Un juego peligroso

Macri no debería desaprovechar los tramos iniciales de su gestión, que son decisivos para todo el período.

El presidente Macri, decíamos aquí hace unos meses, está condenado al populismo político. Todo presidente lo está, y más aún aquellos que tienen apoyos débiles en el Congreso y el sistema partidario. Un presidente que tiene sólidos apoyos de ambas clases puede darse el lujo de prescindir de la popularidad por un período de tiempo. Breve, preferentemente. Macri, nunca. El va a necesitar de una popularidad alta durante todo su mandato. De lo contrario, no va a poder implementar reformas importantes. Sin popularidad, solo podrá dedicarse a sobrevivir en su sillón, y a resistir todo tipo de problemas. La inestabilidad está entre ellos, porque la conjugación de un Congreso en contra y popularidad en baja puede ser explosiva. Miremos, sino, el caso de Dilma Rousseff, hoy jaqueada en el Congreso brasileño por causas que siquiera la incriminan en forma directa. Hace algunos años, su predecesor Fernando Collor de Melo fue absuelto por la Corte en la causa que había detonado su impeachment en 1992. ¿Le devolvieron a Collor la presidencia, esa que no perdió por “corrupto”, sino por no tener el control del Congreso ni nexo populista con el público? Tampoco la recuperará Rousseff.

No hicieron caso de nuestra columna: en estos casi cuatro meses de gobierno de Cambiemos, el presidente Macri ha jugado un juego peligroso. En primer lugar, por lo que no ha jugado. Empezó el partido y él todavía no salió a la cancha. Ha hecho poco y nada para cimentar su nexo con el público, y sólo se dedicó a disfrutar de la inercia de los votos recibidos en octubre y noviembre. Con un agravante: su estrategia discursiva se concentró en fogonear el tema más contraproducente de todos los que puede esgrimir un oficialismo.

Aclaremos, una vez más, que el populismo no es una mala palabra, ni tiene por sí mismo todas las connotaciones negativas que se le atribuyen la mayoría de las veces. Es, simplemente, la agenda del presidente democrático para mantener una buena relación con el público. Sin la cual no puede gobernar bien. Puede haber populismos de izquierda, de centro, de derecha, posideológicos. Pero todo buen presidente tiene uno. La primera etapa de gobierno es un momento clave. Perón, Frondizi, Alfonsín o Néstor Kirchner edificaron sus personalidades políticas en esos meses iniciales, en los que desplegaron los temas centrales de su gestión, y la visión que querían transmitir al pueblo. Agenda y visión son las tareas centrales del presidente; administran los ministros.

Esos meses son invaluables. Si un segundo de publicidad televisiva en el entretiempo de un partido de fútbol cuesta decenas de miles de pesos, imaginen el valor de esos primeros meses del príncipe democrático, cuando todas las luces apuntan a él, en forma continua, y el público aún le sonríe. No alcanzan los ceros. Por eso, es como mínimo sorprendente que el oficialismo, sus estrategas y sus espadas mediáticas hayan redirigido los focos de su mayor capital político, que es la atención popular, para hacer un Tony Montana patagónico de un gris contratista de obra pública. Que pudo o no haber sobrefacturado y evadido impuestos, para él o para otro. Este, no otro, es el momento para sentar las bases de un liderazgo de largo plazo. No usarlo es despilfarro. Y el vacío que deja es peligroso.

Una derivada de este peligro reside en la bandera de la anticorrupción. Corrupción es un fenómeno muy amplio, que puede querer decir muchas cosas. Algunos jueces rechazan el uso del término porque dicen que es político y no jurídico. En la política realmente existente, un corrupto es un descalificado para la tarea, alguien que usa y abusa del poder para provecho propio, y que por lo tanto debe ser expulsado del juego. Por eso, la anticorrupción debería estar en manos de terceras personas –o sea, el Poder Judicial–, porque los políticos son parte interesada. A nadie se le escapa que cuando un político acusa a otro de corrupción, lo que en general busca es sacarlo del camino para ganar las próximas elecciones.

Pero además de la contradicción ética que supone disfrazar de moral lo que en realidad es una competencia de poder, está la cuestión de la eficacia. La anticorrupción es un arma eficaz para que una oposición demuela la reputación de un gobierno, pero no al revés. Haciendo foco en acusaciones de corrupción contra el gobierno anterior, el oficialismo no solo desaprovecha momentum para edificar su propio liderazgo, sino que se pone en un lugar vulnerable. Al hacer foco en la credibilidad de otros, termina poniendo a la credibilidad de todos en la agenda de la opinión pública. Que un empresario forme parte del directorio de una off shore es algo frecuente, y el caso tal vez sea irrelevante. Pero Panama Papers podría repercutir sobre el gobierno con una fuerza mucho mayor a la esperable como consecuencia del peligroso juego del honestismo. No importa si esto avanza o no en la justicia: importa la opinión pública. En 2007 se descubrió que dos personalidades políticas no tenían los títulos universitarios que declaraban. Una fue el “ingeniero” Blumberg, quien desapareció ipso facto de la política. Del otro caso ya nadie se acuerda.

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