Mariana Gené: "Los recientes escándalos de corrupción del mileísmo pegan en el corazón de las promesas libertarias"
Como alguna vez ocurrió con Domingo Faustino Sarmiento, muchas veces el modo de ser "más argentino" es pasar por algún contacto con la vida francesa. Es difícil entonces no empezar aquí por una escena en ese país.
Entre seminarios de la École Normale Supérieure y cervezas con pescadores en un pueblo de Normandía, se ordena una parte de la biografía intelectual de la autora Mariana Gené. El deseo de unir los libros y la vida, la calle y la rosca. La doctora en Ciencias Sociales —cotutela entre la UBA y la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS)— recuerda ese período como "una gran, gran experiencia": la confianza de Alfredo Pucciarelli como director, el constante incentivo de la socióloga Mariana Heredia, la guía generosa del profesor Michel Offerlé quien leía, corregía, abría puertas.
—¿Cómo describirías la experiencia de tu doctorado entre París y Buenos Aires?
—Diría que fue decisiva. La cotutela me permitió no romper con mi vida y mi situación sentimental en Buenos Aires y, a la vez, tener un director en Francia muy detallista de mi trabajo. Offerlé fue un genio, estaba atento y además me abrió oportunidades.
De ese período queda una anécdota que la socióloga relata con una amplia sonrisa: tras entrevistar a un grupo de marineros, pagó la primera ronda de cervezas. La reacción fue increíble: una cadena de invitaciones sucesivas que alteró cualquier código previo. Cada pescador dispuesto a invitar una cerveza. "Ahí confirmé que también se investiga la cultura en gestos mínimos". La escena condensa una dimensión central de su mirada: la atención al detalle y a las reglas tanto explícitas como soterradas.
Antes de París hubo otra escena, muy porteña. Mariana Gené era una adolescente que había entrado a la literatura de la mano de Julio Cortázar. En ese entonces, devora "La autopista del sur" y en esa voracidad descubre que la fluida prosa puede ser tan adictiva como las novelitas románticas de kiosco. En su casa, detalla, había cierto "bono cultural": todo libro estaba bien. En la universidad, el flechazo con Sociología llegó después del CBC. "Se pasaba de leer a Portantiero a escucharlo en clase; lo mismo con De Ípola, Dri, Pucciarelli, Rubinich. Me quedaba cuatro horas y salía con ganas de comprar libros".
Su cronología: CBC en 2000, licenciatura en 2006, tesis doctoral defendida en 2014; estancias alternadas en Francia desde 2009. Esa línea de tiempo se enlaza con una ética de trabajo y una constelación de mentores que estimulan y acompañan. "Heredia fue mentora, casi hermana mayor. Pucciarelli un faro en la conversación política argentina. Offerlé, un interlocutor riguroso. Y con Gabriel Vommaro después compartimos aventuras de investigación y escritura". Un mapa afectivo e intelectual.
El periodismo anglosajón podría llamar al objeto de investigación de Mariana Gené "background" o "behind the scenes". Ella supo convertirlo en un programa: estudiar el "oficio de los armadores políticos" delante y detrás de escena. La rosca política, su libro de 2019 editado por Siglo XXI, fijó coordenadas: la política como trabajo, la negociación como saber, la intermediación como tarea específica. En esos capítulos —y en los agradecimientos— asoma una idea que hojeó en Borges: el "texto definitivo" sólo existe en la religión o en el cansancio. La política tampoco se escribe a la primera: se corrige, se reescribe, se prueba. Gené ha publicado artículos académicos, libros propios y en coautoría. El último es El sueño intacto de la centroderecha y sus dilemas después de haber gobernado y fracasado, de 2023, junto a Vommaro.
—En La rosca política se percibe una toma de posición: la idea de que la política importa —le pregunta El Economista.
—Sí. Hay momentos en los que enamorarse de la política se vuelve difícil. Aun así, es el espacio donde se dirimen conflictos y se toman decisiones. Como aseguró Weber, se pone la mano en la rueda de la historia. Por eso, también, los políticos deberían estar a la altura —responde Gené.
¿El método de Gené? Escuchar.
