El beneficio de la pregunta

(Columna de Joaquín Múgica Díaz)

Macri utiliza las conferencias de prensapara tratar de amortiguar el costo que legeneran algunas equivocaciones políticas

El 27 de septiembre de 2012, la expresidenta Cristina Kirchner visitó la Escuela de Gobierno John Kennedy de la Universidad de Harvard. De impecable negro, ya que aún mantenía la vestimenta de luto por la muerte de su marido, la entonces Mandataria respondió diez preguntas formuladas por los alumnos de la prestigiosa casa de estudios norteamericana.

En ese momento, Cristina se expuso a una práctica infrecuente. Durante su etapa como Presidenta no aceptaba preguntas del periodismo. Tal es así, que durante su primer mandato (2007-2011) solo brindó cinco conferencias de prensa. En una de ellas respondió solamente cinco preguntas de periodistas extranjeros.

Su incomodidad pudo verse en vivo y en directo. La tensión en los pómulos, la mirada desafiante y las respuestas cortantes, dejaron a la luz el fastidio que le generaba responder preguntas de los estudiantes argentinos y latinoamericanos que habían sido seleccionados. El ambiente se tornó tenso y atractivo para el televidente argentino que seguía la conferencia desde el otro extremo del continente.

Un estudiante sanjuanino dijo tener el privilegio de ser uno de los pocos argentinos en tener la posibilidad de hacerle una pregunta. “Será porque estas acá en Harvard y no te enteras. Pero yo hablo con millones de argentinos en los actos donde voy. Hablo con mucha gente. ¿A vos te parece que si la gente no hablara conmigo, yo hubiese sacado el 54% de los votos?”, le respondió. Sin darse cuenta, o quizás creyendo que saldría bien parada del entuerto, la expresidenta se aferró a la ironía para salir ilesa de una serie de preguntas que no pudo contestar con claridad.

Aquella conferencia se convirtió en un fiel retrato de la comunicación de los gobiernos kirchneristas. Sobre todo, de los dos mandatos de Cristina. En Argentina no había conferencias de prensa. Durante sus ocho años en el poder nunca aceptó preguntas sobre los niveles de inflación, la tragedia de Once, los constantes hechos de inseguridad y la causa Ciccone, en la que quedó involucrado su último vicepresidente, Amado Boudou. Solo algunos ejemplos de los temas que nunca abordó pese a la gravedad que implicaban.

La última semana, el presidente Mauricio Macri decidió exponerse a una conferencia de prensa. No fue la primera, pero si una de las que tuvo mayor repercusión. El periodista Juan Pablo Peralta, de Radio El Mundo, hizo la pregunta clave. La que cualquier periodista que cubre política nacional y vive en Argentina tendría ganas de hacer. Le consultó cómo iba a hacer el ciudadano medio, que gana cerca de 12 mil pesos, para afrontar los nuevos cuadros tarifarios y los aumentos en el transporte.”¿Quién se hace responsable del costo de esto?”, le preguntó.

El jefe de Estado estaba en un atril de la Casa Rosada para anunciar que daría marcha atrás con dos decisiones importantes de su gobierno: el acuerdo entre el Estado y el Correo Argentino por el pago de una deuda millonaria, y el cálculo de los haberes jubilatorios que se aplicarían el mes siguiente y que la Anses había modificado. Macri hizo unos segundos de silencio, digirió la pregunta con rapidez y argumentó su respuesta sosteniéndose en la pesada herencia.

El Presidente suele caer en lugares comunes durante sus discursos. Cuando le preguntan sobre el presente, contesta sobre el pasado y el futuro. Esa es una herramienta que le permite evadir una respuesta concreta y que lo ayuda a salir del paso frente a la consulta incómoda. “El punto de partida fue el de un país quebrado. Tenemos que poner el hombro”, fue el inicio de su respuesta. La explicación siguió con una frase cargada de sentimentalismo: “Todos los días me levanto pensando de qué manera los voy a ayudar”.

El gobierno de Cambiemos tiene un obsesión desde el comienzo de la gestión. Cada vez que el presidente o algunos se sus funcionarios puede, intentan marcar las diferencias que existen con los últimos gobiernos de Cristina Kirchner. Se proponen demostrar que la liturgia peronista y los actos multitudinarios en el conurbano no son la única forma de comunicar. Intentan mostrarse abiertos y amables con la prensa para diferenciarse del anterior gobierno, que se caracterizaba por atacar a los periodistas. Si reaccionan a tiempo, desactivan la polémica que se generó por una medida y dan marcha atrás asegurando que el error es parte del ser humano. Mientras que el kirchnerismo redoblaba la apuesta y confrontaba con el sector en cuestión. En definitiva, buscan exponer que el cambio que anunciaron es real.

Una de esas diferencias beneficia el trabajo del periodismo y la información que le llega a la sociedad. Este gobierno da conferencias de prensa. Macri acepta preguntas sin importar de qué periodista o medio provienen. La posibilidad de preguntar que tienen ahora los medios contribuye a la libertad de expresión. Los periodistas preguntan, el presidente contesta. La sociedad interpreta la realidad a través de las respuestas de sus gobernantes y no del análisis de un calificado comunicador. En definitiva, la pregunta beneficia a los ciudadanos y expone a los dirigentes políticos. Los deja solos frente al micrófono y a las cámaras. Los obliga a no equivocarse. O, peor aún para ellos, los compromete con el argentino que los votó y que pretende confiar en su palabra.

Si existe una conferencia de prensa del poder político, existe la comunicación gubernamental. La valorización del contenido queda, sin filtros, en manos de la sociedad. Quizás fue eso lo que el kirchnerisno nunca logró comprender. Si no contestas, escondes y, si escondes, la gestión se mancha de dudas. El gobierno de Macri prefiere contestar preguntas y amortiguar el costo político de las equivocaciones. Resuelve los errores de comunicación con más comunicación. Así buscan transparentar la gestión. Hacen el intento. Muchas veces no lo logran.

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