"El mileísmo aparece como un proyecto depredador y cortoplacista"

Gabriel Vommaro: "Milei es el alumno usado por los niños ricos para que haga las cosas por ellos"

La escritura de Vommaro va hacia allí, como su gusto por la conversación. ¿Adónde? Hacia la vida de a pie que hace posible lo que todavía tenemos en común.
Gabriel Vommaro: "Milei es concebido como un kamikaze que hace lo que nadie se animaba a hacer"
Ramiro Gamboa 23-09-2025
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Llevar a Buenos Aires en la piel

Hay ciudades que fabrican biografías a su medida. Buenos Aires forja la del sociólogo Gabriel Vommaro: infancia en Caballito, hasta con esquinas de baldío; adolescencia de galería Bond Street y colectivos y subtes hacia el Carlos Pellegrini —el secundario preuniversitario de la UBA—; juventud de tribuna en la Bombonera y biblioteca con palabras mayores de la sociología como Durkheim y Bourdieu. Una trayectoria de un auténtico porteño nacido en 1976. Llevar esas marcas en la piel de la mirada: entre esos planos se forjó una observación que esquiva el lugar común. Un proyecto, una apuesta, un modo de entender y escribir la política argentina.

—¿Dónde naciste? —pregunta El Economista

—Nací en Buenos Aires, en el barrio de San Telmo. Mis padres tenían un departamento sobre la calle Independencia, que todavía era angosta. A poco de nacer, nos mudamos a Villa Crespo. Los primeros años fueron en Velasco y Serrano; y en la década del ochenta nos mudamos a Caballito. Mi infancia transcurrió allí, entre el Cid Campeador y la cancha de Ferro —responde Vommaro. 

En la retrospectiva no hay épica, hay escenas. San Telmo primero; luego Villa Crespo, y después Caballito. La escuela pública a media cuadra; la fábrica de panificación que tuvo que cerrar; terrenos baldíos que se volvieron refugio y taller de infancia. "Era la vida barrial por excelencia", resume. En la adolescencia llegó el Pellegrini: el salto a un mapa nuevo de la ciudad, la avenida Santa Fe, los noventa y su muestrario de objetos importados y remeras de rock.

En la casa se hablaba de política. Su madre, médica pediatra que llegó a presidir el Centro de Estudiantes de Medicina en los años setenta; su padre, psiquiatra y militante comunista. Ambos se habían conocido en la facultad. Ella dejó la militancia cuando fue madre; él continuó hasta la caída del Muro de Berlín, en 1989, cuando se retiró de la vida partidaria activa. Aun así, nunca dejaron de estar comprometidos con la vida en común

Su padre llegó a ser responsable del Partido Comunista de la Capital. En los ochenta, Gabriel lo acompañaba seguido al comité de Callao y Corrientes y, por precaución, hablaba con él desde teléfonos públicos. En la escuela primaria, silencio. "Recuerdo a las maestras hablando contra la izquierda, contra los comunistas", dice Vommaro. "Por eso me sorprende cuando alguien plantea que en la Argentina actual aparecen de repente cosas nuevas. Para mí nunca hubo sorpresa: siempre existió una base de macartismo y de antisemitismo en el sentido común. Vengo de una familia mitad de origen católico y mitad judío —mi madre es judía, con lo cual soy judío según la tradición religiosa—, sin práctica religiosa en casa, pero con un fuerte vínculo con la cultura judía. Desde chico escuché que el problema eran los judíos, los comunistas. Eso fue parte de mi vida cotidiana".

La doble educación —la familiar, comprometida; la escolar, contenida— forjó una disposición: discutir sin sectarismo, comprender al otro, sospechar de las explicaciones fáciles.

El secundario trajo nuevos aires. Del radio de siete cuadras a la ciudad entera; de los partidos con amigos a la política organizada. En 1989 empezó a militar en su colegio. En 1990, con otros, fundó la "Lista 1", gran oposición a la Franja Morada de entonces. Peronistas progresistas, socialistas de Alfredo Bravo, algunos del Partido Obrero con espíritu frentista: un experimento de alianzas adolescentes que prefiguró sus futuras obsesiones. "Nunca fui antiperonista. Los vicios que muchos le adjudicaban al peronismo los vi antes en la política universitaria radical".

Finalmente, la Sociología le ganó al interés por la Economía y el Periodismo. Ya en la universidad, aparecieron profesores decisivos: Ricardo Sidicaro, referente en sociología histórica y estudios sobre peronismo; Carlos Prego, especialista en teoría social contemporánea. Después, Francia. Doctorado en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, bajo la dirección de Patrick Champagne, un alma de herencia bourdiana y método preciso. "Me di cuenta de la formación fuerte que traía de la UBA. En teoría, Francia no me enseñó tanto más; me dio método", subraya Vommaro.

