Progresismo

La efectividad del relato anti-woke

Los partidarios de Trump impusieron y controlaron el marco del debate. Incluso medios progresistas lo asumieron sin cuestionar su validez.

El presidente electo, Donald Trump.
El presidente electo, Donald Trump.
Yanina Welp 21 noviembre de 2024

En las elecciones del 5 de noviembre Donald Trump ganó casi todo. Se impuso en el Colegio Electoral consiguiendo 312 delegados frente a los 226 de Kamala Harris. Se esperaba una disputa ajustada que diera lugar a litigios judiciales, pero no hubo margen para dudas: quedó lejos de los 270 indispensables para hacerse con la Presidencia. También ganó el voto popular con un triunfo nítido (50,2% frente al 48,1% de Harris) y un millón más de apoyos que en 2020.

Consiguió mayoría absoluta en el Senado y una mayoría en la Cámara de Representantes. Lo eligieron los ricos y también los pobres donde por primera vez en mucho tiempo los demócratas perdieron. En la tradición republicana, fue el preferido de la América blanca y masculina. Perdió entre las mujeres  (54% para Harris frente al 44% que votó al republicano) pero incluso aquí las mujeres blancas lo votaron más que a Kamala. Aunque  aumentó su apoyo entre la población afroamericana y latina, no es el favorito entre estos sectores. Según las encuestas a boca de urna Kamala triunfó entre la población negra (86%), latina (53%) y asiática (56%).

También entre los más jóvenes 55% en el grupo de 18 a 29 años y 51% en el de 30 a 44. El grupo 45-64 favoreció a Trump con el 53%. Los demócratas fortalecieron su apoyo en las zonas urbanas y entre los sectores con mayor educación formal pero no consiguieron remontar. Las razones para explicar la derrota son múltiples. Me interesa aquí centrarme en tres: los errores del perdedor, la estrategia comunicacional del ganador y el rol atribuido al wokismo, mantra que se agita con superficialidad y escaso dato en muchos medios de comunicación argentinos.



Los errores del Partido Demócrata. La lista es larga. Uno central es la mala gestión de la candidatura. Biden debía bajarse mucho antes. El proceso de selección debía hacer honor en la casa chica (el partido) al relato de defensa de la democracia en el país.

Pero no, se hizo a última hora y a dedo. También influyó el rechazo de sus huestes a la guerra de Gaza. Si su bastión electoral está en las ciudades y entre los universitarios, es ahí también donde la desmovilización fue mayor. Para muestra basta un dato: los demócratas perdieron 10 millones de votos en relación a la última elección. 

La estrategia del ganador fue eficiente en instalar la economía como tema. Aunque muchos indicadores macroeconómicos mejoraron durante la gestión Biden (la economía creció, bajó el desempleo, aumentaron los salarios), la inflación generó una percepción opuesta (de eso se sabe mucho en Argentina).



Son vientos de época, el descontento y la crispación avanzan y el que ejerce el poder lleva las de perder con contadas excepciones (Bukele en El Salvador, Morena en México). Fue evidente también que el mundo ha cambiado. No importó mucho tener en contra al New York Times y otros medios similares (o peor, contribuyó a reafirmar el discurso anti-establishment) y sí tuvo efectos relevantes contar con el apoyo de Elon Musk. La moralización de la discusión política también hizo su aporte. Poco importa la mentira y la descalificación si el marco de interpretación es el de la lucha contra el mal encarnado en el "wokismo", que muchos analistas políticos en la escena mediática repiten sin cesar. 

¿Cuántos saben de qué están hablando? El concepto woke surgió en la lucha antirracista. Woke significa "despierto" y su uso se fue ampliando para incluir demandas y acciones contra otras formas de desigualdad sea económica, sexual, racial, etc. En 2020, partidarios de la derecha radical y también ultraconservadores (en ese espacio donde sus intereses confluyen) lo pusieron en el foco de su batalla cultural para usarlo de forma despectiva contra los movimientos progresistas,  acusándolos de promover una cultura de la cancelación.

Sin duda hay algunos sectores -minoritarios, aunque en ocasiones hagan mucho ruido- que han radicalizado sus posiciones. Sin embargo, como en la lucha contra el marxismo global (¿dónde está que no se ve?) que emprenden las derechas radicales, el enemigo está construido (ridiculizado) mediáticamente. Es funcional, superficial y cómodo pero no se basa en ninguna evidencia sólida. 



Se repite mucho que los demócratas perdieron por impulsar una agenda identitaria, con lo que se alude a su segmentación y distancia "con las necesidades de la gente". La derecha radical está teniendo enorme éxito en instalar sus consignas y ridiculizar y amplificar dilemas vinculados a las políticas del lenguaje inclusivo o de autodeterminación del género. Pero esto no fue central ni en el programa ni en la agenda de Harris. Las propuestas demócratas apuntaban al seguro de salud, el aborto o el boleto estudiantil.

¿Qué tiene eso de identitario y alejado de los intereses de la gente? Trump, ayudado por Musk, fue muy exitoso en desinformar y activar a sus huestes de incels racistas y llenos de odio. Está claro que no todos los republicanos son racistas. Como siempre, una confluencia de factores juega a favor o en contra de catapultar ciertas voces. En este caso, la inflación le jugó a favor a Trump y el voto económico - cada vez menos sensible a la agenda social - se impuso. El relato anti-woke no es más que una efectiva cortina de humo. Subirse a esa moda explicativa no ayuda a echar luz sobre la evolución de la política y la democracia. 

 



*La autora es miembro de Albert Hirschman Centre on Democracy y Red de Politólogas.

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