Tres brechas y tres conjuntos

Ganará, en definitiva, el candidato con capacidad para reunir a la mayor cantidad de votantes provenientes de otros perfiles: para Scioli el camino es la moderación, y para Macri la radicalización.

Nunca habíamos tenido, en treinta y dos años de democracia, una elección con tantas lecturas posibles. Una parafernalia numérica difícil de desentrañar, aun para la comunidad entrenada de lectores y escribas de el estadista. Esto es así tanto por los resultados matizados que surgieron del domingo –no hubo tanta letra chica en la contundente PASO presidencial de 2011–, como por la propia lógica del sistema electoral presidencial argentino, diseñado para llevar el voto estratégico a su máxima expresión. Se vienen, ahora, once semanas de tácticas cruzadas. Si tomamos los resultados obtenidos por el FpV (38,4%), Cambiemos (30,1%) y UNA (20,6%) como punto de partida, hoy la estrategia dominante de Daniel Scioli es peronizar y la de Mauricio Macri es kirchnerizar (a Scioli). Scioli, además de haber quedado bien posicionado para ganar las elecciones en octubre –aunque no hay que descartar todavía la posibilidad de un balotaje–, está ubicado desde hace rato en el camino correcto. El líder de Cambiemos, paradójicamente, debería cambiar su estrategia: solo podría vencer al oficialismo si bloquea el crecimiento de Scioli, pero ha venido haciendo lo contrario.

PARAFERNALIA NUMERICO-ESTRATEGICA

Las PASO son, en sí mismas, un material de lectura. El sistema tiene dos componentes: uno vinculante, que es la selección de candidaturas para las elecciones de octubre, y otro no vinculante, que son las expectativas de resultado futuro que arrojan. El primero está claro: las PASO permiten elegir a los candidatos dentro de los partidos o alianzas, y ademas establecen un umbral mínimo de votos –del 1,5% del total de votos afirmativos por alianza– para “clasificar”. Una pole position. En la PASO presidencial del 9 de agosto ganaron Macri, Massa y Del Caño, porque vencieron a sus contendientes internos y superaron el umbral, y también Scioli, Stolbizer y Rodríguez Saá, que no tenían competencia interna pero igual demostraron tener más del 1,5% requerido. Ganaron seis precandidatos y perdieron once.

Todo lo demás forma parte del componente de las expectativas. En tanto “gran encuesta”, pretendemos inferir de las PASO lo que sucederá en octubre. Para ello podemos seguir diferentes caminos interpretativos, con parámetros discutibles. Por ejemplo, ¿votos por espacio o por candidato? El domingo 9 por la noche, durante el escrutinio, los canales de TV más críticos del Gobierno mostraban los datos por espacio en la presidencial (que describen una brecha menor entre Scioli y el ganador de Cambiemos) y por candidato en el caso de la gobernación bonaerense (que mostraban a Vidal en primer lugar, y a Fernández en el segundo). Y los más cercanos al Gobierno hicieron exactamente lo contrario. Ese es sólo un ejemplo de la parafernalia de interpretaciones porcentuales que dominó la jornada. La información pública de los resultados electorales es una cuestión controvertida y por eso en varios países está regulada por ley. Pero en el caso de las PASO, sería particularmente complejo de hacer, por lo siguiente.

BRECHAS Y CONJUNTOS

¿Por qué tantos cálculos? Porque la combinación del sistema de eliminación por etapas de las PASO con el balotaje reforzado de la Constitución de 1994 –que, recordemos, evita la segunda vuelta obteniendo 45% en primera, o más de 40% con diez puntos de diferencia sobre el segundo– nos lleva a ese lugar. Tenemos que medir las distancias entre candidatos y los escenarios de reasignación de votos, con lo que la posición relativa de quien sale segundo o tercero es casi tan relevante como la cantidad de votos que obtiene el primero.

En el único antecedente que tenemos, las PASO presidenciales de 2011, los resultados fueron tan contundentes (CFK había logrado el 50,2% y una diferencia de 38 puntos sobre el segundo) que no había más que hablar. Ahora, los resultados fueron más equilibrados, y nos hemos puesto a observar diferentes tres brechas y tres conjuntos, con las esperanza de que nos digan quien sera el próximo presidente:

Brecha 1 (entre la meta y el primero): 6,6 y 1,6. Scioli quedó a 6,6 puntos de la meta del 45% para ganar en primera vuelta, y a 1,6 puntos del 40, que también lo habilitaría, si mantiene la diferencia de 10 puntos con Macri o quien salga segundo. Si obtenía 40% o mas tenía otro impacto, pero el 38,4% no está mal.

