Daniel Kerner: "A Milei le vendría bien ser más abierto, más negociador y menos hegemónico"
En Washington el frío parece parte del paisaje institucional. Daniel Kerner habla desde esa capital donde la política no baja la persiana. A fines de 2025 pasó apenas unos días en la Argentina y el primero de enero ya estaba de vuelta, otra vez en pleno invierno. La ciudad espera una "nevada histórica", detalla.
Kerner vive en Washington desde hace doce años, casi trece. En Estados Unidos lleva veinticinco, casi veintiséis años. La residencia larga no lo vuelve completamente un local en el sentido emocional. En su voz se nota un registro doble: la familiaridad con el idioma de Washington —ese inglés de reuniones, informes y decisiones— y, al mismo tiempo, la persistencia de cierta distancia.
Hoy es director ejecutivo para América Latina de Eurasia Group, una de las consultoras de análisis político global más influyentes. En la práctica, su trabajo consiste en ayudar a clientes a entender la región en un mundo más inestable y con una geopolítica cada vez más relevante.
Su llegada a Eurasia fue hace veinte años, cuando la firma todavía era pequeña. "Recién empezaba a ser conocida. El equipo de América Latina lo estaban armando en ese momento", recuerda Daniel Kerner. La empresa creció; el mundo también, aunque en direcciones menos ordenadas.
Kerner nació en Ciudad de México. Su infancia transcurrió allí, con padres argentinos y una casa que, en su relato, funcionaba como enclave cultural: "En México viví en un hogar argentino". Después vino el cambio de país: volvió a la Argentina en 1989, con trece años, en el clima previo a la hiperinflación.
La familia había estado en México por el trabajo del padre, que en esos años trabajaba en Coca-Cola —con tareas diversas, aunque hacia el final más cerca del área de sistemas—. La madre, cuenta Kerner, era ama de casa en México y después, ya en la Argentina, trabajó en distintas actividades; hoy está jubilada.
El recuerdo del regreso tiene choque cultural. México —señala— estaba "más conectado con Estados Unidos", con más disponibilidad de productos. Aunque los años ochenta mexicanos habían sido duros, cuenta, por la crisis de la deuda y, más tarde, por la elección de 1988, "la primera gran elección marcada por el fraude", en Buenos Aires encontró otra lógica: cortes de luz, ausencia de teléfono, esperas largas incluso para mercancías básicas. "Cuando llegamos y pedimos línea telefónica, tardaron meses en dárnosla", cuenta Kerner en diálogo con El Economista.
Y casi de inmediato aparece el contraste brutal: a principios de los noventa, todo cambió. La transición fue veloz, y dejó su marca.
"Siempre me interesé por la política, la historia y la economía. Las tres cosas", comparte Kerner. En México le quedó grabada la elección de 1983 en la Argentina, mezclada con el Mundial Juvenil de Fútbol y con una escena de protesta: ciudadanos argentinos que criticaban la dictadura y una tensión que se colaba incluso en el fútbol. También recuerda Malvinas como una experiencia mediada por el exterior: las noticias mexicanas distintas a las argentinas. "En México estaba más claro que era una locura y que a la Argentina no le iba bien, mientras que en la Argentina había entusiasmo".
Hay, además, un recuerdo de la Guerra Fría. En los años ochenta todavía estaba viva la idea de dos potencias y la amenaza de una guerra mundial. Kerner menciona una escala en Lima y una escena casi cinematográfica: llega un avión de Aeroflot —la aerolínea estatal soviética, emblema de la URSS— y, cuando baja la gente, no la dejan mezclarse con el resto de los pasajeros. Los llevan a un cuartito aparte, con un control separado, como si se tratara de otro mundo dentro del mismo aeropuerto. Allí operaba una lógica de sospecha y de bloques. La Guerra Fría era también una manera de observar la circulación de personas.