—Fuiste a Francia en 2003. ¿Por cuánto tiempo viviste allá?

—Viví tres años, hasta 2006. Y después volví en algunas ocasiones. Entregué la tesis a fines de 2009, principios de 2010, y la defendí en junio de ese año. Era un trabajo sobre clientelismo y cambios en el vínculo entre sectores populares y política. 

De regreso, la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) fue su primer hogar académico. Eduardo Rinesi, filósofo político y entonces rector, acompañó el desarrollo de Vommaro como docente e investigador. Allí nacieron páginas sobre el PRO, sobre el conurbano y sobre el trabajo político como oficio con destrezas y escalas.

Más tarde, en 2018, llegó la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) y la invitación a crear una Maestría en Sociología Política, que dirige desde 2021. La otra constante fue el CONICET: primero como becario y luego como investigador. 

—En 2019 recibiste el Premio Houssay al Investigador de la Nación. ¿Qué significó en tu recorrido?

—Fue una señal importante en un país sin tantas instancias de reconocimiento académico. Lo viví como una palmada: a la pasión por investigar y escribir. Coincidió además con el nacimiento de mi hijo; 2019 fue un año muy especial. 

Vommaro comparte la vida con Gabriela, actriz y profesora de yoga. Juntos son padres de Jano, de seis años. En el hogar, para no confundirse con los nombres, se llaman por los apellidos. 

Gabriel Vommaro precisa pasar el pensamiento por la pluma. En su recorrido se combinan horas de aula, trabajo de campo y escritura constante. Su bibliografía arma un arco claro y narrativo. Comienza, entre otros, en 2008 con ¿Lo que quiere la gente? Los sondeos de opinión y el espacio de la comunicación política en Argentina (1983-1999), un mapa temprano del vínculo entre encuestas, medios y política publicado por Prometeo. 

En 2015 publica en francés junto a Hélène Combes —politóloga francesa, especialista en partidos y movimientos sociales en México—  Sociologie du clientélisme, libro editado por La Découverte; y en 2016 aparece la versión en español El clientelismo político. Desde 1950 hasta nuestros días, publicada por Siglo XXI, con prólogo de Gabriel Kessler. Ese libro fija una idea que atraviesa su trabajo: "El clientelismo como categoría analítica y como etiqueta moral", según escriben los autores.

En 2017, editada por Siglo XXI, publica La larga marcha de Cambiemos. La construcción silenciosa de un proyecto de poder, una sociohistoria de la movilización antikirchnerista y del reclutamiento de CEOs que desemboca en la experiencia macrista. 

En 2023 suma dos hitos: junto a Mariana Gené publica El sueño intacto de la centroderecha, también en Siglo XXI; y Conservatives against the Tide. The Rise of the Argentine PRO in Comparative Perspective, con Cambridge, en el que sostiene que la existencia de derechas competitivas por vía electoral puede canalizar conflictos sin atajos autoritarios. 

Junto a Gabriel Kessler, publicó en 2025 La era del hartazgo, un mapa del descontento y la polarización en América Latina tras el fin del boom de materias primas, basado en una investigación comparativa en distintos países de la región, editado por Siglo XXI.

En el recorrido bibliográfico del pensamiento de Vommaro hay una insistencia: la de no quedarse en la superficie, la de bucear en las razones hondas de por qué pasa lo que pasa. La conversación vuelve, una y otra vez, al oficio. No hay romanticismo del intelectual iluminado. Hay métodos, dudas, aprendizajes, riesgos. El laboratorio está en el aula, en el barrio y en el archivo. El pensamiento sobre lo contemporáneo requiere horas, paciencia y equipos. 

Vuelve entonces más que nunca el presente. La discusión pública sobre universidades y ciencia en la semana del rechazo al veto de la ley de financiamiento universitario. "El daño de largo plazo de meter al CONICET y a las universidades en el barro de la pelea política es grande. Ni en Brasil, con Bolsonaro, hubo un ataque tan fuerte a la ciencia. En Estados Unidos, incluso con tensiones, la negociación existe y no se ataca tan directamente el salario de los investigadores". Y Vommaro subraya: "Hay que discutir políticas científicas, cantidades, calidades y temas; sería un error abroquelarse. Aunque esa discusión requiere un piso común: creer en la importancia de la ciencia y reformar para mejorar y sostener, no para destruir. Lo que se observa hoy es una involución de por lo menos dos décadas".

