El futuro del peronismo

(Columna escrita junto a Miguel De Luca)

En notas previas, se analizaron a los líderes y los votantes peronistas. En ésta se indaga sobre lo que le espera.

 

En un país muy lejano, los partidos eran tan fuertes y sus electorados tan estables que los politólogos inventaron una palabra para definir al sistema: partitocrazia. Pero un día el muro se cayó, la justicia investigó y el panorama cambió. Un ciclón antipartidos barrió con todo y los líderes que emergieron fueron, primero, un magnate de los medios, y después un cómico televisivo. ¿Y aquellos partidos? Siguen en los libros de historia y en las películas de Don Camilo y Peppone.

Había una vez un país democrático y bipartidista que era una excepción en América Latina, donde predominaban las dictaduras. Hoy en la región la democracia es rutina, pero aquel país se hunde en el autoritarismo y sus dos partidos, AD y COPEI, son una sombra de lo que fueron.

No es puro cuento: ni los partidos más vigorosos están a salvo de apagarse hasta desaparecer. Y , excepto para quienes creen en hadas madrinas y castillos inexpugnables, el peligro también le cabe al peronismo. Revisemos argumentos.

No son buenos tiempos para el partido del General. Como adicto al poder, al peronismo le cuesta vivir en la oposición, sin látigo y sin chequera.  Y la pelea por el liderazgo partidario provocará, como siempre, heridos y apartados. La diferencia es que esta vez los tres gobiernos principales, el nacional, el bonaerense y el porteño, no están en manos de los radicales sino del PRO, que está construido con muchos peronistas, hábiles en el arte de birlar candidatos, mandamases y punteros. Si gana las elecciones intermedias, Macri habrá fabricado una maquinaria de poder tan eficaz como el PJ.  Y este país es muy chico para dos peronismos.

Lo narrado pasa arriba, entre los dirigentes. Pero también hay cambios abajo, entre los votantes. Como observa el sacerdote y politólogo Rodrigo Zarazaga, la novedad es que el peronismo exhibe hoy una división en su base electoral, y ya no sólo en su liderazgo. Esto se debe a la brecha abierta entre el empleo formal y el informal. Resulta difícil para un mismo partido representar a los dos sectores a la vez, al piquetero que reclama por  “un laburo”  bloqueando las calles y al taxista que lo insulta y demanda “canas y balas”  para liberar las calles y permitirle trabajar.

Es cierto que el PJ afrontó el 2001 y sobrevivió aumentado, si no mejorado. Las crisis suelen fortalecerlo. Pero en el trance actual surca terra incognita y lo encuentra menos preparado.

El mundo no ayuda. Los tiempos son hostiles para formaciones similares al peronismo, una organización a mitad de camino entre los partidos laboristas o socialdemócratas y los partidos nacional-populares.

En Europa los socialistas están cosechando los peores resultados históricos, perdiendo votos a manos de partidos que los corren por izquierda, por derecha y por afuera. Partidos concebidos como el brazo político del movimiento obrero crujen en un continente donde hay menos trabajo para todos. Hoy un fantasma recorre Europa y no es el comunismo: es la inmigración, detrás de la cual se esconde la robotización.

En lo que se llamaba Tercer Mundo, los partidos nacional-populares afrontan problemas diferentes pero la misma incertidumbre. Estas organizaciones tuvieron electorados complejos y derroteros zigzagueantes, pero supieron identificarse con el nacionalis
mo y con“ los de abajo” –y lograron convertirse en partidos hegemónicos o predominantes–. Algunos, como el PRI mexicano, perdieron, curaron sus heridas y volvieron. Otros, como el Partido del Congreso en la India, atraviesan crisis profundas.

Hoy Italia es el polvorín de Europa, y Venezuela, el de América Latina. Sus viejos partidos, populares y oligárquicos a la vez, ya se extrañan.

El peronismo no planea hacerse extrañar. Después de casi 15 años volvió a la intemperie, pero tiene recursos para aguantarla. El primero es que sigue siendo gobierno en catorce provincias y más de mil municipios. El segundo es que la mayoría de los sindicatos se sigue identificando con él. El tercero es que mantiene, a pesar de las divisiones de arriba y de abajo, un fuerte anclaje socioelectoral. Como confederación partidaria, su futuro parece firme.

Pero, en Argentina, el único partido nacional es el que tiene la presidencia.

 

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