Comprendiendo a Vladimir Putin

 

El Presidente ruso, que acaba de iniciar su cuarto mandato, es muy popular en su país, entre otros motivos, por haberle devuelto un papel protagónico en el escenario internacional

por Tomás Múgica

 

Amado en Rusia, mayormente denostado en Occidente (aunque también admirado, a veces secretamente, por algunos).Tras 18 años en el poder –14 como Presidente, y 4 como Primer Ministro y poder detrás del trono durante la presidencia de Dmitri Medvédev– Vladimir Putin acaba de comenzar su cuarto período como Presidente de Rusia, tras haber obtenido su reelección en marzo pasado con el 76.6% de los votos y una participación del 67%.

Los medios occidentales suelen describir a Putin y su gobierno en términos similares: un líder autoritario, rodeado de un entorno cleptocrático, enfrentado a Occidente y que utiliza medios oscuros para deshacerse de sus enemigos. Con frecuencia caen en la exageración, pintando un villano de película (el V iktor Petrov de “House of Cards”, por ejemplo, reproduce en la ficción ese tipo de mirada). Puesto de otra manera, se cae en el estereotipo. Sin duda, el régimen político ruso no cumple con los estándares de la democracia liberal. Pero una adecuada comprensión de la política de ese país exige una mirada más compleja y matizada.

Su trayectoria previa a su ascenso al poder es más o menos conocida. Nacido y criado en un entorno modesto en Leningrado (la actual San Petersburgo), logró ingresar a la prestigiosa universidad estatal de esa ciudad, dónde se recibió de abogado. Tuvo un largo paso por la KGB, entre 1975 y 1991. La caída del Muro lo sorprendió en Alemania Oriental, como agente del servicio secreto destinadoen Dresde. De regreso en Rusia, tras un período de incertidumbre, formó parte de la administración de Anatoli Sobchak, primer alcalde de San Petersburgo electo democráticamente y una de las figuras políticas más prominentes de la etapa inmediatamente posterior a la disolución de la URSS. Putin fue su vicealcalde, a cargo de las relaciones internacionales; pero por sobre todo se transformó en unos de sus hombres de mayor confianza. Derrotado Sobchak en 1996, Putin se incorporó al gobierno de Boris Yeltsin en un cargo relativamente menor,relacionado con la administración del patrimonio estatal en el exterior. Considerado leal, discreto y trabajador por sus superiores, supo atravesar las duras internas palaciegas de la era de Yeltsin, y comenzó un vertiginoso ascenso, que lo llevó a convertirse en Director del Servicio Federal de Seguridad (sucesor de la KGB) en 1998 y presidente interino en diciembre de 1999.

Pero más allá de sus datos biográficos, ¿qué representa en términos políticos Vladimir Putin?¿Y cuáles son los fundamentos de su popularidad?

Empecemos por el primer interrogante. Putin es, ante todo, un nacionalista ruso. Un restaurador de la grandeza perdida. Una respuesta a la catastrófica década de los ’90, cuando tras la implosión de la URSS, Rusia entró en una era de caos y decadencia. Un tiempo marcado por la aguda declinación económica –entre 1989 y 1997 el PBI se contrajo aproximadamente un 50%– con una brusca caída en el nivel de vida de las mayorías;por lapérdida de autoridad del Estado, tanto en el interior –con el ascenso de los oligarcas y el crimen organizado– como en el exterior, dónde Rusia perdió influencia internacional y se vio sometida a la tutela de Occidente; por la inestabilidad política ypor el declive demográfico.

En su visión de Rusia, Putin recoge elementos tanto del pasado zarista como de la era soviética. De la etapa previa a 1917, durante la cual Rusia –a pesar de su anquilosada estructura social– se convirtió en una gran potencia del concierto europeo, en un imperio multiétnico extendido por Eurasia, suficientemente fuerte para enfrentar y vencer la invasión de los ejércitos napoleónicos. No por casualidad, una de sus principales referencias intelectuales es Ivan Ilyn, un nacionalista defensor de la autocracia y la ortodoxia. Sin defender el comunismo, Putin también rescata hitos de la historia soviética, especialmente la Segunda Guerra Mundial –conocida en Rusia como la Gran Guerra Patria–. Los rusos resistieron de manera heroica –fueron la nación con mayor cantidad de muertos en el conflicto, con más de 20 millones de víctimas– frente al nazismo, lograron torcer el curso de la guerra en Stalingrado, y terminaron por derrotar a los alemanes. Napoleón y Hitler vieron perecer sus proyectos imperiales en el crudo invierno ruso; los ejércitos rusos desfilaron vencedores por París y Berlín. No es un capital simbólico menor. Putin lo sabe.

