Políticos de profesión se buscan

Casi al mismo tiempo que ponía a prueba la destreza de sus técnicos, al Gobierno se le ocurrió prescindir de sus rosqueros. ¿Cómo se puede capear una tormenta sin pilotos?

Por Miguel De Luca y Andrés Malamud

Los románticos creen que la política es la actividad que procura el bien común. Más práctico, Max Weber argumentaba que política es aspiración a participar en el poder o a influenciar en su distribución. La política es ejercicio del poder, pero también búsqueda de soluciones a problemas que afectan a una comunidad. La política es al mismo tiempo lucha y construcción. El que desprecia la lucha duerme afuera.

En cualquier caso, la política requiere de recursos simbólicos, cognitivos y materiales, como recordaba hace poco Eduardo Fidanza. Uno importante es el carisma, o capacidad de un líder de generar devoción en sus seguidores. El carisma sirve para involucrar, para movilizar y para indicar un camino. Pero la potencia del carisma es bruta, y no contempla la sintonía fina. Para los detalles, la política tiene un segundo recurso: la competencia técnica o expertise. Un buen equipo de expertos es un excelente complemento de un líder carismático; para algunos, indispensable. Pero sin carisma, ni el mejor team de especialistas puede convencer a una multitud de seguir un plan de acción. Acá surge una tercera necesidad: un experto se concentra y propone “qué” hacer, pero no está entrenado para pensar “cómo” hacerlo. Formular políticas es una cosa, entender de política es otra.

Entonces aparece el tercer recurso de la política: la rosca. Rosquear exige conocer los tiempos, las personalidades y las negociaciones imprescindibles para que un plan se torne viable. Para que un liderazgo carismático no termine chocando la calesita o un proyecto estupendamente diseñado no estalle en su primer ensayo. Los rosqueros se encargan de los detalles que los líderes carismáticos minimizan y los técnicos ignoran. Y cada cual, desde su lugar, atiende su juego. Mientras el carisma mora en palacios presidenciales y sedes de gobierno, y los técnicos planifican en los despachos de los ministerios, los rosqueros suelen preferir el segundo plano, a cierta distancia del escrutinio público y del acceso periodístico, donde pueden negociar más cómodos. Si no queda otra, atienden desde una banca en el parlamento o en una oscura oficina gubernamental.

El gobierno de Cambiemos nunca se asentó en el carisma. Al contrario, se edificó contra la imagen ubicua e irritante de la presidenta anterior. Por eso extrañó que, casi al mismo tiempo que ponía a prueba la destreza de sus técnicos, se le ocurriera prescindir de sus pocos pero hábiles rosqueros. Ese desajuste contribuyó a la formación de una tormenta perfecta, sobre todo porque el gobierno, contra las previsiones del círculo rojo, venía manejando mejor la política que la economía.

Cambiemos se había construido con un equilibrio impecable: los técnicos del PRO, los políticos del radicalismo, el carisma de Lilita… y los políticos del PRO. Sí: a pesar de los escritos de Gabriel Vommaro y José Natanson, dirigentes y académicos subestimaron al PRO hasta que sintieron sus votos en la garganta. El secreto del partido nuevo fue combinar los tres componentes también en su interior, y no sólo en su coalición. Aunque algunos se resistan a creerlo, el PRO amalgamó carisma, expertise y rosca como pocos partidos habían hecho antes. Cambiemos fue producto de esa combinación: cuando Monzó proponía arreglar con radicales y massistas mientras Peña rechazaba a ambos, Macri laudó. No fue tanto carisma como olfato: su decisión partió la diferencia y condujo a la victoria electoral sin entregar los blasones de la novedad.

A un buen comienzo lo siguió una serie de malentendidos, sólo corregidos después de chocar contra la pared. La actual ampliación de las mesas política y de gestión es un regreso a las fuentes, ahora sin la frescura pero con la misma expectativa: recuperar el equilibrio que condujo al gobierno.

Carisma sin expertos no funciona. Tecnocracia sin liderazgo, tampoco. Ambas cosas son necesarias, y las dos juntas piden por la tercera: rosca. Porque gobernar demanda construir mayorías.

La combinación de estos tres elementos no asegura el éxito, pero para fracasar basta olvidarse de uno de ellos.

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