El nombre Itai, que en hebreo significa "junto a mí", evoca la lealtad de un extranjero que eligió acompañar al rey David. Según cuentan las Escrituras, eran tiempos tumultuosos, de traiciones y jugarretas, que incluso venían de su propio hijo, Absalón. Pero Itai fue un guerrero que, sin tener por qué, eligió acompañar al rey en el peor momento.
Un destino ya marcado en el nombre: Itai, una lealtad inquebrantable más allá de cualquier personalismo. Esa fuerza atraviesa, como un eco, la vida de Itai Hagman. Hijo de una pareja en su momento perseguidos, obligados a ser extranjeros por la violencia de los militares que los amenazaban con arrebatarles la vida. Su madre había recibido advertencias directas y, poco después de su partida al exilio, un grupo de tareas irrumpió en la casa de sus abuelos maternos buscando información. "Revisaron todo y se fueron. Nunca vamos a saber qué habría pasado si ella hubiera estado ahí", reflexiona Hagman en conversación con el diario El Economista.
Itai Hagman, desde la cuna, tuvo que aprender a convivir con los efectos más terribles de una dictadura. Aunque esa experiencia fue capitalizada, como la huella de su nombre, en la capacidad de poder torcer las cartas marcadas.
Ese exilio tiene una fecha precisa: 1976. Cuando la dictadura se instalaba con violencia en la Argentina, sus padres tenían apenas veinte años. "Mis viejos se exiliaron muy jóvenes", recuerda él. Su madre, estudiante de psicología, militaba en espacios políticos de izquierda; su padre estudiaba música. En la decisión del exilio también intervino algo del destino, eligieron Israel porque "era más fácil emigrar hacia allá".
En Jerusalén nació su hermano mayor en 1979 y, pocos años más tarde, en febrero de 1983, cuando faltaba poco para el retorno democrático en Argentina, nació Itai. El regreso se produjo meses después de su nacimiento: en agosto de ese mismo año estaban otra vez en Buenos Aires. Por trabajos y estudios de sus padres, que lograron recibirse, en la infancia de Hagman, los viajes y los traslados siguieron marcando su vida. La familia también residió un tiempo en Italia, en San Antonio de Padua. "Hice el jardín en Italia, primer grado en Israel y de segundo grado en adelante en Buenos Aires", comparte.
Ya instalado definitivamente en Buenos Aires, pasó por la escuela pública, e hizo el colegio secundario en el Comercial 19, en Caballito. En la adolescencia, jugó en las inferiores de All Boys hasta que una lesión lo apartó del fútbol. Terminó el colegio en 2001, año bisagra en el país y en su vida: "Junto a un grupo de amigos, incluido mi hermano, empezamos a hacer trabajo social en Ciudad Oculta [la villa ubicada en el barrio de Lugano]. Apoyo escolar, alfabetización de adultos, una parroquia, un comedor". Todavía no había partido político, sino urgencia social.
Lo que siempre marcó la vida de Hagman: el trabajo. Fue vendedor ambulante de relojes en Retiro, atendió kioscos y también una juguetería, y en las estaciones de servicio se encargaba del café; fue además, telemarketer. Y después, docente. "Algo bastante típico de mi generación: trabajar en lo que fuera", resume.
—¿Y la política? ¿Cuándo llegó la militancia más organizada?
—En 2004 entré en la facultad de Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Al año siguiente, armamos una agrupación estudiantil independiente, La Mella. La política institucional llegó años después.
—¿Y por qué estudiaste Economía?
—Sentí que era la disciplina que más me iba a permitir entender los problemas de la sociedad —detalla en diálogo con El Economista.
En 2010, tras años de participar activamente en la política universitaria en La Mella, fue elegido presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA). No fue sólo un cargo: fue la confirmación de que podía disputar espacios que parecían reservados a las corrientes más tradicionales.
Con la convicción a flor de piel, se graduó en la UBA. Con el tiempo, se especializó en Historia Económica Argentina y hoy enseña esa materia en la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV).