Escuchar voces con nombre, cargo, contexto, historias. Armadores que fueron ministros del Interior, negociadores en las cámaras del Congreso, dirigentes que aprendieron el oficio en pasillos y reglamentos.
Esa escucha que ha marcado su recorrido, en la actualidad, se bifurca en dos proyectos. El primero, junto a Gabriel Kessler y Gabriel Vommaro, se ocupa del seguimiento a votantes de Milei "en tiempo real", con una metodología singular: grupos de WhatsApp reclutados con criterios estrictos, diversidad territorial, etaria y de clase y seguimiento diacrónico.
—En el artículo Qué tienen los leones en el corazón, coescrito con Kessler y Vommaro, muestran hallazgos importantes como el de mujeres que apoyan el aborto, y que marcharían si el gobierno de Milei buscara penalizarlo, aunque siguen votándolo por el modelo económico.
—Nos interesó captar la heterogeneidad del electorado. Hay votantes "puros", leales, dispuestos a tolerar transgresiones. Y hay otros con muchas expectativas económicas, aunque sin cheque en blanco. Dos promesas son centrales: ordenar la economía y terminar con los curros. Por eso, los recientes escándalos de corrupción del mileísmo pegan en el corazón de las promesas libertarias —explica Gené.
La "batalla cultural", admite, no ordena a la mayoría. Importa para una minoría intensa, "muy ruidosa en redes", que logró correr los límites de la llamada "corrección política" y volver audibles discursos antes marginales. "No es una batalla que estén ganando, aunque sí instalaron voces que antes eran soterradas".
El segundo proyecto al que se dedica en el presente es más personal: un libro sobre el Congreso como escuela de política. "Si el libro La rosca política miró al Ejecutivo, ahora me interesa el trabajo de los armadores en el Legislativo: un espacio con reglas formales codificadas, un arsenal de pautas informales y un encuentro entre políticos antiguos y nuevos". El foco tiene un costado documental y otro casi teatral: la rosca que insiste.
Claudio Benzecry, sociólogo argentino radicado en Estados Unidos, escribió en el prólogo de La rosca política: "¡Vaya este fantástico libro para esta serie de sociología argentina!".
El contexto cambió. La carrera de investigación exige equipos, continuidad y financiamiento; todo está al borde del congelamiento en la Argentina de hoy. "Hay jóvenes brillantes, informados, con pasión por investigar, pero con pocos incentivos para quedarse. Cambiar las reglas en medio del camino tiene efectos: retener a los mejores se vuelve difícil", señala Gené.
Si la política es la cocina, la literatura es la sobremesa. En su biblioteca, los ejemplares muy subrayados de La ética protestante, de Weber, y Vigilar y castigar, de Foucault, conviven con devociones de adolescencia. Cuando se le pregunta por libros para 2025, elige dos que miran el mundo de frente.
—Los dos que tengo presentes están cerca de la realidad, aunque no a la de Milei. V13, de Emmanuel Carrère, la crónica del juicio por los atentados de Bataclán, me fascinó. Deja en vilo, tiene algo sociológico: escucha todas las voces, expone sus dilemas morales. Y Niño resentido, de César González, es un librazo: escritura potente, una vida en la precariedad, la relación cambiante con el delito y el consumo y la salida —también— por la literatura. Crudo, sin golpes bajos y con un ritmo impresionante.
Si se busca un tono íntimo, cita también a Ruth, de Adriana Riva: una mujer mayor al final de su vida, humor descomunal, pasión por la pintura.
"En mi familia todos eran abogados: mis padres y mis dos hermanos. Zafé". Así lo nombra Gené, sin vueltas. Ella pudo hacer la propia. Su madre ha sido jueza y su padre estuvo vinculado a la militancia política desde muy joven. En su casa se hablaba de política, circulaban la literatura, la sociología, la vida universitaria. En su memoria se guarda el precario encanto de la sede de Sociales de Marcelo T. de Alvear y el frío en el nuevo edificio de Constitución. Pero antes de llegar a la facultad, participó de un grupo de lectura al que fue invitada por sus padres —café, vino, Borges y Cortázar— donde la futura investigadora era "la mascota" y aprendía a leer en voz alta.
