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La oposición, lejos de las cacerolas

08-10-2012
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En la Argentina hay un sector que no se siente representado por una oposición que no se diferencia demasiado del oficialismo en sus posiciones económicas.

No es fácil hacer una interpretación uniforme de la ideología cacerolera, por la sencilla razón de que las movilizaciones no respondieron ni a una convocatoria ni a un liderazgo claro. Pero con un poco de observación participante, y analizando discursos y omisiones de la última marcha “sin aparatos” a Plaza de Mayo, podemos plantear la hipótesis de que los caceroleros están a la derecha de la media argentina en los principales temas del debate de la última década.

En tal sentido, en su columna del número anterior de el estadista, Nicolás Tereschuk se pregunta por qué la oposición argentina no adopta, retórica y programáticamente, una agenda de “centroderecha”, en lugar de concentrarse en un conjunto de “eslóganes abstractos de centro”. Por su parte, María Esperanza Casullo se preguntaba por qué la oposición insiste con su estrategia discursiva “republicana” , en lugar de desplegar más abiertamente un populismo liberal, que sería más redituable electoralmente -o, en el peor de los casos, generaría mayor entusiasmo en cierta base opositora-.

Con ánimo colaborativo, parto del interrogante planteado por los dos colegas, en busca de una respuesta, al menos parcial. En principio, el tema no es nuevo: los conservadores argentinos siempre tuvieron dificultades para construir un partido político nacional. De hecho, sólo peronistas y radicales lograron en los últimos cien años, valiéndose para ello de estrategias populistas “atrapatodo” para unir a las oligarquías provinciales con las masas metropolitanas -un proceso bien explicado por Edward Gibson, entre otros-. Eso, lo estructural, permanece. La Argentina sigue siendo un país grande y federal, y armar un partido político de alcance nacional sigue siendo tan difícil como ayer. Y la única forma de lograrlo que todos conocemos -historia mediante- es a fuerza de pragmatismo, flexibilidad y consignas amplias, que puedan abarcar a la mayoría de los fragmentos dispersos.

Sería entendible, entonces, que los opositores se aferren a consignas generales y casi vacías de contenido como “la república” , “el diálogo” o “la inseguridad”, para decir lo menos posible y no espantarse mutuamente con las molestas diferencias programáticas. Pero a eso debemos agregar otro fenómeno, más de época y derivado, como todo lo que acontece en la política argentina contemporánea, de la crisis 2001 - 2002. De esa coyuntura crítica nació el kirchnerismo, como respuesta emanada desde el propio peronismo para reformatearse y ofrecer soluciones a los problemas socioeconómicos y políticos del default. Y el no-peronismo entonces gobernante (la Alianza), pulverizado durante la hecatombe junto a lo más representativo del menemismo, dejó un vacío que fue llenándose, nada menos que con los propios desprendimientos del kirchnerismo.

Es notable la gran cantidad de “referentes de la oposición” que revistó filas en los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Las pantallas de TN durante la noche del cacerolazo fueron más que ilustrativas. El programa de Nelson Castro tuvo a dos invitados especiales en el estudio para comentar el fenómeno republicano en vivo y en directo, desde una perspectiva opositora: el ex vicepresidente Julio Cobos y el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández. Finalizada la audición, empezó el programa de Julio Blanck y Eduardo Van der Kooy, con otros dos invitados sucesivos: el referente del peronismo disidente, Francisco De Narváez y el ex secretario de Cultura Julio Bárbaro.

Es indudable que estos cuatro dirigentes opositores son adversarios del kirchnerismo, ¿pero qué tipo de diferenciación programática pueden representar, si desde el vamos sus trayectorias indican que comparten al menos una buena parte de las ideas del oficialismo? Es común ver en la televisión a economistas como Roberto Lavagna, Martín Redrado, Alfonso Prat-Gay, o Martín Losteau, realizando análisis críticos de la política económica kirchnerista, de la que ellos fueron parte en algún momento. Misma pregunta, sin ánimo maccartista: ¿qué aporte pueden hacer al mensaje opositor dirigentes que, en cada una de sus tomas de posición pública, parten de la restricción de su propio pasado? ¿Cómo van a avanzar más allá de criticar “las formas”, si no pueden hacerlo a nivel personal?

Hoy, el radicalismo tiene como principal dirigente a un ex compañero de fórmula de Cristina Kirchner, el peronismo disidente está integrado casi en su totalidad por antiguos aliados del oficialismo, y aún algunos dirigentes del FAP formaron parte de las charlas de la transversalidad. Desde la estatización de las AFJP hasta la nacionalización de las acciones de Repsol, pasando por decisiones más recientes como la obligación de los bancos de prestar a las Pymes o los proyectos del Presupuesto 2013 o reforma del Código Comercial, lo usual es ver que existen altos niveles de coincidencia entre oficialismo y oposición parlamentaria y partidaria, que está signada por las ideas y las raíces personales de los opositores, antes que por los votos que podrían llegar a representar. Salvo contadas excepciones, en general protagonizadas por el PRO.

No obstante, uno puede preguntarse si acaso no hay un público poseedor de una ideología económica distinta, más cercana a las posiciones liberales, que hoy se encuentra huérfano políticamente. Los caceroleros de días pasados tenían consignas económicas, que aunque hayan sido expresadas en forma cotidiana (como “libertad de movimiento”, en referencia al cepo al dólar), pueden expresar algo distinto. Hay un mensaje en las cacerolas que es necesario descifrar un poco mejor: aunque no sea mayoritario, en la Argentina hay un votante “noventista” que no se siente representado por una oposición que no se diferencia demasiado del oficialismo en sus posiciones económicas.

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