El vínculo con el dirigente político Juan Grabois apareció a través del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), entre 2008 y 2009. "Con La Mella conocimos al MTE, que organizaba cartoneros y otros sectores de la economía popular. Fue un vínculo de colaboración". En 2014, junto a otros militantes, fundó Patria Grande, el partido que luego sumaría a Grabois y también a la referente juvenil Ofelia Fernández. "Al principio, Juan no participaba en política electoral. Eso recién pasó en 2017. Y en 2019 fuimos parte del Frente de Todos". Ese mismo año, Hagman fue elegido diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires, un cargo que renovó en 2023.
En su recorrido parlamentario, promovió entre otros proyectos el Salario Básico Universal y la ampliación de licencias parentales. También, denunció recientemente el caso de la criptomoneda Libra, el "Criptogate" que lo llevó a enfrentar judicialmente al presidente Milei.
Hoy Hagman tiene 42 años, y formó su propia familia con su mujer y sus dos hijos. Viven en Parque Chacabuco. Horizontal, ávido de debate, inmerso en la época que quiere transformar, es capaz de brindar un argumento político sólido mientras también lleva a sus hijos al colegio. Su biografía personal convive con la construcción política que lo llevó a armar espacios, fundar partidos y disputar elecciones. Es parte de una generación que nació con la democracia, aunque creció bajo el signo de la crisis. En el presente, encabeza la lista de diputados de la Ciudad para las elecciones nacionales del 26 de octubre del principal frente opositor: "Fuerza Patria".

—¿Se puede construir un diálogo real entre un gobierno con vocación distributiva y los sectores empresariales?
—En general, todos los gobiernos populares siempre tuvieron vocación de incluir dentro de sus proyectos también al sector empresario. Además, hay muchos mitos construidos alrededor de esto. Porque si se mira qué pasó con la inversión durante el gobierno de Cristina, por ejemplo, no es cierto que no haya existido inversión privada. Incluso en términos de evolución de la inversión —hasta la inversión extranjera directa—, hay números que resultan más favorables que los registrados en gobiernos supuestamente pro-mercado como los de Macri o el de Milei.
Hay un gran mito alrededor de que los gobiernos populares ahuyentan las inversiones. Lo que sí ocurre es que, muchas veces, los gobiernos populares no hacen todo lo que quieren los sectores del poder económico, los sectores empresarios o quienes funcionan como sus representantes. Eso genera tensiones lógicas, propias de los intereses que atraviesan la sociedad argentina.
Pero un sector privado pujante, que invierta y gane dinero, es perfectamente compatible con una política de justicia social.
—Lula, por ejemplo, tiene una buena relación con empresarios como Marcos Galperín. ¿Imaginás que desde Fuerza Patria podrían dialogar con ese tipo de figuras del empresariado argentino?
—Mercado Libre en Argentina posiblemente no existiría si no se hubiera sancionado la Ley de Promoción de la Industria del Software durante el gobierno de Néstor Kirchner. Mercado Libre le debe mucho al Estado argentino, incluso a los gobiernos que critica ideológicamente.
Cuando se quiere discutir si Mercado Libre está mal encuadrada en un régimen de incentivos fiscales, automáticamente la persona que lo plantea pasa a ser catalogada como antiempresa o antimercado. Y, en realidad, nosotros no tenemos nada en contra de Mercado Libre: es una empresa argentina, innova, le va muy bien.
Lo que me preocupa es que una crítica a una práctica empresarial puntual sea tomada automáticamente como una postura antiempresa.
Además, hay que distinguir entre la actividad política de Galperín y su empresa. Que él use sus redes sociales para discutir de política es su decisión personal; eso es Galperín, no Mercado Libre. Mi problema ideológico con Marcos Galperín es con él, no con su empresa.
—¿Y por qué Galperín tiene una buena relación con Lula?