Tiempo después, primero el amor con Matías Lammens —a quien conoció cuando ella tenía 19 años y él 20, mucho antes de que él se convirtiese en dirigente político y de que ella se dedicara a estudiar la política— y luego la maternidad —tienen dos hijas, Ana y Paloma— atravesaron el tiempo y produjeron otra cronología. Los agradecimientos de La rosca política son otra clave para leer esos cruces: la deuda con instituciones y colegas, la fe en los grupos de investigación, la amistad como motor intelectual.
Mariana Gené narra la política con paciencia de archivo y con oído de entrevistadora. Considera que la negociación no es sinónimo de pecado original y que las decisiones no se cuecen a la vista. No se guía por una mirada moralista de la política, le interesa pensar las cosas como son. Cita con frecuencia a Weber y también a Sidicaro. Su biografía intelectual, que recupera la de esa escena en Normandía con los pescadores invitándola a tomar una cerveza, está hecha de varias fuentes. Se dedica al estudio de la rosca, sí, pero también a aquello que lo "calibra". Confía en que la rosca —esa palabra nativa que eligió con los editores como título de su libro que ya lleva cuatro ediciones— puede estar al servicio de bienes públicos, si se la entiende como destreza.
"La política importa. Por eso también importa cómo la hacemos y quiénes la hacen", asegura Mariana Gené.
—¿Cuál es tu comprensión del gobierno de Milei hasta esta primera semana de septiembre de 2025?
—¿Qué comprendo sobre el gobierno de Milei? Diría que vino a responder a una crisis demasiado larga. No es que la sociedad argentina no estuviera acostumbrada a crisis: cualquiera puede contar una historia de crisis en el siglo XX, con golpes de Estado, inflación, turbulencias constantes. No tenemos una historia armónica y tranquila. Pero esta última crisis tiene una particularidad.
Después del fin del boom de los commodities y de un ciclo de crecimiento con mejoras económicas, sociales y un corrimiento hacia arriba de toda la estructura social —entre 2003 y 2011—, la sociedad argentina experimentó un salto en bienestar que fue impresionante. Ese proceso se truncó y dio lugar a un largo período de estancamiento con inflación persistente. Ya no era la crisis clásica con alto desempleo, sino una sociedad con bajo desempleo, incluso con cuasi pleno empleo, pero con salarios muy bajos. Personas con trabajo que, aun así, tenían enormes dificultades para llegar a fin de mes.
Ese desgaste cotidiano se volvió insoportable. Y en ese contexto, la irrupción de Milei ofreció la ilusión de una solución a problemas reales. Si esa solución es la indicada es otra discusión, pero la capacidad de plantear un "basta" frente al ritualismo con que los actores tradicionales describían los problemas generó acompañamiento social.
Milei se montó en una polarización previa, se presentó como candidato anti-establishment y, tras la primera vuelta, logró absorber los votos de Juntos por el Cambio. Esa polarización persiste: no es solo de las élites, está en la sociedad.
El éxito de su gobierno va a depender de cuánto pueda sostener ahora que ya no es promesa electoral sino presidente. Consiguió algo muy tranquilizador para parte de la ciudadanía: moderar de manera fuerte la inflación. Pero en el camino empezaron a crecer otros problemas.
El futuro de este proyecto dependerá de sus resultados económicos y de cuánto, además de contener la inflación, logre responder a otras demandas que se acumulan detrás de ella.
—En el libro El sueño intacto de la centroderecha señalás que Macri fue el primer presidente que intentó la reelección y no lo logró. ¿Qué podría hacer Milei para no convertirse en el segundo en intentarlo y fracasar?
—Falta mucho para eso. Después de las elecciones de medio término de 2017, Juntos por el Cambio había ganado con un clima de euforia. El grito de guerra era "no vuelven más". Y no era sólo un eslogan: era la sensación real de que el kirchnerismo había quedado atrás. Había un mapa pintado de amarillo, la convicción de que se había logrado algo perdurable.
Ahí es donde sirve el recurso a la historia. Es normal que los actores políticos queden pegados a los hechos inmediatos: algunos se ilusionan con que su fuerza va a durar para siempre, otros con que los adversarios van a caer al día siguiente. Las dos ilusiones son erróneas y conviene matizarlas.
