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¿Y si el fin justifica los medios?

Entre la realpolitik y la erosión democrática en el siglo XXI
Javier Milei y Donald Trump. grok
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En un mundo aún signado por la Guerra Fría, donde Nixon sigue en el poder durante los años 80s, Watchmen -tanto en su versión cinematográfica como en el cómic- plantea una inquietante paradoja: una bomba atómica en el corazón de Manhattan, con más de 17 millones de víctimas, emerge como la única solución para evitar una devastadora guerra nuclear entre Estados Unidos y la URSS. En otras palabras, el film pretende confrontarnos, mediante una intrincada historia de superhéroes oscuros conflictuados, con una pregunta perturbadora: ¿el fin puede justificar los medios?

¿Tiene este planteo algún anclaje con la realidad? ¿En la política del siglo XXI, cualquier medio se justifica por el fin?

Hace tan solo unas semanas, el mundo fue testigo de una escena dantesca en el Salón Oval de la Casa Blanca. Un presidente del este europeo, asediado por la guerra desde 2022, sufrió no solo la humillación pública de su par estadounidense, sino también la degradación a manos de su vicepresidente, transformando una conferencia de prensa en un espectáculo grotesco de diplomacia.

Este gesto jactancioso, que ya ha sido ampliamente analizado por expertos internacionales, puede marcar un punto de inflexión en la política de defensa de la Unión Europea, señalando su límite, y en la configuración del tablero geopolítico global. Algunos lo perciben como un acercamiento entre Trump y el autoritarismo competitivo de Vladimir Putin. Otros, como una estrategia de Estados Unidos para cerrar el conflicto bélico minimizando costos. Sea cual fuere la motivación, el impacto fue un shock para la comunidad internacional.

Pero ¿y si la entrega de parte del territorio ucraniano invadido, que ya alcanza el 20% del mismo, y la firma de un acuerdo por los minerales estratégicos de ese país fuesen la única vía para lograr la paz en una Europa debilitada, frente a una Casa Blanca que exige el cumplimiento estricto de acuerdos como el de la OTAN?

La preocupación trasciende la geopolítica inmediata. No se trata solo de ceder territorio o humillar a un mandatario, sino de lo que esto significa para la seguridad global, la calidad institucional y, sobre todo, la democracia. El Democracy Report 2025 del V-Dem Institute en Suecia advierte que la calidad democrática global ha retrocedido a niveles de 1985. Actualmente, 45 países atraviesan procesos de autocratización, la cifra más alta registrada simultáneamente, y la libertad de expresión ha caído drásticamente en múltiples naciones.

Europa, a pesar de su evidente declive, sigue albergando la mayor cantidad de democracias y un respeto superior por los derechos humanos en comparación con otras regiones. Pero el acercamiento de Estados Unidos a Putin y su posible desinterés por Ucrania representan una amenaza no solo económica -por el inicio de una nueva guerra comercial- sino también estructural: un retroceso democrático global. Aunque hoy el número de democracias (97 países) supera al de autocracias (70 países), el dato crudo es más alarmante: el 72% de la población mundial (5.700 millones de personas) vive bajo regímenes autocráticos. La cesión de territorio ucraniano no sólo comprometería la seguridad europea, sino que también supondría una derrota simbólica para la democracia en el mundo.

Además, mientras 64 países se deslizan hacia la autocratización, apenas 12 avanzan en un proceso de democratización, impactando solo al 2% de la población mundial.

Liberal Democracy Index

En este contexto de deterioro democrático global, Argentina atraviesa un experimento político singular. En 2023, los votantes optaron por un outsider políticamente incorrecto para dar fin al asedio inflacionario que sufre el país desde 2007. Javier Milei, en su primer año de gobierno, redujo más de 100 puntos de inflación mediante un severo ajuste que incluyó un recorte del 25% del gasto público. A pesar de contar con una notable minoría político-institucional de apenas seis senadores, unos cuarenta diputados y ningún gobernador, el libertario supo construir una base de apoyo público gracias a este logro económico y a la legitimidad de su mandato. Sin embargo, con la reactivación económica, emergen nuevas interrogantes.

El respaldo inicial a Milei no nació de una súbita conversión colectiva a las ideas de Hayek o Friedman, sino de un profundo hartazgo. Ese aval se tradujo en lo que podríamos llamar, citando a Shakespeare, un "engolosinamiento político": un intento de avanzar en una agenda ideológica y cultural que incluyó discursos como el de Davos sobre homosexuales y pedófilos, la negación del cambio climático y el rechazo a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU, confrontación a la agenda feminista, etc. Sobre estos asuntos divisivos, hay dos posibles lecturas: o bien el clima de época favorece en efecto un giro conservador en temas sociales, o bien Milei emplea una estrategia de polarización con fines electorales donde el fin se mantiene en el programa económico.

Si su retórica extremista es solo una táctica para evitar obstáculos en su agenda económica y blindar su ajuste fiscal, podríamos estar ante un caso de pragmatismo extremo. Es decir, un gobierno no populista que sacrifica el presente inmediato en aras de un bienestar futuro. Pero si, por el contrario, lo que estamos viendo es un avance sobre consensos democráticos básicos y una erosión institucional -como describen Steven Levitsky en su último artículo del Foreign Affairs con su concepto de "autoritarismo competitivo"-, el panorama es preocupante. Medidas como el intento de nombrar jueces de la Corte Suprema por decreto a días del inicio de sesiones ordinarias serían una señal inequívoca de ello.

Según el Democracy Matrix de la Universidad de Würzburg, ni Argentina ni Estados Unidos figuran entre las 25 democracias plenas que abarcan apenas al 6,6% de la población mundial. Ambos se encuentran dentro de las 46 democracias defectuosas, una categoría que representa el 38,4% de la población global. De hecho, más de la mitad de la superficie mundial es abarcada por regímenes autoritarios

CategoríaNúmero de países% de países% de la población mundial% de la superficie mundial
Democracias plenas2515%6,6%7,2%
Democracias defectuosas4627,5%38,4%21,5%
Regímenes híbridos3621,6%15,7%5,6%
Regímenes autoritarios6035,9%38,2%65,7%

Fuente: elaboración propia en base a https://www.democracymatrix.com/ranking 

Tras una elección menor en Francia y la reacción social ante su resultado, un diplomático británico remarcaba que en su país debido a que no existe una constitución escrita se explica por qué las formas son cruciales. En el respeto por las reglas, normas y procedimientos reside la esencia misma, la sustancia, de la democracia. 

El brusco cambio de época que estamos presenciando nos obliga, no obstante, a dudar o, al menos, considerar alternativas.. Levitsky nos advierte sobre democracias que no mueren por golpes de Estado, sino por un deterioro gradual, donde los autoritarismos competitivos que irrumpen no requieren la destrucción del orden constitucional. Pero, al mismo tiempo, Watchmen nos recuerda que una catástrofe puede evitar otra aún mayor. Entonces, ¿qué ocurriría si el estilo brutalmente anti-woke y políticamente incorrecto de Trump y Milei terminan por resolver el conflicto bélico europeo y la crisis macroeconómica argentina? ¿Y si, en el siglo XXI, entonces, el fin sí justifica los medios?