Año 2050. La energía del hogar proviene de paneles solares, turbinas eólicas, pozos geotérmicos y centrales nucleares. Atrás quedaron el carbón y el petróleo: hoy la electricidad es limpia y tan barata que apenas se percibe en los gastos. El agua proviene de plantas desalinizadoras, y los ríos, antes secos, vuelven a fluir entre follajes verdes. Frutas y verduras accesibles desbordan las heladeras, cultivadas en invernaderos verticales con luces LED. La carne se produce en laboratorios, y libera espacio para nuevas edificaciones. Drones entregan medicamentos que curan adicciones y el sobrepeso, sintetizados en la gravedad cero del espacio. Vehículos eléctricos conectan a las personas con rapidez y a bajo costo, reducen el ruido y limpian el aire. Microteléfonos permiten organizar planes entre seres queridos. Las reformas laborales, la expansión de derechos y los avances de la Inteligencia Artificial permiten hacer más tareas en menos tiempo, impulsan la productividad, elevan salarios, reducen la pobreza y acortan la jornada laboral. Las crisis que marcaron las primeras décadas del siglo XXI —inmobiliarias, financieras, sanitarias, climáticas y políticas— hoy parecen un mal recuerdo. Durante años, la humanidad no supo acordar cómo resolver lo esencial. ¿Por qué?
En Abundance, el nuevo libro de los periodistas Ezra Klein y Derek Thompson —unas de las voces más influyentes del ala progresista de la política norteamericana, y columnistas y podcasters de The New York Times y The Atlantic—, se propone un futuro esperanzador que no parece inalcanzable. Es una apuesta política que busca abandonar la actitud defensiva y culpógena que caracteriza a la izquierda para reconectar con el goce y la plenitud. Así como el feudalismo limitó la producción que sólo el capitalismo pudo liberar, hoy el capitalismo frena una abundancia que solo otro paradigma podría permitir.
El objetivo no es frenar la producción, sino orientarla hacia un bienestar compartido. Marx esbozó esta idea vagamente en sus últimos años de vida, y luego fue retomada por quienes se consideraron sus herederos: la sociedad comunista solo podría existir en condiciones de abundancia, cuando el trabajo no sea un fin en sí mismo, sino un medio para la realización personal, y cada quien contribuya a la sociedad de acuerdo a su capacidad y a sus necesidades. Esto generaría que "corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva". Según Klein y Thompson, aunque Marx se equivocó en muchos aspectos, no hace falta ser comunista para reconocer la potencia de la propuesta de alinear la producción con el interés común.
La ambiciosa —y algo ingenua— búsqueda de Klein y Thompson parte de un problema que a pesar de ser central es poco abordado: la vivienda. Según su mirada, casi ningún aspecto de la vida escapa a este eje: innovación, desigualdad, cambio climático, productividad, obesidad, fertilidad, cuidado infantil, entre otros. Desde allí analizan el rol de las ciudades, que, a pesar del auge del trabajo remoto, siguen siendo centros de creatividad, movilidad social y desarrollo económico. Sostienen que las ciudades no solo exhiben riqueza: la generan. Y, por lo tanto, deberían ser escaleras hacia la clase media, no áticos de lujo.
En las ciudades gobernadas por los demócratas se establecieron una serie de medidas que buscaron conservar las ciudades en vez de expandirlas, lo que provocó el aumento de los precios inmobiliarios. Paradójicamente, aquellos políticos que deberían ejercer medidas progresistas instauraron políticas regresivas y empujaron a muchas personas a trasladarse hacia zonas rurales gobernadas por los republicanos. La polarización llevó a unos a aferrarse a regulaciones y a otros a desregulaciones.
- ¿Resultado? Ninguno de los extremos mejoró la vida del grueso de la población. Pese a contar con tecnología y recursos, persiste la escasez de vivienda, infraestructura, empleo y servicios esenciales.
A diferencia del liberalismo constructor del New Deal y la posguerra —vigente entre 1930 y 1950—, el giro pro mercado liderado por Nixon y Reagan en los años setenta y ochenta volvió al liberalismo defensivo, centrado en regular injusticias, contaminación y riesgos tecnológicos.
Actualmente, sostienen los autores, el liberalismo tiene la oportunidad de reconquistar al electorado, ya que Trump comprendió el lado oscuro de la competencia, pero nunca entendió las posibilidades de la cooperación. Es posible superar la polarización a partir de la creación de un nuevo programa constructor: usar al Estado para impulsar grandes proyectos (vivienda, energía, transporte), pero también eliminar normas innecesarias.
Sorprende al lector la capacidad que tienen Klein y Thompson al pasar por alto los conflictos que estas reformas implicarían. Falta una reflexión sobre cómo los avances tecnológicos fueron posibles gracias a una concentración extrema de riqueza en pocas manos y las desigualdades que los Estados Unidos producen en el mundo para ocupar el lugar que ocupan. Aun así, Abundance se destaca por su vocación de plantear problemas urgentes que afectan a todo Occidente y que hoy parecen irresolubles.Frente a visiones futuristas que solo proyectan desigualdad y paranoia, y que aseguran la caída del poder norteamericano frente al chino, los autores sostienen que basta con cambiar el enfoque. Solo falta un liderazgo dispuesto a llevarlo adelante.