Lutzky: "Cuando la sociedad perciba que Milei triunfó, surgirá la posibilidad de una nueva construcción política"
En la mitología hindú, Shiva destruye, Brahma reconstruye y Vishnu preserva el nuevo orden. El politólogo y especialista en comunicación política Daniel Lutzky tomó hace tiempo esa imagen y la aplicó a la política argentina. Shiva encarna la fase destructiva, la del líder que arrasa con los códigos previos, y Brahma aparece después, cuando alguien intenta recomponer reglas, tejidos y expectativas.
En 2025, con Javier Milei instalado en la Casa Rosada y un experimento federal llamado Provincias Unidas que busca su lugar, esa alegoría dejó de ser una tríada teórica de seminario y se volvió un mapa posible del futuro inmediato.
Lutzky se formó en Economía y Ciencia Política en la Universidad Sorbonne, en París, y durante años trabajó junto al semiólogo Eliseo Verón, uno de los pioneros del análisis del discurso político en la Argentina; Lutzky se dedicó a observar cómo se mezclan las sensibilidades colectivas con los lenguajes de la política.
En 1983, mientras vivía en Francia, Lutzky recibió una llamada que le cambió la vida. Del otro lado de la línea estaba Raúl Alfonsín, presidente electo de la democracia recuperada. Lo convocaba para ayudar a leer el clima de época argentino y afinar la comunicación en la primavera democrática. Lutzky regresó con herramientas metodológicas que había conocido en Europa para entender qué deseaba una sociedad que salía de la dictadura y qué esperaba de sus nuevos representantes.
Cuatro décadas más tarde, su oficio sigue siendo el mismo: escuchar, registrar cambios de ánimo, detectar cuándo una hegemonía cultural empieza a construir su propio derrumbe. En 2022, mientras muchos analistas repetían que la política giraba sin remedio alrededor de la grieta, se animó a decir que el esquema kirchnerismo versus Cambiemos estaba en crisis y que una figura como Javier Milei podía ganar la presidencia. A comienzos de 2024, ya con Milei en el poder, sostuvo que la sociedad dejaría de creer en él cuando su modelo triunfara en sus propios términos pero no mejorara la vida cotidiana.
Ahora, en noviembre de 2025, Lutzky vuelve a mirar hacia el futuro. En esta conversación con El Economista, el politólogo, especialista en comunicación política y profesor consultor de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, despliega su lectura sobre el experimento libertario, las posibilidades de un proyecto contracíclico y las escenas que podrían marcar el fin del enamoramiento con Milei.
Asimismo, observa el nuevo bloque federal que integran gobernadores como Maximiliano Pullaro, Martín Llaryora, Rogelio Frigerio o Ignacio Torres y que adoptó el nombre de Provincias Unidas. Allí identifica una posible traducción política de Brahma: un intento de reconstrucción institucional y productiva después de la fase destructiva de Shiva.
—¿Qué condiciones históricas y económicas permiten que emerja un proyecto como Provincias Unidas en la Argentina actual?
—Conviene situar el fenómeno de Provincias Unidas en su contexto. La Argentina funciona en ciclos.
Se suelen marcar tres grandes ciclos. Un ciclo redistributivo que, en determinados momentos, adopta formas populistas asociadas a la corrupción, al desmanejo del Estado o a desmanejos económicos. En general, este ciclo se desarrolla sin una base estructural sólida que lo sostenga. Fue lo que ocurrió durante el primer kirchnerismo: un ciclo de redistribución después de la crisis de 2001, muy exitoso de manera temporaria, hasta que se agotó el ciclo de las materias primas y bajó el precio de la soja.
A partir de ahí, como sucede cuando no se transforma la infraestructura de un país, se inicia un período de crisis del cual todavía no se salió del todo. Desde 2011 la Argentina apenas crece.
El otro ciclo es el que suele aparecer después del populista, y a veces en paralelo: lo que llamo "el ciclo del ordenamiento". Es el ciclo del orden económico, del control, del intento de frenar la inflación, de equilibrar las cuentas fiscales o de imponer un orden general de políticas que terminan resultando regresivas y autoritarias.
