El historiador Enzo Traverso

El nuevo enemigo: cómo la derecha radical reescribe el miedo en Occidente

Traverso explica el ascenso global de la nueva derecha detallando su estrategia: seducir al electorado con irreverencia y un discurso antielitista, y remodelar su imagen para presentarse como defensores de una "nación amenazada".

Las nuevas caras de la derecha de Enzo Traverso
Las nuevas caras de la derecha de Enzo Traverso .
24 junio de 2025

Un fenómeno global redefine el panorama político: el auge de una nueva derecha que, lejos de ser comprendida, gana terreno en Europa, Estados Unidos y América Latina. 

El historiador Enzo Traverso observa cómo estos movimientos capitalizan las fluctuaciones de la opinión pública, seduciendo al electorado con su irreverencia y su encendido discurso antielitista, adoptando una retórica que enarbola la defensa de una nación amenazada y valores en riesgo.

Enzo Traverso, historiador e intelectual italiano.



En estas narrativas, "el otro" —sean inmigrantes, sectores desfavorecidos, jóvenes de la periferia o feminismos— son señalados como los responsables de las crisis económicas y sociales. Traverso invita a discernir entre lo novedoso y lo recurrente en estas corrientes que se autoproclaman revolucionarias reconstruyendo las paradojas de un escenario donde figuras como Jair Bolsonaro o Donald Trump, impulsadas por su carisma personal o mediático, capitalizaron las debilidades de sus adversarios para ascender sin la necesidad de demostrar méritos propios. 

A continuación un fragmento de la introducción del libro

 

Una característica común a toda la derecha radical es la xenofobia. El odio a los inmigrantes da forma a su ideología e inspira su acción. Transforma a los "inmigrantes" en "enemigos infiltrados", cuerpos foráneos que constituyen una amenaza para la salud de una comunidad nacional. El posfascismo rechaza el pluralismo cultural en nombre de identidades monolíticas y repudia el pluralismo cultural, racial o religioso. Transforma el paradigma del extranjero (según Georg Simmel) en la figura del enemigo (según Carl Schmitt). La búsqueda de un chivo expiatorio es un elemento constitutivo del discurso fascista, y el posfascismo, sin apartarse de ese camino, es más un innovador que un seguidor: el blanco principal de su odio ya no son los judíos, sino antes bien los musulmanes. El paso del antisemitismo a la islamofobia es un cambio significativo que merece ser analizado. En el seminario de Stanford, nadie podría haber imaginado semejante metamorfosis.



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El fascismo era enérgicamente antisemita. El antisemitismo dio forma a toda la cosmovisión del nacionalsocialismo alemán y afectó profundamente las variedades de los nacionalismos radicales franceses; se incorporó a las leyes del fascismo italiano en 1938 e incluso en España, de donde los judíos habían sido expulsados a fines del siglo XV, la propaganda de Franco los identificaba con los "rojos" en cuanto enemigos, unos y otros, del catolicismo nacional. Por supuesto, en la primera mitad del siglo XX el antisemitismo se extendía casi por todas partes, desde los estratos aristocráticos y burgueses -donde estableció fronteras simbólicas- hasta la intelectualidad: muchos de los escritores más leídos de las décadas de 1920 y 1930 no ocultaban su odio a los judíos. De todos modos, en nuestros días los inmigrantes musulmanes han reemplazado a los judíos en el discurso racista.

El racialismo -una doctrina basada en teorías biológicas- fue suplantado por un prejuicio cultural que hace énfasis en una irreductible discrepancia entre la Europa "judeocristiana" y el islam. El antisemitismo tradicional no desapareció -su persistencia queda demostrada por los periódicos ataques neonazis contra sinagogas y escuelas judías tanto en Europa como en los Estados Unidos-, sino que pasó a ser un fenómeno residual o ha transmigrado de la extrema derecha al fundamentalismo islámico. Como en un sistema de vasos comunicantes, el antisemitismo de preguerra decayó y la islamofobia creció. De hecho, hay cierta continuidad en esta transferencia cultural. 



La representación posfascista del enemigo reproduce el viejo paradigma racial y, tal como el bolchevique judío de tiempos idos, el terrorista islámico suele ser retratado con rasgos físicos que destacan su otredad.

En cien años, la ambición intelectual de la derecha radical ha conocido una significativa merma. En nuestros días no hay un equivalente a La Francia judía de Édouard Drumont (1882) o The Foundations of the Nineteenth Century ["Los cimientos del siglo XIX"] (1899) de Houston Stewart Chamberlain, ni de los ensayos de antropología racial escritos por Hans Günther en la década de 1930. El nuevo nacionalismo no ha producido escritores como Giovanni Papini, Louis-Ferdinand Céline y Pierre Drieu la Rochelle (ni hablemos de pensadores como Giovanni Gentile, Martin Heidegger y Carl Schmitt). 