—Habla más de una contradicción de Galperín que de nuestro espacio. Él mismo suele llamar comunista a todo lo que no sea libertario. Lula entraría en esa categoría. Milei es un militante antilulista y probolsonarista. Entonces, que después Galperín haga negocios en Brasil y se saque una foto con Lula habla más de sus contradicciones que de las nuestras.
—Grabois suele señalar que ciertos sectores de derecha han logrado dividir a los trabajadores. ¿Qué política podría volver a unirlos?
—Éste es un tema muy relevante, porque efectivamente hoy tenemos una clase trabajadora heterogénea.
Hoy ya no hay una única forma de trabajo. El trabajo asalariado clásico no es el único. Muchos sectores excluidos se inventaron su propio trabajo; algunos, organizados en cooperativas; otros, de manera individual.
Y el rol del Estado es brindar herramientas para que las personas y los grupos sociales progresen a través del trabajo y tengan los mismos derechos que cualquier asalariado formal.
La solución frente a esta división en el mundo laboral no es quitarles derechos a quienes ya los tienen, sino dárselos a quienes no los tienen.
—¿Interpretás que entre quienes trabajan en plataformas como Rappi o Uber hay una demanda creciente de más derechos laborales?
—Hay demandas nuevas. Mi experiencia, al hablar con trabajadores de plataformas, es que su principal problema es la incapacidad de dialogar con sus empleadores. Están sometidos a un algoritmo opaco, que toma decisiones arbitrarias y frente al cual no tienen a quién reclamar. Porque no hay oficina ni empleador fácilmente identificable.
Eso genera demandas específicas. No creo que ese esquema pueda migrar rápidamente a una relación laboral tradicional, aunque sí hay reclamos propios que atender.
Los trabajadores de plataformas tienen demandas propias, y la política tiene que hacerse cargo. Sobre todo el peronismo, que siempre buscó representar a esos sectores. Si al hablar de "trabajadores" se refiere sólo al asalariado clásico, se deja afuera a una parte importante de la clase trabajadora.
Si el peronismo no los representa, cada vez vamos a interpelar a un sector más pequeño. Y además porque esos trabajadores son laburantes que tienen que estar representados. Es uno de los grandes desafíos.
—¿De qué modo un sector de la juventud que en el último tiempo expresó desconfianza puede reencontrarse con el peronismo?
—En principio, empezar a hablar de esos temas y ocuparse de ellos. Incluso diría más: toda la cuestión de las nuevas tecnologías es un tema que hay que incorporar. Existe la idea de que se asocia a nuestro espacio con una visión antigua de las cosas, y eso no es así. Soy totalmente proclive al uso de las nuevas tecnologías.
Estoy estudiando, por ejemplo, una tecnología como blockchain, que nació como sustento de las criptomonedas pero puede tener muchos otros usos: mejorar la gestión del Estado, darle trazabilidad a procesos para combatir la corrupción y ayudar a evitar la evasión impositiva.
Toda la economía del conocimiento y la capacidad de recursos humanos que tiene nuestro país en el desarrollo de software debe ser considerada estratégica. No creo para nada que esos temas sean patrimonio exclusivo de la derecha o del liberalismo. Tienen que ser parte de nuestra agenda.
—Distintas encuestas muestran una adhesión juvenil a Milei. ¿Cómo lo evaluás?
—El apoyo de un sector de la juventud a La Libertad Avanza fue absolutamente real, pero hay que ver cuán duradero es. Hay que evaluar cuánto fue una circunstancia histórica que pasará, como tantas otras, y cuánto es un apoyo más profundo. Muchos jóvenes que apoyaron a Milei en 2023, que lo votaron para presidente, quizá hoy no estén tan contentos. Esperaban que dolarizara la economía y cerrara el Banco Central, e hizo lo contrario.
Siguen cobrando en pesos, probablemente con el salario real más bajo de los últimos veinte años en Argentina. También algunos jóvenes lo votaron porque creían que venía a terminar con los "curros" de la política, pero lo que se observa estas semanas son niveles de corrupción permanentes y escándalo tras escándalo. Hay que ver cuánto se sostiene ese entusiasmo juvenil con Milei, que prometía terminar con la casta y dolarizar.