En el fondo, su método es siempre comprender al otro. Ir de verdad hacia el encuentro de lo diferente. En el trabajo de campo, en las páginas de un paper, en la coyuntura política. Ser capaz de escuchar el rumor de lo cotidiano y, a partir de ahí, armar preguntas. Nada de épicas a granel. Confiar en una prosa limpia que baja el volumen y deja ver cómo funciona la máquina. Como diría el periodista británico Andrew Marr: "Conviene desconfiar de los héroes y mirar el engranaje". Acercarse al detalle. La escritura de Vommaro va hacia allí, como su gusto por la conversación. ¿Adónde? Hacia la vida de a pie que hace posible lo que todavía tenemos en común. 

La escritura de Vommaro va hacia allí, como su gusto por la conversación. ¿Adónde? Hacia la vida de a pie que hace posible lo que todavía tenemos en común. 

Clientelismo y política: pensar a contrapelo

Vommaro, junto a Hélène Combes, parten de una constatación del trabajo de campo y escriben sobre el "clientelismo" para dar cuenta de una doble valencia operativa: la que funciona como análisis y como moral. Éste enfoque, no exento de incomodidades y disputas, es el motor del libro El clientelismo político, dedicado a devolverle textura empírica a esta palabra que suele usarse como garrote o como simplificación. 

En tiempos contemporáneos de etiquetas y hashtags fáciles, volver sobre El clientelismo político devuelve un mapa y una advertencia. El mapa: comparar cuatro configuraciones nacionales (Francia-Italia, México-Argentina) y reconstruir cierta deriva académica desde 1950 hacia un atlas de casos, actores y gramáticas. La advertencia: para Combes y Vommaro, la etiqueta "clientelismo" usada sin cuidado "tiende a privilegiar una mirada normativa". El libro gana espesor al desarmar ese lugar común y devolver escenas concretas, sujetos y reglas de interacción; la lectura que proponen desplaza el juicio rápido, restituye complejidad y no ahoga los matices. En palabras de Combes y Vommaro: "El desafío consiste hoy, sin duda, en superar una etiqueta esquemática y omnímoda para comprender la variedad de los vínculos políticos en su complejidad y su diversidad".

Esa brújula guía una síntesis comparativa de 192 páginas, clara y exigente, organizada en seis capítulos y una conclusión. En ellos, se reconstruye la genealogía del concepto clientelismo: de la antropología "mediterránea" de los cincuenta y sesenta a la ciencia política que lo reetiquetó como causa y efecto del subdesarrollo. Pero, de nuevo, no se trata de fetichizar definiciones, sino mostrar cómo el clientelismo en tanto caja de herramientas viajó, se resignificó y se volvió disponible para periodistas, ONGs y organismos internacionales.

La apuesta del texto es mover el foco hacia los sujetos y los engranajes. De las "máquinas políticas" y sus versiones norteamericana, egipcia o japonesa, a los intermediarios de barrio, punteros y referentes que aprenden —y administran— itinerarios de acceso al Estado. Allí el libro afina una tesis que vertebra la apuesta conceptual: la "descentralización" y la "diversidad de ventanillas públicas" han vuelto caduca la idea de un monopolio único de acceso a los recursos lo cual "favorece la multiplicidad de los intermediarios potenciales", plantean Vommaro y Combes.

En un pasaje del libro, se hace foco en Europa. Respecto del caso italiano, se analiza el clientelismo como parte de un entramado asociativo ligado a la iglesia católica. No hay caricatura de compra de votos sino redes, reputaciones, favores y normas locales. Al reflexionar sobre estos fenómenos, los autores advierten que los vínculos políticos tienden a "suscitar sospechas". Esa cercanía entre los dos lados del mostrador, sostienen, merece más que condena, estudio.

El zoom del libro hacia los casos de investigación luego cruza el Atlántico y hace énfasis en América Latina, con Argentina y México como protagonistas. El recorrido histórico sigue el ejemplo de clubes de barrio, asociaciones o redes informales. En el caso argentino, se puntualiza en el "uso" del Estado sobre todo desde el radicalismo, la emergencia peronista y, en tiempo presente, "el 'puntero' en el lenguaje corriente, que actúa como agente de una red de 'resolución de problemas' ligados a la supervivencia de [las] clases populares empobrecidas". A contrapelo de la imagen clásica de manipulación, los autores deconstruyen el estereotipo. Sobre cierto giro material escriben: "El concepto de clientelismo, aunque simplificador, reveló la importancia de la presencia de bienes materiales, en especial de origen público, en las relaciones políticas en las que están implicados los sectores populares". 

