Elecciones EE.UU.

Sobre mapas y caminos

El mapa de la elección proyecta la composición social de las coaliciones de ambos partidos. La composición económica, étnica y religiosa de cada estado hace que republicanos y demócratas enfrenten diferentes caminos para reunir 270 electores.

Kamala Harris y Donald Trump.
Kamala Harris y Donald Trump. .
Santiago Alles 27 octubre de 2024

Las elecciones presidenciales en los Estados Unidos no son una elección nacional, sino docenas de elecciones estatales, entre sí independientes. La cobertura en los medios, por ese motivo, se enfoca en discutir quién lleva ventaja en cada estado, y la noche de la elección, en pantalla se despliegan mapas y mapas y muchos más mapas para presentar los resultados.

Los candidatos abordan sus campañas en cada estado con relativa independencia. La decisión de dónde concentrar esfuerzos de campaña y dónde no es resultado de una estrategia cuidadosamente elaborada.

Los candidatos invierten mucho en los estados más competitivos—visitas frecuentes de los candidatos, millones de dólares en anuncios, entrevistas en medios locales, equipos de campaña en el terreno, entre otros esfuerzos dirigidos a una audiencia específica. Por el contrario, invierten muy poco en los estados donde esperan elecciones poco competitivas, sean seguros ganadores o seguros perdedores.



Esa decisión tiene un componente coyuntural, vinculados por ejemplo a la valoración del gobierno y de la situación económica, pero también reflejan un componente estructural, tal como la distribución regional de los apoyos partidarios.

La gran coalición demócrata

La política estadounidense gira alrededor de dos partidos. Cada partido representa una coalición social amplia y diversa. Sin embargo, a pesar de su amplitud, ambos partidos tienen bases relativamente definidas en términos étnicos, de clase, religiosos e ideológicos—un votante blanco evangélico en un distrito rural casi con seguridad será republicano; una mujer con educación universitaria en un distrito urbano muy posiblemente sea demócrata.

No obstante, los alineamientos sobre los que se apoyan ambos partidos, aunque muy estables, no son inmutables, y la historia del último siglo estadounidense es de algún modo la historia de sus realineamientos.



Las políticas del New Deal durante los años de FDR significaron un profundo cambio en el rol del Estado en la economía. Estas políticas tuvieron además consecuencias electorales duraderas, y redefinieron las coaliciones nacionales por varias décadas. 

El Partido Demócrata tras el New Deal fue capaz de reunir en su base a los trabajadores y el movimiento obrero en las regiones industriales del norte, a inmigrantes en los estados del noreste y del medio-oeste, a una extensa base de votantes blancos en el Sur segregacionista, y a votantes afro-americanos en todo el país (aunque con un limitado ejercicio de sus derechos políticos en esos mismos estados sureños). La coalición demócrata fue dominante, y desde 1932 hasta 1964 gano siete de nueve elecciones presidenciales. 

El Partido Republicano, por su parte, durante este período encontró apoyos entre empresarios, sectores profesionales y votantes de altos ingresos, como así también entre votantes rurales y blancos protestantes fuera del Sur.



El realineamiento del Sur

La coalición demócrata comenzó a fracturarse hacia fines de los 60s. En particular, los cambios en las relaciones raciales crearon la oportunidad para que el Partido Republicano se expandiera en nuevas direcciones. La adopción del Civil Rights Act encontró un creciente rechazo entre los blancos en los estados del Sur. "Well, I think we may have lost the South for your lifetime-and mine," dijo LBJ tras la firma a un asistente. 

El Partido Republicano comenzó a activamente cortejar a votantes blancos en los estados del Sur, con frecuencia mediante apelaciones racistas contra afro-americanos. Esta "estrategia sureña" iniciada por Goldwater en 1964, tuvo un legado duradero sobre hacia dónde dirigir el partido. Más aun, los cambios culturales de los 60s permitieron a los republicanos hacer de la defensa de los valores tradicionales un punto central del discurso. El realineamiento resultante reconfiguró por completo la competencia partidaria, y las elecciones de 1968 pusieron fin a tres décadas de dominio demócrata.

El ascenso de Reagan hizo del rechazo al aborto un punto central, y dio nueva vida a la relación con los movimientos religiosos. Así, a comienzos de los 80s, el Partido Republicano había consolidado el apoyo de votantes blancos y evangélicos, al tiempo que conservaba el apoyo entre empresarios, votantes de altos ingresos y votantes rurales. Esta retórica crecientemente conservadora tuvo, sin embargo, como costo un relativo declive entre sectores profesionales.



