De los Juegos Olímpicos a los Juegos del Hambre

(Columna de Esteban Actis, Doctor en Relaciones Internacionales -UNR/Conicet-)

El deterioro político e institucional en Brasil es inmensamente superior al de hace un año. Como entonces, las cartas parecen estar echadas para el presidente.

El contexto político en Brasil presentó a finales del 2016, un escenario que guardó algún grado de similitud respecto a los últimos días de 2015 pero con una gran y marcada diferencia, situación que proyecta un escenario en 2017 tan o más convulsionado que el del año que se fue.

En las últimas semanas de 2015 había indicios ciertos de la ruptura de la coalición de gobierno PT- PMDB. La caída de la popularidad de Dilma Rousseff y la decisión de los principales líderes pemedebistas (Eduardo Cunha, Renan Calheiros y el entonces vicepresidente Michel Temer) de dejar en soledad al PT, hacían suponer un 2016 con un agravamiento de la crisis y la factibilidad de la concreción del fantasma del impeachment. Cuando el 2 de diciembre del 2015 el presidente de la Cámara de Diputados aceptó uno de los pedidos de juicio político, la suerte para Dilma Rousseff estaba echada.

En ese sentido, la situación actual guarda una semejanza dado que la percepción imperante es la inminente fractura de la coalición -de transición- de gobierno entre el PMDB y el PSDB. Las primeras figuras tucanas como Aecio Neves y Fernando Henrique Cardoso lentamente van dejando en soledad a un presidente con una peor imagen positiva que la que tenía Dilma y sin legitimidad popular alguna. A la frágil alianza no los une el amor (un proyecto de gobierno) sino el espanto (el PT). Logrado el destierro político del “mal de Brasil”, las internas y divergencias salieron a la luz. Al igual que hace un año, las cartas parecen estar echadas para el actual morador del Palacio Planalto. La renuncia del secretario de la Presidencia, Gedder Vieira Lima, y del ministro de Cultura, Marcelo Calero, salpicaron directamente a Temer por la denuncia de este último (el funcionario grabó una conversación con el presidente) por tráfico de influencia a favor del primero. Desde el seno del PSDB quieren despegarse de Temer.

Sin embargo, y a pesar de la similitud descripta, la gravedad y el deterioro del presente escenario político/institucional es inmensamente superior a la de hace un año. Si antes era una crisis de gobierno centrada en la figura presidencial, hoy el gigante sudamericano vive una crisis que atraviesa todo el sistema político. En menos de doce meses, el Congreso brasileño dejó de ser percibido como la institución que podía conducir la crisis para transformarse en el símbolo del retorno de una vetusta adjetivación: la de “república bananera”. La defensa de la tortura de un diputado o la invocación a dios por parte de una senadora para justificar la destitución de un presidente, las causas de malversación de fondo sobre muchos congresistas y la votación de varias leyes antipopulares (la famosa ley de congelamiento del gasto público PEC 241) fueron algunos de los hechos que posibilitaron la crisis del legislativo. Como frutilla del postre, la sanción apurada de una ley para evitar que la justicia pueda procesar a funcionarios (ellos mismos) a partir de las pruebas surgidas por la “delación premiada” de los empresarios procesados. Esto último ha causado la indignación de los brasileños independientemente de la ideología política, situación que ha puesto al poder judicial enfrentado a los otros dos poderes del Estado. Ninguna institución del Estado brasileño parece escaparle al contexto de crisis y a la falta de legitimidad social. La publicidad de los salarios de los funcionarios judiciales (uno de los más altos del mundo) generó un malestar colectivo en una coyuntura de penurias económica para la mayoría de los brasileños. El quebranto de las instituciones brasileñas es absoluto. El “escenario 2017” en Brasil comenzó de la peor manera con el fallecimiento del juez del Supremo Tribunal de Justicia, Teori Zavascki. Teori se “accidentó” antes de homologar los acuerdos de delación de los ejecutivos de la empresa Odebrecht. Como no podía ser de otra manera, las teorías conspirativas inundaron los medios de comunicación y las redes sociales.

En definitiva, el año que comienza parece indicar el comienzo de otros “juegos” al interior del gigante sudamericano. Si los Juegos Olímpicos marcaron 2016, en los días que corren todos los actores del sistema político brasileño están inmersos en un extendido pleito de todos contra todos en donde la única regla es la búsqueda de la supervivencia a cualquier costo. Bem-vindo a los “Juegos del Hambre” Brasil 2017.

 

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