La bala de plata de Dujovne

(Columna de Daniel Montoya, politólogo)

De los últimos treinta años, sólo cuatro ministros de Economía tuvieron final “feliz” en la función. Qué puede aprender el nuevo titular de Hacienda, Nicolás Dujovne, del destino político de sus antecesores.

El economista o afín que lea este título, intuirá que las próximas líneas contienen algún análisis sobre el plan económico del nuevo ministro de Hacienda. En particular, acerca del carácter clásico o keynesiano del programa o con relación a las medidas puntuales que Nicolás Dujovne está anunciando en el terreno fiscal. Pues, nada de ello. Esta columna apunta a otra zona, a indagar en la instancia de entrada del flamante funcionario a la galería de ex ministros del área. Tal museo, más bien cementerio, es enorme e intimidaría a cualquier visitante en su primer día de trabajo. En especial, debido al duro mensaje implícito en esa vieja colección de cuadros. De los últimos treinta años, sólo cuatro ministros de economía tuvieron final “feliz” en la función, entendiéndose por “feliz” el tiempo de duración en el cargo o el ulterior ascenso político. Los dos que en su momento fueron Gardel, los superministros Domingo Cavallo y Roberto Lavagna, crecieron hasta chocar con sus jefes, Carlos Menem y Néstor Kirchner, aunque les quedó resto para buscar destino político propio aspirando a ser presidentes en las elecciones de 1999 y 2007, en las que obtuvieron 2 millones (10%) y 3,2 millones de votos (17%) respectivamente. Nada mal para una primera incursión política. El tercero de ellos, Amado Boudou, si bien alejado del espectacular récord de permanencia en el cargo de Cavallo y, en menor medida de Lavagna, logró el upgrade político que no tuvo ningún otro ministro de Economía argentino: ser parte de una fórmula presidencial que obtuvo el 54% de los votos en 2011. A pesar de ello, el techo que no halló Boudou en la función pública lo encontró más brutalmente que Cavallo y Lavagna en la política, quedando envuelto en denuncias de corrupción a los pocos meses de iniciado su mandato popular. El cuarto y último ministro que merece un párrafo aparte es el poco recordado Roque Fernández, el ministro de Economía que acompañó a Menem hasta el final de su segunda presidencia, con un envidiable récord de permanencia en el cargo casi idéntico al de Lavagna. Fernández fue el único ministro exitoso que no buscó cartel francés y que terminó extinguiendo su exposición pública con el mandato de Menem. El espejo de Boudou (o de Lousteau) No hay una fórmula mágica para tener éxito como ministro de Economía. El adagio “equipo que gana no se toca” puede explicar la aprobación o prestigio que goza aquel funcionario pero ello no impide que su misión esté tan a plazo fijo como la del anterior responsable del área que no obtuvo ningún resultado. Si los números lo ayudan, la duración en la función, salvo la excepción Cavallo, se prolongará hasta un límite de alrededor de tres años. Si la cosecha es mala, la extensión no pasará del año o inclusive del trimestre. Esta última característica es única de esta función ministerial. En otras misiones tan sensibles como la seguridad, los ministros del área se dan el lujo de pasar, sin pena ni gloria, largas estadías en ese sillón y hasta haciendo realities de TV. Ni hablar de otros ámbitos como salud, educación, relaciones exteriores, defensa o medio ambiente, en los cuales los ministros entran en una nebulosa donde queda poco claro el costo que pagan por los malos rendimientos y la alternancia suele ocurrir en el marco de un cambio de misión política. Tal el caso de una candidatura a legislador, el destino apacible que no suele alcanzar quien ocupó el cargo de ministro de Economía, el fusible del sistema político por naturaleza. Los dos modelos ministeriales más exitosos, Cavallo y Lavagna, están fuera del alcance de Dujovne, aunque incorpore a su gabinete a Paul Krugman, Edmund Phelps y Josep Guardiola. Hoy no hay espacio político para un modelo que fue producto de las grandes explosiones de 1989 y 2001, menos dentro de un equipo como el de Macri donde es una virtud “dejarse coordinar”. Y ni hablar del paradigma Roque Fernández. Si el Gobierno tiene necesidad de un comunicador, nada más alejado de eso. Los dos cuadros de la galería que sí debería mirar con atención Dujovne son los del Boudou de aquel tiempo (no el de los pies en la fuente) y el de Lousteau, un ministro que murió rápido en el intento, pero que entendió también la naturaleza temeraria de esta misión. Faltan pocos meses para las elecciones de medio término. Quizás nadie hable de la bala de plata pero el Gobierno juega todo su futuro político al despegue económico. No podrá ser obviamente la fallida resolución 125 de Lousteau ni la estatización de las AFJP promovida por Boudou desde las Anses, pero Dujovne no tendrá margen para quedarse comentando el efecto Trump ni porqué las inversiones se trabaron en la Aduana. Ya es tarde para no jugársela. Destacados En un equipo como el de Macri, donde es virtud dejarse coordinar, no hay espacio para un superministro Los dos cuadros de la galería que debería mirar con atención Dujovne son los del Boudou y de Lousteau.

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