“¿El PRO ya ganó?”

 

Dejemos algo en claro. El oficialismo ya ganó las elecciones legislativas de octubre. Todos los cálculos previos indican que los interbloques de Cambiemos -y también la bancada del PRO- verán engrosar sus filas a partir de diciembre. Si a eso suma un triunfo en la provincia de Buenos Aires, el cuadro estará completo. Pero ¿qué ocurrirá si no logra convertirse allí en la fuerza más votada?

Cómo definir ganadores y perdedores en una elección legislativa puede convertirse en un territorio de disputa ¿Quiénes son los triunfadores y derrotados cuando en esa elección pesan más los distritos que lo nacional? ¿Se contarán los votos o los escaños conquistados? ¿Se compararán las bancas que cada agrupación política renueva con las que conquista? ¿Y si un partido gana la elección pero no logra traducir en escaños la nueva mayoría electoral? ¿Y si al final ganan todos?

Las elecciones legislativas del 22 de octubre marcarán el nuevo mapa parlamentario, y tendrán trascendencia en la renovación presidencial de 2019.  Pensemos en los antecedentes.

Afirmar que todas las elecciones legislativas adelantaron en dos años el desenlace presidencial es, en parte, una verdad. El triunfo del peronismo en 1987 dio lugar dos años más tarde al de Carlos Menem; el de la Alianza en 1997, al de Fernando de la Rúa en 1999; el peronista de 2001 presagió la salida anticipada del dirigente radical. Al mismo tiempo, los triunfos legislativos del peronismo en 1993 y 2005 ratificaron la hegemonía de los presidentes justicialistas (o sus delfines).

Esto también valió para las elecciones de 2009, aunque aquel año algo comenzó a cambiar. Es que en los comicios legislativos -aquellas que tienen lugar en años en los que no se elige al presidente- hasta aquel momento, el partido más votado a nivel nacional también lo era en la provincia de Buenos Aires. Pero en el segundo año de mandato de Cristina Kirchner, la candidatura del propio Néstor Kirchner no logró frenar un aluvión de votos opositores (bajo el paraguas que daba Francisco De Narváez) en el mayor distrito del país. Sin embargo, el Frente para la Victoria siguió siendo -si bien por poco- la fuerza más votada a nivel nacional. Lo que también lograría -y con creces- en las presidenciales de 2011. Algo similar ocurrió en 2013: el triunfo de Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires tampoco permitió destacar ante la opinión pública que el FPV seguía siendo la fuerza más votada a nivel nacional. Y, al mismo tiempo, ese carácter “predictivo” de las legislativas se rompió. El peronismo “oficial” fue la fuerza más votada en primera vuelta en 2015 pero en una segunda vuelta fue derrotado por la coalición Cambiemos, liderada por Mauricio Macri.

Las elecciones de medio término no “cantan” entonces desde hace un tiempo los resultados de la elección presidencial que se avecinará. Pero bien pueden convertirse en una señal de alarma (o de tranquilidad) para el presidente que adelanta en dos años la elección ejecutiva. Dicho de otro modo: si un presidente no logra que su partido sea el más votado a nivel nacional, ni tampoco en la provincia de Buenos Aires, seguramente tendrá motivos para preocuparse.

Otra cosa que sabemos de los comicios legislativos es que en ellos los votos que tracciona el presidente suelen ser menores que los que logra convocar cuando él está en la boleta. Raúl Alfonsín sumó más del 51% de los votos en 1983 y dos años después su partido reunía el 43,2 por ciento de las preferencias a nivel nacional. Carlos Menem llegó a la Presidencia en 1989 con el 47,49 por ciento de los votos y dos años después su partido sumaba algo más del 40 por ciento en las preferencias sumadas en todo el país. En 2001 las preferencias por la Alianza se habían derrumbado en torno al 20% desde el 48% obtenido 24 meses antes, y también en 2009 el FPV gobernante arañaba el 31 por ciento de los votos nacionales, por debajo del 45 por ciento alcanzado por Cristina Kirchner dos años antes.

