Las transiciones, un proceso de política en estado puro

La Argentina ha vivido un 2011 lleno de elecciones que ocuparon la agenda durante ocho meses y en todos los niveles de gobierno. Pero como nuestro país tiene una enorme flexibilidad electoral, que posibilita federalmente la coexistencia de diversos sistemas, especialmente en los gobiernos subnacionales, normalmente suelen existir plazos máximos pero no siempre plazos mínimos en las convocatorias electorales, lo que hizo que muchos gobiernos se eligieran tempranamente y alargaran el período de las transiciones. A ello se sumó que, a nivel nacional, la ausencia de competitividad también alargara, ya desde las elecciones primarias, una transición dentro del mismo oficialismo de cara a la nueva gestión que arranca el 10 de diciembre.

¿Qué es una transición política? En el pensamiento de un periodista que me hiciera un reportaje sobre la cuestión, es un período que debería regularse para que el gobierno continúe y no se produzcan vacíos (o mejor dichos “baches”) de gestión. Comparto el deseo desde el idealismo, más no lo comparto desde el realismo. Cualquier transición es básicamente un proceso de política en estado puro, con poca cosmética. Es un proceso denso, especulativo, aún para situaciones de traspaso del poder entre actores de un mismo partido o en el caso de una reelección de una misma persona. Y esa densidad, que es lo más parecido a opacidad, se produce porque está lleno de especulaciones.

Por eso, una transición es un “fenómeno de élites”. Sí, pero de élites en momentos de arreglos y equilibrios políticos. Entre pactos y negociaciones, entre pruebas de ensayo y error que difícilmente puedan ser de otra manera. ¿Por qué? Porque una transición discute poder, reparte poder, establece normas y manejo de recursos, entre otras cosas. Hay diferentes modos en que las transiciones pueden presentarse de acuerdo al nivel, o no, de conflicto existente, explícito o en estado potencial. Hay dinámicas de
ruptura, de pactismo puro, de reforma anticipada, de consenso puro. Lo curioso es
que ninguna de esas dinámicas elimina la sensación de élites negociando. Ello es  políticamente incorrecto hacia la ciudadanía, pero inevitable.

Desde la psicología del poder es útil observar estos procesos. El que se va se quiere ir lo mejor posible, tanto como el que entra desea entrar lo menos condicionado posible. Ello es lo que produce un “encuadre del poder futuro” y, por ende, todo se tiñe de una ritualización que intenta mostrar cuán gobernable será un sistema, tanto como la irrupción de gestos simbólicos que den fe de esa gobernabilidad. ¿Qué más entorpece la cristalinidad del proceso? Que no hay políticas de acceso a la información claras en nuestros contextos y, por ello, la discrecionalidad de la información disponible para quien resultó electo es todo un problema. Aunque existiera dicha política y hubiera sólidos datos, siempre aparece además la disputa sobre la escogencia de la oportunidad para decidir. Es decir, para saber hasta qué momento es razonable tomar decisiones que afecten al próximo gobierno.

Aquí hay verdades que son, o bien “transcientíficas” (no tienen lógica predeterminada) o bien casuísticas (dependen de cada caso en particular). Hay gobernantes que en función de su ejercicio quieren gobernar hasta el último día. Hay gobernantes electos que todavía no asumieron y quieren gobernar tempranamente. ¿Quién diría, conforme al derecho y conforme al realismo político quién tiene razón? No lo sé. Es verdad que suele haber casos de abuso decisional cuando por cuestiones ajenas al interés público se avasallan instituciones generando nombramientos indiscriminados, endeudando con alevosía a los gobiernos, renovando contratos o licencias, entre otros casos. Ahí puede funcionar otra legalidad, como el derecho penal, el juicio político u otro tipo de instrumentos para mitigar dicho abuso. No hay necesidad de regular esa práctica que ya regulan otros dispositivos éticos o legales. A este estado de cosas se le suma la especulación mediática. Cada periodista quiere la primicia y una relación preferencial con quién asume. A veces se logra, otras veces no. Lo cierto es que sube el nivel de expectativas en la población cada día que pasa y no se conocen medidas, nombres o acuerdos.

Todo ello hace muy complejo el abordaje del problema de las transiciones desde la tan remanida “institucionalidad”. Imaginemos el caso de dos contrincantes que puedan haber sido protagonistas de una pelea electoral con alta intensidad, en contexto de alta negatividad, ¿pueden sentarse a delinear una transición como si no hubiera pasado nada? Mi respuesta es no. Por ello, las transiciones, buenas o malas, son un fenómeno que no se puede obviar, que difícilmente se puedan institucionalizar mucho más de lo que lo están y en donde hay que realizar pedagogía para que se constituyan en  procesos éticos, más que perfectos o prolijos. El resto, queda librado a la propia conflictividad de cada contexto en particular. Insisto, es la política en estado de negociación pura.

(De la edición impresa)

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