En 1989 volvió a la Argentina. "Mi familia era más bien contraria al peronismo, así que había cierto pánico con Menem", describe. Después vino el giro rápido de Menem y, sobre todo, la experiencia de vivir los años noventa de punta a punta en Argentina: adolescencia, apertura económica, estabilidad, Universidad de Buenos Aires.
En 1994 empezó la licenciatura en Ciencia Política en la UBA en un país que parecía correr hacia otra versión de sí mismo.
En su memoria aparecen profesores "realmente muy buenos" y un programa sólido. Se recibió a principios de 1999 y en 2000 se fue a Estados Unidos. La crisis de 2001 la siguió de cerca, con viajes a Buenos Aires, aunque ya con la vida instalada afuera.
El primer destino académico fue Illinois. Kerner viajó a estudiar con un tema que, en ese momento, era una forma de leer la región: ideas económicas en América Latina, liberalismo y estructuralismo. Había un profesor, Joseph L. Love, especialista en la región latinoamericana, y Kerner trabajó con él. La decisión de no quedarse en la academia llegó después.
Kerner quiso interpretar la política en tiempo real. Cursó dos maestrías —una en Economía y otra en Historia— y más tarde se mudó a Nueva York donde empezó a trabajar en Eurasia, una de las consultoras de riesgo político global más prestigiosas del mundo. Vivió en la ciudad que nunca duerme durante cinco años, en una etapa que coincide con la instalación definitiva en la vida profesional. Más tarde, el traslado a Washington terminó de ordenar su rutina actual en Eurasia.
Parte del trabajo de Kerner consistió en construir el área de América Latina. Lo hizo con colegas, en la etapa en la que el equipo de Eurasia se armaba y la empresa era todavía una oficina más que una marca global. En ese momento, explica Kerner, "era más difícil explicarles a algunos inversionistas que existía algo como el riesgo geopolítico y que eso importaba".
Hoy, como director de la práctica regional, Kerner cubre especialmente Argentina y México, identifica tendencias regionales y analiza el modo en que el ambiente político global reordena a América Latina. Su oficio se parece menos a una predicción y más a un mapa de incentivos.
Cuando explica Eurasia, Kerner vuelve al origen: Ian Bremmer, politólogo estadounidense, fundador de la firma. "Bremmer ha sido un prodigio académico —fue a la universidad a los 16 años y se doctoró a los 22—, aunque con un origen social de clase baja, trabajadora. Viene de los housing projects de Boston, los complejos de vivienda pública donde creció, lejos de cualquier elite, y hoy viaja a Davos."
Ian Bremmer se mudó a Nueva York con el doctorado de Stanford, especializado en ex Unión Soviética y Europa del Este, decidido a no quedarse en la academia. Fue a buscar trabajo a un banco en plena transición post-soviética. No lo contrataban. Los bancos le decían que no iban a sumar a una persona que había estudiado Ciencia Política. Hasta que alguien le propuso pagarle por un informe de geopolítica. Uno, después otro, después otro. Al principio, enfocados en la ex Unión Soviética. Y de ese ejercicio nació el informe semanal de los lunes, que todavía existe, aunque hoy sea más global.
"La idea siempre fue que la mirada de un cientista político podía aportar ángulos singulares y ayudar a los inversores a manejar mejor los riesgos", explica Daniel Kerner. Y define el corazón de su trabajo: "Seguir muy de cerca lo que está pasando en el mundo y en países específicos, tratar de entender los incentivos, la dinámica política, y explicarle a alguien que invierte cómo entender la política y cómo entender a los políticos".
En el recorrido de Kerner hay un hilo argentino que no se corta. Por trabajo, detalla, el vínculo con el país es cotidiano: sigue lo que acontece, habla con voces autorizadas, viaja varias veces al año. Esa continuidad profesional recorta la nostalgia. Aunque algunas cosas se sostienen como falta.