Es demasiado temprano para proyectar qué puede pasar con Milei y una posible reelección. Incluso es prematuro afirmar si se va a presentar.
—¿Cuál es tu mirada del peronismo en la actualidad? ¿Cómo imaginás la convivencia entre figuras tan distintas como Cristina Kirchner, Juan Grabois, Máximo Kirchner, Sergio Massa y Axel Kicillof de cara a 2027?
—El peronismo muestra, al mismo tiempo, una gran resiliencia y grandes problemas. Ambas cosas conviven.
Conserva todavía una conexión importante con una parte de sus bases sociales que fue amenazada no por el macrismo, sino por el mileísmo. El macrismo no logró lo que Milei sí: incomodar al peronismo e interpelar a una parte de sus bases sociales.
Mantiene, además, una capacidad de disciplina parlamentaria que le permite presentar una oposición clara al proyecto político de Milei. Pero arrastra, intactos, los problemas que dejó la experiencia del Frente de Todos.
Por eso, la pregunta sobre la convivencia interna es realmente problemática. Durante mucho tiempo se pensó que el regreso al poder podía ordenar las distintas tribus, aunque la experiencia reciente mostró que no es así. No tengo una respuesta acabada sobre cómo se resuelve, pero lo que aparece es un doble movimiento. Por un lado, una capacidad de no dispersarse, lo cual es importante frente a un proyecto con la ambición de poder que tiene el mileísmo y la polarización que propone; y por el otro, la dificultad de renovar la agenda y de encontrar un modo de funcionamiento común entre las distintas corrientes del peronismo.
—¿Cómo analizás el vínculo entre Milei y los jóvenes?
—Por un lado, están quienes consumen más la propaganda libertaria de los influencers y adoptan rápidamente los encuadres económicos de Milei para explicar distintos fenómenos. Por otro, quienes confían en la persona de Milei y simpatizan con su propuesta, pero rechazan lo que describen como una postura misógina, anticuada o arbitraria en la batalla cultural. A muchas mujeres jóvenes, en particular, esa parte del discurso les resulta molesta.
También surge otro eje cuando se lo piensa etariamente: el de las jubilaciones. Para algunos votantes de generaciones intermedias, el hecho de que gran parte del ajuste recaiga sobre los jubilados es un tema problemático, porque muchos ayudan a familiares en esa situación. Para los más jóvenes, en cambio, esa preocupación está más lejos. La prioridad es mantener el déficit cero, y confían en que "más adelante" la situación se resolverá.
El déficit cero se transformó en un significante central. La pedagogía económica de Milei entró con fuerza: la convicción de que lo único que no puede romperse es el plan económico.
—En el artículo de Anfibia citan a un profesor de secundaria de 40 años, de Reconquista, que decía: "El reclamo docente es válido, pero la gente que lo acompaña son todos el tren fantasma, y así pierde credibilidad". ¿Qué podría hacer en la actualidad el progresismo para capitalizar los flancos débiles de Milei sin quedar asociado a esa imagen del "tren fantasma"?
Para muchos votantes, el campo progresista aparece distante. Algunos nunca estuvieron cerca; otros se alejaron por su rechazo al kirchnerismo. Hay quienes son profundamente antiperonistas y otros que lo son solo a partir de su oposición al kirchnerismo. Aunque incluso así, varios reconocen en la promesa de bienestar social algo valioso. No todos consideran a los votantes kirchneristas como "feos, sucios y malos". Admiten que la redistribución y la justicia social son bienes loables, siempre que estén acompañados de mayor realismo económico.
La corrupción, en cambio, se convierte en un límite muy fuerte. No aparece justificación posible: surge la pregunta de cómo puede sostenerse la defensa de una fuerza política a la que se percibe como corrupta. Queda por ver cómo procesarán los escándalos de corrupción dentro del propio mileísmo.