El humus cultural del posfascismo no se nutre de la creación literaria -con la excepción, tal vez, de Sumisión, novela publicada en 2015 por Michel Houellebecq, que retrata una Francia transformada en república islámica-, sino más bien de una campaña masiva para ganar la atención de los medios. Muchas personalidades políticas e intelectuales, canales de televisión y revistas populares que no pueden calificarse de fascistas han contribuido a crear ese humus cultural. Podríamos recordar la inflamada prosa de Oriana Fallaci sobre los musulmanes que "se reproducen como ratas" y orinan contra las paredes de nuestras catedrales europeas.



Según Traverso, el discurso posfascista se difunde sobre todo en los medios de comunicación.

George L. Mosse señaló que, en el fascismo clásico, las palabras habladas eran más importantes que los textos escritos. En una época en que la cultura de las palabras y las imágenes transmitidas por la televisión y las redes sociales ha reemplazado la textualidad, no resulta sorprendente que el discurso posfascista se difunda ante todo en los medios y asigne un lugar secundario a las producciones literarias (que llegan a ser útiles -como Sumisión- en la medida en que se transforman en hechos mediáticos).

De todos modos, podemos observar muchas similitudes entre la islamofobia de nuestros días y el antisemitismo fin-de-siècle, en una era prefascista. 



La comparación más significativa es con la Alemania guillermina, no con la Tercera República francesa. Después del caso Dreyfus, el antisemitismo francés estigmatizó a los inmigrantes judíos de Polonia y Rusia, pero su blanco principal eran los funcionarios superiores (juifs d'État) que, durante la Tercera República, ocupaban posiciones muy importantes en la burocracia, el ejército, las instituciones académicas y el gobierno. 

El propio capitán Dreyfus fue un símbolo de ese ascenso social. En tiempos del Frente Popular, el blanco del antisemitismo fue Léon Blum, un dandy judío que encarnaba la imagen de una República conquistada por la "Antifrancia". Se decía que los judíos eran "un Estado dentro del Estado", jerarquía que, por cierto, no corresponde a la situación presente de las minorías musulmanas, que siguen estando enormemente subrepresentadas dentro de las instituciones de los países europeos.

Así, la comparación sería más pertinente con la Alemania guillermina, donde los judíos estaban excluidos de la máquina estatal a la vez que los diarios advertían contra una "invasión judía" (Verjudung) que ponía en tela de juicio las bases étnicas y religiosas del Reich. 



Según Shulamit Volkov, el antisemitismo desempeñaba el papel de un "código cultural" que permitió a los alemanes definir negativamente una conciencia nacional, en un país convulsionado por la acelerada modernización y urbanización, en la que los judíos aparecían como el grupo más dinámico. En otras palabras, un alemán era ante todo un no judío. De manera similar, en nuestros días el islam pasa a ser un código cultural que permite a los europeos (en virtud de una demarcación negativa) notar que su identidad nacional quedó "perdida", bajo amenaza o ahogada en el proceso de la globalización.

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En nuestros días los inmigrantes musulmanes han reemplazado a los judíos en el discurso racista.

A veces, el antisemitismo y la islamofobia coexisten en el discurso posfascista como dos tópicos complementarios en su retórica. El caso más llamativo de esta combinación se encuentra en Viktor Orbán, el jefe del gobierno húngaro, que denuncia una doble amenaza: una conspiración financiera organizada desde Wall Street por una élite judía "parásita" (el blanco habitual de sus discursos es el banquero George Soros) y una amenaza demográfica encarnada en la inmigración masiva: la "invasión islámica". Si bien menos explícitos que Orbán, otros líderes de extrema derecha de Europa central y occidental suelen mencionar argumentos similares. 



Con todo, no deberíamos pasar por alto las múltiples contradicciones de esa retórica xenófoba: Orbán, al igual que Trump y otros líderes de la extrema derecha, tiene una muy buena relación con Israel, país al que considera un poderoso bastión antiislámico. 

Pensemos en Matteo Salvini, el líder de la derecha radical italiana, que ganó fama internacional cuando, como ministro del Interior, impidió que barcos de organizaciones no gubernamentales con refugiados a bordo llegaran a las costas de Sicilia. En 2020, en el transcurso de apenas una semana, Salvini participó en concentraciones masivas contra los inmigrantes y organizó en Roma una conferencia contra el antisemitismo con el embajador israelí como un invitado distinguido.

En Francia, el mito de la "invasión islámica" se formuló primero como un tropo literario que rápidamente se transformó en un eslogan: el "gran reemplazo" (le grand remplacement). El inventor de esta frase figurada -la "islamización" de Francia- es Renaud Camus, un escritor que no oculta su cercanía con el Encuentro Nacional (Rassemblement National). Dos décadas atrás, se quejaba en su diario personal de la abrumadora presencia judía en los medios culturales franceses; en los años siguientes, trasladó su foco hacia los musulmanes, los actores del "gran reemplazo". Camus pertenece a la vieja escuela del conservadurismo francés. Su queja acerca de la desaparición de la Francia eterna tiene el sabor angustiado de los panfletos de Léon Bloy. 



Sin embargo, los exponentes más populares de la teoría del "gran reemplazo" son dos intelectuales públicos: Éric Zemmour y Alain Finkielkraut. El primero trató este tema un libro muy exitoso de 2014, titulado Le suicide français ["El suicidio francés"]. 