"Se extraña Buenos Aires", enfatiza. Hay algo de la vida urbana —caminar, los lugares que se abren, la dinámica de ciudad— que no se reemplaza. También, narra, está la condición migrante como marca estable: por más años que pasen, el idioma propio queda lejos y la mirada conserva un leve afuera. Y hay algo más: la sociabilidad argentina, la espontaneidad, la centralidad de lo familiar. "Diría que esas son las tres cosas que se extraña más: la ciudad, el tipo de sociabilidad y la sensación de hablar y ser parte del todo".
El vínculo con la Argentina también tiene otra forma: la escritura. Kerner publicó libros que combinan política y economía: Del modelo al relato: política y economía durante el kirchnerismo; es coautor, con Carlos Petersen, de Aplauso perdido, sobre el sexenio de Enrique Peña Nieto; y coautor, con la destacada economista Marina Dal Poggetto, de Tiempo perdido, sobre la crisis argentina reciente.
Con Dal Poggetto también escribió "Back to the 90s", un libro recientemente publicado por editorial "Planeta" que vuelve sobre ese paisaje de estabilidad prometida, reformas y discusiones que parecían saldadas. El disparador, escriben los autores, fue casi una escena de época: en mayo de 2024, ya con Javier Milei en el poder, un busto de Carlos Menem volvió "por la puerta grande a la Casa Rosada". Desde ahí, el libro recorre en sus 289 páginas ese regreso de los noventa como clima político y cultural, en una Argentina que, cada tanto, revisita esa década para encontrar respuestas.
En el plano personal, Kerner mencionó en una charla estupenda junto al periodista Ezequiel Burgo al músico Nick Cave y al libro Anatomía de un instante, de Javier Cercas.
Nick Cave le interesa por la música, aunque también por su blog "The Red Hand Files". Define a Cave como alguien que no se queda quieto dentro de su propio mito. "Siempre está reinventando el género y la canción, reflexionando y repensando su carrera".
Con Javier Cercas ocurre algo similar. Kerner destaca "Anatomía de un instante" por el modo en que el libro hace convivir registro histórico, lectura política y una inteligencia narrativa poco común. "Es un libro ingenioso, ágil, inteligente. Pocos autores logran combinar todas esas virtudes juntas en un solo texto", resume.
Desde Washington, con una nevada en puerta, su mundo parece más estable que el de su país de origen. Aunque su trabajo consiste, justamente, en recordar que la estabilidad suele ser una promesa frágil. Desde ese lugar, Daniel Kerner conversa con El Economista y analiza el presente argentino y mundial.
—Junto a Marina Dal Poggetto en Back to the 90s insisten con el triángulo macro, micro y gobernabilidad. ¿Cuál es el vértice que el Gobierno subestima más y por qué?
—El Gobierno entiende bien los tres vértices. Tal vez la gran sorpresa de Milei es que promesas que, durante la campaña de 2023, sonaban muy ideológicas se tradujeron en decisiones mucho más pragmáticas y sensatas.
Entre volar el Banco Central, dolarizar y cerrar todo, y lo que finalmente hizo, hay una distancia grande. Hoy se puede discutir, por ejemplo, si la política de acumulación de reservas es la correcta o no, aunque ya es otro nivel de discusión. Y eso muestra que entendió las tres dimensiones. Entendió la gobernabilidad: por eso, aunque hizo el ajuste fiscal, mantuvo muchos planes sociales.
Hay una comprensión clara de que la inflación es prioritaria, de que hay que priorizar lo fiscal y lo macro. Hay una comprensión de que las tres dimensiones son necesarias y de que sin esas tres no se puede avanzar.
—¿Qué señales habría que observar para confirmar que ese triángulo se consolidó y no es sólo algo más superficial?
—La de Argentina sigue siendo, y no es culpa de Milei, una historia frágil. Antes de las elecciones nacionales de 2025 se atestiguó algo inédito: el Tesoro de Estados Unidos tuvo que intervenir de una manera que nadie hubiera imaginado, con un bail-out directo e intervención en el mercado cambiario de Argentina, un país sudamericano que desde el punto de vista geopolítico de Washington no es central y que tampoco despierta demasiado interés de mercado. Aun así, el modelo económico de Luis Caputo estuvo cerca de descarrilarse.