Vladimir Putin es popular. Ello por varias razones. En primer lugar, espercibido como el padre de la recuperación económica pos soviética. A pesar de la recesión de los de los últimos años –especialmente a partir de la imposición de sanciones económicas internacionales en 2014, tras la anexión de Crimea– durante su gobierno el PBI per cápita más que se duplicó, lo cual ha significado una mejora apreciable de las condiciones de vida de las mayorías.

Segundo, Putin es considerado el gobernante que ha recuperado la autoridad del Estado ruso, socavada después de 1991. Es el vencedor –o si se prefiere el domador– de los oligarcas. Tras la caída de la URSS, un rápido, anárquico e inmensamente corrupto proceso de privatizaciones terminó en la formación de una casta de nuevos ricos, los oligarcas, que pasaron a controlar los principales sectores de la economía rusa. En el contexto de un Estado empobrecido y un entorno político inestable, ello también les permitió acumular un enorme poder político. Con diversos métodos y grados de coacción, Putin los sometió a su control. Algunos, como Mijail Jodorkovski –el hombre más rico de Rusia cuando Putin llegó al poder– fueron encarcelados (Jodorkovski luego partió al exilio y aún figura entre sus principales opositores). Al mismo tiempo Putin incrementó el control del Estado sobre la economía, fortaleciendo a grandes compañías estatales como Gazprom y Rosneft a fin de controlar los recursos energéticos, motor principal de la economía rusa. Surgió asimismo un nuevo empresariado, vinculado al poder. Tercero, Putin también es considerado el líder que enfrentó la amenaza del terrorismo islámico. La segunda guerra chechena (1999-2009), con una primera fase exitosa y un posterior empantanamiento, marcó su gobierno. En cualquier caso, es claro que el resultado fue favorable a Rusia.

Cuarto, Putin es considerado el líder que ha recuperado para Rusia el rol de gran potencia en la escena mundial.Sostiene una relación conflictiva con Occidente, especialmente tras la anexión de Crimea a expensas de Ucrania en 2014. También persisten, menos visibles, aspectos positivos como el comercio de energía con Europa y el combate al Islam radical. El liderazgo de Putin encarna entonces la tradicional ambigüedad que ha dominado la relación de Rusia con Occidente; ambigüedad en la que hoy predomina el polo negativo, en tanto Occidente es percibido como una amenaza no solo geopolítica –Occidente pretende sitiar y debilitar a Rusia– sino cultural y espiritual: Occidente propone valores que representan una amenaza a los valores, ligados a la herencia ortodoxa y eslava, dominantes en la cultura rusa (bajo su presidencia la Iglesia Ortodoxa ha recuperado un lugar preminente en la vida rusa y su cercanía con el Kremlin es indudable. El presidente expone su devoción, mostrándose en ocasiones y lugares paradigmáticos del cristianismo ortodoxo, mientras ataca la agenda progresista e individualista).

Su política exterior se ha vuelto más asertiva con el paso del tiempo. La oposición al avance de la UE y la OTAN sobre su periferia, Ucrania es considerada un punto vital en este sentido; la masiva intervención militar para sostener a AlAssad en Siria; el acercamiento a otros potencias no occidentales como China, India, Turquía e Irán; y el intento de influir sobre Occidente –piénsese en la cercanía con líderes como Orban en Hungría, o la relación inicial con Trump- constituyen hitos de la conducta externa rusa bajo el liderazgo de Putin–. Una política orientada a romper lo que el gobierno ruso percibe como un cerco occidental.

Hasta aquí algunas razones que pueden ayudarnos a comprender los fundamentos y la solidez del liderazgo de Putin, y de esa manera darnos elementos para entender la política doméstica e internacional de un país que sigue siendo clave en el tablero mundial

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