A ese ciclo lo sigue, muchas veces, un ciclo institucional. Suele caracterizarse por un respeto muy fuerte de las reglas formales, aunque con frecuencia está acompañado por una gran debilidad económica o política.
Este funcionamiento cíclico, que encierra a la Argentina en una lógica repetitiva, se sostiene en la imposibilidad de conseguir dólares genuinos. La Argentina necesita algo que, por esta misma lógica de ciclos, se volvió casi imposible en los últimos cuarenta o cincuenta años: un proyecto contracíclico para lograr contar con una base económica fuerte de dólares mínimos que sustenten la estabilidad del sistema. Este nuevo proyecto contracíclico implicaría el fin de los ciclos tal cual los conocemos.
Así como en su momento los noruegos transformaron las enormes posibilidades de extracción de petróleo en un fondo contracíclico que estabilizó al país y lo convirtió en una potencia económica. La Argentina necesitaría un proyecto así. Es algo difícil de alcanzar porque supone un cambio cultural profundo: que una mayoría de los argentinos apoye un proyecto sin resultados inmediatos, ya sea resultados de orden, de redistribución o de otro tipo. El proyecto contracíclico sería entrar en otra historia, con aristas buenas y malas, aunque saldría de la repetición como síntoma.
"Contracíclico" remite a la unión de dos condiciones. Una es el crecimiento sustentable. La otra es la de un Estado justo. Es decir, un crecimiento sustentable que no beneficie solo a una élite sino que vaya acompañado de un Estado que se perciba como justo. Un Estado que distribuya la renta de un modo considerado justo por la población y que, por lo tanto, tenga apoyo político.
El problema es que las sucesivas crisis de los ciclos en la Argentina se encadenan. Ese encadenamiento también golpea al sistema político. Esta dinámica destructiva de los partidos nos dejó en una situación en la cual, hoy, el peronismo atraviesa la peor crisis organizativa de su historia. Juntos por el Cambio directamente se desarmó: ya no existe como fuerza cohesionada. Y los libertarios no tienen una estructura territorial sólida.
La espiral destructiva de las crisis nos dejó sin estructuras políticas con base territorial que aporten estabilidad. Ni siquiera el gobierno que acaba de ganar las elecciones con el 41%.
Hubo dos grandes momentos de crisis de los partidos políticos en la Argentina. Uno fue en 2001, cuando el antiguo peronismo y el radicalismo se licuaron y dieron lugar al kirchnerismo y al PRO. El otro ocurrió entre 2021 y 2023, cuando kirchnerismo y PRO se agotaron, y de esa crisis absoluta surgieron, en muy poco tiempo, Milei y el proyecto libertario.
Históricamente, cuando la nación entra en crisis y la política nacional entra en crisis, aparecen proyectos federales. Allí está la razón por la cual surge Provincias Unidas: en un momento en el que quien gana las elecciones carece de apoyo territorial y los grandes partidos desaparecen.
—¿Actualmente la política argentina se reconfigura entre La Libertad Avanza y un espacio federal que gana peso a través de los gobernadores?
—Por ahora, los gobernadores funcionan más como un actor bisagra estructural. La estructura política argentina se destruye y, en medio de un cambio cultural profundo, aparecen los gobernadores. Todavía no constituyen una opción frente a Milei: son un síntoma de la crisis y de la destrucción del sistema político. Hoy Milei está solo, sin apoyo territorial.
Provincias Unidas tiene gobernadores, diputados, senadores, aunque todavía no cuenta con una narrativa nacional unificada.
Si pretende proyectarse hacia el futuro, Provincias Unidas debe evitar dos riesgos: convertirse en un apéndice de alguno de los polos de la polarización y quedar atrapada en un ciclo transitorio que diluya su identidad. El dilema es si será un actor de transición o un actor de época, capaz de construir un nuevo orden.
Provincias Unidas tiene una ventaja clara: cierta estabilidad territorial muy importante en este momento. Milei no la tiene. Provincias Unidas sí tiene estabilidad territorial para manejar recursos, obra pública, construcción de mandos medios, legisladores.
