La desesperación de Cristina

Por Joaquín Múgica Díaz

 

La expresidenta ajustó varias veces su estrategia de campaña para subir el techo de popularidad que la condiciona electoralmente

 

Cristina Kirchner da volteretas en el aire mientras la campaña electoral entra en su último tramo. La expresidenta ganó por 20 mil votos en las PASO de agosto, pero en Unidad Ciudadana no hubo una sonrisa que durara más de algunos minutos. No había clima festivo después de los primeros comicios del año en la provincia de Buenos Aires, y no lo hay en estos primeros días de octubre, cuando las elecciones generales están a la vuelta de la esquina.

Los magros resultados obtenidos frente a la hilera de candidatos con bajo perfil que propuso Cambiemos, y luego de un año y medio de gestión en el cual el gobierno se tropezó a cada rato, expusieron a la exmandataria frente a sus propios aliados. A fuerza de resultados, Cristina comenzó a atravesar un camino descendente y cruel que la obligó a cambiar la estrategia electoral con más ímpetu que percepción.

Lejos de los extensos discursos cargados de ideología y dramatismo, la exjefa de Estado inició su campaña como candidata a senadora nacional con cambios profundos en el estilo de comunicación. La primera muestra de que Cristina ya no sería la de antes frente a las cámaras, fue el acto que organizó el kirchnerismo en el estadio de Arsenal el 20 de junio. Frente a una multitud que arribó a Sarandí para pedirle que sea candidata –en ese momento aún mantenía la duda sobre su futuro electoral–, la expresidenta le dio la bienvenida a la estética comunicacional que en Argentina empezó a usar el PRO hace ya varios años.

En aquel recordado acto, el equipo de comunicación del kirchnerismo, asesorado por el consultor ecuatoriano Vinicio Alvarado, decidió cambiar el atril con dirigentes fieles a su alrededor, por un escenario 360° solo para Cristina. La convocatoria en Arsenal fue el final de las banderas partidarias en los actos kirchneristas. A partir de ese momento, les comenzaron a pedir a los seguidores que solo lleven banderas argentinas. Cristina se abrazó al marketing político que siempre detestó más por conveniencia que por convicción.

Pero lo hizo con un buen fin. Buscó atravesar la barrera de su círculo de votantes duros, para cautivar un voto opositor más amplio. Cambió la vestimenta, el tono de voz, el impacto de los mensajes y la gesticulación. Se convirtió en otra Cristina. Menos agresiva y heroica, más comprensiva y tolerante. Pero el cambio duró poco. La nueva forma de comunicar parecía un éxito rotundo que se visibilizaba en algunas encuestas. Los números le daban a favor a Cristina para los comicios de agosto. En Unidad Ciudadana se ilusionaban con sacarle entre 6 y 8 puntos de distancia a la fórmula encabezada por el exministro Esteban Bullrich y avizoraban el regreso de la ex jefa de Estado a la conducción del peronismo. El día de las elecciones la realidad fue diferente. Y la corta distancia que separó a Cristina del candidato oficialista –después de una guerra impensada por el conteo final de los votos– provocó el mismo escenario de 2015, cuando e Daniel Scioli venció a Mauricio Macri por solo tres puntos. Luego, llegó el balotaje, la polarización de la votación, el triunfo del actual presidente y una de las derrotas más duras en la historia del peronismo.

Después de las PASO, Cristina debió cumplir con lo que les había prometido a los intendentes más importantes de la Provincia en los primeros días posteriores a los comicios. Frente a un panorama que ya visibilizaban complejo para las elecciones generales, la exmandataria les aseguró a los jefes comunales que comenzaría a caminar con más frecuencia las principales localidades del conurbano, y que daría entrevistas en medios críticos y a periodistas que no eran afines al kirchnerismo. Ese parecía ser el camino de la salvación. Mostrarse más, subir el perfil y enfrentar preguntas complejas después de una década despreciando el periodismo crítico. Pero la estrategia volvió a fallar. Otra vez.

Las consultoras más importantes del país miden a los candidatos con frecuencia. Lo hacen por pedido de los dirigentes que compiten o de los medios de comunicación. Algunas miden semana a semana, otras cada quince días. La gran mayoría tiene, en la actualidad, un ganador claro: Esteban Bullrich. Las diferencias con la expresidenta van desde los 3 a los 8 puntos. Pero la posible derrota no es solo una advertencia de las encuestas, es una realidad con la que conviven en el peronismo distanciado del kirchnerismo, y los propios dirigentes de Unidad Ciudadana. Solo un grupo de fanáticos considera al día de hoy, con herramientas electorales en la mano para evaluar la consideración del público, que Cristina ganará en octubre. Son pocos. Cada vez menos.

Las circunstancias obligaron a Cristina a cambiar nuevamente el foco de la campaña. La actual es una mujer más parecida a la que fue presidenta. El discurso volvió a ser agresivo e ideologizado. Está anclado en el pasado y carece de propuestas. La ex mandataria solo dice ser la mejor opción para frenar las políticas económicas del gobierno. Es lo mismo que dicen Sergio Massa y Florencio Randazzo. De otra forma y con otras palabras, pero es lo mismo.

Este nuevo cambio de dirección fue amplificado. Porque el regreso al viejo discurso quedó plasmado en las entrevistas que le concedió a Infobae, El País de España, Crónica y en AM 750. Las respuestas a tantas preguntas juntas abrieron baches en un camino que era nuevo para ella. Quizás la definición que la dejó más expuesta fue la afirmación de que en Argentina no hay Estado de Derecho. Fue un paso en falso. Luego, siguieron varios más durante los reportajes que brindó. Es normal. Fue presidenta durante ocho años y nunca brindó una entrevista a un medio nacional. La exposición pública se convirtió en un arma de doble filo. Los resultados quedaron a la vista.

En el segundo tramo de la campaña, la exjefa de Estado cambió por completo las dinámicas de apariciones públicas. Dejó atrás los discursos esporádicos que solo emitía por su canal de Youtube, y comenzó a protagonizar tres o cuatro actos por semana en diferentes localidades bonaerenses. Tuvo que cambiar. Le puso el cuerpo a la campaña, como no lo había hecho en los primeros meses. Necesita juntar votos y empujar hacia arriba un techo de popularidad que la condiciona. Cristina cambió el rumbo de la campaña en varias oportunidades. El argumento para hacerlo son los resultados de las encuestas y el acotado margen del triunfo electoral de agosto. Los números no cierran. Ella lo sabe

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