Hacia el final, El clientelismo político se detiene en el redescubrimiento del clientelismo por parte de organismos internacionales y consultoras, con la misión puesta en su erradicación. Los autores muestran cómo ciertos discursos expertos condicionan prácticas y recortan lo visible: "Se trata ante todo de encarar a la vez una sociología del clientelismo y una sociología de la sociología del clientelismo".

Para comprender el enfoque del libro resulta clave restituir la agencia de los llamados "clientes": pensar los vínculos clientelares como relaciones en las que cada parte actúa, negocia y toma decisiones, aún en un marco de desigualdad de recursos y asimetría de poder. Esta perspectiva obliga a reconocer dinámicas ligadas a los derechos y a matizar la visión hegemónica de que clientelismo y ciudadanía son dos polos irreconciliables. La prosa, lejos del tono enciclopédico, mantiene un pulso narrativo propio. Y sobre todo: convicción por mirar los problemas de frente. 

La prosa, lejos del tono enciclopédico, mantiene un pulso narrativo propio. Y sobre todo: convicción por mirar los problemas de frente. 

—Con el giro anti-"intermediarios" desde diciembre de 2023, ¿se ha achicado el espacio del puntero? —pregunta El Economista a Vommaro. 

—El mileísmo desmanteló buena parte de las intermediaciones clientelares porque eliminó muchos programas que implicaban gestión local. Al mismo tiempo, no reemplazó ese entramado por otro esquema sistemático, lo que produjo un retiro del Estado de sus funciones de asistencia en el nivel territorial. En otros casos, se dio una suerte de reprimarización: la capilaridad construida en los vínculos entre actores locales de los barrios populares y los bienes públicos había generado una estructura aceptada de funcionamiento, un canal que llevaba esos recursos a los sectores más necesitados.

El desmantelamiento de esa trama, sin un reemplazo sistemático, derivó en la penuria de recursos por el retiro del Estado; y en el reforzamiento de mecanismos más tradicionales, menos ligados a la idea de derecho y más cercanos al punterismo clásico de los partidos o a ONGs conservadoras que administran esos bienes de manera más discrecional y particularista. Lo que hay es una desarticulación y un debilitamiento de buena parte de esa trama, sin que se la haya reemplazado por otra cosa.

—¿Y esa falta de reemplazo puede hablar de cierta haraganería a la hora de crear políticas públicas?

La gran diferencia entre el mileísmo y el macrismo es que el mileísmo carece de una visión compleja del Estado. Su mirada tan ideológica, tan dogmática, de raíz libertaria, no ofrece alternativas. El macrismo, en cambio, llegó al poder con una concepción distinta del Estado frente al kirchnerismo: la idea de un Estado más eficiente, con mecanismos de management empresarial. Proponían una racionalización estatal con una lógica importada del mundo privado.

El mileísmo no tiene ninguna idea de Estado fuera de dos áreas: la cuestión financiera y la seguridad. No hay política de salud, ni de educación, ni de asistencia sofisticada por fuera de la Asignación Universal por Hijo. Es una concepción muy rudimentaria. 

El funcionamiento que aún persiste en algunas áreas muestra que el Estado argentino tiene más resiliencia y más autonomía relativa de lo que se pensaba. Instituciones como el PAMI, la ANSES o la AFIP acumularon recursos técnicos, tecnología y personal que les permiten sostenerse a pesar de la negligencia y del desconocimiento que el gobierno exhibe sobre el funcionamiento estatal.

Se trata de una fuerza nueva, sin cuadros, pero además con muy poca sofisticación en su visión del Estado. Directamente no hay política.

Vommaro: "La gran diferencia entre el mileísmo y el macrismo es que el mileísmo carece de una visión compleja del Estado"

¿Cambiamos o no cambiamos?

Ni denuncialismo generalista ni eslóganes generalizadores. Con esa búsqueda como bandera, Vommaro quiso estudiar uno de los puntos de quiebre de la historia argentina reciente. El triunfo de Cambiemos en 2015. "La tesis de este libro es que Cambiemos es el producto de una larga y trabajosa movilización del antikirchnerismo [...] que termina de construir sus marcos de referencia fundamentales en 2008, en torno al llamado conflicto con el campo, y que sólo a partir de 2012-2013 se consolidó", escribe en La larga marcha de Cambiemos

Allí, mediante trabajo de campo —veinticuatro entrevistas, documentos de G25 (la fundación creada por Esteban Bullrich) como minutas de reuniones y fotos, y archivo periodístico— se dedicó a analizar el armado de una fuerza que buscó renovar la política con gramática empresaria. El libro repone actores, pasillos y mediaciones de un proyecto que se concibió como, en palabras de Vommaro, "dirección ético política de un proyecto modernizador acorde con un ethos empresario". 

