El arca de Facundo
La escena del Puerto de Frutos en Tigre fue una recreación perfecta del Génesis dónde Noé recibe la instrucción celestial de salvar a los seres vivientes del diluvio activado por el Creador de todas las cosas. Y digo perfecta no sólo por el hecho de la presencia de un catamarán que parecía una nueva versión de la vieja arca de madera, sino también por el propósito de la patriada propuesta por Facundo Manes en el viaje a la Casa Museo Sarmiento: la salvación de la civilización argentina mediante la convocatoria a todas las especies en peligro por la barbarie populista de signo cruzado.
En primer término, de una sociedad civil no sólo ponderada por el neurocientífico en su discurso, sino también representada por la ausencia de los buscapinas y mercaderes diversos de la política que, como todo boy scout, siempre están listos para subastar a sus pymes que, antes del tsunami libertario, sirvieron tanto para darle supervivencia a muchos políticos profesionales que generaron tal catástrofe en 2023, como para darle carnadura al fraude a gran escala hoy encuadrable como el capítulo político de LIBRA pero, a diferencia del cripto, con mayoría de damnificados argentinos.
En segundo lugar, y sin perjuicio de ello, la convocatoria del hoy diputado líbero también tuvo reminiscencias de la bíblica original en cuanto a la amplitud del espectro. En tal sentido, cabe reversionar su discurso en estos términos: "Haz que entre en el arca una pareja de peronistas de Perón y de Eva, de radicales de Alem, de Yrigoyen y de Alfonsín, de socialistas de Alfredo Palacios, así como de decepcionados del PRO y de la Libertad Avanza". En una palabra, la movida de Tigre fue, a la par de la sociedad civil, un llamado a todos los seres políticos vivientes, apenas con dos excepciones.
¿Cuáles? Aquellos extasiados por el juego destructivo entre ambos extremos que, con independencia de sus diferencias de libreto, comparten una metodología política en común: gobernar para sus minorías intensas, inhibiendo hasta el mínimo síntoma de disidencia política y, de ese modo, dejando al sistema político en un ciclo de crisis permanente como la que hoy empieza a evidenciarse de forma incipiente, a la par que veloz, en las caídas en la tasa de participación electoral que fueron desde 5% en las elecciones recientes de Jujuy y Salta, hasta un doble dígito en San Luis, Chaco y CABA.
Agua en la pileta
Es la pregunta del millón que algunos ansiosos hoy tratan de canalizar a través de los encuestadores o, más aún, que otros estiman que será respondida una vez que se abran las urnas en octubre próximo. Ni una cosa ni la otra. Como muestra, sobra el botón de las dos últimas elecciones de medio término, 2017 y 2021. A juzgar por la primera, el 41% a escala nacional obtenido por el macrismo, a la par de la triple corona ya pintada de amarillo, Nación, provincia y ciudad de Buenos Aires, activaba en aquél momento la fantasía de una larga saga de presidencias macristas.
Pero no sólo ello, sino que parecía que había agua en la pileta hasta para realizar el sueño húmedo de nuestro primer Apple Store en un edificio emblemático: el entonces Centro Cultural Kirchner. Y más aún, antes que finalizara aquél año que asomaba bisagra, el jefe de gabinete Marcos Peña sellaba una tapa de alto voltaje en la edición local de Forbes como "el CEO del año". No obstante, como ocurrió tantas otras veces en la historia argentina, el futuro del gobierno estaba más que en las urnas, en manos del humor volátil de quienes manejan los piolines del oscuro objeto del deseo nacional: el dólar.
Vale decir, la misma escasez que dejó a los billetes del Plan Platita del a la sazón ministro de economía Sergio Massa, con idéntico valor que aquellos del juego El Estanciero, hundiendo a todo el sistema en una crisis que, entre otros efectos, colapsó a un Juntos por el Cambio que venía pintado para capitalizar el 43% obtenido en las elecciones de medio término de 2021. Parafraseando a Eladia Blázquez, in memoriam, no sé si les falló la fe, la voluntad o acaso fue que les faltaron los dólares. Por cierto, aquellos que hoy Milei busca tanto en los colchones como en el submundo ficcionado por Ozark.
En tal sentido, si hay agua en la pileta, o más bien en el delta para el arca de Facundo, lo dirá tanto el insondable humor de los mercados que los analistas económicos y financieros explican tan bien con el diario del lunes, como el ritmo de desenlace de una todavía latente crisis política y de legitimidad de todas las instituciones casi sin excepción, ambas reflejadas en el incómodo rostro de Milei y su pandilla. Y, desde ya, un viejo adagio que quien pretende emprender una siempre incierta aventura política debe contemplar: equipo que no sale a la cancha no tiene hinchada.
Que se salven todos
En 2023, Milei logró agrupar dentro del viejo packaging de "la casta" a las dos grandes coaliciones que dominaron el paisaje político de las dos últimas décadas. La sensación de hartazgo con una dirigencia política que no le encontró el agujero al mate de un estancamiento económico de más de 15 años, le dejó la cancha servida para la operación de darle una patada en el culo a todas las opciones políticas conocidas que, al presente, chapotean en el barro de imágenes que arrancan en 60% de negatividad y, para abajo, con el único límite del infierno y la aterradora compañía de Satanás.
En tal aspecto, la misión que hoy se propone la reencarnación saltense de Noé, parece tener poco que ver con aquél desalojo violento de una dirigencia corrompida, pero que tuvo la astucia de reciclarse en términos de la persistencia de métodos y vicios de un nuevo gobierno que, volviendo a la Biblia, encarna la parábola del vino nuevo en odres viejos que, por definición, terminará por reventarlos. Por el contrario, la misión de Manes parece tratarse de la movilización de una sociedad civil que, a la par de diversos huérfanos políticos, logre la proeza, aún incumplida, de regeneración del sistema político.
Por cierto, una meta mucho más profunda que la obtención ocasional de buenos indicadores macroeconómicos que, con una larga y penosa experiencia a cuestas, sabemos que son efímeros en ausencia de un sistema político confiable, así como de instituciones sólidas y de una sociedad civil vigorosa. Sin embargo, y si de navegación se trata, también conocemos que nuestro lecho acuático es un cementerio de embarcaciones que partieron repletas de sueños que, más que pecar por la falta de una carta de navegación, padecieron de la falta de osadía o ambición política.
"Mi carne puede tener miedo, yo no". En esa ambivalencia genialmente definida por el personaje de un cuento de Borges, se jugará la misión imposible de cualquier outsider, o insider hábilmente reciclado, que se aventure a reflotar el Titanic argentino, en una coyuntura marcada a fuego por la ruina de todas las estructuras, ¡si lo sabrá el PRO tras la elección de CABA!, así como por una crisis de sentido que le quemó el libreto a todos los viejos encantadores de serpientes de la política profesional que, hoy virtualmente desempleados, siguen repitiendo el mismo vinilo rayado.