EE.UU.

La democracia al borde del algoritmo

Las elecciones estadounidenses están a la vuelta de la esquina y nadie habla del elefante en la habitación: la inteligencia artificial. Dos historias para entender mejor las implicancias de esta disrupción tecnológica desde la democracia más vieja del mundo.

La inteligencia artificial entra en las elecciones e inevitablemente en la política.
La inteligencia artificial entra en las elecciones e inevitablemente en la política. .

Un huracán, una foto y nada: la historia de las elecciones

Tras el paso del Huracán Helena por el sudeste del país, se volvió viral la foto de una nena llorando bajo la lluvia abrazada a su perro en un bote a la deriva. Automáticamente, varios políticos usaron la imagen para criticar la gestión de Biden. Cuando se supo que la imagen era falsa, algunos optaron por bajarla de sus redes sociales.

Amy Kremer, convencional nacional republicana, eligió dejarla con el argumento de que, aunque falsa, la imagen representaba el trauma de los afectados por el huracán. Situaciones como estas se repiten una y otra vez en este ciclo electoral, y los candidatos parecen estar de acuerdo en qué hacer.   

La inteligencia artificial abre nuevos debates.
La inteligencia artificial abre nuevos debates.



En realidad, hay matices. Harris dijo que expandirá las subvenciones del gobierno federal en investigación y desarrollo del sector. También sostendría la orden ejecutiva de Biden, que contiene un marco analítico y varias recomendaciones, pero no establece sanciones por incumplimiento. Trump afirmó querer desmantelar la orden ejecutiva y reemplazarla por libertad de expresión y el desarrollo de la IA para el "florecimiento humano". Ahí está el matiz. Por lo demás, ambos candidatos coinciden en crear un entorno de baja o nula regulación que propicie la innovación en cualquier sentido posible, y a cualquier costo.

Los riesgos de esta coincidencia se sienten en esta elección, en la que la IA generativa viene siendo fuente de desinformación y confusión. En ese sentido, llegamos a ver cómo difunden información falsa sobre lugares y horarios de votación para desalentar el voto. Las deep fakes intensifican la polarización al alimentar sesgos de confirmación -como en el ejemplo de Amy Kremer y la nena del bote- y erosionan la confianza de las instituciones democráticas. Terraplanismo y teorías conspirativas varias se mezclan inadvertidos en la realidad y se quedan dando vueltas. Y se mezclan con ideas políticas. Y se quedan. Y la respuesta parece ser unánime: nada. 

Una tradición, una carrera y una paradoja: la historia de la democracia

Mientras que los efectos inmediatos de la IA se hacen evidentes en la manipulación de información en las elecciones, su desarrollo trae desafíos estructurales para la democracia como sistema de gobierno. 



Tal como escribía Yuval Noah Harari en 2018, la irrupción de la IA podría destruir una de las mayores ventajas competitivas de las democracias sobre los autoritarismos. En el siglo XX, la democracia tenía la ventaja de distribuir el poder de procesamiento de información entre múltiples instituciones, mientras que los regímenes autoritarios se veían limitados por la concentración del poder en un solo lugar, incapaces de procesar la enorme cantidad de datos disponibles. La IA ofrece estas capacidades, convirtiendo lo que fue una desventaja de las dictaduras en una ventaja decisiva en el siglo XXI. Y tanto Trump como Harris parecen decididos a apostar por ella. 

En pocas palabras, la democracia más longeva del mundo apuesta por un paradigma que podría terminar con su propia ventaja comparativa -y la de todas las democracias-, poniendo en jaque su liderazgo internacional. Y aunque parezca delirante, la decisión refleja un equilibrio de tres factores bastante racionales. 

El primero, es la tradición anti-regulacionista y anti-estatista. Bueno, más o menos. Históricamente, el gobierno estadounidense lideró la innovación de alto riesgo vinculada al interés nacional -como el desarrollo espacial o las armas nucleares- para dar lugar a la iniciativa privada una vez se hayan reducido los riesgos de innovar y se haya abierto un nuevo mercado.



En el caso de los desarrollos en IA, ofrece subvenciones para investigación y desarrollo junto a un sistema de patentes que premia con la corona del monopolio al primero en llegar. Si bien el gobierno no es el protagonista de estos avances, es el principal interesado en minimizar los riesgos y maximizar las ganancias de la innovación privada. En ese sentido, aún cuando no exista un marco regulatorio estricto, el gobierno sigue teniendo cierto control sobre la dirección en la que avanza la tecnología. 

El segundo, es la capacidad legal y el poder de fuego económico de las grandes tecnológicas -Amazon, Google, Meta, Apple, Open AI- para hacer lobby. Sobre esto, solo dejo uno de infinitos ejemplos. El pasado 22 de Octubre Open AI contrató a uno de los asesores económicos de mayor afluencia en los gobiernos de Biden y Obama, Aaron "Ronnie" Chatterji, como su economista en jefe. El entramado de poder de estas empresas es inimaginable, y esto se debe, en gran medida, a que de su éxito depende el interés estratégico nacional. 

El tercer y más importante factor es la competencia con China. Aunque existe una carrera real por desarrollar la tecnología y obtener sus beneficios, el proceso tiene muchos más matices que los ejemplos de la carrera espacial o nuclear. Aún así, la narrativa de Guerra Fría  se impone por reflejo.



Entonces, la prioridad de ambos candidatos es garantizar que Estados Unidos mantenga su ventaja, incluso si eso implica arriesgar aspectos fundamentales de la convivencia democrática doméstica. Lo paradójico es que no hacerlo significa ceder el desarrollo de la IA al autoritarismo más poderoso del mundo. 

Puesta en estos términos, la decisión más racional es también la más peligrosa e incierta. Peligrosa, porque es difícil cuantificar los daños causados por la erosión democrática, especialmente en el mediano plazo. Incierta, porque ganar la carrera ya no implica controlar la tecnología y, sobre todo, en términos de Harari, no cambia el hecho de que en sí misma, la IA aumenta la eficiencia de los autoritarismos. 

En un mundo donde lo racional parece lo más peligroso, estas elecciones estadounidenses no son solo sobre quién liderará el país -y posiblemente a occidente-, sino sobre la supervivencia de la propia democracia frente a los desafíos que presenta esta nueva fase del capitalismo. Tanto Harris como Trump parecen coincidir en qué hacer. ¿Será suficiente? 



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