En América Latina, las calles y las redes son caja de resonancia de un descontento social generalizado y de un creciente cuestionamiento a la democracia: protestas callejeras y paros contra medidas gubernamentales; manifestaciones a favor o en contra de presidentes, congresos y tribunales; encendidas campañas pro- y antiderechos.
El libro escrito por Gabriel Kessler y Gabriel Vommaro, y edita Siglo XXI, traza algunas coordenadas para caracterizar y distinguir las formas de ese hartazgo social, y potenciar la búsqueda de salidas sin anteojeras analíticas. Así, aporta tres escenarios: la polarización ideológico-afectiva, en la que el adversario se presenta como el responsable de todos los problemas mientras que los propios son quienes pueden resolverlos (como en Brasil, Uruguay y la Argentina); el descontento generalizado, en el que las élites políticas son percibidas como separadas y hasta contrarias a los intereses de las mayorías sociales (como en Colombia, Chile y Perú), y la polarización centrada en la irrupción de un líder, un outsider que propone un futuro promisorio asociado a su figura (como AMLO en México y Bukele en El Salvador).
La variedad de escenarios de conflicto tiene sin embargo un marco común: la crisis de las izquierdas latinoamericanas no termina y las derechas radicales lo están aprovechando con líderes capaces de encarnar el descontento. La pregunta, inquietante, está abierta: ¿se está construyendo un nuevo consenso organizado por la ultraderecha, o atravesamos solo un nuevo capítulo de un tiempo de agitación y frustraciones sin final a la vista?
A continuación un fragmento de la introducción
Coordenadas del debate
De los diferentes escenarios de conflictividad presentes en América Latina, la polarización es el que más atención ha concitado en los estudios académicos y en el debate público.
Sin embargo, no hay unanimidad sobre cómo dicha polarización gravita en la sociedad. El derrumbe de la Unión Soviética llevó a vaticinar el fin de la polarización ideológica, lo cual era comprensible, pues uno de los polos, el comunismo, había entrado en una severa crisis.
Los años noventa se caracterizaron por el auge del neoliberalismo y por un desplazamiento hacia demandas asociadas con valores "posmateriales". Se suponía que el disenso sobre aspectos económico-distributivos era asunto del pasado. El fin de la Historia anunciado por Francis Fukuyama o la Tercera Vía en el laborismo inglés, el "alineamiento" creciente en los valores y las actitudes de votantes demócratas y republicanos en los Estados Unidos parecieron indicar una tendencia compartida en el mundo desarrollado hacia el consenso en esta materia. La ilusión duró poco. Y el fin del sueño vino sobre todo por derecha.
El fortalecimiento de partidos de extrema derecha con discursos xenófobos antiinmigrantes en Europa y la radicalización paulatina de los políticos republicanos en los Estados Unidos mostraron el inicio de una nueva época decreciente polarización en Occidente. La presidencia de Barack Obama catalizó aún más la radicalización de los republicanos y el triunfo de Donald Trump galvanizó una polarización persistente.
El nuevo contexto explica el interés político y académico en los Estados Unidos por la polarización. ¿Cuáles son los ejes de debate que se establecieron? ¿Cómo dialogan con las realidades latinoamericanas?
Los estudios que sostienen la tesis de la "guerra cultural" en los Estados Unidos afirman que la polarización debe entenderse como un proceso iniciado en la década de 1950 con el fin de la hegemonía de la "América normativa" (Hartmann, 2015; Hunter, 1991). A partir de la década de 1960 se inició, siguiendo esta tesis, un período de cuestionamiento radical de todos los fundamentos de esa sociedad de cambios lentos, y adquirió particular intensidad en términos de género, raciales y culturales, más que en términos distributivos.
Ante lo que consideraban una ofensiva de las demandas y las conquistas progresistas, los sectores conservadores organizaron estrategias para recuperar la hegemonía perdida: la "guerra cultural" tomó fuerza desde finales de la década de 1970 con la Revolución Conservadora, que luchaba por el "alma de América" (Marone y otros, 2014).
La controversia en torno a la guerra cultural da pie a otro debate no saldado: ¿la polarización se limita a las élites (sobre todo, a dirigentes y activistas políticos) o alcanza a la sociedad en su conjunto? (Fiorina y Abrams, 2008). Quienes se oponen a la idea de una guerra cultural esgrimen sobre todo encuestas de las últimas décadas que muestran la tendencia a la moderación de la sociedad estadounidense y afirman que, a lo sumo, la polarización se ha producido en las élites (DiMaggio, Evans y Bryson, 1996).
Principalmente, se han identificado dos tipos de procesos que ayudan a entender las dinámicas de polarización en los núcleos más politizados de la sociedad. Uno es el political sorting, esto es, el proceso por el cual se configura una mayor homogeneidad ideológica en cada partido debido a la migración de los demócratas más conservadores (sobre todo del Sur) al Partido Republicano, y de los republicanos más moderados hacia el Partido Demócrata (Mason, 2015).
