Hace poco tiempo atrás, a propósito de una salida educativa al Museo de Bellas Artes, me recomendaron un libro de Tom Wolfe (1), un periodista y crítico de arte estadounidense, quien publicó un corto, lúcido y, podríamos agregar, polémico ensayo centrado en los vínculos entre el arte moderno, la crítica experta y los coleccionistas de cuadros. No obstante, lo que más me llamó la atención fue la interpretación que hace el autor sobre el rol del observador de arte.
Aquel transeúnte que, como cualquiera de nosotros, recorre el museo sin más calificaciones que los conocimientos propios. En particular, Wolfe platea que el observador del realismo ilustrado —una corriente artística heredera del siglo XIX— era libre de emprender su propio viaje imaginativo a través de la multiplicidad de capas de pintura, la clara delimitación de los paisajes y la tridimensionalidad de las figuras creadas por los artistas.
En cambio, con el surgimiento del expresionismo abstracto de mediados de siglo XX y la teoría interpretativa desarrollada por los críticos de arte, el observador debió ajustar su mirada a los marcos conceptuales de los especialistas. Solo así podría comprender "correctamente" las densas pinceladas de esa vanguardia que transmitía estados psicológicos y emocionales propios de la atmósfera de posguerra y la división ideológica del mundo.
Finalmente, durante las últimas décadas del siglo XX, la emergencia del arte pop echó por tierra la "abrumadora teorización" de la que precisaba el observador de arte abstracto. De esta manera, lejos del viaje propuesto por el realismo literario y sin la inquietante carga emocional que implicaba el expresionismo de posguerra, el transeúnte del museo fue expuesto a una representación mucho más familiar, un "objeto de consumo". En efecto, según Leo Steinberg, uno de los principales expertos de arte moderno, el pop se constituyó en un "producto increíble" porque lograba transmitir una sensación liviana y divertida(2).
Tanto por la deliberada ausencia de profundidad visual, teórica e histórica como por la exaltación de objetos de consumo masivo fácilmente reconocibles (historietas, botellas de gaseosa, electrodomésticos, íconos del cine) que tornaban la obra más accesible y reproducible. Así, según Tom Wolfe, el público de arte moderno mutó desde un observador libre y minucioso, a un espectador enfrentado a un hecho consumado: una obra de arte cerrada sin demasiado lugar para emprender aquel viaje interpretativo que implicó la primera mitad del siglo XX. Lisa y llanamente "latas de tomate"(3).
Tras este sugerente punto final, lo primero que se me vino a la mente fueron las características de la comunicación política actual y la sensación colectiva, cada vez más extendida, de que la democracia contemporánea también constituye una experiencia cerrada. Sobre todo, porque los ciudadanos perciben que no les brinda posibilidades reales de elegir entre opciones políticas que signifiquen un cambio en su vida ni, consecuentemente, un futuro mejor.
De este modo, la trayectoria de la ciudadanía moderna se asemeja a la del observador de arte contemporáneo: ambos han pasado de ser sujetos activos y comprometidos en la construcción del sentido a convertirse en meros espectadores del presente. Para el caso del ámbito político, ciudadanos-espectadores de una comunicación que silencia la complejidad histórica y estructural de los conflictos sociales a través de un discurso plano, superficial y sin matices. Bajo esta perspectiva, el ciudadano actual también se enfrenta a un hecho consumado: la democracia contemporánea.
Una democracia que, al estar cada vez más desacreditada, obnubila la posibilidad de elegir y la esperanza de mejorar las condiciones de vida. Así, frente al debilitamiento de la ficción de igualdad y libertad democráticas, los ciudadanos quedan expuestos a la cruda realidad: estancamiento económico, desigualades extremas, concentración de las riquezas, redes informales de todo tipo y abismal aceleración tecnológica sin rumbo certero. Todo ello frente a Estados mayormente débiles, gobiernos sin la voluntad política necesaria para darle una dirección constructiva a las rápidas transformaciones y ciudadanos marcados por una fuerte desafección política.
En este marco, los populismos en general y las actuales derechas radicales en particular deben gran parte de su éxito a su capacidad para dar voz a la multiplicidad de frustraciones individuales por medio de discursos emotivos que permiten amalgamar la variedad de desigualdades sociales a través de un núcleo común: las "pasiones tristes" (4) (ira, enojo, frustración).
Así, en ausencia de partidos políticos que calmen los agitados ánimos y transformen el resentimiento en una estrategia colaborativa capaz de incidir en el futuro cercano, la agresividad se convierte en moneda de corriente. De esta manera accede sin mediaciones al espacio público a través del uso intensivo de las redes sociales y las prácticas de una derecha radical cuya visión de futuro se basa en la eliminación de los adversarios identificados como culpables y la exaltación del esfuerzo individual como única vía de superación.
En otras palabras, en la idea de que si no nos va bien no es solo por las injusticias en las que incurre "el otro" (la casta adicta, el periodismo ensobrado, las mafias sindicales y las minorías sexuales que corrompen el orden tradicional) sino también porque usted y yo no nos esforzamos lo suficiente en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, conviene recordar, querido lector, que nadie se salva solo. A estas alturas, retomar las solidaridades mínimas de la convivencia democrática puede significar un paso revolucionario para la construcción de una alternativa política que vaya desde la sociedad hacia el Estado. Después de todo, dicen que de los laberintos se sale por arriba.
(1) Wolfe, Tom. 2020. La palabra pintada, p.86-92. Barcelona: Anagrama. (Gracias Juan Martín Galeano)
(2) Op cit. p.86-92.
(3) En referencia a la conocida serie de pinturas "Latas de sopa Campbell" (1962) de Andy Warhol.
(4) El contenido del párrafo se inspira en la tesis del libro de Dubet, François (2020). La época de las pasiones tristes. De cómo este mundo desigual lleva a la frustración y el resentimiento, y desalienta la lucha por una sociedad mejor. Buenos Aires: Siglo XXI.