En relación con la idea de "tren fantasma", lo llamativo es que también se aplica al propio espacio libertario. En las entrevistas, el único que no es cuestionado nunca es Javier Milei. Todos los demás —Karina Milei, Santiago Caputo, Victoria Villarruel— reciben críticas en distintas escalas, y más aún en las provincias, donde muchos votantes describen al armado mileísta como otro "tren fantasma".
Eso revela hasta qué punto el proyecto depende del liderazgo personal de Milei. Su figura como conductor es extrema.
La rosca política, de Mariana Gené: anatomía del toma y daca
Primero fue una intuición obstinada, casi un "capricho" académico: mirar la gobernabilidad argentina desde un pasillo con puertas dobles, en el cual la "política con minúscula" respira a salvo de las cámaras. Después, llegó el empujón adecuado, el interlocutor justo, el diálogo sostenido. Así empezó a tomar forma La rosca política.
Claudio Benzecry, responsable de la colección de primeros libros de Siglo XXI, estaba de paso por Buenos Aires. Dos colegas de confianza —Mariana Heredia y Gabriel Vommaro— potenciaron el contacto. Gené lo recuerda con precisión de escena cinematográfica: tomaron un café y hubo química inmediata. Benzecry, lector híbrido entre la sociología argentina y la norteamericana, escuchó y respondió: "Apoyo este proyecto". Fue, dice Gené, el clic que faltaba.
Hasta ese día, explicar su tema no había sido sencillo. "Me acuerdo cuando hacía la tesis y decía: 'Trabajo sobre el Ministerio del Interior'. Y la gente me preguntaba: '¿Por qué?'". En la Casa Argentina de París le pedían que definiera el asunto en pocas palabras y el efecto de la respuesta era de un poco de desconcierto.
La pieza que faltaba era la de un editor con olfato. En una charla en el IDAES, cuenta Gené, el director general de Siglo XXI, Carlos Díaz, le dijo con precisión: "Estás escribiendo un libro que se llama La rosca política. ¿Te la bancás con este título?". La respuesta fue tímida y definitiva a la vez: "Me la banco". "Ése fue un gran hallazgo de la editorial —dice—: el título condensa el espíritu, la pregunta, la intriga del libro. Y no estaba desde el inicio; apareció en el camino".
El libro salió en 2019 por Siglo XXI. Después vinieron las reimpresiones, las charlas, las lecturas compartidas. Hay libros que prometen levantar la tapa de la cocina política y acaban sirviendo humo. Éste no. Todo lo contrario. La rosca política. El oficio de los armadores delante y detrás de escena (o el discreto encanto del toma y daca) de Editorial Siglo XXI es, desde su primera edición de 2019, una guía de campo para entender cómo se gobierna la democracia argentina cuando las cámaras se apagan. Ahora va por su cuarta edición y se lee —todavía— con la urgencia de una crónica y la dedicación de la academia. Una postal que certifica la vida pública del texto: "Voy a entrevistar a una diputada y me abre la puerta con el libro en la mano: 'Mariana, qué honor'. Y yo, muerta de vergüenza. 'Lo tengo todo subrayado', me dijo".
Gené elige un ángulo tanto específico como decisivo: mirar la gobernabilidad a través del Ministerio del Interior y de quienes lo habitan. El libro arranca con una imagen que resume su tesis: pasillos de puertas dobles, "oscuridad, política", un ministerio que funciona como "termómetro" y generador de la "temperatura política" del país, en el que se administra la relación con gobernadores, partidos y Congreso. No es un organismo técnico; es "el ministerio político" —así, a secas—, como la autora recoge de sus entrevistados.
Y hay una imagen ajena pero pertinente, puesta sobre la mesa en el prólogo de Benzecry: la película Lincoln, de Spielberg. Allí, para que la decimotercera enmienda aboliera la esclavitud, hubo que tejer concesiones, promesas y favores. Lo dice una línea del film que Benzecry recupera: "He aquí la más importante medida del siglo XIX. Aprobada gracias a la corrupción; ayudada e instigada por el hombre más puro de los Estados Unidos". El punto no es glorificar el fango, sino reconocer que, detrás de cada gran giro histórico, hubo negociación.
