Un punto de inflexión para América Latina

El peso de la economía ha sido determinante para el comportamiento de los votantes en la región, pero ahora se abren nuevas agendas 

Por María Victoria Murillo (*)

 

La elección venezolana del domingo 20 de mayo marcada por la abstención, el fraude, y la presión a los votantes usando sus tarjetas de racionamiento denominadas “carnets de la patria”, así como las semanas de protestas populares contra el gobierno sandinista en Nicaragua son un signo mucho más estruendoso que un par de victorias electorales de candidatos de derecha sobre el fin de la marea rosa en la región, y lo que significó como promesa democratizadora en sus orígenes. Discuto acá primero los orígenes de la marea rosa, para luego reflexionar sobre los cambios que se vislumbran en las opciones electorales de América Latina.

 

EL BOOM DE LAS COMMODITIES

La recesión regional de 1998-2003 generó un voto retrospectivo contra los gobiernos de turno, en su mayoría parte de la ola neoliberal que cubrió la región en los años noventa. La alternativa para los votantes eran aquellos partidos o candidatos que se oponían o habían resistido alos ajustes neoliberales. Esto generó la oportunidad tanto a candidatos de izquierda tradicional como a “outsiders” de llegar a la presidencia en la mayoría de los países de la región en los años 2000. México, Colombia y Perú fueron excepciones a la regla, incluso si se considera que Ollanta Humala hizo una campaña de izquierda pero al llegar al poder no concretó dichas promesas. Es decir, la elección de gobiernos de izquierda fue parte de la rotación electoral que tradicionalmente genera el voto económico en América Latina. Lo verdaderamente sorprendente no fue que candidatos de izquierda llegaran al gobierno, sino que también gobernaran con políticas de izquierda y empujaran procesos de redistribución. Esto fue posible por los recursos fiscales que generó el boom de las commodities. Dichos recursos les otorgaron autonomía frente a los mercados financieros y los organismos internacionales, que habían sido cruciales al proveer acceso al crédito durante la década de los noventa. Pese a la variedad de políticas económicas y sociales que caracterizaron a los gobiernos de la marea rosa, con excepción de Humala en Perú, no ocurrieron giros a la derecha tras la asunción al poder como había pasado en los ’90. Las condiciones externas y los recursos fiscales permitían elegir políticas con niveles crecientes de redistribución económica, incluso si había diferencias en la prudencia fiscal, en el diseño de las políticas sociales redistributivas, y en temas de libertades individuales como el matrimonio igualitario, el acceso al aborto, etcétera.

 

UN PUNTO DE INFLEXION

Los precios de las commodities tocaron su pico en 2013 y empezaron a bajar a partir de 2014. Esto generó un cambio en el contexto económico de la regiónespecialmente para los países de Sudamérica que se habían focalizado en exportaciones primarias y para aquellos dependientes del petróleo venezolano, como Nicaragua (La exposición fue menor para los países de la cuenca del Caribe, más atados a la economía norteamericana por sus exportaciones y remesas). Ese año también fue un parteaguas respecto a los escándalos de corrupción porque comenzó el Lava Jato en Brasil, lo que llevaría a la prisión de Marcelo Odebrecht y al descubrimiento de una red regional de corrupción vinculada a la obra pública y al financiamiento político en muchos países de la región(Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia, República Dominicana, etcétera). Los escándalos vinculados a Odebrecht ya han llevado a la finalización anticipada de los mandatos de los presidentes dePerú y Brasil, y a la condena del vicepresidente en Ecuador. Estos dos eventos, por ende, han cambiado las dinámicas electorales en América Latina.

Las elecciones presidenciales de 2014 fueron un importante llamado de atención en una región caracterizada por la influenciadel voto económico retrospectivo. La“ marea rosa” fue fundamentalmente definida en función de quienes eran los presidentes de los países de la región y de su capacidad de construir coaliciones con los recursos fiscales provistos por el boom de las commodities. Es por ello importante analizar las elecciones presidenciales. En cuatro de las seis elecciones que ocurrieron ese año, los márgenes de victoria fueron de menos de nueve puntos (El Salvador, Panamá, Colombia y Brasil). En El Salvador y Brasil, la izquierda logró la reelección muy ajustadamentemientras en Bolivia y Uruguay lo hizo cómodamente –aunque en Bolivia Evo Morales sufriría una derrota en 2016 en el referéndum por su tercera reelección y el Frente Amplio pasaría un escandalito que obligaría a la renuncia de su vicepresidente en 2017–. Más importante aún, la victoria de Dilma Rousseff que logró su reelección ese año con un margen de solamente tres puntos mostró la debilidad del PT frente a una opinión publica cada vez más enojada y permitió a sus aliados abandonarlay destituirla en 2016.

Entre 2015 y 2016 hubo cinco elecciones presidenciales. En Argentina y Perú ganaron presidentes de derecha con márgenes de victoria ajustadísimos en sendos balotajes: Mauricio Macri en Argentina (por dos puntos) y Pedro Pablo Kuzynski (PPK) en Perú (por medio punto). Estas victorias llevaron ala prensa a augurar el fin de la marea rosa y el comienzo de una ola de derecha, aunque PPK renunció en marzo de este año como consecuencia del escándalo Odebrecht. Sin embargo, en los tres países más chicos el patrón no era claro con la reelección en Nicaragua de Daniel Ortega del izquierdista FMLN (aunque con políticas que ya estaban virando a la derecha y con un control del proceso electoral que erosionaba sus credenciales democráticas), la reelección deDanilo Medina del centrista PLD en la República Dominicana, y la sorpresiva victoria de un outsider como Jimmy Morales en Guatemala dados los escándalos de corrupción del gobierno saliente.

