Las divisiones en Estados Unidos

(Columna de Tomás Múgica)

Las transformaciones en la sociedad estadounidense explican los cambios que se registran en el comportamiento electoral.

En “¿Quiénes somos?’”,publicado en 2004, Samuel Huntington anticipa con notable claridad el clima de ideas hoy reinante en Estados Unidos. Señala las profundas diferencias de opinión entre una “elite desnacionalizada” y un “público patriota”: una más favorable a la apertura económica externa, la inmigración y la intervención militar en el extranjero; otro más proteccionista, más reacio frente a la inmigración y más renuente al uso de la fuerza en el exterior.Llama la atención –al punto de hablar de una “democracia no representativa”- sobre un creciente divorcio entre elites cosmopolitas cuyos miembros (políticos, ejecutivos de grandes empresas, intelectuales, artistas de Hollywood) profesan valores liberales y se ven a sí mismos como “ciudadanos del mundo”, y mayorías nacionalistas, religiosas ymucho más escépticas frente al impacto de la globalización sobre su identidad y su forma de vida. Alarmado, afirma que la inmigración hispana -especialmente los mexicanos, que mantienen un lazo estrecho con su país de origen-representa un peligro para la identidad norteamericana, cuyo centro es la cultura angloprotestante. En síntesis, pone de relieve las tensiones existentes en el proyecto multiculturalista y económicamente liberal que comienza a ganar terreno en Estados Unidos desde principios de los 70’.

El fulgurante ascenso político de Donald Trump confirma buena parte de las tempranas percepciones de Huntington. Contrariando en gran medida el discurso de las elites, Trump supo explotar las divisiones existentes en la sociedad norteamericana, situándose del lado de quienes se ven a sí mismos como perdedores frente a la globalización y el multiculturalismo; más allá de algunos tímidos esfuerzos por mostrarse conciliador, su discurso inaugural mantuvo, en su tono y contenido, el carácter divisivo que fue la marca de su campaña.

Existen al menos tres grandes líneas de fractura identificables políticamente relevantes en la sociedad norteamericana actual: la socio-econó- mica, la religiosa-cultural y la étnica-racial. En las últimas cuatro décadas, Estados Unidos se ha vuelto más desigual, menos religioso y menos anglosajón. Trump se montó sobre esas divisiones para ganar la elección, y da señales de que hará lo mismo para gobernar: les habla los trabajadores que perdieron terreno en la distribución del ingreso, a los religiosos y a los anglosajones, a la porción más pesimista de la sociedad.

Empecemos por la grieta socio-económica. La pérdida de trabajos industriales -desde 2000 cinco millones de empleos fabriles han abandonado Estados Unidoss egún el BLSforma parte de un fenómeno más complejo y abarcador, que incluye el estancamiento del salario real y el incremento de la desocupación entre los sectores menos educados, y la creciente desigualdad de ingresos.

Las causas de estos fenómenos son discutidas. Entre las explicaciones habituales se incluyen la competencia externa, la automatización (la “cuarta revolución industrial”) y la desregulación de los mercados laborales y financieros. Más allá de los causas, sin embargo, lo cierto es que Estados Unidos se ha vuelto más desigual y que muchos norteamericanos sin educación universitaria han perdido su trabajo o han tenido que optar por uno peor remunerado. Y ello es un hecho políticamente relevante, como bien advirtió Trump.

Una segunda división es la religiosa-cultural. Estados Unidos es una sociedad muy religiosa si se la compara con otras sociedades occidentales, ricas y no tanto: el 40% de los norteamericanos afirma que la religión es muy importante en su vida, contra el 13,1% de Alemania, el 10,7% de España o el 24,1% de nuestro país –por citar algunos ejemplos- según la Encuesta Mundial de Valores. Un 40% declara asistir a servicios religiosos al menos una vez por semana y otro 40% al menos una vez por mes. También es, todavía, una “nación cristiana”–tal como la describe Huntington en su libro- y protestante.De acuerdo a un estudio del Pew Research Center de 2014, el 70% de los norteamericanos se declara cristiano: 46% protestante de diversas denominaciones (incluyendo 25% de Evangélicos), 21 % católico y 3% de otras iglesias cristianas. Un 6% pertenece a religiones no cristianas.

Sin embargo, esto también está cambiando. Primero, hay menos cristianos y menos protestantes, es decir White Christian America está en retroceso: en 2007 el mismo estudio mostraba un 78% de cristianos y un 51% de protestantes. Segundo, Estados Unidos no escapa al creciente secularismo de las sociedades occidentales: un 23% se declara no perteneciente a ninguna religión, contra 16% en 2007. El secularismo, además, crece de manera notoria entre los más jóvenes.

La identidad religiosa tiene implicancias políticas evidentes. De manera general, ser religioso implica una mayor inclinación a respaldar valores morales conservadores, por ejemplo en temas como el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto. Trump-quien en su discurso inaugural citó la Biblia y afirmó que Estados Unidos encontraría en Dios su mayor protector-les habla a los norteamericanos religiosos. Y lo hace con éxito: recibió el voto del 58% de los protestantes (incluyendo el 81% de los blancos evangélicos, el grupo más conservador) y el 52% de los católicos.

Finalmente, Estados Unidos se está volviendo menos blanco, como producto de la inmigración y la mayor tasa de natalidad entre los inmigrantes y sus descendientes. De acuerdo al Censo 2015, el 61% de la población norteamericana se identifica como blanca no hispana o latina; esa cifra alcanzaba el 84% en 1965. Con su discurso racista Trump se dirige a los norteamericanos blancos que sienten que su país les está siendo quitado por los inmigrantes y por un proyecto multiculturalista que sobrevalora la diversidad, en detrimento de la identidad anglosajona y protestante. En ese grupo, que representó el 70% del electorado en la última elección, Trump ganó por 21 puntos (58% a 37%).

Durante los últimos cuarenta años Estados Unidos se ha acercado al modelo de sociedad liberal preconizado en la obra de John Rawls y sus seguidores: una comunidad política que no adopta ninguna visión sustantiva acerca de los fines de la vida, sino que se organiza alrededor de un compromiso moral “procedimental”, un marco de reglas que permita a cada individuo perseguir libremente su proyecto de vida.Sus valores fundamentales son la tolerancia y la diversidad. Su ideal, una sociedad pluralista y multicultural. Durante ese tiempo, también, el país aceleró su integración a la economía mundial y convirtió a Wall Street en el centro rector de su economía. Ambos proyectos, el político-cultural y el económico, están en crisis. Y el futuro está lleno de preguntas.

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