El volumen está dividido en dos grandes secciones y remata con conclusiones y un epílogo que asoman al futuro. La primera parte trabaja a los armadores como oficio: trayectorias largas, socializaciones políticas, redes de confianza, ese "saber hacer entre pares" que se aprende en la práctica y sobre el que insiste el libro. Aparecen, con la sobriedad del dato y la gracia de la anécdota, las reglas tácitas, la autoridad prestada por el presidente, los contactos, la intuición para decidir bajo incertidumbre. Es la política "con minúscula, menos mostrable y sin embargo fundamental", escribe la autora.
La segunda parte, más sociohistórica, reconstruye la acción del ministerio desde 1983 hasta el final del gobierno de Néstor Kirchner. Gené muestra cómo, de la transición alfonsinista a los años menemistas, de la Alianza al rearmado pos-2001, los estilos de los ministros y las coyunturas partidarias redefinieron, una y otra vez, los márgenes de decisión.
Ese recorrido concluye con un movimiento de cámara: en conclusiones y epílogo, la autora vuelve a las preguntas de fondo —profesión política, instituciones, negociación— y cruza lo aprendido con el ciclo más reciente —incluido el macrismo— para pensar la continuidad de los armadores como engranaje.
Allí aparecen las escenas y las voces: el discurso de Emilio Monzó al ser reelegido presidente de Diputados en 2018 —"Me siento orgulloso como político", "Reivindico la rosca"— y la insistencia de Rogelio Frigerio en el factor humano; Gené lo entrevistó en su despacho de la Casa Rosada, siendo ministro del Interior, y él aseveró: "La política son vínculos... humanos, ¿no? De confianza, de gestualidades que van generando ese afianzamiento de los vínculos. Es energía, tiempo, paciencia, buena predisposición".
Ambas escenas funcionan como marcas de época.
El libro evita la tentación del panfleto. Prefiere comprender. "Antes que señalar cómo deberían funcionar las instituciones, intento volver inteligible el modo en que efectivamente funcionan", escribe Gené. Y, cita al sociólogo alemán Georg Simmel: "Nuestra tarea no es acusar o perdonar, sino tan solo comprender".
El método es obstinado: cuarenta entrevistas en profundidad a ministros y equipos —entre ellos, nueve de los once exministros del Interior que están vivos como Carlos Corach, Enrique "Coti" Nosiglia, José Luis Manzano, Federico Storani y Aníbal Fernández— y el cruce de sus interpretaciones con un vasto trabajo sociohistórico.
La rosca política no enseña a querer la política. Enseña algo más útil: a reconocer cuándo funciona, por qué a veces falla y qué engranajes —humanos, no divinos— la hacen posible.
—En el libro describís la fascinación transversal que generaba Carlos Corach, más allá de las denuncias en su contra, por su capacidad de diálogo, de imponer agenda y de construir poder desde el Ministerio del Interior. Hoy, Milei parece apoyarse en Guillermo Francos como figura clave para sostener la gobernabilidad. ¿Observás un paralelismo entre ambos?
—Guillermo Francos, dentro del ecosistema de actores que llevan adelante la negociación política —desde Santiago Caputo, Lule Menem, Sebastián Pareja, los armadores más pequeños, los negociadores en el Congreso, hasta quienes tienen capacidad de decisión en el Ejecutivo, como Karina Milei—, es el que más se parece a la figura clásica del armador. Primero fue ministro del Interior, después pasó a la Jefatura de Gabinete, y en ese tránsito quedó claro que es el que más encarna ese rol.
No diría que se parece a Carlos Corach: esa comparación le queda grande. Pero sí se parece al resto de los armadores en algo fundamental: tiene una larga trayectoria política. Pasó por distintos partidos —el de Francisco "Paco" Manrique, de perfil más de derecha y antiperonista; después por el peronismo; más tarde por el cavallismo—. Fue diputado, jefe de bancada y presidente de partido. Francos habla el mismo idioma que los demás políticos.
Para muchos, funciona como una especie de traductor. Conoce el lenguaje de la negociación, sabe cómo se entablan las conversaciones, no subestima a sus interlocutores. En ese sentido cumple un rol necesario en La Libertad Avanza: logra transmitir, suavizar, construir puentes.
