Chaco: una victoria con tensiones

(Columna de José Florito, investigador de Cuadernos Electorales de CIPPEC)

El triunfo del oficialismo provincial no ocultó las tensiones que enfrenta el espacio, reflejadas en la competitividad de su interna

 

Las puertas del templo del dios romano Jano, construidas por el segundo rey de Roma, Numa Pompilius (753 a.C. – 674 a.C.), se mantenían cerradas en tiempos de paz y se abrían cuando estallaba una guerra. Entre ellas se alzaba una estatua del dios Jano, con su característico doble rostro: uno, mirando hacia afuera de la ciudad; el otro, hacia su centro, el Foro. A pesar de que su figura se asocia hoy con la hipocresía, el doble rostro de Jano se relaciona con la vigilia entre dos arenas de conflicto, la interna y la externa, como la que viven los gobernadores argentinos que no son de Cambiemos.

La llegada de Mauricio Macri a la Presidencia obligó a la mayoría de los gobernadores a administrar la tensión de formar parte de una díada mutuamente beneficiosa con el gabinete nacional y, simultáneamente, diferenciarse de la agenda del oficialismo nacional en la arena local. Dos factores dificultan esta tarea. En primer lugar, son gobernadores con poca experiencia: la mayoría asumió el Ejecutivo provincial por primera vez en 2015. En segundo lugar, deben consolidar su posición frente a alianzas electorales y coaliciones de gobierno que contienen sectores muy opositores a la administración nacional. En las provincias donde hay PASO, el desafío no es tanto ganar la interna (algo relativamente probable) sino asegurar la transferencia de votos en la general. Chaco, primer evento electoral con PASO del año, es un ejemplo.

 

UN LLAMADO DE ATENCION

Domingo Peppo asumió como gobernador de Chaco en 2015. Cuando Capitanich, su antecesor, ocupó el cargo de jefe de gabinete a nivel nacional, Peppo fue su nexo con la política provincial, pero nunca participó de la discusión nacional. Su candidatura como gobernador en 2015 cayó bien en un peronismo chaqueño territorializado y despertó resquemores en sectores posicionados en función de clivajes nacionales. Tensión como las que típicamente se despiertan en años electorales.

El domingo 4 de junio, el 55% del electorado chaqueño fue a las urnas a elegir quiénes serán candidatos en las generales de julio para cubrir las 16 de 32 bancas disponibles en la legislatura provincial. La tasa de participación fue casi 20 puntos porcentuales inferior al promedio histórico. La persistente lluvia fue un obstáculo adicional para un electorado que será citado cuatro veces a votar en 2017.

A pesar de que compitieron once agrupaciones (de las cuales diez superaron el umbral de 0,75% del apoyo electoral para competir en las generales), la elección se dirimió entre el oficialista Frente Chaco Merece Más y la Alianza Cambiemos. El primero sacó el 50% de los votos positivos y la segunda, el 33%. El oficialismo provincial presentó once listas con precandidatos; el gobernador ungió a la liderada por Gustavo Ferrer. Sin embargo, a diferencia del 91% que cosechó la lista favorita dentro del Frente en las PASO de 2015, esta vez llegó solo al 65%, repartiéndose el resto entre sectores afines al kirchnerismo que hicieron campaña con críticas explícitas al gobernador y su acercamiento a Macri. Ese 35% de votos es imprescindible para asegurar la victoria en julio frente a Cambiemos, que mostró una interna mucho menos competitiva, con una lista alcanzando el 87% de los votos y ganando en las dos principales ciudades de la provincia.

Para el gobernador Peppo, las PASO representaron un llamado de atención. Evidenciaron que la incapacidad para aglutinar a sectores díscolos detrás de una sola lista puede tener consecuencias electorales. Hay un motivo por el que la mayoría de los oficialismos dirimen sus disputas antes de las primarias: es para ahorrarse el riesgo de que la transferencia de votos no sea hacia la dirección esperada. Aníbal Fernández puede dar fe de ese peligro. Encolumnar a las facciones kirchneristas detrás de la lista ganadora implicará un compromiso más que discursivo por parte del gobernador. Un incentivo atractivo sería ofrecer un espacio en la lista oficialista de precandidatos a diputados nacionales. Esto, sin embargo, trae aparejado dos problemas. El primero es que la fragmentación de los sectores disidentes (distribuidos en diez listas) dificulta la identificación de un punto focal para negociar. El segundo consiste en el riesgo de poner un diputado nacional que resulte difícil de disciplinar y resquebraje las relaciones entre el Ejecutivo nacional y el provincial. Nuevamente, el equilibrio entre ambas arenas, la nacional y la provincial, es delicado.

Probablemente un presidente peronista hubiese significado que esta tensión permaneciese latente y las elecciones legislativas de medio término solo hubieran requerido de la resolución de conflictos hacia adentro. La presidencia de Mauricio Macri, sin embargo, hace que, para muchos gobernadores, el período electoral implique abrir las puertas del templo de Jano y observar hacia ambos frentes.

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