Los votantes peronistas

(Columna escrita junto a Miguel De Luca)

En la nota anterior, los autores analizaron quién y cómo manda en el peronismo. En ésta indagan sobre quién lo vota

 

La política argentina tiene una constante: la centralidad del peronismo. Esta descansa en la naturaleza de su maquinaria partidaria: polimorfa, flexible, porosa, enraizada, resiliente.

Pero también en la persistencia del justicialismo como primera potencia electoral. Siempre sobrevive y casi siempre gana. La única forma de derrotarlo es mediante una alianza electoral que unifique a los no peronistas, como hizo Alfonsín, y hasta incluya a sectores peronistas, cosa que lograron De la Rúa (con el Frepaso) y Macri (con Ritondo, Santilli, Monzó, siguen las firmas). Así como el electorado gorila, cuando se divide, es opositor, los muchachos peronistas saben que “ todos unidos triunfaremos”. ¿Pero a qué se dedican, qué piensan y dónde están los votantes peronistas?

Cuatro dimensiones ayudan a identificarlos: la clase social, la ideología, la geografía y la edad.

El componente de clase del voto peronista es récord mundial. Los trabajadores manuales argentinos tienen más lealtad electoral por el partido que los representa que la que los obreros europeos exhiben por los socialdemócratas o laboristas.  Y eso que el PJ, desde hace rato, ha dejado de ser una organización sostenida por los sindicatos para convertirse en una basada en los recursos del gobierno. O que desde el ‘45 se han producido vaivenes en la estructura social que incrementaron el cuentapropismo y el empleo informal. En las últimas décadas, la novedad que aportó Menem fue amortizar pérdidas en esta base popular con el apoyo de grupos acomodados; la de los Kirchner consistió en agregarle fracciones de clase media que compensaron el alejamiento de los sectores altos. Hoy ambos agregados se han retraído, dejando más visible el componente de clase del peronismo.

La ideología del votante peronista, en cambio, es compleja y variable. La ubicación en el espectro ideológico izquierda-derecha se superpone cada vez menos con las divisiones de clase en todo el mundo, y en Argentina esa falta de correspondencia es mayor por el predominio del clivaje peronismo-no peronismo. En  “No habrá más penas ni olvido”, Osvaldo Soriano condensó este rasgo de los peronistas en una línea del diálogo entre el delegado Fuentes y el empleado municipal Mateo:

–Dicen que somos bolches.

–¿Bolches? ¿Cómo bolches? Pero si yo siempre fui peronista…, nunca me metí en política.

En contraste, la dimensión geográfica distingue con nitidez la ubicación de los votantes peronistas: escasean en los grandes centros urbanos (como CABA y las principales capitales provinciales, pero también Rosario y Mar del Plata) y pululan en sus bordes o periferias. Si en la ciudad de Buenos Aires el desempeño electoral del justicialismo está diez puntos porcentuales por debajo del promedio nacional, el cinturón urbano que la rodea es la cantera de votos peronistas más importante del país. En el interior, Córdoba capital constituye el núcleo de los refractarios al peronismo, mientras la periferia abarca aquellas provincias donde el PJ jamás ha perdido una elección para gobernador: desde las cercanas San Luis, La Rioja y La Pampa hasta las distantes Formosa y Santa Cruz. En cambio, en las capitales de provincia ganan la intendencia más fácilmente los candidatos no peronistas (por ejemplo, hoy 10 de 23 están en manos de Cambiemos, que sólo controla cinco gobernaciones). Los cordones que rodean a estas urbes cuentan otra historia, y lo hacen con los dedos en ve.

En cuanto a la edad, el peronismo también es un fenómeno único en su género. Mientras en todo el mundo los partidos tradicionales, sean progresistas o conservadores, tienen dificultades para conectar con las nuevas generaciones y sufren palizas electorales a manos de outsiders o de partidos nuevos, el PJ mantiene inalterable su capacidad para remozar su base de votantes, para resultarle atractivo a todas las edades incluso a sus 72 años. Este rasgo sintoniza con la velocidad del recambio de sus líderes, atípica en la mayoría de las organizaciones partidarias.

Todos estos rasgos predictores del voto peronista se concentran en una región hiperpoblada del país, el sur del conurbano bonaerense: la  “Tercera Sección”. En esta área predominan los sectores populares y la juventud con menor nivel de educación formal. Allí se desmoronó el Grupo Esmeralda, un intento de líderes municipales por superar la fase kirchnerista del peronismo. En sus recorridas barriales, un intendente se cansó de recibir apoyos que eran advertencias: “te bancamos, Martincito, ¡pero no la caguen a Cristina, eh!”.

Es una paradoja vital del peronismo que, siendo un partido verticalista, se siga ordenando desde abajo

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