste oficialista: apenas un 35% aprueba su gobierno, con una desaprobación cercana al 60 %. La provincia más grande del país parece atravesada por un doble desencanto: con el proyecto libertario y con el oficialismo provincial.
En este escenario, la inclinación de voto bonaerense empieza a mostrar en los últimos días y la imposibilidad de dar certezas sobre hegemonías claras, solo un electorado partido, que oscila entre la bronca y la esperanza, entre el rechazo a la política y la reafirmación de identidades.
Este clima es coherente con una lectura más amplia: la austeridad no es solo un programa económico, sino un desafío al contrato social. La lógica de la eficiencia estatal pierde legitimidad cuando la sociedad percibe que los costos recaen siempre sobre los mismos y que las promesas de transparencia se diluyen en nuevos escándalos. La motosierra genera recortes, pero no reconstruye confianza.
Tampoco se trata solo de economía. La política argentina se ha convertido en un microcosmos de tensiones globales, donde progresismo y nuevas derechas colisionan con fuerza. Milei construyó poder en esa grieta cultural, pero los audios de su entorno y la violencia en campaña muestran que la polarización ya no es solo discursiva: se ha vuelto tangible, con consecuencias sobre la gobernabilidad.
La Argentina sigue siendo un país intenso. Esa intensidad hoy se traduce en un electorado saturado de emociones negativas: el 53,5 % declara sentir preocupación, tristeza o enojo frente a la situación del país. Un dato que desnuda la dificultad de cualquier proyecto político para construir entusiasmo en medio de la fatiga social.
Finalmente, persiste el interrogante de los consensos democráticos. En octubre de 2023 se advertía que un 30 % de la ciudadanía encontraba viables candidatos que cuestionaban esos consensos básicos. Durante los últimos 18 meses, con Milei consolidado en torno al 40 % de imagen positiva, ya no hablamos de una alerta: pareciera ser la nueva normalidad política argentina.
La elección bonaerense, entonces, no es solo una disputa legislativa. Es un espejo donde se reflejan tres dilemas estructurales:
- La economía como legitimadora política, que ya no alcanza con estabilización transitoria.
- El contrato social en disputa, tensionado por la austeridad y la corrupción.
- La fragilidad de los consensos democráticos, que se naturaliza bajo la polarización.
El próximo domingo no se decidirá únicamente qué fuerza suma más bancas en la legislatura provincial. Se pondrá a prueba la capacidad de un gobierno de sostener su proyecto en un territorio hostil, la posibilidad del peronismo de reinventarse como alternativa, la posibilidad de espacio para las terceras fuerzas y, sobre todo, la resiliencia de una ciudadanía que oscila entre la bronca y la apatía.
Lo que ocurra en Buenos Aires será leído como preludio de octubre. Pero, más allá de resultados puntuales, lo que realmente está en juego es si la Argentina puede reconstruir un horizonte de confianza o si seguirá atrapada en la paradoja que muestran las encuestas: indignación sin cambio, bronca sin salida, intensidad sin dirección.