En el último año y medio, con un contexto internacional menos amigable, se mantuvo la tendencia zigzagueante y el aumento de la competitividad electoral. Las elecciones de Ecuador, Honduras y Paraguay tuvieron un margen de victoria de menos de cuatro puntos. En la primera ganó la izquierda gobernante (PAIS) y en la otras dos se reeligió a la derecha tradicional, del Partido Colorado en Paraguay y del Partido Nacional en Honduras, donde también hubo acusaciones de fraude y violencia poselectoral.Las elecciones de Chile y Costa Rica fueron menos competitivas, pero tampoco marcaron una tendencia clara con la derecha ganando en el primer país y un partido de centro-izquierda en el segundo –en una campaña electoral donde los temas valorativos y la “ideología de género” dominaron la agenda–. Es importante recordar que dichos temas fueron también importantes en la campaña electoral paraguaya y en la colombiana que se definirá el domingo 27 y en la que el derechista Iván Duque encabeza las encuestas. También se están tornando significativos en Brasil para la elección de octubre. Tanto ahí como en las elecciones mexicanas de julio, los candidatos dominantes son de izquierda: Andres Manuel LópezObrador en México y Lula en Brasil, pero el segundo está preso y no queda claro que pueda presentarse, con lo que el resultado se ve muy incierto.

En resumen, el impacto del precio de las commodities sobre la capacidad de agencia de los gobiernos latinoamericanos se ha definido por su efecto en la economía. El bienestar económico se refleja en la opinión pública y en su apoyo al gobierno de turno. Ese impacto
fue clave para entender la reelección de presidentes de izquierda en función de la percepción de su capacidad macroeconómica y del impacto de una mejoría en las condiciones de vida de los votantes (sea por la vía mercado de trabajo, transferencias o incluso crédito) durante el boom de las commodities. El impacto del bienestar económico en la opinión publica explica que pese su diversidad, la izquierda latinoamericana coincidiera en la mayoría de los países de la región. Es decir, la marea rosa no fue resultado de un voto de ideológico, sino de un voto económico.

 

REDEFINIENDO LA OFERTA ELECTORAL

El impacto de la economía sobre la opinión pública es lo que lleva a las opciones de derecha a buscar otras formas de ganarse la voluntad de los votantes, fundamentalmente recurriendo a la promesa de reducir el crimen (en la región del mundo con las mayores tasas de homicidio aunque carece de guerras) así como la más reciente estrategia de prometer la defensa de los valores tradicionales que serían atacados por la “ideología de género” a la que se identifica con el matrimonio igualitario, el feminismo, la educación sexual, etcétera. Estos cambios dividen una derecha tradicional de una nueva derecha más populista –en línea con lo que ocurren también en otras regiones del mundo–.

La derecha “tradicional” es una derecha empresaria que promete estabilidad macroeconómica y el castigo a la corrupción que caracterizó el boom de las commodities, aunque Odebrecht no hacía diferencias ideológicas. En contraste, la nueva derecha es una derecha populista que promete mano dura y valores tradicionales de la mano de la expansión de las iglesias evangélicas, que se sostienen en el reconocimiento del esfuerzo individual. Esta nueva derecha ha generado un “relato” emocional para movilizar a los votantes. Además, si bien el crimen está vinculado a las redes transnacionales de narcotráfico, la pelea por la “ideología de género”, aunque sea parte de un fenómeno transnacional, otorga mucha agencia a los políticos dentro de sus fronteras nacionales con lo que se torna un instrumento perfecto de campaña electoral en tiempos de vacas flacas.

¿Qué nos dice este punto de inflexión respecto tanto a las condiciones externas como la emergencia de una nueva derecha para nuestra recapitulación de la marea rosa? Primero, la dependencia de los éxitos de la izquierda de los precios de las commodities lleva a que los votantes los culpen también por las consecuencias de la caída de dichos precios. Ahorrar en tiempos de las vacas gordas hubiera ayudado a capear el temporal en tiempos de las vacas flacas así que su enojo tiene asidero. Segundo, la alianza de la izquierda latinoamericana con los movimientos sociales, especialmente en los países más ricos de la región, permitió el avance de derechos individuales que beneficiaron a mujeres, minorías sexuales y población afrodescendiente e indígena. Pero también generó una reacción de derecha y de base religiosa (y en algunos países agudizó el racismo). Esto permitió la emergencia de un populismo de derecha más parecido a las experiencias de las democracias avanzadas contemporáneas.

Si bien el costo de la estrategia económica podría haberse evitado pensando en el largo plazo y estableciendo barreras más firmes contra la corrupción –que cobró caro a la izquierda supuestamente antielitista su enriquecimiento ilícito con un costo enorme para la mística militante– el precio de la expansión de derechos no era fácil de evitar dada la enorme desigualdad que caracteriza la región y al impacto de la redistribución de ingreso y status. Es más, muchas veces estos avances eran el resultado dela movilización de la sociedad civil con la política pública yendo a la zaga, lo que sugiere que la agencia de los políticos era limitada.

En conclusión, la marea rosa fue una más de las olas que cubrieron la región. Sin embargo, brindó también una oportunidad para la politización de la ciudadanía en un contexto democrático. El deterioro de la situación económica y la concentración de poder en los presidentes, no obstante, ha favorecido la erosión de la promesa democrática en varios de los países se habían sumado a dicha ola. En ese contexto, la polarización ideológica solo genera más presión sobre las instituciones democráticas independientemente del color político de quien gane las elecciones. La asignatura pendiente es consolidar dichas instituciones al mismo tiempo que la promesa de democratización que se hizo a la ciudadanía.

(*) Columbia University 

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