Más allá de eso, el peronismo tiene que pensar cómo volver a enamorar a los sectores juveniles que históricamente fueron parte fundamental de nuestra base electoral. Para eso es importante recuperar el espíritu de transformación. Argentina necesita grandes transformaciones, y muchas veces se descansa en una posición de defensa del statu quo, como si fuéramos una fuerza que conserva en lugar de transformar. Eso es un error: somos una fuerza que quiere transformar, no conservar.
Tampoco basta con hablar solo del trabajo asalariado clásico. Hay que incorporar las nuevas formas de trabajo y las nuevas tecnologías. Si no, se deja de representar a una parte importante de la sociedad, cuya vida cotidiana está más atravesada por esas realidades.

—Y entre esas transformaciones, ¿cuál es la central para Fuerza Patria?
—El sistema educativo es un tema fundamental. Hay que repensarlo por completo: su funcionamiento, la forma en que se involucra la comunidad, las currículas, los contenidos. Y, por supuesto, eso debe ir acompañado de una inversión estratégica, porque es imposible mejorar si los docentes ganan poco y las escuelas se desmoronan. Aunque tampoco alcanza solo con plata.
No se trata únicamente de salarios e infraestructura. Muchos países han encarado transformaciones profundas. El caso emblemático es Noruega, pero también hay ejemplos latinoamericanos. La idea es construir un fondo soberano asociado a algún recurso natural. En Argentina lo más lógico sería hacerlo con el sector hidrocarburífero, que las ganancias de ese sector alimenten un fondo soberano con destino exclusivo a la inversión en educación.
—Actualmente se observa a espacios de centro no peronistas separados. De cara a 2027, ¿podrían sentarse a conversar con esos espacios para conformar una alianza que impida la reelección de Jorge Macri o el avance de un candidato de LLA en CABA?
—Nosotros siempre fuimos un espacio frentista, abierto a acuerdos. Aunque esos entendimientos no tienen que ser una mera sumatoria de dirigentes, sino construirse alrededor de un programa. En la Ciudad y a nivel nacional estamos trabajando en una síntesis programática, en un horizonte hacia dónde queremos caminar. Luego, todos los que coincidan con esas ideas centrales serán bienvenidos para construir en conjunto. El método de construcción de la unidad es primero la política, el horizonte, la unidad programática; después se discuten los nombres y los sellos. Lo contrario fue lo que nos llevó al fracaso en la experiencia del Frente de Todos: juntarnos todos contra alguien sin acordar qué queríamos hacer.
—Desde 2003, ninguna fuerza por fuera del PRO ganó en la Ciudad una elección ejecutiva. ¿Es posible hacer algo diferente?
—Actualmente hay un cambio de situación, porque han sido casi veinte años de gestión del PRO en la Ciudad. Y todo indica que esa experiencia llegó a un final de ciclo. El PRO está en un momento de crisis y su hegemonía en la Ciudad de Buenos Aires terminó. Esa hegemonía, que duró tantos años, fue uno de los factores que impidió que nuestro espacio pudiera ser visto como alternativa. Durante todo este tiempo fuimos la oposición en la Ciudad, pero nunca habíamos aparecido como opción de gobierno.
Empieza a cambiar el escenario. En mayo, cuando Leandro Santoro fue candidato de un nuevo espacio, Ahora Buenos Aires, dimos un primer paso en esa dirección: construir una propuesta centrada en la Ciudad. Muchas veces nos concebimos como una especie de sucursal de un proyecto nacional. Y si bien no renunciamos a esa vocación nacional —porque queremos transformar la Argentina— tenemos que hacer el esfuerzo de elaborar una propuesta desde y para la Ciudad. Lo que empezamos a hacer con Leandro va en esa dirección: mantener un posicionamiento nacional, pero con una propuesta pensada por y para la Ciudad de Buenos Aires.
