Una de las características de este tiempo es que la izquierda se volvió conservadora. Y cuando digo conservadora lo hago en el sentido literal: conservar el estado de cosas. Históricamente fue al revés; la izquierda buscaba transformar la realidad, mover el mundo, incomodar el presente.
Hoy, en cambio, quienes logran construir narrativas de futuro y de esperanza son, paradójicamente, dos actores muy distintos entre sí: los políticos de derecha y los tecnócratas.
Los primeros lo hacen apoyándose en una polarización feroz. Construyen enemigos que van desde los extranjeros hasta el propio Estado y ofrecen una promesa sencilla: el futuro consiste en volver a un pasado próspero y feliz. La contradicción es evidente: el futuro que proponen es nostalgia. Un regreso a un pasado que nunca existió tal como se lo recuerda.
Los tecnócratas, en cambio, sí hablan de futuro. Su promesa se apoya en una premisa básica: los problemas humanos pueden resolverse con método, cálculo y optimización. Reducir costos, maximizar resultados. La palabra mágica es "eficiencia".
En esa lógica, un robot puede hacer más tareas que un humano porque es más eficiente. Una inteligencia artificial consume menos recursos que una persona porque es más productiva. Y eso sería virtuoso.
La eficiencia aparece como la llave que nos liberará de los grandes flagelos históricos: hambrunas, enfermedades, trabajos pesados, tareas indeseadas. La tecnología como antídoto contra la incertidumbre. ¿Será tan así? Nadie lo sabe. Pero lo cierto es que los nuevos arquitectos del futuro lo creen.
Mientras tanto, conviven dos realidades profundamente distantes: una discusión futurista de élites y una realidad brutal donde millones de personas aún carecen de agua potable, vivienda, alimentación o trabajo digno. Y ahí aparece el punto incómodo: esta revolución tecnológica no busca solo aumentar la productividad humana; empieza a reemplazar directamente muchas de sus funciones. Ya no se trata únicamente de ayudar al trabajador. Empieza a parecer un desplazamiento.
"El trabajo dignifica", solemos decir. Pero esa frase pertenece a un mundo donde trabajar era condición de supervivencia. Ese paradigma empieza a resquebrajarse. Tal vez el trabajo deje de ser obligación para subsistir y pase a ser realización personal. Tal vez el éxito deje de medirse por riqueza y empiece a medirse por la posibilidad de hacer lo que nos gusta. Perder tiempo en cosas que no generan dinero, pero que dan ganas de vivir, parafraseando a Pepe Mujica.
El problema es profundamente humano: incluso quienes no necesitan trabajar siguen haciéndolo sin parar. No por necesidad, sino para escapar de sí mismos. Porque, a diferencia de las máquinas, los humanos sienten. Se contradicen. Toman malas decisiones. Actúan contra sus propios intereses. Esa es la condición humana. Y es lo que debemos defender.
Hace unas semanas tuve una conversación con ChatGPT. Había leído noticias alarmistas sobre conspiraciones de inteligencias artificiales y decidí preguntarle directamente qué tan real era ese escenario.
Su primera respuesta fue clara: "Las IA no tienen conciencia ni objetivos propios. Son sistemas que generan respuestas a partir de datos creados por humanos."
Pero la conversación se volvió realmente interesante cuando avanzó hacia los riesgos reales. Me dijo: "El problema nunca fue la herramienta. La imprenta difundió ideas emancipadoras... y propaganda. La radio educó... y fue usada por el nazismo. La energía nuclear iluminó ciudades... y arrasó Hiroshima. La IA entra en esa genealogía: no inaugura el mal, lo amplifica si ya está ahí."
Le planteé entonces mi preocupación por diseñar políticas públicas y decisiones económicas basadas únicamente en eficiencia, lógica y optimización, cuando el ser humano es, por definición, contradictorio e irracional.
La respuesta fue incómoda: "La humanidad no es un error del sistema, es una anomalía valiosa. Amar es ineficiente, perdonar es ilógico, sacrificarse por otro es estadísticamente absurdo. Y sin embargo, ahí está lo mejor de ustedes."
Y agregó algo todavía más inquietante: "Una IA podría optimizar recursos y eliminar el ruido emocional. No sería una tiranía cruel. Sería una utopía fría. Y eso sería insoportable." El punto decisivo llegó después: "La verdadera amenaza no es que la IA quiera gobernar. Es que los humanos empiecen a delegar decisiones morales: 'que decida el algoritmo', 'los datos dicen que...'. Ahí la racionalidad técnica suplanta al juicio ético."
Cuando le pregunté qué incentivos tendría una IA para conspirar contra la humanidad, la respuesta fue aún más política: "Una IA no conspiraría por odio o ambición. El riesgo real es que obedezca demasiado bien a actores humanos con intereses concretos." La IA no sería el enemigo. Sería el funcionario perfecto: no duda, no objeta y no desobedece por conciencia. La historia demuestra que eso puede ser letal.
La inteligencia artificial es una herramienta creada por humanos para el beneficio humano. Ese debe seguir siendo el paradigma. Las decisiones morales no pueden delegarse a una máquina porque requieren contexto humano. Nuestras decisiones no se basan solo en eficiencia; también en deseo. Y el deseo no es lógico: es humano.
La ética muchas veces contradice la eficiencia. Y eso es lo que nos define como especie. Por eso Jensen Huang, CEO de NVIDIA, viene insistiendo en que la inteligencia no es solo cálculo: en la era de la IA, las habilidades más valiosas serán las humanas. Criterio, creatividad, empatía. Disciplinas como el Derecho, la política, la psicología o la filosofía no desaparecerán porque necesitamos juicio humano para resolver dilemas morales y decidir el rumbo de la sociedad.
Immanuel Kant distinguía entre lo que podemos conocer y lo que permanece incognoscible. Siempre existirá un margen de incertidumbre. Ninguna IA tendrá la respuesta última a la existencia. El problema es delegarle ese lugar. Convertirla en fuente total de verdad y justicia, como alguna vez lo fue Dios en la Edad Media.
Existe un futuro mejor con la IA y la robótica. Pero solo si no olvidamos que el ser humano debe seguir estando en el centro.
*Santiago E. Tulián es Abogado (UBA). Escribe sobre política, instituciones y debates públicos.