¿Puede Cambiemos hacer un upgrade?

Por Julio Burdman

El PRO nació como una alianza electoral y mutó a una coalición. ¿Puede ahora volver a transformarse y convertirse en Partido Cambiemos?

 

¿Puede Cambiemos dejar de ser una alianza electoral y convertirse en un partido político? El sentido común avisa que el trayecto normal es el inverso, y va desde el partido hacia la coalición o frente electoral.

 

El partido como unidad fundante de una entidad más grande. Pero hay bastantes contraejemplos. Como Syriza, en Grecia. O, sin ir tan lejos, el mismo PRO. El partido que gobierna la Ciudad de Buenos Aires y hoy hegemoniza el Poder Ejecutivo Nacional nació en 2005 como una alianza electoral. Con dos socios mayores, el partido Compromiso para el Cambio fundado y presidido por Mauricio Macri, y el partido Recrear para el Crecimiento fundado y presidido por Ricardo López Murphy. El fin inmediato de esa alianza era participar de las elecciones legislativas de ese año, y postuló a Mauricio Macri como primer candidato a diputado por la Capital y a Ricardo López Murphy como primer candidato a senador nacional por la provincia de Buenos Aires. Además de CPC y Recrear, había otros partidos más antiguos, de centroderecha, que se integraron al frente electoral, como el viejo Partido Demócrata (Federico Pinedo), el manriquista Partido Federal (Paula Bertol y Martín Borrelli), el litoraleño Partido Demócrata Progresista (el porteño, que presidía Oscar Moscariello), y otros.

 

En aquella elección, Macri ganó en la Ciudad y López Murphy, pese a que venía de un buen resultado en la presidencial de 2003, quedó desplazado por la polarización entre Cristina y Chiche. Como la victoria sí da derechos, Macri se convirtió en amo y señor de la alianza, que tenía una marca muy atractiva -y por cuya propiedad intelectual batalló con Leandro Popik, que había fundado un pequeño partido con idéntico nombre algunos años antes. Primero, Mauricio Macri apoyó al sector de Recrear que era proclive a una fusión con CPC, que lideraba el futuro ministro y candidato Esteban Bullrich. Luego, una vez que ese sector ganó la elección interna de autoridades, los partidos CPC y Recrear presentaron ante la justicia electoral un pedido de fusión, CPC se extinguió, y adoptaron el nombre de PRO. Finalmente, muchos dirigentes que venían de los partidos conservadores preexistentes, renunciaron a sus fuerzas y se afiliaron a la nueva agrupación. En pocos años se concretó el upgrade: de partido pequeño a partido más grande (y mejor valuado), con escala en el aeropuerto coalición.

 

La fusión con Recrear era interesante para CPC, porque el partido de López Murphy se había creado al calor de la crisis de 2001, cuando muchos argentinos querían meterse en política y firmaban fichas de afiliación -y juntas promotoras- sin pensarlo dos veces. Y ya había pasado por una elección presidencial. Gracias a la fusión, el porteño CPC se convirtió en un partido con personería nacional y presencia en una mayoría de provincias. No obstante, aquellos dirigentes del macrismo que integraron aquél primer partido porteño creado en 2003 son los que tienen más legitimidad y autoridad dentro del oficialismo. Son los que primero la vieron.

 

La pregunta está planteada: ¿puede el PRO hacer un segundo upgrade, y convertirse en Partido Cambiemos? Al igual que sucedió con PRO, Cambiemos es una marca política bien instalada y atractiva. De hecho, en las encuestas hay más entrevistados que responden que votarán por la alianza que por sus candidatos. Desafiando las intuiciones de la “personalización de la política”. La estrategia de campaña del oficialismo está basada en esta premisa. Si para el kirchnerismo “el candidato es el proyecto”, para el comando cambiemita la candidata es la marca. Y si la apuesta sale bien, será muy difícil convencer a Mauricio Macri y Marcos Peña de no llevar la marca hasta su nivel óptimo.

 

El valor de Cambiemos como marca queda demostrado también por el interés que muestran otros actores. Elisa Carrió recuerda en cada una de sus frecuentes apariciones televisivas que ella es “socia fundadora” de Cambiemos. Aunque encabece la única lista con otro nombre, recuerda su carácter pionero con tono litigante. Lousteau confronta con el PRO pero busca identificación con Cambiemos. Al igual varios radicales y peronistas de cuna, que apuntan contra la cultura PRO pero rara vez a la unión cambiemita. Cambiemos es hoy la marca más cotizada de la política electoral argentina. Y, claro, paso a ser más valiosa y eficaz que la marca PRO.

 

Desde un análisis de los frentes electorales y las organizaciones partidarias, un dato destacable del cierre de listas del 24 de junio fue que el círculo de Carrió, los afiliados radicales y una buena cantidad de extrapartidarios integran las listas nacionales y provinciales de los principales distritos en la estrategia de Cambiemos. Una primera conclusión, entonces, destaca que la dinámica coalicional está viva, y que los bloques legislativos de Cambiemos seguirán poblados por legisladores provenientes de diferentes partidos. Los radicales tienen su identidad, y mantienen su autonomía aún en la cohabitación. Pero la experiencia de las precandidaturas dejó un dato insoslayable: Cambiemos, en tanto marca política del oficialismo, se formó en casi todo el país, casi todos los “facilitadores” de las listas –neologismo que sustituye al demasiado peronista de “armador”- fueron designados por la Casa Rosada, y todos los nombres de las listas cambiemitas, incluyendo los no amarillos, pasaron por el cuidadoso screening amarillo. Cambiemos habita en la Casa Rosada, su comando está unificado, su discurso y su comunicación también: será formalmente una coalición, pero se pareció demasiado a un partido.

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