No es responsabilidad directa de Milei. Seguramente podría haber tomado algunas medidas que hicieran el esquema menos frágil, aunque también tiene mucho que ver con la herencia y con una larga historia de crisis e inestabilidad. Si se analiza la gobernabilidad, la pregunta central es cuánto tiempo el electorado acompaña las penurias económicas propias del ajuste que está haciendo Milei, un ajuste que, además, parece necesario.
Si bien las dificultades se sienten la popularidad de Milei ha sido resiliente, más de lo que cualquiera hubiera imaginado. En las elecciones los votantes lo acompañaron de manera significativa. La pregunta es cuánto tiempo puede durar el apoyo. Es difícil saber si hay algo más profundo en la conexión entre los ciudadanos y Milei, si la sociedad le otorgó un crédito sólo de dos años o mayor.
El frente cambiario y de reservas también sigue siendo vulnerable, como se observó antes de las elecciones. En ese sentido, las señales a considerar son tradicionales: que la aprobación popular se mantenga, que no haya un nuevo episodio cambiario, que la economía vuelva a crecer.
—Escriben en "Back to the 90s" que Milei, como Menem, "entendió lo que querían los votantes". ¿Qué entiende Milei de la sociedad argentina?
—Milei entendió, en parte de manera consciente y en parte por intuición, que había un cansancio profundo con la clase política, con los fracasos reiterados y con esa sensación extendida de que el país iba cada vez peor mientras los políticos siempre estaban mejor. Eso lo captó, lo sintió, y ahí se produjo la gran conexión.
Menem era distinto: era un político sin ideas fijas, iba tanteando el terreno. En el caso de Milei, parece más una representación que una lectura racional. Expresó ese hartazgo con la política, con el "Estado presente" y con muchas de las políticas del kirchnerismo de las que una parte grande del electorado argentino se cansó. Más que haberlo comprendido, lo personificó.
Aunque Milei también entendió muy bien que, una vez en el gobierno, no podía hacer todo lo que había dicho que iba a hacer. Eso sigue sorprendiendo a mucha gente: la capacidad de disociar entre su libertarianismo y lo que necesita hacer para gobernar, de separar lo que dice de lo que efectivamente hace, de distinguir entre sus ideas y su función.
Otros políticos no tienen ideas claras o se aferran a ellas de manera rígida. Milei, en cambio, distingue entre ambas cosas. Si hubiera que señalar una virtud, estaría ahí. Ese equilibrio extraño es, probablemente, una de las claves del éxito que tuvo en estos dos años.
—¿Por qué una parte considerable de la sociedad lo sigue apoyando?
—Hay una combinación de factores. Lo que juega a favor de Milei es que una parte importante del electorado no quiere más sobresaltos. Hay cansancio con la política, cansancio con la crisis, cansancio con el aluvión permanente de problemas. Lo que aparece es el deseo de vivir tranquilo, de que alguien ordene.
Milei prometió eso y, en parte, lo logró: la baja de la inflación, cierta normalidad en el funcionamiento de la economía. Incluso entre quienes se sienten molestos por algunas de sus decisiones, hay una expectativa de que le vaya bien. Ese deseo de que "salga bien" no es nuevo: pasó con otros gobiernos. El punto es que, cuando los resultados no llegan, ese acompañamiento se diluye. Ese es, probablemente, su mayor riesgo.
Si en algún momento el empleo se estanca, la economía deja de crecer, y la respuesta rígida del gobierno es "ya bajé la inflación", van a multiplicarse nuevas demandas. Y la flexibilidad es difícil para cualquier dirigente. A los políticos les cuesta correrse de su esquema inicial.
—¿Qué rasgo de Menem le falta a Milei para lograr la reelección el año que viene?
