Cristina, entre el sino y la oportunidad

El actual ciclo muestra similitudes y diferencias con otros segundos mandatos.

Las segundas presidencias de la historia política argentina no fueron buenas. Al menos, Yrigoyen, Perón y Menem tuvieron su mejor desempeño en el período inicial
de gobierno, declinando después, envueltos en limitaciones y desgastes difíciles de remontar. Perón, que pudo acceder a un tercer mandato, que iba a ser el de su reivindicación histórica, murió en las vísperas de una matanza, que en buena parte había alimentado, y del agotamiento de un modelo económico que creyó conjurar con un pacto social garantizado por su declinante carisma. Seguramente, las últimas visiones de su vida política fueron más de impotencia que de consagración.

Cristina Fernández enfrenta su segunda presidencia, que es a la vez la tercera del ciclo que  inauguró su marido en 2003, bajo este sino, aunque cuenta con recursos materiales y simbólicos, y una posición dominante en el mercado electoral, que podrían evitarle el destino de sus antecesores. Esas ventajas no estuvieron disponibles o fueron  rápidamente dilapidadas en el pasado por los presidentes a los que el pueblo les otorgó una segunda oportunidad. En el sentido que me interesa enfatizar aquí, acaso el punto de coincidencia más claro sea con Carlos Menem, un paradigmático enemigo de la narración kirchnerista, hoy devenido en aliado marginal e inconfesable.

¿En qué se parece la víspera de la segunda presidencia de Cristina con la de Menem?  Respondería: en primer lugar, en la certeza de poseer un programa económico insuperable (o mejor: un modelo) que ha dado amplios réditos electorales y los seguirá dando; en segundo lugar, en no admitir que ese modelo empieza a mostrar  rendimientos decrecientes y requiere cambios significativos; en tercer lugar, en carecer de un líder en materia económica, capaz de encarar las dificultades y  jerarquizar los problemas, con autoridad. Cristina empieza sin Kirchner y, que sepamos hasta ahora, sin un equivalente de Lavagna. Durante su segundo mandato, Menem prescindió de Cavallo cuya ausencia no pudo subsanarse con el piloto  automático.

A estas singularidades hay que sumarle la necesidad (hoy de Cristina, ayer de Menem) de instalar en algún momento una discusión acerca de qué mecanismos constitucionales deberían modificarse para permitir un nuevo período. La Presidenta podrá decir sobre este tema “no se hagan los rulos”, pero lo cierto es que algo menos del 40% de los argentinos –una base minoritaria pero no desdeñable– vería bien esta salida. Resulta aventurado decir qué ocurrirá, aunque se sabe que transcurrido un tiempo el síndrome del pato rengo termina licuando el poder presidencial, algo que sueñan evitar los líderes de un país flojo con las leyes. Todos estos elementos dibujan un paralelismo entre Cristina y Menem.

Pero acaso hay una cuestión en común, más profunda y abarcadora: la reelección de ambos tuvo un fundamento económico inequívoco, que se cifró en el empleo, el consumo y el salario. Y en los dos casos los recursos que permitieron esa performance no estarán disponibles en la misma medida en la segunda presidencia. Entonces, la pregunta sería: ¿cómo y con qué argumentos seguir manteniendo satisfecho al pueblo, cuando los bienes  empiezan a ser escasos y la bonanza va quedando lentamente atrás? Aunque el problema a resolver es el mismo, tal vez acá se bifurcan las historias.

Menem insistió con el modelo desconociendo sus límites, se embarcó en una rereelección sin destino ni fundamento y no pudo evitar las acusaciones de corrupción. La economía nunca volvió a ser como había sido en los años dorados de la convertibilidad y la oposición armó una coalición ganadora. En aquella época no existía segunda oportunidad para los presidentes: cuando Menem cayó no se repuso, como le había pasado a Alfonsín y le ocurriría, con trágica velocidad, a Fernando de la Rúa. Los tiempos que le tocaron al kirchnerismo son otros.

En estos años se vio un fenómeno inédito: un gobierno puede desplomarse en popularidad, perder la elección de medio término y luego ganar ampliamente la presidencial siguiente. Con soja, viudez y talento político, Cristina lo hizo. A esta novedad la acompañó otra no menos significativa: es insondable la ruina en la que pueden caer las fuerzas opositoras (si alguien lo duda debe leer la crónica periodística de la última convención radical).

¿Volverán a jugar estas condiciones a favor de la Presidenta reelegida? ¿Comprenderá ella lo que tiene que modificar y conservar? Tal vez un aspecto no deberá descuidar, entre tantos. Hablo del modo en que se relaciona con su propio éxito y la tolerancia ante eventuales, aunque no  definitivos, fracasos. Cuando perdió las elecciones de 2009, Néstor Kirchner lo atribuyó a no haber profundizado suficientemente el modelo. Una rápida y espectacular recuperación económica le permitió completar la obra. Jubilaciones, subsidios, planes sociales, empleo público, estímulos al consumo implicaron una formidable movilización de recursos que volvió a colocar a su mujer en el esplendor del poder. Kirchner ya no está. Y los dólares empezaron a escasear.

Cristina es mucho más que Menem, pero en este momento tal vez precise tomar distancia de su propia leyenda para tornarse, con humildad, en administradora de un país donde dejó de llover la abundancia.

(De la edición impresa)

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Una respuesta a Cristina, entre el sino y la oportunidad

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