Kódigo Penal

(Columna de Mario Serrafero)

Pese a que no hubo elecciones nacionales en los últimos meses, el kirchnerismo sufrió un fuerte deterioro porque las imágenes superaron cualquier debate sobre la grieta.

El candidato del kirchnerismo perdió en las elecciones de 2015 por sólo un punto y medio. El 9 de diciembre la despedida de Cristina del poder congregó una multitud en las calles digna de la asunción de un presidente, más que de su retiro. Durante estos seis meses no hubo elecciones. Pero el perfil del kirchnerismo y de Cristina se fue deteriorando. ¿Qué pasó?

Dos imágenes fueron decisivas. La primera, un grupo de personas contando dinero en “La Rosadita”. La segunda, el ex secretario de Obras Públicas de los gobiernos kirchneristas –José López- arrojando bolsas con 9 millones de dólares a un convento habitado por dos o tres monjas (aquí no fue necesaria la imagen de arrojar los bolsos, bastó con las imágenes posteriores de López y los bolsos repletos de dólares). La fuerza de las imágenes pudo más que miles de notas escritas y discusiones eternas sobre el relato. El Homo Videns de Sartori, en todo su esplendor y potencia. Estas imágenes produjeron dos hechos casi providenciales. El primero despertó a ciertos jueces luego de un largo letargo. Como se ha señalado -varias veces- en esta columna los jueces federales demoran o desactivan las causas cuando los imputados son los gobernantes y las reactivan cuando éstos han dejado el poder o están por hacerlo. No es algo nuevo. A este comportamiento se sumó el video de “La Rosadita” que ayudó al aceleramiento procesal que impuso el juez Casanello en una causa emblemática. El segundo hecho– los bolsos de José K– generó una suerte de implosión en el kirchnerismo. Hasta se ha dicho que podría ser su fin. Las figuras más conspicuas del anterior gobierno han denostado –o sea aceptado, por primera vez- la corrupción de una figura central de sus gobiernos, con más de veinte años de cercanía absoluta con el matrimonio Kirchner. Ni Julio De Vido ni la propia Cristina se encuentran a salvo de una reacción que no se sabe donde culminará.

El kirchnerismo fue batido por primera vez –en tiempos recientes- en las elecciones de 2015 por la decisión de los electores. Y es batido por segunda vez por un actor que entra en escena, luego de mucho tiempo de ausencia: el Código Penal. El kirchnerismo ha llevado al punto máximo algo que ya se alojaba en la cultura nacional: los delitos no existen, si todos hacemos como que no existen. Pero ha sofisticado este defecto nacional. No se trata de la anomia boba que señalaba Carlos Nino en su libro Un país al margen de la ley, sino de una anomia cínica, construida por la acción de un montaje discursivo donde los comportamientos descriptos en el Kódigo penal son sólo hechos, sólo eso (y por lo tanto, no punibles). Artilugio que se traduce así: donde antes había delitos, ahora hay sólo hechos. Una maravillosa metáfora de esta transmutación la dio el inefable funcionario Aníbal Fernández –reproducidas por un culto periodista de culto del kirchnerismo- cuando dijo que en el video de la Rosadita solo se ve “gente que cuenta dinero. ¿Es delito contar dinero?”. Cinismo que desmonta el hecho punible que configura a todo delito y lo convierte como puro y mero hecho situado en un desierto descontextualizado. Hasta hace pocos meses los jueces parece que veían en sus causas hechos, pero no delitos. Las pruebas estaban allí, en los expedientes, pero las conductas punibles no aparecían. No es casual que un ex juez de la Corte, de prestigio internacional, haya sido un referente intelectual del kirchnerismo. Pero ahora, mágicamente, el velo se ha descubierto y aparece el Código Penal, que nos dice que algunos hechos sí están tipificados como delitos.

Las eternas discusiones sobre el Relato, el periodismo militante o el fenómeno político del kirchnerismo e incluso la grieta han operado como distractivos. Los intelectuales han discutido circular y reiterativamente hasta el aburrimiento acerca del Relato y los jueces acumulado papeles respecto de denuncias que no avanzaban. Denuncias formuladas en 2008, que han dormido años y de pronto han resucitado. Simulacros de Política y Justicia. Y la sociedad ha permanecido o bien ajena o bien se ha entretenido con estos fuegos de artificio durante más de una década. Pero el Código Penal descorre el velo más oscuro del kirchnerismo: corrupción estructural que utilizó al Estado para el enriquecimiento de funcionarios, amigos o cómplices.

El kirchnerismo fue muy hábil también en establecer discursivamente la primacía de la Política sobre el resto de los componentes simbólicos y reales de la democracia. Se reiteró que Néstor Kirchner había recuperado la política del abismo del “que se vayan todos”. Ese rescate conllevaba otro artilugio: la primacía de la política sobre la ley. Y sin ley existen formas y burocracias judiciales, pero no sentencias condenatorias. Como otra forma curiosa de “obra pública” se abría así la puerta de la impunidad y se construía el camino de la corrupción.

La corrupción no es un fenómeno exclusivo de Argentina, sino más bien un fenómeno generalizado y de larga data. Cualquier diccionario de ciencia política presenta la voz “corrupción”. Pero estas aclaraciones no obran de excusa ni mucho menos como atenuantes. Como siempre la cuestión de los grados tiene una relevancia fundamental, sobre todo en temas morales y políticos. Vivir con cierto grado de corrupción es esperable y hasta inevitable. Convivir dentro de un medio de corrupción estructural y generalizada es poco menos que un suicidio colectivo en pequeñas dosis. La corrupción a la que se hace habitualmente referencia es la que se desarrolla en la esfera pública y tiene como sujeto activo al funcionario público. El Código Penal ofrece una sugerente oferta de alternativas que tiene tal funcionario, por ejemplo el cohecho y el tráfico de influencias, la malversación de caudales públicos, las negociaciones incompatibles con el ejercicio de las funciones públicas, las exacciones ilegales, etcétera. La corrupción comprende, fundamentalmente, la ilegalidad de los actos de los funcionarios, aunque también su discrecionalidad si de ella se desvían fondos hacia el propio peculio o se favorece a un tercero que presiona u ofrece recompensas por la corruptela que lo favorece. El problema de la corrupción por cierto es más amplio y complejo y vincula el sector público con el privado, al derecho con la política y la sociedad.

El kirchnerismo desarticuló las instancias administrativas de control interno e intentó manipular el control externo. Cabe reiterar lo que he escrito en cantidad de notas, la importancia de la Justicia y el papel relevante que juega en una democracia el Poder Judicial. El camino de degradación ha sido largo, desde el decreto 222 de Néstor Kirchner y la composición de una Corte independiente, hasta el intento de control y manipulación que significó el proyecto de supuesta “democratización de la Justicia”. No hay democracia de calidad sin controles. Pero los controles no formaron parte del universo conceptual democrático del kirchnerismo. Otra maravillosa metáfora, esta vez de la ex presidenta, ilustra la ausencia de los controles en el imaginario kirchnerista: “Si López tenía ese dinero, no se lo di yo”.

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