La escena de inicio del libro condensa el clima de época y el tipo de élites que irrumpen. Vommaro puntualiza: "Pasa Quintana, ex CEO del fondo de inversión Pegasus, con sobriedad; su juramento es breve pero firme. Enseguida una nueva broma da cuenta de la importancia de estas incorporaciones: cuando el escribano anuncia el juramento de Lopetegui, Macri dice, con el papel que dicta la fórmula en mano: 'Siempre se deja para lo último al mejor, siempre es así. Es una enorme responsabilidad para mí'. Lopetegui lo observa orgulloso. Las risas encubren la solemnidad de esa confesión. El 'mejor' es el ex CEO de la empresa de aviación LAN, a quien Macri había convencido de sumarse al nuevo gobierno". 

La escena es contundente. Ése era el corazón del proyecto político que Vommaro reconstruye. No se trata sólo de un casting, ni de una galería de nombres. El libro sigue a esa facción gerencial en su tránsito por el Estado y focaliza la atención en su función y en aquellos aspectos que conllevan conflictos de interés.

A través de la introducción, cinco capítulos y la conclusión, La larga marcha de Cambiemos logra con profundidad clínica —pero sin perder ritmo y fuerza narrativa— contribuir, según propone Vommaro, "a comprender el triunfo de Cambiemos, así como el proceso político que se abrió desde entonces". 

El libro comienza con los jalones fundantes del proceso: crisis 2001/2002, desembarco porteño del macrismo en la Ciudad en 2007 y conflicto del kirchnerismo con el campo en 2008. En esos procesos se va gestando un nuevo "nosotros" y un "ellos" que marcará desde entonces la política argentina.  

El análisis continúa con la anatomía de G25, la fundación que operó como plataforma de reclutamiento y articulación entre el PRO y los "managers". Vommaro escribe: "Se describe, primero, la consolidación de un malestar creciente con el kirchnerismo, que se sintetizó en el temor a que 'la Argentina se convirtiera en Venezuela', que se 'chavizara', es decir, en la visión de estos actores, que iniciara una deriva de confiscaciones de empresas, de controles crecientes de los mercados y de represión de la oposición". Y narra el autor: "Este trabajo reconstruye entonces esta larga marcha de Cambiemos -la politización, la movilización- a través de la labor de reclutamiento y organización realizada por fundaciones que forman parte del entorno partidario de PRO". 

La apuesta del libro es indagar en la biografía íntima de las conversiones del mundo privado al público. En la diversidad de esas historias, Vommaro repara en algunas singularidades. Por ejemplo, en la de quienes habían llegado a techos laborales en sus empresas. El autor clarifica cómo, desde el posicionamiento de Macri, para lograr poner la política al servicio de las ganancias empresarias, los puestos gerenciales deben involucrarse en el barro de la política. En definitiva, Vommaro se ocupa de desmantelar el otro misticismo: el de la legitimidad de la entrega al servicio público. No hay, sin embargo, ningún reduccionismo. Vommaro subraya que Cambiemos "no puede reducirse a un proyecto 'de los empresarios'". 

El libro no se queda en el retrato de cúpulas. Recupera sociabilidades y se pregunta: "¿Puede un espectro de la sociedad mucho más estrecho que la nación entera imponer un giro liberalizador duradero?". El autor no reparte absoluciones ni condenas. No es juez sino analista. 

Leído desde este presente mileísta, el libro de Gabriel Vommaro permite resignificar con mayor agudeza qué implicó en concreto la apuesta de Cambiemos en el poder. En qué medida se parece y en qué medida se diferencia de este presente político. En definitiva, Vommaro advertía de manera pionera que más que una antipolítica o una anticasta, el modo de organización de Cambiemos con CEOs del sector privado implicaba, al menos como promesa, una renovación de la política en la que confiaban para remodernizar y concluir lo que caracterizaban como experiencia populista. 