Otro punto positivo es que Provincias Unidas es un articulador parlamentario. En un Congreso sin mayorías claras, Provincias Unidas se vuelve clave para la gobernabilidad. La cantidad de diputados o senadores puede variar, aunque tendrá los suficientes para asegurar dos condiciones decisivas que el gobierno necesita: el quórum y la aprobación de los proyectos. Sin los gobernadores, el gobierno no tiene cómo asegurar quórum ni aprobar sus proyectos.
"Sin los gobernadores, el gobierno no tiene cómo asegurar quórum ni aprobar sus proyectos"
El gobierno quiere aprobar tres grandes reformas en este momento: la laboral, la impositiva y la penal. Para aprobarlos van a necesitar, sin duda, el apoyo de los gobernadores.
Una debilidad de los gobernadores es que no todas las provincias tienen las mismas necesidades ni las mismas capacidades. Algunas viven del petróleo, otras del agro, otras de actividades distintas. El gobierno intentará negociar por separado con cada una hasta reunir la cantidad de votos que necesite. Y cuando lo logre, dejará de negociar.
Cada provincia buscará condiciones económicas que aseguren la supervivencia de su propio proyecto político.
Más allá de la estrategia política del gobierno nacional, la capacidad que tenga Provincias Unidas de no deshacerse y de sostener una unidad mínima en algunos aspectos será, en parte, determinante para la supervivencia de su propio proyecto. Aunque todavía no tenga una narrativa conjunta, una narrativa nacional.
—¿Puede surgir una lógica más cooperativa en la que un gobernador, incluso con beneficios asegurados, decida no avanzar sin que otras provincias obtengan algo equivalente?
—Sí, algo de eso va a existir. No en todos los casos por igual. Algunas provincias pueden ceder antes, casi por presión; otras pueden hacerlo con más dignidad y con cierto cuidado por los acuerdos con los demás. Seguramente no será lo mismo Jaldo en Tucumán que Pullaro en Santa Fe o Llaryora en Córdoba, o Nacho Torres en Chubut.
La fortaleza política de Provincias Unidas es su rol de articulador parlamentario. Asimismo, otra virtud es la capacidad de enunciar una agenda federal: energía, transporte, rutas, industria, las asimetrías entre el AMBA y el interior, entre otros temas específicamente federales.
Otro punto favorable de Provincias Unidas es su carácter experimental de la pospolarización. Provincias Unidas es un experimento de pospolarización. El caso de Pullaro es ilustrativo: un gobernador radical cuya lista llevaba como primera candidata a diputada nacional a la vicegobernadora Gisela Scaglia, dirigente del PRO, y como segundo al socialista Pablo Farías. Y la candidata del PRO, Scaglia, ya anunció que continuará dentro del bloque de Provincias Unidas en la Cámara de Diputados. Eso mismo revela problemas internos dentro del PRO, aunque a su vez confirma el carácter pospolarización de Provincias Unidas.
Provincias Unidas podría ser el germen de algo nuevo.
"La fortaleza política de Provincias Unidas es su rol de articulador parlamentario"
—¿Existe la posibilidad de que el peronismo kirchnerista se encolumne detrás de Provincias Unidas y que sean los gobernadores de la región centro quienes terminen liderando ese espacio?
—Sí, claro. Puede suceder, siempre que haya un candidato en 2027 o incluso más adelante. No depende del calendario electoral. Lo importante es que exista una narrativa común, que aparezca un liderazgo y que coincida con el momento en que parte del electorado empiece a tomar distancia de Milei; así se podrá observar a Provincias Unidas como un posible defensor de algo nuevo. La condición es que ese liderazgo no aparezca como parte de lo viejo, porque eso es lo que la sociedad rechaza.
Los ciudadanos piden algo que no haya sido probado todavía. Ese fue uno de los motivos del ascenso de Milei. Y esa lógica, potenciada por una época donde lo nuevo se vuelve paradigma en todos los campos, sigue presente.
En Chile, Franco Parisi, quien se presentó como completamente nuevo, obtuvo casi el 20% y quedó tercero sin hacer campaña ni estar en el país (vive en Estados Unidos). El atractivo de la novedad pesa.
Entonces, Provincias Unidas puede convertirse en la semilla de algo nuevo. Por eso, más allá de los porcentajes de esta elección, conviene entender que su fortaleza no es un proyecto nacional —aún no construido— sino el arraigo territorial y la crisis de lo nacional que le dio origen. No representa un paralelismo con la oposición a Milei. Representa las condiciones para que surja algo nuevo.
