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Vacunas y poder

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29-03-2021
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Por Tomás Múgica

Transitando el segundo año de la pandemia global de Covid-19, la atención de los gobiernos y de la opinión pública se concentra de manera creciente en el desarrollo, la producción y la distribución de vacunas contra el virus. La vacunación masiva significa la posibilidad de salvar vidas, pero también de normalizar la actividad económica, la educación y, más en general, la vida cotidiana limitada por las restricciones sanitarias.

El acceso a la vacuna es desigual: según datos de The Economist, a nivel mundial el 6,1% de los adultos (unos 448 millones de personas) recibió una primera dosis (con datos hasta el 22 de marzo), con campañas en marcha en 130 de 195 Estados. Las diferencias entre regiones y países son enormes y, para apreciarlo, basta dar una mirada a los principales centros de poder mundial: Estados Unidos inoculó al 32,7% de su población adulta, la UE el 11,3% y el resto de Europa el 14,6%. En China esa cifra alcanza el 5,1%, en Rusia el 5% y en India el 4,2%. En Sudamérica el porcentaje es de 6,8%. En resumen, entre el Occidente rico, y algunos de sus aliados más prósperos en otras regiones, como Israel y Emiratos Árabes Unidos, lidera el ranking de vacunaciones.

El porcentaje de vacunados se explica por diversos factores, como las capacidades logísticas y de gestión del sector público, la confianza de los ciudadanos respecto a las vacunas y -claro está- el acceso a las mismas. Y es que, más allá de los discursos que declaman la solidaridad global, hasta el momento el acceso a las vacunas sigue un criterio mucho más descarnado. Aunque están en marcha algunos esfuerzos multilaterales como el Covax (Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19), la auto-ayuda prevalece por sobre la cooperación internacional. Hay tres aspectos, relacionados entre sí, a los cuales prestar atención para entender este juego: el desarrollo y producción de vacunas; su adquisición y la provisión a terceros.

El grupo de países que cuenta con las capacidades científico-tecnológicas necesarias para desarrollar la vacuna contra el Covid-19 es reducido: Estados Unidos, los países europeos de mayor desarrollo relativo (Alemania, Francia, Gran Bretaña, Suecia), China, Rusia e India. Un rápido repaso por la pertenencia nacional de las compañías fabricantes de las vacunas que ya se ofrecen en el mercado (aunque hay más de 80 proyectos en marcha) lo confirma: Pfizer/BioNtech (Estados Unidos-Alemania); Moderna (Estados Unidos); Astra-Zeneca (Gran Bretaña-Suecia); Sputnik V (Rusia); Sinovac y Sinopharm (China). A estas se suman las que están en una fase previa a la aprobación definitiva (fase 3), con grandes chances de conseguirla: Covaxin (India), Janssen (Estados Unidos), Novavax (Suecia-Estados Unidos), CanSino (China) y Sanofi (Francia). El club de los dueños de la vacuna, como todos los clubes que cuentan en la política internacional, es reducido.

Un comentario adicional: en todas estas iniciativas, la masiva inversión del sector público fue determinante para desarrollar la vacuna en un plazo breve; el gobierno es además el principal comprador. Tras décadas de prédica neoliberal, la pandemia pone de relieve la centralidad del Estado, en tanto actor con capacidad para tomar riesgos, en la gestión de las crisis. Por ejemplo, Estados Unidos ha invertido US$ 18.000 millones en su operación Warp Speed, lanzada por Donald Trump y continuada por Joe Biden, orientada a apoyar el desarrollo, producción y distribución de vacunas. Para estar en el club hay que invertir en innovación y en ese terreno el Estado sigue siendo un actor central.

El número de países que participan ?en diversas fases- de la manufactura de las vacunas es algo más amplio. Por supuesto, los grandes jugadores se repiten: China (33% de las dosis producidas, según datos de la consultora Airfinity), Estados Unidos (27%), la UE (19%) e India (13%) y Rusia, que no alcanza el 3%, pero hace valer su producción en el tablero político. El proceso incluye además a algunos Estados de ingresos medios ?como Argentina, México y Brasil en América Latina- que buscan aprovechar su capacidad de producción para negociar mejores condiciones de acceso a los medicamentos. También a países de altos ingresos, pero más retrasados en cuanto al desarrollo de vacunas, como Australia, Corea del Sur, España y Japón.