Publicado en 2017, seis años antes del gobierno del mileísmo, la hipótesis central del autor funciona también como un espejo para pensar el presente; para ver, de nuevo, continuidades y rupturas. Y lo hace sin fórmulas mágicas: reconstruye genealogías —los hilos de origen y las condiciones que les dieron forma—, esos momentos híbridos y grises de donde nacen los procesos políticos. La larga marcha de Cambiemos se lee, así, no solo como la historia de una coalición, sino como el registro de un clima de época que todavía proyecta matices sobre nuestro presente. Y, desde luego, como un terreno en el que aún cabe intervenir.

La larga marcha de Cambiemos se lee, así, no solo como la historia de una coalición, sino como el registro de un clima de época que todavía proyecta matices sobre nuestro presente. Y, desde luego, como un terreno en el que aún cabe intervenir.

—"El PRO primero, Cambiemos a partir de 2015, quieren ser, desde la conducción del Estado, la dirección ético-política de un proyecto modernizador acorde con un ethos empresario flexible e internacionalizado", escribís. ¿Qué quiere ser Milei desde el Estado en 2025-2026?

El proyecto mileísta es un proyecto de desmantelamiento del Estado, con la ambigüedad propia del pensamiento ultraconservador-libertario. Por un lado, se sostiene un Estado fuerte en ciertas áreas —la seguridad, sin duda, y el enforcement de las leyes de mercado—; por otro, se lo abandona de manera negligente en muchas otras.

Lo central es que el mileísmo carece de un proyecto complejo sobre qué hacer con el Estado argentinoLa clase política lo entendió bien desde el principio y, con cierta complicidad, aceptó que Milei viniera a ejecutar un recorte brutal del Estado que, según esos actores, había que hacer, y que era preferible que el costo lo pagara un outsider como él. Ese recorte, sin embargo, no vino acompañado de un proyecto de transformación, renovación o reemplazo de las estructuras estatales.

Resulta difícil señalar un área en la que el mileísmo pueda dejar una huella en términos de modernización o transformación del Estado. Sí puede dejar marcas en la cultura política.

—"El diagnóstico de Macri no implicaba un radical rechazo a la 'clase política'. El objetivo era renovarla, no suprimirla", escribís en La larga marcha de Cambiemos. En la actualidad, ¿cómo se expresa la contradicción de un presidente que se reivindica antipolítico al tener que gobernar?

—El discurso anticasta fue muy poderoso en términos de comunicación y de performance pública, porque le puso un nombre gráfico, casi ilustrativo, al malestar social con los políticos. Cuando Milei decía "casta" y al mismo tiempo aparecía Martín Insaurralde en un yate con una modelo, no hacía falta explicar nada: éso era la casta.

Además, le permitió empaquetar el discurso anti-Estado dentro de una idea de justicia anticasta. Es decir: "El ajuste no lo va a pagar 'el ciudadano de bien', lo va a pagar la casta". Eso fue central para instalar un mensaje libertario que se presentaba como un discurso de justicia y reparación, no de privación.

Ahora bien, ese hallazgo trajo problemas. A Milei le resulta muy difícil mostrarles resultados a quienes creyeron en esa dimensión justiciera y hoy sufren en carne propia las penurias del ajuste económico en su vida cotidiana. 

Una vez en el poder, gobernar desde el Estado con discurso anticasta es contradictorio, casi incompatible. Sin gobernadores, sin intendentes, con muy pocos diputados y senadores, Milei debía negociar precisamente con la casta. ¿Cómo hacerlo si el discurso se funda en denostarla? 

De ahí surge la reorganización de su gobierno, la rejerarquización del Ministerio del Interior y la necesidad de colocar allí interlocutores políticos. Es, en buena medida, una confesión: no se puede escupir a quienes se necesita para que las leyes se aprueben y el país pueda gobernarse. 

"Una vez en el poder, gobernar desde el Estado con discurso anticasta es contradictorio, casi incompatible", sostiene Gabriel Vommaro. Foto: Manuel Cortina

—¿Qué aprendió el empresariado de la experiencia 2015-2019 y cómo opera hoy?

—El gobierno de Milei presenta un rasgo particular: la política tradicional y el mundo económico le dijeron "andá vos, hacé el ajuste". Se lo concibe como alguien sin nada que perder, sin familia, sin hijos, casi un kamikaze empujado a hacer lo que nadie se animaba a hacer. A la vez, se observa una búsqueda de beneficios de corto plazo.

El macrismo implicaba un proyecto más de largo aliento; en cambio, el mileísmo aparece mucho más depredador y cortoplacista, paradójicamente con todo su discurso de cambio de era. Lo que inquieta no son tanto los negocios puntuales que puedan concretar, sino el cinismo de los actores que lo acompañan. El apoyo empresario y político detrás de esta idea refundacional se articula, en numerosos casos, con la búsqueda de beneficios inmediatos: ganancias extraordinarias por la caída de los salarios o rentas financieras excepcionales asociadas a movimientos del dólar.