—¿Por qué los resultados de Provincias Unidas en la elección nacional no fueron tan elevados como se esperaba?
—Porque aún no es un proyecto nacional ni tiene una narrativa nacional. Cuando la ciudadanía votó en clave nacional, eligió de un modo distinto al que mostró a nivel local. Ese comportamiento se repitió en todo el país. Las condiciones para que eso aparezca existen, aunque condiciones no equivalen a hechos consumados.
A nivel provincial, muchos gobernadores de Provincias Unidas conservan un apoyo muy amplio. La sociedad percibe que lo que hacen con el Estado es justicia: un Estado justo, sin favoritismos entre sectores, sostenido en una gestión considerada sólida.
Surge así un Estado justo a nivel provincial, aunque todavía no exista una narrativa nacional de un Estado justo. Y esa narrativa, en esencia, necesita el apoyo de los votantes. La narrativa vive en quienes la escuchan, no tanto en quienes la formulan. Una narrativa existe cuando quienes la escuchan sienten que esas palabras resuenan como propias. Esa es su lógica: que algo se sienta propio.
—Porque cuando se habla de "narrativa", suele imaginarse a quien la expone y no a quienes la reciben.
—Una narrativa no depende del discurso. Importa lo que la sociedad cree que ese dirigente representa. Una narrativa vive en la opinión pública más que en los líderes.
La narrativa es una magia difícil porque entra en juego el terreno de los sentimientos. En comunicación política siempre se habló de magia y de drama.
Magia es el instante en que algo resuena como propio y se vuelve masivo. Drama es cuando deja de funcionar. Cuando un dirigente habla como siempre habló y ya no encuentra eco. Allí aparece la soledad y el drama de la soledad del político. El drama es el fin del enamoramiento.
"Una narrativa vive en la opinión pública más que en los líderes"
—¿Cómo puede Provincias Unidas sostener su rol parlamentario y, al mismo tiempo, empezar a construir algo más ambicioso que produzca sentido nacional?
—Provincias Unidas expresa con claridad el síntoma de la crisis de la política nacional. Aunque también abre la posibilidad, todavía incipiente, de construir algo nuevo. Carece de una narrativa nacional. Debe evitar que las provincias queden totalmente cooptadas por el gobierno en las negociaciones. Debe sostener algunos acuerdos parlamentarios básicos. Y debe atravesar este momento construyendo la idea de una alternativa distinta. Todo eso puede ocurrir, ocurrir parcialmente, o no suceder.
Aunque alguien o algo ocupará ese lugar, es inevitable. No cuando Milei fracase, sino cuando Milei triunfe. Esa es una idea central. En la Argentina los ciclos suelen cerrarse cuando el ciclo anterior se cumple por completo. Cuando deja de ser necesario desear algo porque ya está. Y es allí donde se habilita la construcción de algo nuevo.
Mientras el oficialismo aparezca amenazado, Milei conserva razones para pedir apoyo. Cuando la sociedad perciba que Milei triunfó, surgirá la posibilidad de una nueva construcción política.
Y lo nuevo, si prospera, tendrá un sesgo más institucional. Quizás más vinculado al productivismo y a las lógicas de las provincias. Y eso llegará cuando el electorado registre que Milei efectivamente triunfó, percepción que empieza a aparecer. La sensación predominante es que Milei ganó. Que no enfrenta una amenaza seria.
—Varios gobernadores de Provincias Unidas, como Maximiliano Pullaro en Santa Fe, Martín Llaryora en Córdoba o Ignacio Torres en Chubut, tienen la posibilidad de reelegir. ¿Esa ausencia de límite puede jugar en contra de la construcción de un liderazgo nacional en 2027?
—Sí, puede ocurrir y este proceso quizás no se resuelva en 2027. Puede resolverse en seis años. Aunque en algún momento va a ocurrir. Tiene su lógica que, en algún momento, ese proyecto surja.
No se sabe quién lo liderará ni qué narrativa adoptará. Aunque, sin duda, será una respuesta al posautoritarismo. Una etapa posterior al mileísmo y una etapa de pospolarización.
