24 de febrero de 1946: Perón presidente

(Columna de Fabián Bosoer y Santiago Senén González)

Hace setenta años, el Partido Laborista derrotaba a la Unión Democrática en las urnas. Nacía el peronismo como expresión política mayoritaria.

El peronismo reconoce tres fechas fundacionales: el 4 de junio del ‘43, con la revolución nacionalista y antiliberal de los coroneles del GOU; el 17 de octubre del ‘45, con el pueblo aclamando al nuevo líder de los trabajadores en la Plaza de Mayo; y el 24 de febrero del ‘46, con las elecciones que consagraron a Perón como presidente. La primera le imprime su marca de origen nacionalista, autoritaria y corporativa; la segunda, su surgimiento como movimiento de masas con base obrera y apoyatura en los sindicatos; la tercera, su naturaleza democrática y popular con base electoral y partidaria. Esa singularidad, contenedora de contradicciones ideológicas nunca del todo resueltas, lo acompañará a lo largo de toda su historia. La revalorización del triunfo electoral del ’46 como partida de nacimiento es la que reencuentra al peronismo con la democracia a partir de 1983, cuando aprendió a ganar y perder elecciones.

Tras los sucesos del 17 de octubre, las elecciones previstas inicialmente para abril de 1946, fueron adelantadas al 24 de febrero por el presidente Farrell obligando a los partidos políticos a zanjar sus diferencias en plazos breves. Los dirigentes sindicales aportaron sus hombres a las listas del recién creado Partido Laborista, que postulaba la candidatura de Perón a la presidencia. El laborismo, liderado entre otros por Luis Gay y Cipriano Reyes, proclamaba la justicia social, la soberanía política y la independencia económica y proponía en su programa la recuperación de los servicios públicos y de las industrias fundamentales, la distribución de la tierra y la eliminación del latifundio, la socialización de la propiedad y la participación obrera en las ganancias de las empresas. Los radicales renovadores colocaban al compañero de fórmula del coronel Perón: el veterano dirigente Hortensio J. Quijano. Y los independientes y conservadores que se sumaban a sus filas aportaban otros nombres, como el del almirante Teisaire y el de Héctor J. Cámpora.

La oposición, aglutinada en la Unión Democrática, incluye a radicales, socialistas y comunistas y designa como candidatos a José P. Tamborini, un médico de 60 años que había sido diputado, senador y ministro del Interior de Alvear, y Enrique Mosca, ex gobernador de Santa Fe. Los dos pertenecen al sector “alvearista” de la UCR y nada de su historia y personalidad los ayudaba a competir con el atractivo popular de Perón. La plataforma de su coalición disimulaba las diferencias entre esos partidos, que se presentaban unidos frente la amenaza de un enemigo común.

Los principales diarios – La Nación, La Prensa, El Mundo y Crítica– darán su apoyo a la Unión Democrática. Otros tres –La Época, Democracia y El Laborista–, apoyan a Perón. La corta campaña electoral se superponía hasta el último minuto con las operaciones de propaganda y acción psicológica. A días de los comicios, Perón recordó a la multitud que lo escuchaba en la proclamación oficial, las andanzas del embajador norteamericano Spruille Braden en defensa de lo que calificó como “contubernio oligárquicocomunista”, para terminar alertando “la disyuntiva en esta hora trascendental es Braden o Perón”. Después de años de fraudes escandalosos, las dudas sobre la limpieza de estos comicios eran más que legítimas. Si bien la guerra de afiches, el tono de los discursos y algunos incidentes callejeros sembraban de temores, las elecciones del 24 de febrero serán un ejemplo de civilidad republicana y participación popular. Para asegurar la transparencia, el gobierno moviliza 14 mil conscriptos que custodian las mesas y trasladan las urnas.

“Argentina decide hoy el destino de Perón”, titulaba el New York Times en nota de tapa de ese domingo 24. Tres millones y medio de argentinos habilitados para ir a las urnas ante la opción de exaltar o repudiar al coronel en torno del cual había empezado a girar la política nacional. A favor o en contra de Perón, esa era la verdadera disyuntiva, escribe Arnaldo Cortesi, el corresponsal del diario norteamericano: “Sus seguidores lo han colocado en el pedestal como un nuevo mesías; sus opositores lo ven como el demonio encarnado. Los votantes tendrán que decirle al mundo cuál es la visión que la mayoría de los argentinos escogen”.

En la cobertura de la calurosa jornada electoral Argentina parece un país completamente diferente al que se había pintado hasta entonces. “Alrededor de tres millones de argentinos participaron hoy en lo que observadores competentes describen como la más pacífica elección de la historia argentina”, cuenta el NYT. Fue una elección ejemplar y sin incidentes en todo el territorio de la república, certifica: “Tuvo lugar en una atmósfera de entusiasmo pocas veces vista en Argentina. El entusiasmo popular se reflejó en el inusualmente alto porcentaje de registrados para votar que acudieron a las urnas”.

A pesar de que los primeros datos provocan anuncios precipitados en los diarios y varias estimaciones auguran el triunfo de la UD, el recuento nacional –que se demora varias semanas- otorga un inobjetable triunfo a la fórmula del PL, Perón-Quijano, sobre la de Tamborini-Mosca: 1.487.866 votos contra 1.207.0800, 52% a 42%. En el colegio electoral, 304 electores contra 72 de la fórmula opositora que había salido ganadora en cuatro de las catorce provincias: Córdoba, Corrientes, San Juan y San Luis. El resto del país daba por primera vez un triunfo abrumador a Perón, que contaría con una mayoría de dos tercios en la Cámara de Diputados (109 a 49). Todos los senadores electos, salvo dos, debían su lealtad al presidente electo. La transmisión del mando fue fijada para el 4 de junio, tercer aniversario del golpe de Estado del ’43. En marzo de 1946, apenas ganadas las elecciones, Perón anuncia la disolución del Partido Laborista y su integración en un único gran partido que incluyera a todos los peronistas. Se llamará primero Partido Unico de la Revolución Nacional y luego Partido Peronista. A los 51 años, el ex hombre fuerte de la dictadura saliente se preparaba para asumir por primera vez la presidencia elegido por el voto popular .

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