Lo que se observa es un modelo muy depredador, una agudización del cortoplacismo económico y político argentino en nombre de la refundación y del supuesto cambio de época.

Gabriel Vommaro: "El macrismo implicaba un proyecto de largo aliento; el mileísmo aparece mucho más depredador y cortoplacista" Foto: Victor Moriyama

—¿Milei quizás sí cree en el libreto del cambio de época o también es cínico?

—Sí lo cree. En las series norteamericanas siempre aparece esa figura del niño rico en la escuela que manipula a otro para que haga las cosas por él: al final, cuando llega la maestra, el que recibe el reto es ese alumno utilizado, mientras los demás niños ricos quedan a salvo. Milei cada vez más parece ocupar ese lugar: la cara visible que carga con todos los costos en su persona, en su hermana, en su entorno. Representa un proyecto muy cortoplacista, sin una mirada de mediano o largo plazo sobre cómo pensar la Argentina. Y, sobre todo, porque no se construye un país sin consensos sociales, políticos y económicos. No se genera consenso hablando de ataúdes ni con la retórica que despliega este gobierno y que una parte de la política y del empresariado aplaude con entusiasmo. Ese clima remite al carácter agudo de la crisis de la que surge Milei.

Conviene recordar que Milei emerge de un escenario con 200% de inflación heredada de un gobierno peronista cuyo ministro de Economía era candidato y había recurrido a una emisión monetaria brutal en medio de la campaña. Fue un gesto de gran irresponsabilidad política. Milei es, en cierta medida, una salida de corto plazo frente a esa situación. 

—¿La narrativa que equipara peronismo con chavismo puede bloquear pactos pro-inversión y estabilidad?

—Sin duda, al final del primer kirchnerismo y del segundo gobierno de Cristina los puentes entre el mundo empresario y el peronismo estaban muy debilitados. Se había producido una ruptura bastante transversal entre peronismo y empresariado. Comenzó con el campo y los bancos, pero luego se generalizó. Algunos se alejaron por razones ideológicas, con ese miedo a una deriva chavista, y otros por desacuerdos coyunturales en distintos frentes.

En cierta medida, el peronismo intentó desatar ese nudo y reconciliarse con las élites. La llegada de Alberto Fernández traía nuevamente la idea de una posible reconciliación: un peronismo con orientación hacia el mercado interno y la redistribución, pero con capacidad de gestión y de comprensión de la complejidad económica argentina.

El final del gobierno de Alberto, la ruptura de la coalición y cierta radicalización discursiva de un sector del peronismo reabrieron esa fractura. Hoy el peronismo enfrenta otra vez el desafío de recomponer su relación con las élites económicasNecesita hacerlo sin subsumirse a sus intereses ni convertirse en vocero de ellos, pero gobernar la complejidad de este país requiere una política clara hacia los distintos sectores de la economía, y eso es imposible sin diálogo ni propuestas para ellos.

—¿Qué pueden hacer el peronismo y Kicillof para tender más puentes con esas élites económicas?

—Kicillof lo entiende y va a intentar construir un discurso en el que la relación con el sector privado sea menos de antagonismo y más de entendimiento. Necesita diseñar políticas específicas para el campo y para los sectores primarios, equilibrando los derechos de las poblaciones pero sin desconocer que no hay salida para la economía argentina sin una estrategia exportadora. También debe contemplar el rol de la economía del conocimiento y otros sectores clave. Sin mostrar capacidad de entender la complejidad de la economía en este contexto global, el peronismo difícilmente pueda volver a conducir políticamente al país.

—¿Qué muestran los estudios sobre votantes libertarios respecto de su tolerancia al recorte del Estado?

—Estamos investigando a los votantes del mileísmo junto a Gabriel Kessler y a Mariana Gené y muy pocos estarían a favor de que el Estado deje de financiar la salud y la educación públicasIncluso Milei, esta semana, anunció aumentos en esas áreas: recalculan porque la sociedad no responde como ellos imaginaban.

Decir que quienes manejan Uber son de derecha es absurdo. Son trabajadores sometidos a condiciones duras: la administración de su tiempo, de su presupuesto, del desgaste físico. Hay que entender esas realidades para pensar qué tipo de protección puede brindar el Estado.

Todo esto produjo un cambio que no pertenece ni a Cambiemos ni a Milei: es un cambio en el capitalismo, en los modos de trabajo y en el funcionamiento de la economía global. En cierta medida, la derecha conectó mejor con ese espíritu de época que la izquierda.