Otros autores sostienen que la polarización guiada por la política es solo una foto en un proceso que tiende a la convergencia de posiciones en el centro. Así, lo que en un momento dado parece polarización ante ciertos tópicos es en rigor la punta del iceberg de un proceso de secularización de más largo alcance, en el que tenderán a encontrarse progresistas -que "parten" primero en el camino secular- y conservadores -que "llegan" más tarde-.
En esta línea, algunos trabajos muestran que los votantes demócratas avanzaron antes hacia posiciones progresistas y, en esa fase, se alejaron de las posiciones de los votantes republicanos en materia cultural (por ello parece haber polarización), pero al cabo de algunos años fueron acercando sus posiciones en casi todos los temas de esa agenda (aunque no en los distributivos) (Baldassarri y Bearman, 2007).
Ciertamente, el debate sobre polarización en América Latina es más incipiente. Desde el ascenso al poder de los regímenes posneoliberales durante el llamado "giro a la izquierda", a comienzos del siglo XXI, la polarización se ha extendido en distintos países y coyunturas electorales en, al menos, la Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Nicaragua, Venezuela y, más recientemente, en México, El Salvador y Perú.
Aunque es evidente que en cada país los actores, dinámicas, intensidad y consecuencias de la polarización son distintos, varias investigaciones regionales de opinión pública señalan una creciente inquietud por la relación entre polarización y erosión democrática ya sea porque la polarización dificulta el arribo a consensos básicos, o in extremis, porque se podría preferir un régimen no democrático antes que la llegada al poder del grupo político rival (Somer, McCoy y Luke, 2021; Schedler, 2023).
En los últimos años, contamos con trabajos sobre polarización en las élites (Singer, 2016; Béjar, Moraes y López-Cariboni, 2020) y en los votantes (Zechmeister y Corral, 2013), con estudios sobre la polarización en el espacio público digital (Aruguete, Calvo y Ventura, 2021; Waisbord, 2020) y con estudios sobre polarización en la sociedad en relación con coyunturas o temas específicos, como la pandemia de covid-19 (Calvo y Ventura, 2021).
La concentración de los estudios sobre polarización en un caso determinado -los Estados Unidos- genera dificultades para el estudio de estos procesos en contextos diferentes. Los Estados Unidos tienen una realidad única, que los vuelve un caso "provincial" en cierto sentido: el escenario político ha estado dominado por dos identidades políticas bastante estables: republicanos y demócratas. Por el contrario, en América Latina, pero también en buena parte de Europa, los partidos más antiguos entraron en crisis y surgieron nuevos.
Sin embargo, el llamado "giro a la izquierda" que tuvo lugar en América Latina a comienzos del siglo XXI generó condiciones para utilizar ciertos elementos de la caja de herramientas elaborada para entender la polarización en los Estados Unidos. La construcción de coaliciones sociopolíticas de izquierda y de derecha que agregaron demandas de diferente tipo llevó a los votantes a adoptar puntos de vista más o menos progresistas o más o menos conservadores en diferentes agendas.
Por caso, las izquierdas latinoamericanas tradicionalmente desconfiadas de los movimientos feministas y de diversidad sexual incorporaron sus demandas y parte de sus encuadres sobre cuestiones de derechos sexuales y reproductivos, modelos de familia, etc. Esto fue así incluso en el caso del peronismo en la Argentina, un partido históricamente más alejado del progresismo cultural.
La discusión actual sobre polarización y conflicto político en América Latina está centrada en cuatro ejes. El primero, tal como en los Estados Unidos, es si las sociedades están polarizadas o no y, si fuera el caso, en torno a qué asuntos: puede ser con relación al voto, a las opiniones sobre ciertos temas controversiales, etc. También es preciso calibrar si la polarización es persistente o solo coyuntural, por ejemplo, en momentos de segunda vuelta en torno a dos candidatos o por un evento específico, como sucedió con el plebiscito por el Acuerdo de Paz en Colombia, en 2016.
La Argentina, Brasil, Uruguay y Bolivia son ejemplos duraderos de polarización del voto y de las actitudes. Por su parte, El Salvador y, en cierto modo, Chile son casos de polarización debilitada.
En estos países, tras un período duradero de polarización, se produjo algún tipo de reconfiguración -descontento generalizado, como en Ecuador, o emergencia de un líder polarizante, como en El Salvador o lo que Juan Pablo Luna llama "limbo", para el caso de Chile-, por la cual coaliciones débiles en términos de sus anclajes sociales terminaron siendo desafiadas por el descontento generalizado y la emergencia de nuevas formas de activismo que, como sostiene Kathya Araujo en el capítulo 7 de este libro, llevan a cabo un proceso de "politización sin identificación (partidaria)". En definitiva, al enfocarnos en el contexto latinoamericano vemos que la polarización es solo uno de los posibles escenarios de conflictividad.
