Las PASO me las paso

Columna de Miguel De Luca y Andrés Malamud

Pese a todo, las primarias  cumplirán una función porque tendrán casi los mismos efectos que una primera vuelta.

 

Sobre las listas de candidatos vale la misma recomendación que para las leyes y la morcilla: es mejor no preguntar cómo se hacen. El problema es que los politólogos vivimos de explicarlo, para lo cual conviene entenderlo. La mayoría no lo logra. Esos son los que explican.

 

Quién y cómo resuelve el nombre de los que compiten por los votos es vital para saber dónde está el poder partidario y cómo se van a comportar los electos.

 

Antes del terremoto de 2001, la cosa era simple: para cocinar las listas, los partidos recurrían al dedazo, la rosca o la interna (con sus variantes cerrada, semiabierta y swinger (todos contra todos). Cuando a algún peronista no lo dejaban competir en la interna, iba por afuera:el pueblo resolvía lo que los compañeros no permitían. Para los radicales, en cambio, la disputa constituía un fin en sí mismo: gobernar era un intervalo incómodo entre dos internas.

 

Pero incluso antes del colapso, un fenómeno empezó a crecer. Los oficialismos partidarios, antes tolerantes hacia las minorías, se mostraban cada vez más ansiosos por marginarlas. Las minorías comenzaron entonces su éxodo y armaron rancho aparte en partidos más o menos personalistas y pymes electorales. El Frente Grande, el GEN o los sellos de Lilita son algunos ejemplos.

 

Tras 2001, el sistema de partidos sobrevivió porque el peronismo se mantuvo averiado pero firme. Por eso Néstor debió abandonar su fugaz transversalidad para volver al pejotismo, y mantuvo el statu quo hasta que un candidato paraperonista lo derrotó en Buenos Aires. Una nueva herramienta fue pergeñada entonces para bloquear defecciones futuras: las primarias para todos y todas, las PASO que Cristina promovió tras perder “por dos puntitos” en 2009.  Y también tomaron recaudos para evitar que los no peronistas lograran lo inverosímil: armar un partido y ganar las elecciones.

 

Las PASO tuvieron múltiples objetivos. El piso del 1,5 % sirvió para contener la fragmentación partidaria. La posibilidad de dirimir candidaturas entre partidos, y no sólo internas, funcionó como incentivo para la formación de alianzas preelectorales. El resultado fue que se revirtió la inflación de boletas y se crearon coaliciones duraderas y efectivas, como el milagro para Altamira que permitió que la izquierda se juntara y metiera tres diputados.

 

Pero en otros casos, a la inversa del mandato bíblico, las PASO no pudieron unir lo que la política ya había separado. Rivales enconados prefirieron, y prefieren, evitar las PASO y marchar con lista propia a la general. Y la experiencia de primarias competitivas entre competidores encarnizados suele terminar mal: el ganador no logra retener todos los votos de sus contendientes, que se fugan hacia males menores.

 

Las PASO, entonces, funcionan como barrera y como soldador, pero no como método de selección de candidatos. Para esta función sólo son efectivas cuando los rivales compiten dentro de un marco previamente acordado (como Massa versus De la Sota o Rodríguez Larreta versus Michetti) o cuando algunos candidatos son testimoniales (como Sanz y Lilita frente a Macri). Como en el tango, hacen falta dos para que el baile funcione. Si la pelea es agria tropiezan los dos, dicen Aníbal Fernández y Julián Domínguez.

 

No es casual, entonces, que la mayoría de las PASO termine en lista única: la mayoría  del país está gobernada por peronistas –catorce provincias de veinticuatro–. Para los seguidores del partido que tiene un día de la lealtad, es difícil eludir la traición cuando deben acompañar al que los derrotó.

 

Por eso, entre otras cosas, la creadora de las PASO sentenció: las PASO me las paso. Y pagó Randazzo.

 

Las PASO son un censo con consecuencias. No cumplen todas las funciones para las que fueron inventadas, pero algunas sí. Y sirven para otras cosas. Por ejemplo, como primera vuelta electoral. Porque en octubre, los que hayan votado por el tercero y el cuarto van a repensar su voto, desviándolo hacia el menos malo de los dos de arriba.

 

El efecto será la concentración (en vez de fragmentación) del voto y la reducción del número de partidos. Las PASO simplifican el escenario, y lo más simple suele ser más transparente.

 

Yerra quien las subestima: las consecuencias de las primarias no son secundarias.

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