El problema, en Cambiemos y ahora con Milei, es convertir en verdad política la suposición de que la sociedad se ha distanciado de los mecanismos de solidaridad y de la idea de lo público.

Por un lado, el progresismo y la izquierda no comprenden la complejidad de la economía popular y la informalidad actuales. Tienden a estigmatizar a los trabajadores de plataformas. Por el otro, la derecha construye una imagen idealizada del emprendedor que odia al Estado. Ambos estereotipos son limitantes. 

La sociedad no se volvió masivamente al libre mercado ni todos quieren romper con el Estado. Quienes sostengan esa visión se van a chocar con una pared: la defensa persistente de una idea de lo público sigue muy presente en la sociedad.

Hoy alguien puede querer emprender y, al mismo tiempo, esperar atención en un hospital público. No son deseos contradictorios. A veces, los estereotipos de izquierda y derecha no ayudan a pensar mejor la realidad.

"Hoy alguien puede querer emprender y, al mismo tiempo, esperar atención en un hospital público", señala Vommaro. 

—Tras el anuncio del Presupuesto 2026 con supuestos aumentos en salud, educación y jubilaciones, después de marchas y una derrota electoral, ¿puede leerse como un reconocimiento de legitimidad de la protesta por parte de Milei?

—El gobierno se vio empujado a aceptar ciertas demandas sociales por los resultados electorales y por la perspectiva de un mal desempeño en octubre. Hubo una necesidad de ceder un poco en el discurso más ideológico. Desde mi punto de vista, uno de los problemas que enfrenta la derecha en buena parte de la región es que, cada vez que se cruza con una sociedad movilizada o con demandas que no entran en su menú de opciones, tiende a demonizarlas y a asociarlas con amenazas al orden económico o político.

Recuerdo con claridad el caso chileno: circularon audios de la esposa del expresidente de Sebastián Piñera durante la gran revuelta de 2019, donde decía "estos tipos son extraterrestres, ¿de dónde salieron?". La esposa del líder de la derecha más modernizada de Chile, del presidente que buscó despegarse del pinochetismo más autoritario, no entendía en qué sociedad vivía ni reconocía legitimidad en las demandas de quienes estaban en la calle. Esa desconexión es preocupante. 

En la Argentina se evidencian interpretaciones parecidas como las referencias a los "orcos". Ayudan poco a comprender que en sociedades complejas, desiguales y con expectativas crecientes, las demandas y la protesta son inevitables. No entenderlo y reaccionar siempre con rechazo violento o con estigmatización es un problema que afecta, sobre todo, a la derecha.

—En La era del hartazgo, junto a Kessler, muestran cómo el enojo social alimentó la irrupción de líderes outsiders. A casi un año de Milei en el poder, ¿la sociedad empieza a cansarse de su outsider? 

—Es muy temprano para afirmarlo. Aún es pronto para decir que la sociedad se cansó de Milei. Lo que sí empieza a verse es que una parte de la sociedad le pone límites. Milei tuvo una ventana de oportunidad enorme: un sindicalismo muy debilitado, movimientos sociales con pocos recursos, un peronismo en crisis y una oposición cambiemita en descomposición. Con esa coyuntura avanzó sin demasiados obstáculos y mostró algunos resultados, sobre todo en la baja de la inflación.

Sin embargo, aparecen demandas sensibles como jubilaciones, educación, discapacidad, salud. Eso no significa que la sociedad "ya le picó el boleto". Todavía no. Puede llegar ese momento, porque vivimos ciclos políticos muy cortos: Macri no reeligió, Fernández tampoco. El mileísmo podría ser otro ejemplo de liderazgo que emerge con fuerza y promesas refundacionales, genera ilusión popular, pero se desinfla al tiempo por problemas propios y ajenos.

Milei puede ser eso, aunque también podría transformarse en otra cosa. Hoy no estamos aún en la etapa del "cansancio social pleno". Quizás quienes estamos más enfrentados a Milei ideológicamente sentimos ansiedad por ver cuándo se termina, pero eso no reemplaza el análisis de sus bases y apoyos reales.

El núcleo duro mileísta sigue siendo bastante resiliente. Eso, claro, no alcanza para reelegir, pero tampoco justifica apresurarse en los diagnósticos. Lo que sí existe son frenos, llamados de atención y límites que empiezan a emerger.

"El núcleo duro mileísta sigue siendo bastante resiliente", concluye Gabriel Vommaro.