—En un texto publicado en Clarín escribiste sobre la tríada del hinduismo —Shiva como fuerza destructiva, Brahma como impulso creador y Vishnu como principio de preservación—. ¿Cómo se vincula esa tríada con el momento que atraviesa hoy la Argentina?
—En el hinduismo esa tríada es eterna. No hay forma de escapar. Las tres energías conviven, aunque a veces predomine una sobre las otras. Y hoy, con claridad, se atraviesa la época de la destrucción de Shiva.
En esta etapa, junto con recortes lógicos —por ejemplo, gastos innecesarios— también se destruyen cosas valiosas para la sociedad: la ciencia, la protección de personas con discapacidad, los haberes de los jubilados. Es un proceso destructivo que abarca tanto los aspectos negativos del mal funcionamiento del Estado como funciones absolutamente necesarias para mucha gente. Por eso, en algún momento, la idea de un Estado justo debería poder estabilizar al país.
Un equilibrio fiscal, sí, aunque sin empobrecer a los jubilados. Una reforma del Estado, sí, aunque sin dejar de lado la educación en todos sus niveles. Es decir, encontrar ese punto de equilibrio que el Estado nunca terminó de encontrar.
Hay dirigentes que vienen pensando en esto hace tiempo, En mi opinión, hay alguien que que está pensando precisamente en un Estado justo, que es Martin Lousteau, más allá que solo un 20% de la gente hoy lo apruebe. Creo que eso debería ser considerado hacia adelante.
—¿Puede ocurrir que una parte de la sociedad se haya desenamorado de Lousteau por un tiempo y después vuelva a conectar?
—Es probable que, en el presente y a futuro, la política funcione cada vez más de manera fragmentaria. Como sucedió en Chile con Gabriel Boric, como se evidencia en otros países, como ocurrió en Perú, muchas veces los resultados electorales dependen de alianzas de distinto tipo. En ese contexto, alguien con un porcentaje bajo de apoyo puede ser parte importante de un proyecto de futuro. De modo que, en este momento, esos números importan menos que la posibilidad real de integrar un proyecto sustentable.
Lousteau tiene una personalidad bastante autónoma; eso se nota en su práctica política. Dice lo que piensa, incluso en contra de lo que la opinión pública, en un momento dado, podría considerar razonable.
Un ejemplo fue su accionar ante la ley Bases. Se presentó para dar quórum porque consideró que dar el debate tenía importancia, y al mismo tiempo, con su equipo, elaboró un proyecto de ley Bases absolutamente distinto del proyecto de Milei. Si ese proyecto alternativo hubiera sido acompañado por el peronismo, habría resultado muy interesante.
Sin embargo, fue él solo con su equipo. No hubo treinta senadores del peronismo trabajando en un proyecto alternativo. La capacidad que mostró en ese sentido es notable. Sería muy importante que la Argentina, como país, aprovechara ese tipo de capacidad.
—En una conversación con Jorge Fontevecchia citaste un caso del expresidente Mitterrand: hubo un crimen muy grave, la sociedad francesa reclamó la pena de muerte y él se negó a aplicarla. Con el tiempo, la sociedad terminó acompañando la postura de Mitterrand. ¿Qué herramientas tiene un líder para lograr un cambio así en el clima de ideas?
—Hay algo importante, que es la resonancia con lo que la gente ya está pensando. Cuando ocurrió ese episodio con Mitterrand, lo que buscaban los franceses era alguien que tomara por las riendas el problema.
No se trataba tanto de la pena de muerte, sino de que, frente a la angustia que provocaba un asesinato de ese tipo, apareciera alguien que dijera: "Esto hay que resolverlo con firmeza". Mitterrand, incluso oponiéndose a la mayoría de la opinión pública, rescató algo que esa misma opinión pública sentía.
La demanda explícita parecía ser: "Queremos la pena de muerte para este caso". El deseo de fondo era otro: "Necesitamos a alguien que se ponga los pantalones y diga lo que hay que hacer". Ahí aparece la diferencia entre la demanda y el deseo.
La demanda puede concentrarse en una medida específica; el deseo de fondo puede ir por otro lado. Y el liderazgo que logra interpretar eso se vuelve muy fuerte. Lo que se reclama, en realidad, es alguien que dirija, que oriente, que marque un rumbo.
