Contornos posibles de una nueva gobernabilidad

Por Néstor Leone

 

Las provincias, el Congreso y los sindicatos formaron parte del esquema de acuerdos del Gobierno. ¿Cuánto puede cambiar luego de las elecciones?

 

Gobernar en situación de minoría en las dos Cámaras era uno de los desafíos primigenios del Gobierno. Necesitaba convertir el frente electoral propio, tempranamente exitoso, en coalición parlamentaria. Y, además, lograr acuerdos con otras fuerzas para llegar a la lejana mayoría transitoria. Lo primero lo consiguió sin dificultades, dada la eficaz disciplina interna del interbloque. Lo segundo fue mucho más costoso y se dio de manera intermitente, casi ley por ley. Con la nueva composición que tendrá el Congreso luego de las elecciones legislativas de este mes, según el antecedente de las PASO y las diferentes encuestas de opinión que circulan, y más allá de ciertas sorpresas que puedan darse o de algunas variantes, Cambiemos ganará márgenes de acción y quedará menos atado a los acuerdos en varios frentes. Qué hará la oposición parlamentaria ante ese cambio de escenario es una de las preguntas con respuesta abierta que ganan peso en el análisis político.

Además del Congreso como actor y de la parcialmente exitosa ingeniería parlamentaria, el gobierno de Mauricio Macri tuvo otros dos sostenes en el trípode de su esquema de gobernabilidad, además de la venia de los grandes medios de comunicación. Por un lado, la relación con los gobernadores: los propios; pero, sobre todo, un buen número de los ajenos. La puja interna del peronismo y el pragmatismo acostumbrado de esos dirigentes, de alguna manera, lo hizo posible.  Por el otro, la relación con la mayoría de los sindicatos (triunvirato de la CGT incluido) y con un buen número de organizaciones sociales, terrenos ambos en los que Cambiemos casi no tenía trabajo previo ni anclaje suficiente.

En el tránsito de estos primeros veintiún meses de gestión, el Gobierno tuvo cortocircuitos con los gremios, unas cuantas movilizaciones en su contra, un paro general y decenas de cruces entre estentóreos y sobreactuados, pero no perdió terreno en los objetivos que se propuso respecto al sector. Ni quedó sobrepasado por una conflictividad social, que se mantuvo, por otra parte, dentro de canales considerados “normales”, focalizada y sin canalización política. Qué sucederá con esos actores, por cierto, dependerá de la capacidad que tengan de articular las demandas ante un programa que dejará sus excluidos, de los intentos del Gobierno por neutralizar y/o disciplinar esos intentos y de la propia sustentabilidad de mediano plazo que muestre ese programa en el trayecto.

 

1. TERRITORIOS

En el centro geográfico del país. O, si se quiere, en las áreas más dinámica del capitalismo argentino. Ahí Cambiemos hizo la diferencia que le permitió llegar a la Presidencia. Y ahí, además, consiguió las gobernaciones de Buenos Aires y de Mendoza, y revalidó en la Ciudad de Buenos Aires. Extrazona, le sumó la provincia de Jujuy. Cinco distritos (si se agrega Corrientes, que ya tenía), que representan nominalmente poco en comparación con el peso del peronismo (gobierna 14), pero que poblacional y económicamente revierten bastante la ecuación.

Sin estrategia global, desarticulado como partido nacional y con muchas expresiones (y liderazgos) diferentes según las provincias, el peronismo se convirtió en su contracara. Y, desde el principio mismo de ciclo, estableció relaciones dispares con la gestión Macri. De los buenos vínculos, casi sin rispideces, de los gobiernos de Córdoba, Salta o Tierra del Fuego, por citar algunos casos de una lista más larga. A la relación más tirante, de más idas que vueltas, de los gobiernos de San Luis, La Pampa, Santa Cruz, Formosa o Tucumán. Más una zona gris de nuevos mandatarios (los de Entre Ríos y de San Juan, por caso) que trajo los matices.

El intento de revalidar la vieja liga de gobernadores se gestó, precisamente, a partir de la necesidad de encontrar algún tipo de confluencia posible, como modo de articular el peronismo desde el lugar de poder de aquellos que preservan responsabilidades ejecutivas y, parcialmente, a modo de resistencia posible a la estrategia Cristina contraponiendo cuotas mayores de conservadurismo popular. Pero, también, para negociar en condiciones de fuerza ante un Gobierno que apoya el pedido de Buenos Aires de quitarle el tope el Fondo de Reparación Histórica del Conurbano (lo cual implica alguna forma de redistribución de ingresos federales), evalúa cambios en la Coparticipación y tiene entre manos una reforma impositiva que se pretende ambiciosa. La derrota en las PASO de la lista del cordobés Juan Schiaretti, uno de los más interesados en que esa liga prosperase, mostró que la posición negociadora o, si se quiere, condescendiente con el oficialismo, no necesariamente reditúa en las urnas. El salteño Juan Manuel Urtubey ganó terreno en su desmedro. Pero lejos está de asegurar aquellos objetivos. Lo que sucedió hace días en Río Negro, con la decisión inesperada, imprevista, del gobernador rionegrino Alberto Weretilneck de “bajar” su lista de candidatos a diputados nacionales para favorecer implícitamente a la de Cambiemos a cambio de conservar el aire escaso de su propia gobernabilidad representa un llamado de atención, que cada uno leerá a su modo.

