Errar es de Newmans

El Gobierno le presta mucha atención a su comunicación con la sociedad a cuyas demandas trata de responder pero descuida la comunicación hacia adentro de aliados y adversarios.

El viejo chiste que se aplica en estos momentos es el del ministro que lo echan y le dice a su sucesor que le deja en la caja fuerte tres cartas para ser abiertas en caso de crisis. Llega la primera crisis, el nuevo ministro abre el sobre y en la carta el anterior ministro dice “Echame la culpa a mí”. Logra capear el temporal, llega la segunda crisis, y consecuentemente el ministro abre el segundo sobre y lee “Echale la culpa al contexto internacional”. Zafa de nuevo hasta que llega la tercera crisis. Abre la caja fuerte, abre el tercer sobre, y se encuentra que dice “Escribí tres cartas como estas”

El presidente Macri se la pasa abriendo el primer sobre, y hasta ahora ha funcionado, porque el desastre especialmente ético y autoritario que del kirchnerismo caló muy hondo en la clase media. Hasta hace uso de la primera carta cuando pide perdón por los errores cometidos, ya que se diferencia de Ella, que nunca pedía perdón porque creía que nunca se equivocaba.

Seguramente, si se acaba gracias a la Trumpnomics el financiamiento internacional barato y fácil, el Presidente apelara al segundo sobre y le echará la culpa al tycoon que ocupa el sillón de Washington, y no solo tendrá razón sino todo el mundo estará haciendo lo mismo. Se verá, si esto sucede, hasta qué punto se lo mastica la “gente”.

Pero lo cierto es, que aún la apertura continua del primer sobre, tiene sus lí- mites. Y se nota en las encuestas: el gran potencial del gobierno de Macri era que sólo un tercio del electorado decía que con CFK se estaba mejor. Hoy se divide fifty y fifty. Claro que hoy las fuerzas que integran Cambiemos celebran en el peronismo lo que antes padecían en carne propia: la fragmentación, y más allá del uso no habitual del latín por parte de la figura presidencial, Macri y los suyos profesan el “divide et impera”.

Es realmente un enigma de la razón de porque el Gobierno comete errores tan básicos, completamente evitables y en cuestiones casi gratuitas que tendría que usarlas, en realidad, para ganar puntos y no para perderlos. Me explico: Néstor Kirchner dejó de ser considerado Chirolita cuando ordenó al comandante en Jefe del Ejercito bajar el cuadro del dictador Videla de las paredes del Colegio Militar. En ese momento, fue pura ganancia en la opinión pública.

Aquí, por recortar $ 3.000 millones en una avivada ecuacionaril se neutralizó todo el impacto positivo que debió haber tenido la multimillonaria Reparación Histórica a los jubilados con juicio contra el Estado (más de $ 200.000 millones). Asimismo, pero ¿a quién se le ocurre hacer un arreglo entre el Estado y la Famiglia (por más legal que sea) sin prever que va a ser interpretado por el resto del planeta con la sospecha de que hubo perdón? Más que cuestiones ideológicas o metodológicas, pareciera en realidad simple e increíble estupidez.

Hay un punto en todo esto. La comunicación de un Gobierno no es solo “hacia afuera”, hacia la gente, sino también “hacia adentro”. La comunicación macrista ha puesto foco absoluto en su relación con la “gente”, a tal punto que reclama hacer lo que ella quiere. Para ello han montado un sistema de BIG DATA que parece inspirado en la IV temporada de House of Cards, en donde se rastrea que están pensando y queriendo los diferentes segmentos sociales, y se pergeñan repuestas más o menos creativas a esas demandas.

Pero el macrisismo ha descuidado la comunicación hacia adentro, reemplazándola con “controllers” que monitorean y bajan línea en cada ministerio y reportando todos a la jefatura de Gabinete. Esta especie de “chetostalinismo” puede quedar precioso en un powerpoint, pero las decisiones que toma un Estado por día se cuentan de a miles. Y no hay “controller” general que pueda estar en todas y cada una de ellas. Es el mismo tipo de ambición racionalista que tenía Le Petit Kicillof cuando juzgaba que hoy, dado el poder de la informática, la planificación comunista era posible.

La respuesta clásica a este problema de coordinación ha sido el de comunicar ideas y discursos, que por difusas que sean, funcionan proporcionando lo que técnicamente se denomina una “heurística”. O sea, funcionan como un pulgar abajo o arriba, dando una señal clara y rápida a todos los funcionarios subalternos de por dónde viene la cosa.

El Gobierno al obstinarse con responder a lo “que quiere la gente” (cosa que suena fantástico) no proporciona ese GPS instantáneo a sus funcionarios. También, por supuesto estas las pequeñas vendettas y caprichos personales del Presidente y los suyos (onda, ¿“para que ganamos?”.) que medidos en focus groups pueden no importarle a la “gente”, pero que resulta que lo agarra alguien que, por algo, es un influyente y lo hace popular.

Cada uno de los funcionarios hace entonces lo que cree que le importa al Jefe, pero en su particular interpretación, ya que los “controllers” quedan pronto saturados en el engrudo burocrático. Y entonces, algunas decisiones chocan con la conveniencia política, o bien, no toman las complejidades y son ingenuas, y así surgen fácilmente errores que se convierten en escándalos y escandaletes.

Es en ese sentido es que al Gobierno le “falta política”. Nadie niega que la “antipolítica” ha llegado para quedarse hace rato. Nadie niega que una mayoría de los argentinos vive ya en esa Virtualandia, de redes e Internet. Tanto como es cierto que hay prácticas y costumbres que aún en las sociedades más avanzadas persisten y no considerarlas resulta finalmente costoso. A una sociedad no le conviene que a los gobernantes les atrase el reloj. Pareciera que no conviene a los gobernantes que sus relojes estén demasiado adelantados a los de la sociedad y el Estado.

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