Síntoma Trump

Barack Obama terminó su mandato con una importante popularidad. Su Presidencia, como todas, tuvo luces y sombras. Las evaluaciones serán distintas según gustos, ideologías y experiencias. Lo cierto es que el pueblo norteamericano terminó más dividido que el comienzo de la era Obama. Pero es que el mundo también cambió bastante en la última década. Contra los malos pronósticos de los medios que reflejaban sus deseos e intereses más que tendencias reales, Donald Trump ganó la presidencia. Personaje que se presentó como outsider con una cuota nada desdeñable de antipolítica. Acusado de racista, misógino, grosero y soberbio, se alzó con el triunfo en la gran mayoría de los estados de la Unión. Sabemos que el votante Trump fue el americano del interior, mayormente de clase media baja y desplazado por el darwinismo social que impone el tecnocapitalismo. Pero también lo votaron otros sectores, pues de lo contrario su victoria hubiera sido imposible.

¿Qué va a hacer en el gobierno? ¿El Trump presidente llevará a cabo el guión del Trump candidato? Nadie lo sabe. Tampoco él. La incertidumbre se irá develando con el tiempo. Trump es un síntoma inquietante que desnuda la fragilidad de los lugares comunes de un pensamiento instalado y tenido como homogéneo, pero que sin embargo está mostrando signos de resquebrajamiento. Frente a esto Trump ha desempolvado algunas ideas básicas. En primer lugar, la idea de que existe una burocracia política e institucional que persigue sus propios objetivos. En segundo lugar, la primacía del pueblo sobre esa dirigencia. En tercer lugar, la vuelta de conceptos tales como la Nación que se pone nuevamente de pie y el acento en los vocablos pueblo y patria. Probablemente estos conceptos son los que permiten calificar a Trump como populista. Y de estas ideas se desprenden otras como la relación directa entre el jefe y el pueblo sin mediaciones institucionales, la promesa de una reconstrucción de la política y de un lazo social colectivo, la existencia de enemigos que hay que combatir (como el terrorismo islámico). Y todavía más: proteccionismo económico, reforzamiento de las fronteras, interés nacional por sobre cualquier otro de carácter supranacional.

Ideas –al menos varias de ellas- que se pensaba formaban parte de un mundo ya superado, pero que sin embargo reaparecen con fuerza y no sólo en Estados Unidos. De alguna forma el triunfo de Trump ha sido vinculado estrechamente con otras experiencias como el Brexit, el crecimiento de partidos de derecha y extrema derecha en Europa (llamados comúnmente, aunque quizá impropiamente, populistas), un creciente notable del nacionalismo y el proteccionismo. Todo ello regado con críticas ácidas contra la burocracia de Bruselas y la élite política de la Unión Europea, la restricción de la autonomía de decisiones y la soberanía de los países, la primacía de política supranacional sobre la nacional. Y, fundamentalmente, la crí- tica corrosiva sobre las democracias representativas de cada país que gobiernan en base a catálogos de derechos humanos reconocidos internacionalmente y que son percibidos por sectores de la población como una preferencia por “el otro” en contra de “sí mismos”. ¿Es que ha sido un error el plexo de derechos urdido en el mundo de la posguerra?¿Las organizaciones supranacionales que han recortado los márgenes del Estado-Nación han sido una formidable equivocación? La respuesta por cierto es no. Como decía Freud, la civilización no camina en forma lineal y la humanidad puede dar un paso hacia adelante y dos hacia atrás. Pero luego puede retomar su rumbo. O quizás, no.

En el discurso de Trump faltan las instituciones nacionales de la República, el multilateralismo y la cooperación entre los países, la solidaridad internacional, la tolerancia y el respeto por el otro (o los otros). Pero advierte sobre el malestar de ciudadanos que han devenido de segunda clase y que con sus impuestos pagan el diseño de una política nacional e internacional que poco los beneficia y que ejecuta una élite política privilegiada. Y ha introducido como engañosa solución el aislamiento y una reconstrucción nacional basada en la diferenciación con los otros. El triunfo de Trump puede ser leído como síntoma de un momento que requiere un pensamiento más complejo que la repetición de los lugares comunes que llevan a reducir lo que ´pasa en el mundo como reacciones en cadena de corrientes conservadoras, autoritarias o reaccionarias. Es mucho más que eso.

Dirigentes mediocres pueden hacer desmoronar instituciones y derechos que han llevado años y mucho esfuerzo forjar. Democracia, derechos humanos con reconocimiento internacional, organizaciones supranacionales, cooperación y solidaridad internacional deber ser administrados y acompañados por dirigentes inteligentes que no pongan en riesgo todo el andamiaje institucional y social construído. Por ejemplo, hace décadas que se reclama la adecuación de las organizaciones internacionales a un mundo muy distinto al que emergió tras la segunda posguerra, pero poco se ha hecho. Además, en el Siglo XXI Europa ha sido un espectador anestesiado de lo que ocurría cruzando el Mediterráneo. La dirigencia no ha sabido prever y menos aún combinar adecuadamente un orden de distribución de costos y beneficios para sus ciudadanos y un aproximado diagnóstico del mundo y sus conflictos en movimiento. Y no ha encontrado soluciones a problemas elementales. Por ejemplo, el mal manejo del tema de la inmigraciónpor parte de la dirigencia ha originado el alarmante crecimiento de expresiones de extrema derecha de corte fascista. Hasta el papa Francisco ha pasado de declaraciones tan ingenuas como peligrosas sobre el tema de la inmigración, hasta posiciones más realistas y matizadas. T

rump es un síntoma, como lo fue el Brexit e incluso otras expresiones de democracia directa –como el referéndum en Italia sobre la reforma constitucional o el acuerdo de Paz en Colombia- que muestran las disonancias groseras entre los dirigencias de las democracias representativas y las poblaciones por ellas dirigidas. En un mundo trastocado suceden paradojas. Trump ha sido el legado de un supuesto mandato exitoso de Obama. El presidente de un país comunista ha propiciado en el Foro de Davos un mundo más globalizado. Los países europeos se dividen en torno de distintos temas, han iniciado un proceso centrífugo y sus electorados se inclinan hacia posiciones que contradicen toda la construcción de ciudadanía europea. Trump no es el problema. Y menos aún la solución. Es el síntoma de una época donde la reiteración de lugares comunes y el pensamiento poco complejo de las élites pone al mundo justo allí, donde parecía que nunca más volvería a estar y

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