Es también limitado el número de países que concentra la compra de las vacunas. Según datos de la iniciativa Launch and Scale Speedometer, de la Universidad de Duke, los países de ingresos altos han comprado un porcentaje mayoritario de las dosis disponibles: sobre 8.600 millones de dosis adquiridas, los países de altos ingresos cuentan con 4.600 millones, los de ingreso medio-alto (categoría que incluye a Argentina) 1.500 millones, los de ingreso medio-bajo 703 millones y los de bajos ingresos 670 millones. Covax ha adquirido 1.120 millones. Sovax es una alianza que incluye a la OMS y dos organizaciones público-privadas, GAVI y CEPI, que invierte en el desarrollo, la producción y la compra de vacunas, a fin de brindar mejor acceso a los países de menores ingresos. Cuenta con financiación de los principales actores estatales ?con algunas excepciones significativas, como Rusia- y de actores privados, como la Fundación Gates. Otras 6.300 millones de dosis se están negociando o están reservadas como opciones dentro de contratos existentes. En todos los casos, hay compras o reservas de vacunas cuya aprobación final y salida al mercado es todavía incierta.

Además de comprar de manera masiva, Estados Unidos y la Unión Europea (UE) buscan asegurar la vacunación de sus poblaciones mediante diversas intervenciones en los mercados. Dos ejemplos en este sentido: Estados Unidos está aplicando la ley de Producción para la Defensa (US Defence Production Act), que privilegia la producción local y restringe la exportación de insumos necesarios para producir vacunas en otros países. Por su parte, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, ha dejado claro que podría recurrir a una prohibición de las exportaciones si lo considerara necesario para asegurar la provisión de vacunas a los ciudadanos de la UE. Es un mensaje con dos destinatarios claros: el gobierno inglés y Astra-Zeneca, cuyas fábricas en el Reino Unido no entregan las dosis prometidas a los países de la UE. Pero tiene un significado más amplio: primero nosotros. La prioridad nacional por sobre el libre mercado.

Claro que el acaparamiento resulta peligroso como estrategia sanitaria, aun desde una lógica estrictamente egoísta: en la medida en que no se avance hacia una inmunidad global, el virus continuará expandiéndose, al tiempo que aparecen nuevas cepas. Pero además la priorización a cualquier costo de los propios ciudadanos tendrá costos en la credibilidad de Estados Unidos y Europa en regiones como América Latina y Africa. “Nadie se salva solo”, es un dictum con sólidos fundamentos en la realidad, biológica y social.

Esto nos lleva al último punto, la capacidad y voluntad para proveer vacunas a terceros. Hasta el momento, Estados Unidos (que no ha exportado vacunas; planea enviar 4 millones de dosis a México y Canadá próximamente) y Europa lo ven como un objetivo secundario, mientras apoyan el Covax como mecanismo multilateral -todavía en una fase inicial- de provisión a los Estados más pobres.

Se levantan voces disonantes: Emmanuel Macron ha propuesto distribuir de manera urgente el 5% de las dosis en poder de Estados Unidos y la UE a esos países. Mientras tanto, China ?que ha exportado alrededor del 60% de su producción- y Rusia (también India, en menor medida) buscan cubrir los espacios dejados por Occidente y expandir su influencia mostrándose como proveedores confiables y sobre todo más generosos en un momento de necesidad. Están avanzando en Asia, Africa, Latinoamérica y aún en el centro y este de Europa, en países como Ucrania, Hungría y Serbia, con acuerdos en los que el componente político tiene un peso importante, ciertamente mayor que el comercial. En nuestra región, países con gobiernos de diversos colores políticos, como Argentina, Brasil, Chile, México, Perú y Uruguay están llevando adelante sus campañas de vacunación con vacunas chinas y rusas. No se trata de preferencias ideológicas, sino del lugar que se ocupa en la jerarquía de poder internacional. La falta de coordinación entre los más débiles, que negocian solos en el mercado global de vacunas (una excepción es la Unión Africana, que ha logrado adquirir 670 millones de dosis), potencia su vulnerabilidad.

El cuadro de situación sugiere dos lecciones, poco novedosas, pero siempre importantes: la primera, un sólido desarrollo científico-tecnológico es indispensable no sólo para alcanzar prosperidad, sino también seguridad, entendida en un sentido amplio. Segundo, el mundo sigue siendo un lugar más bien inhóspito, especialmente para los menos poderosos; el realismo político brinda claves de lectura indispensables para comprenderlo. En cualquier caso, el corolario práctico para los países medianos y pequeños es claro: el multilateralismo y las alianzas entre pares, aun con sus dificultades, son preferibles a la auto-ayuda. Finalmente, un comentario sobre el sistema internacional en transformación: los líderes, o los que aspiran a serlo, necesita contar con cierta capacidad para proveer bienes públicos globales. Puesto de otra manera: un nacionalismo sin matices no es una buena política para una superpotencia. China parece entenderlo, Estados Unidos parece haberlo olvidado.

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