—¿Sucede algo parecido con ciertas consignas económicas? Por ejemplo, con la idea de destruir el Banco Central. ¿Quizás, en realidad, no se desea la destrucción del Banco Central, sino baja inflación y estabilidad?
—Sí, totalmente. Una de las fortalezas de Milei es que marca un rumbo. En un momento en el cual la Argentina estaba perdida, sin saber hacia dónde iba o qué podía pasar, apareció alguien que forjó un rumbo. A partir de ahí, se instaló la idea de que ese liderazgo tiene un rumbo definido. Una parte de la sociedad confía en que, de algún modo, llevará a algún lugar distinto.
Frente a eso, otros actores aparecen como figuras que trasladan el país al medio del lodazal y sugieren un camino improvisado. Hay una diferencia fuerte entre la percepción de rumbo y la sensación de improvisación.
No siempre los deseos profundos de la opinión pública son interpretados o canalizados. Cuando esa interpretación aparece, se produce lo que antes se llamaba conducción.
Conducir no es obligar a la gente a decir o pensar lo que el líder quiere. Conducir es rescatar los deseos profundos de la opinión pública en un momento determinado y convertirlos en un proyecto. Conducir es identificar el deseo y el pulso social. Es rescatar un elemento que ya está presente en la sociedad, en los sentimientos colectivos, y trasladarlo a la propia comunicación.
"Conducir es rescatar los deseos profundos de la opinión pública en un momento determinado y convertirlos en un proyecto"
—En una etapa posterior al mileísmo, ¿qué rasgos del pulso social podrían conectar con un liderazgo nuevo? ¿Qué señales muestra hoy ese sentir colectivo?
—Gran parte de ese sentir colectivo todavía apuesta a que el proyecto de Milei termine de funcionar. Mientras eso no cambie, resulta difícil prever qué debería hacerse para construir el posmileísmo.
Lo que sí puede pensarse es la necesidad, hacia adelante, de una fortaleza institucional. Fortaleza institucional significa un proyecto fuertemente respetuoso de las libertades y de los principios democráticos, tanto en el discurso como en la práctica, aunque distinto de otros proyectos anteriores: fuerte y sólido tanto en lo económico como en lo político.
—¿Provincias Unidas podría ocupar un lugar equivalente al de Brahma, entendido como la figura que crea un orden nuevo?
—Sí, sin duda. Provincias Unidas tiene posibilidades de constituirse en una narrativa nacional fuerte, en torno a un proyecto de estabilidad y productivismo. En el futuro, la estabilidad va a ser muy importante. Y Provincias Unidas puede trabajar en ese sentido. En el sentido de Brahma.
—¿Qué tipo de relato narrativo podría ofrecer Provincias Unidas para resultar atractivo en términos de épica?
—El relato del proyecto productivo es muy fuerte. Encaja muy bien con los tiempos que vienen. Tiene que ser un relato que no sea opositor a Milei, y menos de apoyo. Debe sonar distinto. Debe sonar realmente como la nueva canción. Y ese relato incluye, de manera central, la estabilidad productiva del país. Por eso los gobernadores del centro pueden sostenerlo. Un país que produzca más y mejor. Que destine su energía a crecer.
—Axel Kicillof enfrenta el desafío de convivir con la centralidad de Cristina Kirchner, quien conserva poder interno y capacidad de veto. ¿Qué implica esa tensión para su intento de proyectarse y cómo se diferencia la posición de Provincias Unidas?
—A Kicillof se lo observa complicado, la interna es destructiva, y mientras Cristina conserve las llaves de muchos procesos dentro del peronismo, le va a resultar muy difícil a Kicillof construir un proyecto propio.
Es muy complejo que Cristina deje de tener ese lugar. Para que eso ocurra, Kicillof tendría que romper de manera mucho más fuerte, o Cristina debería dar un paso al costado. Ninguna de esas dos cosas parece probable.
Kicillof no termina de construir la nueva canción. Aunque ese problema excede a Kicillof: es un problema del peronismo. El peronismo enfrenta muchas dificultades como proyecto nacional. Puede ocurrirle algo parecido a lo que en su momento le pasó al radicalismo: convertirse en un conjunto de proyectos provinciales, algunos mejores que otros, con cada gobernador o cada sector siguiendo su propia orientación. Sin un proyecto nacional.