Si se logra ese objetivo, en 2027 habrá una chance real de disputar la Ciudad. No está claro contra quién será, si con el PRO o con La Libertad Avanza, aunque existirá la oportunidad concreta de dar la pelea.

—Investigadores como Mariana Gené, Gabriel Kessler y Gabriel Vommaro muestran que las adhesiones a Milei no son monolíticas: muchos votantes coinciden con su modelo económico, pero no necesariamente con su agenda cultural. ¿Reconocés esa distinción?
—Milei refleja valores muy minoritarios en la sociedad argentina. Muchos de sus votantes apoyaron a Alberto Fernández en 2019 o incluso a Cristina Fernández en 2011. Se trata de personas a las que no les gusta lo que está ocurriendo, aunque todavía mantienen la expectativa de que la economía va a mejorar.
No hay que resignarse: es necesario salir al encuentro de quienes votaron a Milei o aún depositan expectativas en él, porque muchos de esos votantes comparten los mismos anhelos que tiene Fuerza Patria.
—¿Se puede construir un programa con justicia social y baja inflación?
—Sí, claro, hay muchos ejemplos en el mundo. Fuerza Patria tiene que hacerse cargo de la cuestión de la inflación, porque en el último gobierno no se le prestó la suficiente atención y eso marca un compromiso que debe asumirse hacia adelante. Nuestra política económica tiene que hacer compatible la estabilidad macroeconómica con la justicia social.
—¿Cuáles son tus expectativas de los resultados de Fuerza Patria para este fin de semana en las elecciones bonaerenses?
—No hay información concreta, aunque sí expectativas de que las cosas vayan bien.
La opinión sobre Axel y sobre la gestión de la provincia de Buenos Aires es positiva, en especial por la forma en que logró evitar que la política de la motosierra de Milei impactara de lleno en la provincia. El gobierno provincial hizo un esfuerzo importante para tratar de ganarle la pulseada a esa motosierra. Por eso, la expectativa es muy favorable respecto de lo que pueda suceder y de cómo eso también puede contribuir a que las elecciones legislativas de octubre arrojen un buen resultado.
Por supuesto que una elección legislativa no define los destinos de un país, aunque sí representa un paso importante. Si Fuerza Patria logra ampliar su representación en el Congreso, el daño que Milei pueda provocar en los dos años que restan de su gobierno será menor. Votar a Fuerza Patria significa votar al único espacio con capacidad real de ponerle un freno, de modo que la destrucción que Milei está llevando adelante en la Argentina no avance con tanta facilidad.
—Distintas encuestas muestran que en las últimas dos semanas la imagen del gobierno se deteriora. ¿El peronismo puede capitalizar ese desencanto con Milei?
—El peronismo es el único espacio que ha logrado sobrevivir a las sucesivas crisis que atravesó el sistema político argentino. Eso no implica que no tenga sus discusiones internas y tensiones, aunque si se observa la actualidad, la única opción con posibilidades reales de ser alternativa al gobierno de Milei es la que expresa el peronismo en sus formas más amplias, hoy nucleadas en Fuerza Patria.
Si se analiza lo ocurrido con Juntos por el Cambio, se trataba de la coalición que se enfrentaba al kirchnerismo, llegó al gobierno con Macri y hoy está disuelta y muy dividida. En cambio, el peronismo logró sostenerse con un bloque de 98 diputados en la Cámara de Diputados y más de 30 senadores.
Aunque no se trata de un proceso automático. El fracaso de Milei no significa que la gente vaya directo a votar al peronismo. Se necesita mostrar una propuesta alternativa y asumir que la experiencia de gobierno anterior a Milei —la del Frente de Todos, con Alberto Fernández— fue un fracaso, que se hicieron mal las cosas. Hay que ser claros: esa experiencia no se va a repetir, y existen propuestas concretas para resolver los grandes problemas de la economía argentina. El peronismo será la alternativa a Milei en la medida en que encare un proceso de construcción de un programa de gobierno sólido y creíble.