—Menem era un líder político más abierto. Tenía mayor capacidad para atraer dirigentes de afuera e incorporarlos a un proyecto más amplio. Era menos duro a la hora de excluir, menos exigente en las lealtades que pedía para pertenecer y menos agresivo en el trato con otros políticos.
A Milei le vendría bien ser más abierto, más negociador y menos hegemónico. Con una estrategia de ese tipo, es posible que en las elecciones del año pasado hubiera construido mejores alianzas en las provincias, incluso en la provincia de Buenos Aires, y que el camino hacia octubre de 2025 hubiera sido mucho menos problemático.
—Milei en Davos habló de la importancia de que el Estado se corra, de dejar hacer a los empresarios. Si el Estado se corre completamente, ¿quién controla los abusos, los monopolios y la cartelización?
—Milei tiene convicciones ideológicas fuertes, aunque también responde a un fenómeno muy específico de la Argentina: una sobreexpansión del Estado que fue casi irracional. Eso pasó en Argentina, pasó en Venezuela, pero no ocurrió de la misma manera en otros países.
Si se observa la discusión global, hoy es más bien una crítica al capitalismo y a la globalización. Hay una sensación extendida, tanto entre votantes como crecientemente entre élites, de que si bien la globalización y el capitalismo trajeron beneficios, no resolvieron los problemas de fondo. Esa percepción está muy presente en Estados Unidos, en Europa y en algunos países de América Latina.
En Argentina la discusión es distinta porque se fue al otro extremo. Entonces aparece la idea de que "necesitamos más capitalismo", casi como una reacción.
A nivel global, la discusión hoy pasa por otro lado: cómo el Estado regula la inteligencia artificial, a los grandes capitales, a los monopolios tecnológicos. La discusión central es cómo lograr que el Estado, sin destruir al mercado, vuelva a un punto donde pueda controlarlo un poco más.
En Europa hay una tendencia creciente en ese sentido, y también en Estados Unidos, más allá de Trump. Subir impuestos a los ricos, discutir política industrial, abordar el costo de vida y la desigualdad. En Estados Unidos, de hecho, esas son preocupaciones electorales centrales; lo mismo ocurre en Europa. La sensación general es que la globalización y el corrimiento del Estado fueron demasiado lejos, y que ahora se abre una etapa de corrección.
Lo veo como una reacción comprensible en la Argentina: la idea de "queremos más capitalismo, queremos más mercado" aparece después de una experiencia que funcionó mal. En Estados Unidos es muy evidente que la influencia del dinero y de las grandes empresas fue determinante para moldear la política pública durante los últimos treinta años, y que eso tuvo efectos profundos.
Trump, en parte, también es eso. Surge con un discurso anti-establishment. Lo que explica su llegada al poder es, en gran medida, una reacción contra la globalización, contra el establishment y contra la influencia del poder económico en la política estadounidense.
—Si el costo de vida y la desigualdad son dos de las demandas más relevantes en Estados Unidos. ¿Qué indicador preocupa más en la Argentina?
—En la Argentina, probablemente, el empleo porque cumple un rol ordenador fuerte, y eso en los años noventa fue claro. La sociedad quiere vivir tranquila, y el empleo es lo que lo permite. Si el trabajo empieza a fallar, sí pueden aparecer mayores problemas para Milei.
—¿Qué debería pasar en 2026 para que Milei llegue a 2027 con chances sólidas de reelección?
—La economía tiene que crecer más. El proceso que se inició tiene que continuar: la inflación debe seguir bajando, pero el crecimiento tiene que recuperarse y la popularidad de Milei mantenerse. Para eso influyen el acceso al mercado, un mayor nivel de reservas, la inversión, el crédito.
La economía necesita recuperar dinamismo y reducir las incertidumbres vinculadas a la deuda y a las reservas. La dificultad para Milei es que el proceso electoral de 2027 vuelva a parecerse al de este año: una contienda muy binaria, con la sensación de que todo podría revertirse. Eso impacta en el dólar, en los mercados y en las expectativas.