La coalición demócrata, por su parte, se volvió geográficamente más urbana y étnicamente más diversa, con un sólido apoyo entre votantes afro-americanos e hispanos, pero aun conservando el apoyo de los trabajadores y el movimiento obrero en áreas industriales.

El último realineamiento

El ascenso de Trump profundizó dinámicas anteriores, con consecuencias electorales significativas. Para mediados de la década pasada, el Partido Republicano llevaba más de una generación apelando a votantes blancos mediante una defensa de las jerarquías raciales tradicionales. Trump hizo de las apelaciones racistas el centro de su discurso, ahora de manera brutal, y eso le permitió penetrar en bloques de votantes tradicionalmente demócratas, en especial en regiones donde el declive del sector industrial había significado un deterioro económico sustantivo.

El Partido Republicano, por un lado, hizo significativos progresos entre trabajadores blancos, que tradicionalmente constituían parte del bastión sindical demócrata. A la vez, se consolidó el apoyo entre votantes blancos socialmente conservadores, con una relación especialmente sólida con votantes evangélicos, al tiempo que conservaron el apoyo de empresarios, de votantes de altos ingresos y de votantes rurales.



Donald Trump y Elon Musk
Donald Trump y Elon Musk

El Partido Demócrata, por su parte, mejoró su posición entre votantes con alto nivel educativo, lo que se reflejó en un radical cambio de la composición electoral de las áreas suburbanas, sólidamente republicanas una generación atrás. A la vez, los demócratas consolidaron su posición entre las mujeres, a lo que indudablemente contribuyó la retórica hostilmente sexista de Trump—los últimos ciclos electorales expandieron la brecha de género entre partidos. Los demócratas conservaron su predominio entre votantes urbanos, entre votantes afro-americanos, hispanos y entre minorías étnicas en general, y entre votantes liberales.

Al final de la década pasada, la coalición del Partido Republicano se había vuelto racialmente más blanca, pero también más popular en términos de clase. La coalición del Partido Demócrata se había vuelto más educada y más femenina.



La geografía de la elección

Estas coaliciones sociales se proyectan sobre el territorio—red states dominados por republicanos, blue states dominados por demócratas, y purple states sin un predominio claro. Cada estado cuenta con un número de delegados en el Colegio Electoral y las campañas presidenciales concentran sus esfuerzos en estos purple states, que es donde pueden tener un efecto decisivo en la elección.

Los candidatos tienen diferentes caminos para llegar a la cantidad necesaria de electores, construyendo sobre sus bastiones, y desde ahí, expandir su base hacia los estados más competitivos. Este año las miradas están puestas en siete estados que representan la transición vivida en la última década—el ascenso republicano en bastiones demócratas en el Midwest frente al crecimiento demócrata en estados tradicionalmente republicanos en el Sunbelt.

Este año todas las miradas están puestas en Pennsylvania, uno de los estados industriales del norte. La economía del Steel Belt contaba con una porción significativa de empleos en el sector industrial, lo que daba una sólida base electoral al dominio demócrata. Los candidatos demócratas ganaron continuadamente Pennsylvania durante dos décadas, entre 1992 y 2012.



Sin embargo, el desplazamiento de empleos manufactureros fuera de la región fue acompañado por un aumento del desempleo, y una caída de la población, que migró en busca de nuevos trabajos. Trump explotó las frustraciones de la clase obrera blanca, y en 2016 sorprendió al ganar Pennsylvania. Aun cuando Biden logró recuperar el estado cuatro años después, lo hizo por apenas un punto.

Por la cantidad de electores que reparte, y por la paridad en las encuestas, ambas campañas lo han identificado como la batalla más importante de la elección. Los agregadores de encuestas hoy indican un virtual empate: RealClearPolitcs anticipa Trump 48.3% v. Harris 47.7%, mientras FiveThirtyEight proyecta Trump 50.2% v. Harris 49.8%. Medio punto de diferencia. Una moneda al aire. Quien gane Pennsylvania habrá dado un paso crucial hacia la Casa Blanca.

El camino de Kamala

Una victoria en Pennsylvania será decisiva siempre que puedan asegurar otros estados clave, y en el caso del Partido Demócrata, el camino para reunir 270 electores requiere de ganar tres estados clave.



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Wisconsin y Michigan son dos de ellos, y ambos presentan sustantivas similitudes con Pennsylvania. En ambos estados el Partido Demócrata fue dominante, y durante 20 años se impuso en todas las elecciones presidenciales, en ocasiones con diferencias de dos dígitos. Sin embargo, el offshoring de empleos industriales golpeó sus economías, y más importante en términos partidarios, erosionó la conexión demócrata con sus votantes obreros. Ante la sorpresa de todo el establishment político, en 2016, Trump también ganó ambos estados.