¿En qué no se parece a Corach? En que no tiene la capacidad de decidir. Ésa es la diferencia sustantiva. En la rosca política hay algo clave: contar con la confianza del presidente y la autoridad para hablar en su nombre. Ser, literalmente, su voz frente a los demás. Eso era Corach.
Francos, en cambio, traduce, interpreta, acerca, pero hasta ahí. Las decisiones se toman en otro lado. No tiene la última palabra.
—"No es casual que la reivindicación de la rosca y de la habilidad política llegue cuando los resultados económicos son magros", has escrito. ¿Incluso un oficialismo que se presenta como enemigo de la casta precisa de un político profesional con destreza?
—Exacto. Cuando todo lo demás funciona, cuando la economía anda bien, el discurso anticasta y antipolítica tiene buena prensa, sin dudas, y logra legitimidad. Pero conviene recordar que Milei llegó con un mandato fundamentalmente económico: fue el hartazgo lo que lo llevó a la presidencia, la necesidad de devolver cierto orden, estabilidad y certidumbre económica que los argentinos no tenían hacía mucho tiempo. El componente de batalla cultural puede tener gran presencia en su discurso, pero no fue lo que le dio el mandato inicial.
El discurso antipolítica es antiguo, no lo inventó Milei. Una cosa es el discurso y otra es la necesidad real de ese trabajo detrás de escena que siempre existe en política. Ésa es la clave: el trabajo oculto que no puede estar siempre expuesto al público.
En una obra de teatro no se ve lo que ocurre detrás del telón, como tampoco se observa lo que pasa en la cocina de un restaurante. La política funciona igual.
Las grandes ideas necesitan de la negociación, sobre todo cuando se gobierna en minoría. Hace falta paciencia, comprensión de lo que necesitan otros actores políticos, y en un país federal, con 24 gobernadores cada uno con problemas específicos, no alcanza con ningunear o buscar chivos expiatorios. Eso puede ser útil en términos electorales, pero gobernar es otra cosa. Ganar elecciones es una cosa; gobernar, otra muy distinta. Gobernar requiere de actores capaces de esa intermediación, y en periodos de crisis mucho más.
Corach decía: "A mí se me fueron sólo ocho diputados del bloque". Eso dio origen al famoso Grupo de los Ocho. La Libertad Avanza, en cambio, tiene un bloque pequeño y ya sufrió rupturas importantes. Al poco tiempo de comenzar, su propio jefe de bloque, Oscar Zago, se fue y armó un monobloque. Más recientemente, la diputada Marcela Pagano también se fue junto con otros tres diputados. Y no son sólo rupturas: después esas mismas personas se acusan mutuamente de lo peor.
—¿Se puede interpretar que una rosca política bien aceitada puede traducirse en mejoras económicas y en crecimiento para el país?
—Si bien el término rosca política me parece completamente adecuado porque es un término nativo, muchas veces prefiero hablar de armadores políticos o de construcción política, porque la palabra rosca suele tener un tinte peyorativo. Casi que resulta contraintuitivo plantear si se puede "rosquear para algo bueno".
Claro que hace falta. Es cierto que se puede rosquear para cosas menores: una oficina en el Congreso, unos fondos para determinado programa, un par de contratos. Ésa es la política chiquita. Pero también se pueden entablar negociaciones con adversarios políticos para sacar adelante decisiones fundamentales para un proyecto: destrabar una reforma tributaria o negociar el presupuesto, conseguir un acuerdo como el pacto de olivos o una ley como la de interrupción voluntaria del embarazo, cambios que ordenan el sistema político o que cambian derechos y protecciones para distintos sectores sociales.
Ahí está el argumento de la rosca, que sigue vigente: cualquier proyecto político como tal necesita de esas destrezas. Por eso es útil pensar en una división del trabajo político. No alcanza sólo con rosca, pero desdeñar el trabajo de los armadores, de los expertos en negociación, es como pegarse un tiro en el pie.
Sin dudas, la rosca puede servir para tomar decisiones y sostenerlas, para resolver crisis y cambiar el rumbo de las cosas. Y puede contribuir a "mejorarle la vida a la gente" en términos económicos y sociales muy amplios.