Conviene hacer una aclaración: no hay que confundir el voto con la ideología. En una investigación donde trabajé recientemente, el intendente es muy querido y le fue muy bien en las elecciones intermedias: sus concejales lograron muy buenos resultados. De orientación socialista. Y en la elección nacional, muchos de esos mismos votantes eligieron a Milei. Entender esto es clave: la gente vota proyectos y diferencia cada situación, cada momento y cada lugar. Es capaz de elegir espacios políticos distintos cada vez. Lo que no existe es una construcción fuerte de identidad. La lealtad es menor. Ocurre en todos los ámbitos de la vida. Va con la época, con las apps, con los nuevos medios.
—En una entrevista dijiste que "el fascista odia al tibio". Milei parece irritarse más con figuras como Lousteau o Álvarez Agis —a quien llamó "chorro"— que con el propio kirchnerismo. ¿Qué lógica política aparece en ese gesto?
—Milei funciona así. El kirchnerismo le da sentido a su propia existencia. Por eso, en la medida en que el kirchnerismo pierda fuerza y se debilite, Milei tendrá problemas. Por eso Milei intenta revitalizarlo.
Para Milei es necesario construir un enemigo. Porque cuando hay mucho malestar en la sociedad, ese malestar necesita proyectarse hacia algún lado. Hacia el enemigo. Construir un enemigo permite proyectar el malestar sobre algo que no es del todo propio.
Sigmund Freud explicó el funcionamiento de la paranoia. El paranoico siente un gran malestar interno, y como no lo soporta, necesita desplazarlo afuera. Ese movimiento lo alivia.
El angustiado o el triste, en cambio, es alguien que siente el malestar en sí mismo. Si fuera paranoico, no estaría tan angustiado ni tan triste. El mecanismo del paranoico, a diferencia del triste, lleva a buscar dónde colocar ese malestar hacia afuera.
Ese es el mecanismo de la paranoia universal. En grados extremos, conduce a situaciones muy terribles: destrucción del otro, persecución, violencia.
En los núcleos duros del mileísmo aparece más paranoia. En los núcleos más blandos aparece más tristeza. Y cuando aparece tristeza, no se produce esa proyección hacia afuera. El que está triste no busca poner el mal en otro lado. El triste, a diferencia del paranoico, se quedó con el mal. "Estoy mal, mi situación es mala, económicamente estamos mal, relacionalmente esta sociedad está jodida y yo me siento mal", piensa. Y todavía no encuentra, o no quiere encontrar, un culpable, o entiende que no necesariamente hay alguien en un sótano que determina lo mal que le va.
La posición de una persona triste es una más pensante. El paranoico, en cambio, evita el pensamiento. Aldo Rico decía: "La duda es la jactancia de los intelectuales". Dudar implica sentirse mal. No saber, no tener claro quién es el enemigo. Para alguien como Aldo Rico —y esa es una buena definición de lo que puede pensar un protofascista— no hay que dudar. Hay que saber a quién atacar. La sociedad se divide en dos: malos y buenos. Es una visión muy peligrosa, también paranoica, que a veces adquiere mucha fuerza cuando las sociedades atraviesan un malestar muy intenso, cuando se sienten muy mal.
Ese tipo de construcción odia los grises, porque los grises no funcionan en una lógica de buenos y malos. Por eso estos personajes menos agresivos en política, más tibios, más conciliadores, pueden transformarse en blancos privilegiados y convertirse en enemigos de esa construcción autoritaria.
—¿Podrías imaginar una escena que, dentro de unos años, se recuerde como el momento en que se cayó el velo del enamoramiento con Milei?
—Sí, aunque más que una escena, lo que imagino es una película monótona. Una película que genera una sensación de repetición. Cuando empiece a instalarse esa percepción de "ya lo vi, ya lo conozco, ya sé cómo va a reaccionar, siempre pasa lo mismo", se va a caer el enamoramiento con Milei. Cuando él se convierta en algo monótono. Por repetición, en su estilo y en sus acciones.