Hace cuatro años, Biden logró recuperar ambos bastiones, por un margen estrecho. Sin embargo, si se mira la película en lugar de la foto, los demócratas lucen a la defensiva en ambos casos, peleando voto a voto para sostenerse en dos estados en los que fueron dominantes poco tiempo atrás. Los agregadores de encuestas apuntan también a un empate: tanto RealClearPolitcs como FiveThirtyEight predicen una diferencia de 0.2% a 0.4% entre Kamala y Trump.



Joe Biden y Kamala Harris
Joe Biden y Kamala Harris

Nevada, en cambio, representa la transformación política en el Sunbelt. El Partido Demócrata ganó el estado dos veces en 10 turnos electorales entre fines de los 60s y comienzos de los 2000s, pero desde entonces se impuso en las últimas cuatro elecciones. En contraste con los estados del Steel Belt, la economía de la región no sufrió un declive de la economía que deteriorara la relación con los votantes trabajadores, a la vez que el cambio demográfico y el peso del voto hispano expandieron las bases demócratas.

De todos modos, la distancia entre demócratas y republicanos en los últimos ciclos electorales fue relativamente estrecha, y la elección este año parece aún más cerrada—RealClearPolitcs y FiveThirtyEight colocan a Trump aproximadamente medio punto delante de Kamala.



En resumen, además de Pennsylvania, Kamala necesita imponerse en Michigan, Wisconsin y Nevada para ganar la elección. En todos ellos, las encuestas predicen una elección muy apretada. El camino que debe recorrer es posible, pero Trump está en posición de ganar cualquiera de esos estados, y prácticamente cerrarle el paso.

El camino de Trump

Una victoria en Pennsylvania será decisiva para Trump si logra asegurar otros tres estados clave: Georgia, North Carolina y Arizona. Y aunque las diferencias en las encuestas son estrechas, en los tres se encuentra en relativa buena posición para lograrlo.



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Dos de estos estados comprenden la expansión del Partido Republicano hacia el Sur, como parte del realineamiento posterior al Civil Rights Act. Los candidatos republicanos ganaron Georgia y North Carolina en forma regular en ocho de las nueve elecciones ocurridas entre 1984 y 2016. Sin embargo, el Partido Republicano vio deteriorarse su control sobre estos bastiones en los últimos ciclos electorales. El avance demócrata entre votantes profesionales combinado con el cambio demográfico resultado de los cambios en la economía de ambos estados dio nueva vida a sus oportunidades. 



Obama sorprendió al ganar North Carolina en 2008 y desde entonces, aun cuando el estado volvió al casillero republicano, las diferencias se mantuvieron relativamente estrechas. El declive republicano en Georgia fue aún más pronunciado—pasó de ganar por dos dígitos en las victorias de Bush (h) en los 2000s, a victorias sólidas pero más estrechas en las siguientes tres elecciones, a perder el estado cuatro años atrás. Con independencia de lo que pase este año, Georgia es una prioridad en la expansión demócrata en el Sunbelt.

Las encuestas colocan a Trump en una posición favorable en ambos estados. En North Carolina, RealClearPolitcs estima que hoy una ventaja de casi un punto para el candidato republicano, mientras que FiveThirtyEight predice un margen de un punto y medio. En Georgia, la ventaja podría ser un poco mayor—los agregadores predicen una diferencia de dos puntos en favor de Trump.

La historia de Arizona es una muy diferente. Fue uno de los estados más sólidamente republicanos por generaciones, al punto que los candidatos demócratas ganaron sólo una vez entre 1952 y 2016. Sin embargo, el cambio demográfico y el peso del voto hispano fueron volviéndolo crecientemente competitivo. Biden sorprendió al ganar cuatro años atrás por un margen muy estrecho. Hoy RealClearPolitcs y FiveThirtyEight predicen una diferencia de entre 1.5% y 2.0% en favor de Trump.



El mapa de la elección proyecta la composición social de las coaliciones de ambos partidos. La composición económica, étnica y religiosa de cada estado hace que republicanos y demócratas enfrenten diferentes caminos para reunir 270 electores.

El giro adoptado por el Partido Republicano desde el ascenso de Trump le permitió penetrar en bastiones demócratas en el Midwest. Al mismo tiempo, el giro liberal en social issues del Partido Demócrata le permitió acercarse a votantes más educados y hacer progresos en estados con una economía de servicios. Los estados clave de esta elección están en el corazón de esta transición.

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