Las PASO, ¿suman o restan?

(Columna de Fabián Bosoer)

Las internas abiertas para construir coaliciones competitivas siguen siendo ajenas a nuestra cultura política

 

En algo coinciden Mauricio Macri, Cristina Kirchner y Sergio Massa: las PASO no sirven para esta ocasión. En estas elecciones legislativas, resultan más un estorbo que una oportunidad. Cristina no quiere competir con Florencio Randazzo en la Provincia de Buenos Aires; lo considera rebajar su estatura y la naturaleza de su batalla. En la Ciudad, el PRO no quiso aceptar a Martín Lousteau como candidato competitivo dentro de Cambiemos. Massa sostiene que una competencia interna abierta por el liderazgo opositor dentro del peronismo es  “un amontonamiento”  que nada agrega. No fue así en el 2015, cuando el incentivo de construir una coalición ganadora primó sobre el temor a la fragmentación y la fuga de votos. En ese momento, la oposición –tanto Cambiemos como la alianza UNA de Massa con el cordobés José De la Sota–, se animó a las PASO y sacó beneficios de ello. El oficialismo del Frente para la Victoria, por el contrario, las evitó, apeló a la suprema decisión de su Gran Electora, que optó por Daniel Scioli y bajó a Randazzo, y perdió las elecciones.

La obligatoriedad de abrir el juego en la competencia por las candidaturas, ¿ayuda o entorpece? La pregunta conlleva otro interrogante: A los efectos de reformar y mejorar la calidad democrática, este mecanismo de participación electoral ¿es entendido como un medio o instrumento, o puede resultar también un fin en sí mismo, más allá de sus resultados? Hay, frente a estos interrogantes, tres posiciones clásicas. Las podemos definir, siguiendo las categorías weberianas, como “ tradicional”, “carismática”  y “ racional”.

La vertiente tradicional concibe a las primarias como un instrumento que, eventualmente, puede favorecer una mayor democracia interna para dirimir candidaturas y listas, sobre todo cuando existen líneas internas y liderazgos enfrentados. Aunque mira con desconfianza el internismo que termina debilitando la oferta electoral y deja heridos a los candidatos triunfantes, así como la interna abierta simultánea que favorece el “voto de oportunidad y preferencia” del electorado independiente y la selección de candidatos que pueden tener mejor imagen hacia fuera de los partidos. Para los oficialismos  “de coalición”  que buscan un voto de confianza y la consolidación de un liderazgo presidencial, la visión tradicional desalienta la competencia interna y se inclina por el armado de listas“ de unidad” que le den mayor homogeneidad a las figuras que más se identifican con el Presidente.

La posición carismática es más contundente: las internas abiertas sólo sirven para ungir por aclamación un liderazgo preexistente o para introducir un factor de equilibrio que neutralice potenciales adversarios competitivos, tanto entre las propias filas como en las de los contendientes de otras fuerzas. De otro modo, no son otra cosa que un ariete utilizado para debilitar su propuesta, una maniobra divisionista de los adversarios. Este es el argumento del “ cristinismo carismático”, que encuentra su referencia intelectual en los últimos pronunciamientos de Carta Abierta. Sostienen que la candidatura de la ex presidenta resulta  “imprescindible”  para enfrentar  “el ajuste neoliberal”. Horacio González así lo expresa:  “No pienso en jefaturas, no pienso en profetas, no pienso en épicas, no pienso en abismos, no pienso en salvadores de la patria”. Pero, de inmediato, afirma todo lo que niega:  “En algo de que estamos frente al abismo está implícito que Cristina intervenga”.Y  este sería el caso: estaríamos, según esta visión, frente al abismo y se precisa  “una nueva gesta del pueblo argentino”, con Cristina como “jefa del movimiento nacional”. Una salvadora de la Patria.

Candidaturas que se atreven a disputar ese liderazgo, como la de Florencio Randazzo, constituirían para esta mirada un Caballo de Troya del oficialismo macrista. Solo queda blindarse para ir detrás de un gran frente opositor. La construcción de una alternativa electoral para frenar el nefasto curso del país en marcha, sostienen, es una empresa que debe estar por encima “del barullo mediático y de los conflictos entre intereses personales y de grupo” (https://www. pagina12.com.ar/42042-la-unidad-y-las-paso-elcomo-depende-del-para-que). Ir a las PASO en estas condiciones, dice el intendente de Lomas de Zamora Martín Insaurralde“ es hacerle el juego al Gobierno”.

Finalmente, está la visión racional, que de alguna forma encarnaron en la ocasión las dos figuras que desafiaron a las vertientes tradicional y carismática: Lousteau en la Ciudad y Randazzo en Provincia. El término  “racional”  no supone aquí una valoración a priori, no califica a las otras dos como  “irracionales”  ni supone que vaya a tener mayor predicamento o imponerse frente a las otras. Se trata, en todo caso, de una apuesta por la renovación en un escenario poskirchnerista y no pendular como el que estarían planteando tanto el macrismo como el kirchnerismo en su juego polarizador. Recoge las enseñanzas y aprendizajes que dejaron las PASO en 2015: estas pueden resultar un incentivo para la construcción de alianzas y coaliciones electorales exitosas, cobrando autonomía respecto de los intereses y especulaciones que animaron su introducción. Más allá de los cálculos iniciales, el electorado fue construyendo un camino del que resultaron tributarios Macri y Massa en las elecciones nacionales y Lousteau, en la Ciudad. Un camino –el de la construcción de coaliciones con base en la participación democrática– que, entonces como ahora, rehúye Cristina y por el que Randazzo buscó su revancha, en un proceso electoral en el que se dirimen varias cuestiones simultáneas, junto con la futura composición del Congreso: el carácter del período de gobierno en curso, el liderazgo del peronismo y de la oposición, y la competencia por la sucesión presidencial

 

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