Qué no se celebra (y que sí) el 8 de marzo

(Columna de María Emilia Romagnoli y Eduardo Rivas)

Este 8 de marzo se celebra un nuevo Día de la Mujer, que no es ni el más grande regalo de Dios, ni lo más bonito que hay en este mundo, ni una criatura angelical, ni la pincelada de un artista celestial, ni el amanecer de todas nuestras mañanas, ni las dueñas de nuestros corazones, ni la flor que enfrenta los retos con valor y fuerza…no se celebra nada de eso. Se celebra el día de la mujer trabajadora, la asalariada y la no asalariada, la que sale a trabajar y la que trabaja en su casa y el día de todas las mujeres porque, en última instancia, con mayor, menor o nulo reconocimiento, todas las mujeres son trabajadoras.

Sin embargo, o quizás por ello, el trabajo de las mujeres en política no es muy amplio. Hay mujeres políticas y muy buenas, tales los casos de Margarita Stolbizer, Elisa Carrió, María Eugenia Vidal o Cristina Fernández, o remontándonos en el tiempo, Florentina Gómez Miranda, Alicia Moreau o Eva Duarte, pero, sin embargo, no son muchas las mujeres que se aventuran a la política. Paradójicamente, o no, dos de las mencionadas se abrieron paso a machetazos en la jungla política enancadas en su relación filiar, puesto que tanto Eva Duarte, lo cual es entendible dada la época, como Cristina Fernández, lo cual no es entendible dada la época y su verborragia pública, se apoyaron en sus maridos para su labor política, y hasta utilizaban su apellido de casadas para mejorar su implantación popular.

Cierto es que desde la sanción de la denominada Ley de Cupo, de 1991, ha avanzado mucho la participación política de la mujer, pero sin embargo dista mucho de reflejar la complejidad de la sociedad y el rol que en ella ocupan.

Desde los comienzos se han puesto a pensar los hombres por esa complejidad que las caracteriza, y que es tan difícil de asimilar. Filósofos, escritores, poetas, médicos, psicoanalistas, y millones de hombres preguntándose qué quiere una mujer. Cuando lo más sencillo es escuchar a las mujeres diciendo qué quieren, qué necesitan, por qué pelean, y aceptando que ellas mismas luchen por ello, sin pretender erigirse en libres interpretadores de sus pensamientos y sus sentimientos.

La mujer es, en esencia, enigma y lucha. Cuestionamiento que se abre paso a la fuerza, que rompe paradigmas, desordena estructuras, asusta…y pone a toda la sociedad a pensar para darle respuesta. Por eso la mujer no puede estar ausente en la política.

Un rápido repaso por los gabinetes nacionales exponen con dureza que lo que año tras año se repite en los papeles respecto a la escasa participación de la mujer no es más que el reflejo de la propia realidad de un país que hasta 30 años no le reconocía a la mujer la patria potestad de sus hijos.

Así, durante la presidencia de Raúl Alfonsín sólo 1, de los 32 ministros, fue mujer: Susana Ruiz Cerruti encabezó el Ministerio de Relaciones Exteriores en el final del Gobierno. La participación de mujeres como ministros alcanzó su apogeo durante el segundo período presidencial de Cristina Fernández, donde a la Presidente acompañaron 5 ministras (Nilda Garré, Débora Giorgi, Alicia Kirchner, Teresa Parodi y María Cecilia Rodríguez) del total de 26 ministros nombrados.

La llegada al Gobierno de Cambiemos significó un retroceso en la participación de la mujer en el gabinete nacional, puesto que sólo 3 de los 21 ministros son mujeres: Susana Malcorra, Patricia Bullrich y Carolina Stanley son parte hoy del gabinete nacional.

Pese a ello, es evidente que ha habido un notable avance de la participación de la mujer en la sociedad y la política no ha estado exenta de él, pero no es menos cierto que este avance es aun escaso.

Las barreras culturales que aún persisten, entre otras trabas, hacen que la participación de la mujer sea mucho más difícil que la del hombre, tanto en la esfera privada como pública, en la que la participación mayoritaria de la mujer se circunscribe mayoritariamente a las ramas profesionales que históricamente fueron desempeñadas por mujeres como, por ejemplo, la docencia.

Así las mujeres han tenido que embarcarse en la lucha de hacerse oír cada vez más para salir de las sombras y generar creaciones en nuevos ámbitos, y han ocupado en consecuencia nuevos espacios, siempre ganados por mérito propio y nunca regalado por el poder dominante.

Llamadas locas, pecadoras, marginadas, brujas y quemadas en hogueras, acalladas, minimizadas, eternamente incomprendidas, las mujeres siempre han ocupado un rol aparentemente secundario en el desarrollo de nuestra sociedad…pero, como dice el dicho, no hay mal que dure cien años… y los avances logrados en los últimos años demuestran que las mujeres ya no sólo se hacen escuchar sino que pelean por lo que quieren y consiguen sus objetivos.

En definitiva, se trata de legitimizar el lugar de la mujer y que no siga actuando, puesto que siempre tuvo poder de activar, desde esas sombras, dado que los intentos de mantenerlas en un rol secundario sólo lograron que lo que la mujer tiene para decir, que siempre es mucho, surja con la fuerza de un clamor imposible de desoír.

La igualdad de derechos en su más amplia acepción es la materia pendiente, queda mucho por hacer, es la tarea urgente del momento el trabajar en ello para que la mujer no sea recordada sólo el 8 de marzo sino cada día como parte indispensable de la construcción de la sociedad que queremos y nos merecemos.

Pero no planteamos una igualdad utópica que tienda a intentar homogeneizar y anestesiar, sino una igualdad en los derechos que respete las diferencias esenciales entre hombres y mujeres. Igualdad de derechos que legitime la libertad de opinión, acción, oportunidades y que permita el libre movimiento dialéctico del pensamiento, puesto a trabajar a partir de esas diferencias.

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