Con todo lo que sabemos de antemano, sin embargo, las elecciones de octubre ¿serán fáciles de evaluar?

Como señalábamos al inicio, si es por la lectura que se hará de las bancas en juego, el oficialismo tiene posibilidades de mostrar un buen resultado. En esta legislativa renueva los senadores que asumieron en 2011 y los diputados electos en 2013. Es evidente que el PRO era una fuerza distrital en ambos comicios, por lo que esta elección aparece como una posibilidad concreta para sumar escaños y constituir una bancada más poderosa.

Una reciente evaluación realizada por fuentes del oficialismo al diario Clarín, indicó que el oficialismo en el Senado cuenta con “una expectativa de crecimiento de 15 a 21 integrantes del interbloque” Cambiemos. Y que en Diputados espera pasar de 87 a alrededor de un centenar. En ningún caso contará con la posibilidad de alcanzar quórum propio, aunque se ilusiona con quitarle esa herramienta a la bancada súper numerosa del peronismo en la Cámara alta.

En el interior del oficialismo también habrá lecturas porque para la UCR también será una prueba de fuego, ya que a pesar de la derrota en 2011, la mayoría de los senadores obtenidos por la minoría son de su partido, lo que prevé una dura disputa interna con el PRO por los lugares en las listas. Al igual que el Radicalismo, el Frente Renovador tendrá un importante desafío. En el 2013, el partido de Massa ganó la provincia de Buenos Aires por lo que el massismo deberá realizar una elección de características similares a la de ese año para mantener su estratégica bancada. Parece sumamente complicado para los referentes de la “amplia avenida del medio” arribar al 42% de los votos, pero para evitar la sangría de diputados el FR deberá realizar una elección muy competitiva.

En definitiva,  para el gobierno, en términos de cantidades de senadores y diputados, se tratará de un triunfo electoral, aun perdiendo la elección general. Pero ¿Podrá ser leído esto como algo creíble? ¿Le alcanzará al PRO decir “hemos obtenidos más representación parlamentaria”? ¿Le permitirá este resultado decir que la ciudadanía ha ratificado el modelo ya que “hemos sumado más diputados y senadores”?. Qué ocurriría si el gobierno además no se impone en la estratégica provincia de Buenos Aires ¿podrá cantar victoria aún cuando sume más diputados que en la elección de 2013?

En ese marco, otro punto a tomar en cuenta en esta elección es quién será el ganador de la misma: ¿se contará el total del país? ¿Será por provincia? ¿Importará solo Buenos Aires? Pensemos un escenario en el cual logren primar los oficialismos locales, menos en el distrito más importante del país. Detengámonos en los distritos más grandes, que a la postre suele ser la medida del éxito o el fracaso electoral. ¿Qué sucede si el PRO gana en Capital, la alianza socialismo y UCR en Santa Fe, Cambiemos en Mendoza y el “cordobecismo” en “la docta”, pero el oficialismo no es la fuerza más votada en territorio bonaerense? ¿Habrá más contraste en la interpretación?

La otra pata de las lecturas estará en posar la mirada sobre el peronismo: si el PJ se impone en la provincia de Buenos Aires ¿con qué candidato lo hará? El corte “kirchnerismo / no kirchnerismo”, más que “oficialismo / oposición” seguramente sea el más explotado por la mayoría de los medios de comunicación oficialistas si es que un “candidato K” no logra ser el más votado en territorio bonaerense. Esto podría sumar un “rasgo positivo” en las lecturas para el oficialismo. O un premio consuelo, si no logra llenar con un triunfo el casillero nacional ni el bonaerense.

Todavía falta algo más de un mes para el cierre de listas pero seguramente en los distintos espacios políticos se preparan arsenales de interpretaciones sobre las legislativas. Cada lector podrá afinar una propia.

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