Hace 70 años, comenzaba la Guerra Fría

El regreso de los republicanos a la Casa Blanca trae consigo una reedición del conservadorismo beligerante de posguerra. Aunque sin “Doctrina de la contención” ni Plan Marshall a la vista.

Todo comenzó un 12 de marzo de 1947, cuando el entonces presidente norteamericano Harry Truman pronunció su discurso ante el Congreso estando por entonces en curso las guerras civiles en Grecia y China entre comunistas y nacionalistas (1946-1949). En uno de sus tramos centrales, señalaba: “Debemos ayudar a los pueblos a forjar su propio destino […]. Cada nación debe escoger entre dos modos de vida opuestos. […] Uno reposa sobre la voluntad de la mayoría y se caracteriza por sus instituciones libres, por un gobierno representativo, por elecciones libres, por la garantía del mantenimiento de las libertades individuales y por la ausencia de cualquier opresión política […]. El otro reposa sobre la voluntad de una minoría impuesta por la fuerza a la mayoría. Se apoya en el terror y en la opresión, tiene una prensa y una radio controladas, unas elecciones truncadas y la supresión de las libertades personales”.

Era el nacimiento de la llamada Doctrina Truman, basada en la teoría de la contención del comunismo. Quedaban trazadas las coordenadas de un nuevo orden mundial bajo la hegemonía de las dos superpotencias, los EEUU y la Rusia soviética, con sus respectivas esferas de influencia en el Oeste y en el Este. O en Occidente y Oriente. George Kennan, un joven funcionario del Servicio Exterior que servía en la embajada norteamericana en Moscú lo había adelantado en un extenso telegrama enviado el 22 de febrero del ´46 describiendo los planes expansionistas de la URSS. Aconsejaba allí aplicar la lógica del “equilibrio de fuerzas” y advertía que EE.UU. debía prepararse para un largo período de confrontación, contención y coexistencia con este nuevo enemigo. Decir que el mismo causó un impacto en Washington sería poco: como recuerda el historiador John Lewis Gaddis el “largo telegrama” de Kennan se volvió la base para la gran estrategia norteamericana hacia la Unión Soviética durante los siguientes cuarenta años.

Entre los lugares estratégicos del mundo que citaba Kennan estaba Argentina: “Los rusos se esforzarán enérgicamente por desarrollar la presencia soviética y los vínculos oficiales con países en los cuales perciban fuertes posibilidades de oposición a los centros occidentales de poder. Esto se aplica, con importantes puntos de diferencia, a Alemania, Argentina y los países del Medio Oriente”.

La doctrina se promulgó específicamente con el ánimo de proporcionar soporte intervencionista a gobiernos que resistían frente al comunismo, fueran o no verdaderamente democráticos. Pero era, además, una manera de entender y ordenar la paz y la seguridad internacional. Truman insistió en que si Grecia y Turquía no recibían la ayuda que necesitaban, podían caer inevitablemente bajo la órbita soviética provocando un efecto dominó en Europa. Los norteamericanos comenzaron, entonces, a instalar bases militares en Grecia y Turquía y aumentaron el número de soldados en Europa occidental. Además, aportaron un fondo de ayuda econó- mica para la reconstrucción de posguerra que se conoció como Plan Marshall, por el nombre del entonces secretario de Estado, el general George Marshall. La URSS, conducida por Josif Stalin, impuso su dominio sobre Europa del Este y la misma división bipolar entre Occidente y el Este, la OTAN y el Pacto de Varsovia, se expandió e impuso en Asia (Guerras de Corea, Indochina y Vietnam), Medio Oriente (Israel vs. países árabes), Africa (guerras civiles pos-coloniales) y Amé- rica Latina (Doctrina de Seguridad Nacional). Las etapas de la Guerra Fría serán marcadas por ciclos de tensión y distensión, escalada armamentista y coexistencia pacífica, durante las décadas del ’50, ’60 y ’70 y sus estertores finales se prolongan desde principios de los ’80 hasta los inicios de la Perestroika en 1985, la caída del muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la URSS de 1991. Las razones de este enfrentamiento fueron esencialmente ideológicas y geopolíticas. La Unión Soviética financió y respaldó revoluciones y gobiernos socialistas, mientras que Estados Unidos dio abierto apoyo y propagó desestabilizaciones y golpes de Estado, sobre todo en América Latina. En ambos casos los derechos humanos se vieron seriamente lesionados. Si bien estos enfrentamientos no llegaron a desencadenar una guerra mundial, la entidad y la gravedad de los conflictos económicos, políticos e ideológicos que se desarrollaron, marcaron significativamente gran parte de la historia de la segunda mitad del Siglo XX. Ninguno de los dos bloques tomó nunca acciones directas contra el otro, razón por la que se denominó al conflicto “Guerra Fría”. A setenta años de sus inicios, aquella etapa parece revivir con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca: el enfrentamiento entre el Oso ruso y el Aguila estadounidense adquiere renovada vigencia. Mientras un ex miembro de la KGB, Vladimir Putin, lidera una Rusia que recobra ambiciones de potencia regional y global y China avanza como potencia económica a escala planetaria, el nuevo presidente norteamericano ha puesto la política exterior y de defensa directamente en manos del complejo militar industrial que en su momento denunció el entonces presidente Dwight Eisenwoher, un general retirado condecorado por su participación en la Segunda Guerra.  Con la designación del ex CEO de la Exxon Rex Tillerson como Secretario de Estado y de tres generales “halcones” en puestos claves –James Mattis en Defensa, Michael Flynn como Asesor de Seguridad Nacional y John Kelly en Seguridad Interior –, Trump ha dado un paso más allá de sus antecesores Ronald Reagan, George Bush padre y George Bush hijo. Aunque todavía no es posible aventurar si el juego propuesto con Rusia será de cooperación o conflicto, una nueva estrategia de equilibrio de poder acordado con Moscú asoma en Washington, con la mira puesta en China y en el combate contra el principal enemigo declarado; el terrorismo islá- mico. No hay, de momento, para este nuevo juego ni Doctrina de la contención ni mucho menos Plan Marshall para apoyar a los aliados europeos o destinado al mundo emergente

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