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Dinámicas opositoras

29-12-2012
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(Columna de María Esperanza Casullo)

La situación que enfrentan los partidos de oposición en la Argentina se parece a la del Partido Republicano de EE.UU.

El año que viene será (ya casi está siendo) un año marcado por las elecciones legislativas. Serán importantes no sólo en términos de conformación de bloques legislativos, sino sobre todo en términos estrictamente políticos, ya que ellas serán la primera objetivación de relaciones de fuerza y posicionamientos de cara a las elecciones presidenciales del 2015.

Muchas figuras políticas apuestan a dar señales contundentes de su convocatoria electoral y de su capacidad de “armar listas”. Ciertamente, la mayoría de las miradas estará puesta en lo que suceda al interior de la coalición gobernante, ya que seguramente la presidenta Cristina Fernández intentará centralizar en su figura el armado de las listas de candidatos a legisladores como lo hizo en 2011, y por ello se esperan fricciones con gobernadores e intendentes. Se incluye aquí, por supuesto, la fascinante danza y contradanza que se está comenzando a dar en la provincia de Buenos Aires.

Sin embargo, también hay movimientos tectónicos en el campo opositor. Este está marcado por una abundancia de candidatos cuyos públicos posibles se solapan en gran parte, y cuyas estrategias oscilan. No es fácil saber a priori de qué manera terminará estructurado un campo opositor que contiene a Pino Solanas, Hermes Binner, Ricardo Alfonsín, Mauricio Macri, Francisco De Nárvaez, Roberto Lavagna, Hugo Moyano y (tal vez) a Elisa Carrió.

La posibilidad de alianzas y desdoblamientos es múltiple. En general, se tiende a analizar el campo opositor a partir del interrogante de si es conveniente o no para ellos ir juntos o separados; o sea, si para maximizar sus chances les conviene converger en un único frente o fragmentar la oferta para llegar a más segmentos sociales. Así, muchas de las críticas hacia las figuras opositoras tienen que ver con la falta de capacidad de armar un consenso sobre un núcleo básico de compromisos y una táctica electoral común.

De alguna manera, dentro del campo opositor argentino opera una dinámica análoga a lo que viene sucediendo en las elecciones primarias presidenciales del Partido Republicano en los últimos años. Como es bien sabido por la ciencia política, las elecciones primarias estadounidenses tienden a generar el predominio de las bases partidarias más ideologizadas, lo cual puede ir en detrimento de las chances electorales del partido en la elección general.

Así, en las primarias, que dependen de la movilización de los sectores más militantes e ideologizados de un partido, puede ganar un candidato que refleje esos sectores más puros ideológicamente pero que, por eso mismo, sea menos atractivo para el público en general, del cual depende el resultado de las elecciones generales. Esta dinámica estuvo muy claramente expuesta en las últimas elecciones primarias del Partido Republicano.

En ellas se enfrentaron un candidato más moderado y representante del viejo núcleo republicano relacionado con los negocios financieros de la Costa Este, Mitt Romney, y varios candidatos provenientes de la derecha dura, en sus versiones texana-evangélica (Rick Perry), libertaria (Ron Paul), católica integrista (Rick Santorum), neoliberal (Newt Gingrich) y del Tea Party (Michele Bachmann). Ninguno de estos precandidatos tenía la menor chance en una elección general, ya que presentaban una variedad de posiciones absolutamente extremas que iban desde la necesidad de prohibir todo tipo de anticoncepción hasta abolir los ministerios de Educación, Comercio y Energía y proponer a las personas con una enfermedad crónica grave y que no tuvieran cobertura de salud que organizaran colectas en su comunidad para cubrir los gastos de su tratamiento.

Sin embargo, lo clave es que a lo largo de la primaria estos candidatos francamente inelegibles obligaron a Mitt Romney a correrse a la derecha, so pena de perder la primaria. Así Romney tuvo que abjurar públicamente de las anteriores posiciones (relativamente) más moderadas que había tomado en sus años de gobernador de Massachusetts, tales como su defensa de los derechos de las minorías sexuales, su posición proderecho al aborto e, inclusive, renegar de su mayor logro, la implementación de un sistema de cobertura universal de salud en su estado.

El problema por supuesto fue que, a la hora de la elección general, Mitt Romney se había corrido tanto a la derecha que ya no pudo volver al centro, y la campaña de Barack Obama pudo definirlo como otro ultraderechista republicano usando sus propia palabras de campaña.

En la Argentina, de alguna manera, sucede algo similar con la oposición. El eje no es, sin embargo, derecha/izquierda, sino más bien el eje denuncia/ propuesta. Existe una dinámica interna al campo opositor que causa una deriva, lenta pero hasta ahora inexorable, que traslada a las figuras opositoras desde los temas de política pública más concreta (manejo de la macroeconomía o diversos temas de gestión) hacia temas de denuncia declamativa sobre cuestiones republicanos que culminan en la impugnación de la legitimidad del gobierno kirchnerista in toto.

El problema, por supuesto, reside en que los resultados de las últimas elecciones parece demostrar que en general la sociedad no tiene un gran apetito por estos discursos más centrados en la denuncia totalizante que en la discusión de temas de gestión; así, Elisa Carrió y Eduardo Duhalde, los candidatos que más extremaron la denuncia, convocaron un porcentaje mínimo de votos, mientras que Hermes Binner, una figura mucho más moderada, salió segundo. Esto no quiere decir ni mucho menos que la sociedad sea acríticamente kirchnerista o que el Gobierno no pueda perder una elección, sino, simplemente, que la sociedad parece estar dispuesta a juzgar a este gobierno con otros criterios que no son los del eje autoritarismo/democracia.

Las razones de esta deriva opositora son posiblemente dos. Primero, tiene que ver con la simple abundancia de figuras en competencia. La lucha por el posicionamiento en un campo donde conviven siete u ocho precandidatos obliga opinar sobre absolutamente todos los temas de agenda, y las posiciones más extremas generan mejores títulos de diarios y micros de radio que los discursos más matizados. La segunda causa es la debilidad organizativa y de base electoral propia de estas fuerzas políticas. Frente al hecho de que ninguno de estos precandidatos cuenta con una fuerza de alcance nacional con implantación territorial capaz de servir de cadena de transmisión con la sociedad (con la excepción de la UCR, lo que vuelve su discurso errático aún más desconcertante), las figuras opositoras deben recostarse en la presencia mediática para hacer llegar su propuesta a la opinión pública.

Esto genera, sin embargo, el problema de la dificultad de pasar un discurso reactivo, basado en la expresión de opiniones sobre el “tema del día”, a un discurso propositivo y orientado hacia la gestión y la expresión articulada de una propuesta económica alternativa. Más que armar un consenso sobre la conveniencia de ir juntos o separados, la oposición debería concentrarse en armar un consenso sobre el tono de su presencia en el ámbito público, y sobre la conveniencia de intentar ocupar el centro del espacio político y no su extremo. Es en este centro en donde, como aprendió por las malas Mitt Romney, se gana o se pierde la competencia electoral democrática.

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