Finkielkraut es autor de otro best seller, La identidad desdichada, de 2013, en el cual describe la desesperación de una gran nación amenazada por dos calamidades: el multiculturalismo y una hibridez erróneamente idealizada (el "crisol" francés, el "mestizaje" de una Francia black-blanc-beur -es decir, negra, blanca y magrebí-: imagen nacional que se tornó muy popular luego de que Francia ganara el Campeonato Mundial de Fútbol en 1998).

Puesto en perspectiva histórica, el mito del "gran reemplazo" revela algunas afinidades asombrosas con un clásico estereotipo antisemita. Este discurso no difiere mucho del sostenido por el nacionalismo alemán a fines del siglo XIX. En 1880, Heinrich von Treitschke, el más respetado historiador alemán del momento, deploró la "intrusión" (Einbruch) de los judíos en la sociedad alemana, donde trastornaban las costumbres de la Kultur y actuaban como un elemento corruptor. 



Su conclusión era una nota de desesperación que se convirtió en una especie de eslogan: "Los judíos son nuestra desdicha" (die Juden sind unser Unglück). Sinceramente, en el caso de Finkielkraut y en el de Treitschke la "desdicha" tiene las mismas raíces: un descontento similar frente a una modernización y una globalización, combinado con la búsqueda de un chivo emisario.

Las nuevas caras de la derecha - Enzo Traverso
El libro de Traverso puede conseguirse en la web de Siglo XXI y en las librerias de todo el país.

En los Estados Unidos, el equivalente del "gran reemplazo" es la consigna America First, "Los Estados Unidos primero" de Donald Trump, que, como su homóloga francesa, tiene una interesante genealogía, analizada por Sarah Churchwell en su reciente Behold America. Las palabras tienen su propia historia, e incluso quienes las pronuncian pueden no ser conscientes al respecto. 



Robert O. Paxton, un distinguido historiador del fascismo, señaló que, a pesar de sus frecuentes comportamientos y evaluaciones casi de sesgo fascista, es probable que Donald Trump nunca haya leído siquiera un libro sobre el fascismo. No obstante, su consigna está cargada con un largo y gravoso pasado. Hasta la Primera Guerra Mundial, "Los Estados Unidos primero" era un mantra del aislacionismo: evocaba un espíritu de egoísmo y la convicción de que los intereses nacionales debían defenderse sin importar cuáles fueran las circunstancias externas. 

La Gran Guerra marcó un punto de inflexión. 



Desde comienzos de los años veinte, esa muletilla cobró un significado diferente, hasta condensar las demandas de un nuevo nativismo que, según muchos contemporáneos, mostraba los rasgos de un posible fascismo estadounidense. Impulsado por el "pánico rojo" antibolchevique y el ascenso del Ku Klux Klan, que alcanzaba por entonces su momento de mayor influencia, "Los Estados Unidos primero" se reinterpretó en términos de un racismo biológico. 

Ese país tenía que protegerse de la inmigración masiva, una amenaza externa procedente del sur y el este de Europa que estaba modificando las bases biológicas de su civilización. 



Campesinos italianos, polacos y balcánicos, así como judíos orientales, estaban destruyendo el nordicismo, el pilar de los Estados Unidos tradicionales (blancos, anglosajones y protestantes). Los equivalentes de Chamberlain, Drumont, Barrès y Maurras eran el eugenista Madison Grant, autor de The Passing of the Great Race ["La muerte de la gran raza"], publicado en 1916, y Lothrop Stoddard con su The Rising Tide of Color Against White World Supremacy ["La creciente ola de color contra la supremacía mundial blanca"], de 1920. 

Uno y otro anunciaban un futuro de decadencia para una nación que, a causa de la inmigración, no podía seguir siendo una "población homogénea de sangre nórdica". Esa enorme campaña dio como resultado la Ley de Orígenes Nacionales de 1924, entusiastamente apoyada por el Klan, que redujo la inmigración en más de un 80% al fijar cuotas nacionales de acuerdo con el promedio de cada nación en 1890, cuando la ola inmigratoria procedente de Europa del sur y del este estaba apenas en sus comienzos.

Donald Trump es una de las caras más visibles de la nueva derecha.



En la época del New Deal, esa ola de nativismo racista disminuyó, hasta su espectacular revival con Donald Trump. Por ende, no es muy difícil bosquejar el trasfondo histórico de los discursos de este contra los inmigrantes latinos y musulmanes. En enero de 2018, Trump conmocionó a la opinión pública cuando declaró que su país debía dejar de recibir a "todas esas personas de países de mierda" como el Congo y Haití, y en cambio admitir "más personas de lugares como Noruega". 

En 2024, repitió los mismos argumentos racistas contra los inmigrantes haitianos. 

Al igual que un siglo antes, la interrupción de la inmigración era "una cuestión de vida o muerte para los Estados Unidos", la condición para "hacer que los Estados Unidos vuelvan a ser grandes".