"La economía necesita recuperar dinamismo y reducir las incertidumbres vinculadas a la deuda y a las reservas", dice
—¿Qué evaluación hacés de la oposición?
—Se los ve muy perdidos. No tienen claro hacia dónde ir ni cómo interpelar a Milei. En parte porque están desacreditados y porque no lograron construir una narrativa clara y atractiva.
Hay, de todos modos, diferencias. Kicillof parece seguir pensando en el pasado, en una estrategia que cree que fue correcta pero que salió mal, y que además lo enfrentó con otros gobernadores y dirigentes.
Otros actores parecen entender que no se puede volver atrás: que hay problemas en lo que hace Milei, pero también aspectos que funcionan. El problema es que ninguno muestra hoy la capacidad de articular eso en una narrativa consistente. Ese espacio, además, sigue parcialmente ocupado por el kirchnerismo, lo que lo vuelve todavía más difícil.
No aparece nadie con la habilidad de tomar el espacio opositor y transformarse en una figura atractiva, como lo hizo Milei en su momento. Hoy no se observa a nadie. Es llamativo, porque hay gobernadores fuertes en sus distritos, pero a nivel nacional se los percibe débiles, desorientados y atomizados. En algún momento tendrá que aparecer una renovación desde otro lugar, no está claro desde dónde, pero va a tener que emerger.
Mientras Kicillof y Cristina sigan protagonizando el espacio opositor, va a ser difícil construir algo competitivo por afuera, porque esos votantes siguen siendo necesarios. Hoy el escenario opositor aparece débil, fragmentado y sin rumbo claro.
—¿Podría ocurrir que el espacio de Kicillof y el kirchnerismo quede tercero y que otro espacio, todavía indefinido, quede segundo?
—Podría pasar. Parecía que Provincias Unidas iba a ocupar ese lugar y no ocurrió. Para que eso suceda, el kirchnerismo tendría que debilitarse mucho más. Si Milei se debilita, ahí sí puede aparecer algo. Pero mientras Milei ocupe un espacio claro y Kicillof y Cristina ocupen otro, resulta difícil.
Para el votante es más sencillo optar por alternativas nítidas. Las fórmulas intermedias —"esto sí, esto no"— suelen ser confusas, y por eso fracasaron. Lo intentó Massa, lo intentó Schiaretti, y no funcionó. Nadie logró hasta ahora capturar el descontento con Milei y, al mismo tiempo, marcar que Kicillof representa el pasado.
En los noventa, cuando a Menem le empezó a ir mal, quien capturó eso fue Chacho Álvarez. Apareció, habló, y quienes se sentían incómodos con la corrupción, la desigualdad y la falta de sensibilidad social encontraron a alguien que supo empaquetar ese mensaje.
Milei empaquetó bien un mensaje en su momento. Hoy hace falta alguien que empaquete otro. No parece ser Kicillof, no parece ser Cristina, y entre los demás no se ve todavía a nadie. Alguien va a aparecer, seguramente, pero hoy no está claro quién. Si no aparece, el camino para Milei puede quedar bastante despejado.
—Mencionabas el apoyo de Scott Bessent, la intervención en el mercado de cambios, el respaldo financiero de Estados Unidos. ¿En qué estado está actualmente ese apoyo?
—Con Trump siempre es difícil saber qué dura y qué no. Un fin de semana parece lanzarse a una guerra comercial y romper la OTAN, y al siguiente eso no ocurre. Un día tiene un acuerdo con Europa, al otro parece no tenerlo, y luego vuelve a aparecer. Todo tiene un componente caprichoso.
Pensando en lo que se empezó a llamar la doctrina "Donroe", lo que luego se escribió en papel, pero que claramente estuvo detrás del caso argentino, aparece la idea de apoyar en América Latina a gobiernos aliados: aliados de derecha, aliados culturales. Eso está presente, y Milei construyó bien ese vínculo. Es razonable pensar que, si Milei vuelve a necesitar ese apoyo, lo va a tener otra vez.