Brecha 2 (entre el primero y el segundo): 8,3 y 14,1. La brecha entre Scioli y Macri nos remite al cálculo de los 10 puntos del régimen electoral presidencial. Desde el punto de vista de Scioli, la diferencia es de 8,3 puntos si miramos las alianzas (y si asumimos que todos los votantes de Cambiemos se quedan con Macri), y de 14,1 puntos si miramos a lo que obtuvo cada candidato (Macri terminó con 24,3%). Desde el punto de vista de Macri, el cálculo es también a la inversa y toma en consideración los diez puntos de la Constitución: como candidato, quedó a 4,1 puntos de perforar la distancia de 10 que facilita un triunfo sciolista en primera vuelta. Aquí también, lo obtenido por Scioli no está nada mal.

Brecha 3 (entre el segundo y el tercero): 9,4 y 10,2. La brecha entre Macri y Massa es tan importante como la anterior, sino más, para proyectar futuros. Porque para competir con Scioli, Macri tiene que polarizar. Y para polarizar, tiene que convencer a los votantes de Massa, a fuerza de puntos porcentuales, de que él, Macri, es el único que tiene posibilidades de competir. Por espacios, esta brecha es de 9,4 y por candidato es de 10,2. La contradicción de Macri es que si se impone la lectura por espacios, que es la que Cambiemos propone, Massa puede también atribuirse el 20,6% de la coalición UNA. Y 20 puntos dejan la sensación de que no hay dos sino tres candidatos en pugna, con lo que el incentivo de los massistas a cambiar su voto es menor. El efecto “voto estratégico opositor”, al que Macri se aferra para el 25 de octubre, depende de que los votantes antikirchneristas hagan ese cálculo, que no surge tan claramente de los resultados del domingo.

Conjunto 1 (los “votos opositores”): 56,3. Este es el número de la hipótesis “cambio vs. continuidad” que bautizó a la coalición del PRO, la UCR y la Coalición Cívica. Una hipótesis errónea, a nuestro juicio. El 56,3% es la suma de los porcentajes de las fuerzas opositoras que integraron el “Grupo A” o coordinaron posiciones contra el kirchnerismo en el Congreso: Cambiemos + UNA + Progresistas + Compromiso Federal (no incluyo a la izquierda en este conjunto, porque es un segmento totalmente incompatible con Macri). Este conjunto es la gran esperanza de Macri en un escenario de balotaje. Pero la política no responde a matemáticas voluntaristas: hay votantes de Massa, De la Sota y Rodríguez Saá en las PASO que se sentirán más inclinados por Scioli que por Macri.

Conjunto 2 (los “votos peronistas”): 61,1. Es lo que da la suma de lo obtenido por los cuatro afiliados justicialistas que compitieron el 9-A, que son Scioli, De la Sota, Massa y Rodríguez Saá. No es novedoso: desde el año 2003, en todas las elecciones presidenciales la suma de los candidatos peronistas (o afiliados al PJ, para despejar dudas peronométricas) superó el 60%. Este cálculo puede contraponerse al anterior y respalda las esperanzas de Scioli ante un escenario de balotaje: el candidato del FpV tiene buenos motivos para atraer a estos votantes. En los casos de De la Sota y Rodríguez Saá, los dirigentes podrían ayudar a inclinar los votos, y las encuestas vienen advirtiendo que una parte no menor de los votantes de Massa terminarían apoyando al candidato del FpV. Macri, en cambio, hizo una alianza antiperonista con Sanz y Carrió, que desestimó al Frente Renovador y cuyo mensaje central es contra los largos gobiernos peronistas en Buenos Aires y otras provincias.

Conjunto 3 (los “votos radicales”) : 9,3. La orfandad (presidencial) del radicalismo continúa, y la suma de las tres opciones panradicales (Sanz, Carrió y Stolbizer) llega al 9,3% de los votos afirmativos de las PASO. Ninguno de los tres superó el millón de votos, y Stolbizer, además de haber sido la única que pasó a la general, estuvo algo por encima del resto. ¿Habrá captura de votos radicales por parte de la alianza Progresistas, que sigan el camino propuesto por Martín Lousteau? Es un riesgo que podría enfrentar Macri si adopta una estrategia que busque neutralizar los efectos del Conjunto 2.

Estos, probablemente más que el 38,4, serían los 8 números claves de la elección. Confuso para el elector desinformado. Cabe aclarar que ninguno de los tres conjuntos anteriores (los “opositores”, los “peronistas” y los “radicales”) deja de ser una construcción de analistas, y no deben tomarse como predictores absolutos del voto. Pero todos ellos algo inciden en lo que viene. Scioli ha quedado bien posicionado para ganar las elecciones presidenciales, tanto en brecha como en conjunto: lo separan pocos puntos de la meta y está bien ubicado para captar votos de un conjunto (el peronista). Macri no quedó tan bien posicionado, porque está a varios puntos de las metas, y porque no está bien ubicado en ninguno de los dos conjuntos grandes y solo tiene compromiso con el conjunto chico. Macri no apela a todos los opositores, y menos aún a los peronistas. Ganará, en definitiva, el candidato con mayor capacidad para reunir a la mayor cantidad de votantes provenientes de otros perfiles: para Scioli el camino es la moderación, y para Macri la radicalización.

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