 

2. ESCAÑOS

Primero, echó a rodar su gestión a través de decretos de necesidad y urgencia. Para designar inicialmente dos jueces para la Corte Suprema, para derogar el Código Procesal Penal y para dejar sin efecto la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. De alguna manera, el propósito que los unificaba era el de definir, con decisiones fuertes, el sentido de sus políticas y el trazo grueso de su rumbo, diferentes de las que las precedieron. Ya en períodos ordinarios, Cambiemos logró un nivel aceptable en términos de aprobación de su agenda parlamentaria. Y algunos reveses, que hicieron ruido. Por caso, la llamada ley antidespidos, que fue vetada por el presidente Macri. O la engorrosa discusión del impuesto a las ganancias. O la reforma electoral, con la imposibilidad de incorporar la boleta única electrónica.

Esa segunda minoría logró formar mayorías en Diputados con la venia de parte o de la totalidad del Bloque Justicialista, liderado por Diego Bossio, y el Frente Renovador de Sergio Massa. Y, por cierto, con el beneficio de la fragmentación existente. A partir de diciembre próximo, aun sin mayoría propia (superaría las cien bancas), Cambiemos sólo necesitará de uno de esos dos socios coyunturales para convertir en leyes los proyectos de Casa Rosada y, más aún, para conseguir quórum. Con mayores márgenes para negociar y menos necesidades de ceder.

En el Senado, no obstante, es posible que se dé el cambio más notorio. Fue la Cámara más “colaborativa” hasta aquí. Con la nueva composición, no sólo atrapará mayor atención. El seguro ingreso de Cristina Kirchner (con o sin Jorge Taiana) y las tensiones ya abiertas con el presidente del bloque del Frente para la Victoria, Miguel Angel Pichetto, deja al oficialismo con la posibilidad (inicialmente, por lo menos) de obtener algunos réditos extra en río revuelto. La capacidad de la expresidenta de lograr nuevamente ascendencia entre sus pares y la dinámica propia de un bloque que se mantuvo unificado, a pesar de las divergencias, pero que ahora correl riesgo de quebrarse, ofrecerán pautas del tipo de relación posible. Ante un interbloque oficialista que, además de renovar las cuatro bancas que pone en juego, sumaría entre siete y ocho escaños, con posibilidades de quedar cerca del anhelado tercio del recinto.

 

3. ORGANIZACIONES

El Gobierno encaró la relación con gremios y organizaciones sociales desde su situación de ajenidad, sabiendo que debía jugar en territorio, con interlocutores y hasta con lenguajes que no le eran propios.Y , de algún modo, se hizo fuerte a partir de ahí. Los anotició tempranamente de que mantendrían ciertas reglas de juego (o de negociación) y que modificaría otras, les enrostró cuantas veces pudo la baja legitimidad de ejercicio y el bajo prestigio social que sus cúpulas preservan y les hizo notar (por si hacía falta) que tenía en sus manos buena parte de los resortes institucionales que podían ampliar o reducir su poder o el manejo de recursos.

En el transcurso, la divida CGT de la etapa precedente tendió a la unidad a través de un triunvirato que representa a los sectores en pugna, aunque no pueda superar los límites de una conducción sin liderazgos claros y ese endeble equilibrio de fuerzas. Como se dijo, hubo cortocircuitos, movilizaciones, un paro general, un acuerdo informal para evitar despidos que sólo se cumplió parcialmente y una ley que los impedía, que fue vetada. Pero, también, gestos de buena voluntad para no romper puentes de diálogo y actitudes de mutua conveniencia para no quedar desbordados por las bases ni por las circunstancias, en su rol de habitual retaguardia de la protesta social.

De todas maneras,  los proyectos de reforma laboral que el Gobierno tiene in pectore los muestra preocupados. Aun cuando el Gobierno promete tratarlos con ellos. Lo mismo, la posibilidad de que se profundice “el ajuste” luego de las elecciones. Sobre todo, porque temen que estos resultados conspiren contra la correlación de fuerzas actual y aquella promesa se haga añicos. Mientras el acecho (real o posible) de la Justicia sobre algunos dirigentes los amilana. En cuanto a las organizaciones sociales, la naturaleza de la preocupación es parecida, más allá de las particularidades. Del pedido de cumplimiento de la Ley de Emergencia Social consensuada, al reclamo por nuevas demandas. Del desafío de preservar sus estructuras, al riesgo de quedar neutralizadas en el intento. ¿Retomarán las protestas por otras vías? ¿Lograrán adhesiones más allá de  su círculo de militantes más estrechos?

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