Ahora bien, todo es circunstancial. Es difícil medir la fortaleza estructural de ese respaldo. De hecho, sorprendió lo fuerte que fue antes de las elecciones. La impresión es que, si hace falta, va a volver a estar, aunque con Trump todo es circunstancial y personalista.
El caso de Lula es ilustrativo: cuando atravesó una situación difícil, Trump le impuso aranceles y apostó por Bolsonaro. Cuando Lula dejó en claro que no iba a ceder, se sentó a negociar. Lo mismo sucede ahora con Europa. Si vuelven a necesitar a Milei, se verá.
En Washington hay una valoración de que Milei es un aliado de las ideas políticas y culturales de Trump y su equipo, y eso lo va a seguir ayudando.
—¿Considerás que el resultado de las midterms de noviembre de 2026 puede afectar de algún modo al gobierno de Milei?
—La hipótesis más probable es que Trump salga debilitado. Todo indica —y tiene sentido— que Trump pierda la Cámara Baja, que los demócratas recuperen parte del Congreso y que luego se vuelvan más agresivos, incluso con intentos de impeachment. En ese escenario, Trump quedaría como un pato rengo. Sus preocupaciones serían otras, sus objetivos también, y es posible que su interés en regiones como América Latina pase a un segundo plano.
En política exterior, además, un gobierno que arranca debilitado, con una de las cámaras en contra, enfrenta mayores dificultades para hacer cosas como las que hizo Bessent el año pasado. Aunque, en términos generales, el presidente de Estados Unidos conserva mucho poder en política exterior. Por eso no creo que el impacto sea sustancial.
El problema más grande para Milei va a ser cuando Trump ya no esté. Pensar que el apoyo a la Argentina va a ser automático solo porque alguna vez se dio no parece realista. De todos modos, no creo que el resultado de las midterms cambie esa tendencia de fondo.
—En el libro también explican la idea de que el orden global se retrae. ¿Qué cambia para un país como Argentina cuando el mundo pasa de apertura y globalización a proteccionismo?
—Lo primero es que se trata de un mundo mucho más incierto. Este último fin de semana fue ilustrativo. Trump dio marcha atrás con la ocupación a Groenlandia, aunque nada garantiza que no vuelva a cambiar de posición la semana próxima. Incluso ese retroceso fue circunstancial: creyó que Europa era más débil de lo que es y que los mercados iban a reaccionar mejor de lo que reaccionaron.
La idea de que el orden anterior se terminó y que se abre otro, en el que las potencias hacen lo que quieren, está muy presente.
Es un orden más incierto, más fragmentado, donde cada actor va en una dirección distinta y donde los riesgos externos son más altos. Actualmente, atraer inversiones es más difícil, generar entusiasmo es más difícil, en un contexto tan volátil.
Además, los procesos de regionalización dejan a la Argentina y a muchos países de América Latina en una situación incómoda: no tienen del todo claro cuál es su lugar ni cuál es su estrategia. Eso vuelve el proceso más difícil por la incertidumbre general. Aunque también porque es menos claro hacia dónde alinearse.
Para Milei fue claramente positivo alinearse con Trump. Ahora bien, no está tan claro que eso sea lo mejor para la Argentina. Tal vez, desde una lógica estrictamente económica, tenga más sentido profundizar vínculos con China que con Estados Unidos.
Resulta más difícil definir un rumbo. Es un mundo más volátil, donde cuesta imaginar estabilidad de largo plazo. En los noventa era más sencillo: abrirse, privatizar, alinearse con Estados Unidos, la gran potencia del momento.
Hoy Estados Unidos es un país más cerrado, que rompe alianzas, que puede ayudar o no hacerlo según la coyuntura. Las ventajas de alinearse no son tan evidentes.