El segundo eje de debate es si la polarización es eminentemente ideológica o afectiva. La idea de polarización afectiva sugiere que los individuos que forman parte de grupos polarizados tienden a sobrestimar las diferencias ideológicas con los miembros del grupo externo, lo que genera una fuerte animadversión hacia el otro, al tiempo que refuerza la idea de una mayor cercanía y valoración moral positiva del propio grupo (Iyengar y otros, 2019). En coincidencia con lo que se ve en otros contextos (Webster y Abramowitz, 2017; Gidron, Adams y Horne, 2023; Orr, Fowler y Huber, 2023), ambas dimensiones se combinan en la práctica: se valora negativamente a los miembros de un grupo al que se ve como opuesto en términos de posicionamientos políticos y eso puede suscitar/reforzar emociones negativas respecto de ese grupo.
Así, la polarización es tanto ideológica, porque los campos opuestos tienen opiniones muy diferentes sobre temas cruciales, como afectiva, porque estos campos tienden a descalificar moralmente al grupo opuesto y, en ciertos casos de votantes de derecha radical, hasta prefieren una salida no democrática a que asuma el candidato que representa a ese "otro".
Asimismo, el factor tiempo cumple un rol clave para ambos componentes: a mayor duración de la polarización, mayor politización en la sociedad, entendida como interés por los asuntos públicos, desarrollo de opiniones fuertes sobre ellos y propensión a algún tipo de involucramiento en formas de participación, pero también mayores niveles de sentimientos negativos hacia el otro.
La tercera pregunta es ¿polarización en torno a qué? Nuestros grupos focales corroboran un acuerdo más o menos extendido en las ciencias sociales de la región: los temas centrales de conflicto son la cuestión distributiva, los tópicos culturales (como derechos de género y LGTBQI+), y la inseguridad. América Latina ha conocido en el siglo XXI un ininterrumpido avance en términos de derechos (Corrales, 2021) y de modernización cultural, que se expresa en el creciente apoyo a la igualdad de género, el matrimonio igualitario y la adopción gay (Kessler, Vommaro y Assusa, 2023). El aborto sigue siendo divisivo y, en muchos países, de apoyo minoritario.
Pero lo cierto es que en algunos países latinoamericanos muy polarizados -como la Argentina o Brasil- en las últimas décadas tuvo lugar un proceso de secularización creciente, es decir, de pérdida de peso de las posiciones conservadoras en materia cultural (De Abreu, Chiu y Desposato, 2023). En todo caso, lo que explica la polarización en estos países no es tanto la estática conservadora, sino la dinámica progresista combinada con lo que llamamos "núcleos de ideas conservadoras resilientes" (Kessler, Vommaro y Assusa, 2023), es decir, posiciones conservadoras persistentes incluso en temas en los que el consenso progresista avanzó de manera evidente.
Por caso, en la Argentina, aunque el divorcio es legal desde 1987, luego de un largo debate legislativo y de movilizaciones sociales a favor y en contra -estas últimas, organizadas por sectores religiosos-, aún en 2017 un 20% de los entrevistados por la WVS lo consideraba "injustificable".
Sin embargo, solo en aquellos países en los que los actores conservadores lograron organizarse a partir de grupos religiosos -tanto católicos como, y cada vez más, evangélicos- y construir coaliciones con otros actores políticos -incluidos los partidos de derecha- los temas culturales se volvieron principios de división política eficientes (Biroli y Caminotti, 2020).
También la seguridad es, desde hace décadas, una agenda divisiva en la región. Se trata de la primera o segunda preocupación en todos los países. Además, desde fines de los años noventa las derechas han utilizado en buena parte de la región el discurso de la "mano dura" para acceder a electorados populares a los que su discurso económico llega con más dificultad (Holland, 2013). En este contexto, no es sorpresivo que exista polarización -en especial en países en los que surgió una coalición de izquierda fuerte que propuso una narrativa alternativa a la mano dura- entre quienes apoyan medidas más punitivas y quienes no.
Por su parte, la cuestión distributiva no sigue una evolución lineal, como vimos con relación al género y la modernización cultural. Los estudios muestran hasta mediados de los años noventa un consenso a favor de privatizaciones de empresas públicas y, más en general, a favor de la disminución del rol del Estado en la vida social. A renglón seguido, cuando comienzan a experimentarse las consecuencias de pobreza y desigualdad de las reformas neoliberales, se forjó un creciente consenso en sentido inverso, a favor de la intervención del Estado.
Ya en los últimos años, este consenso empezó a debilitarse, en parte cuando surgieron opciones de derecha que se enfrentaron a los gobiernos posneoliberales. En particular, la crítica se centró en el efecto negativo de los impuestos y sus criterios de justicia, en el gasto en programas sociales -juzgado como excesivo- y en una visión negativa del empleo público, en especial en países donde el Estado se expandió más, como la Argentina y Brasil.
El cuarto eje de debate tiene que ver con la intensidad de la polarización a izquierda y derecha. Aunque el giro a la izquierda, como señalamos, produjo la politización de las agendas distributiva -tras el ciclo del consenso neoliberal- y cultural -poco alineada con coaliciones partidarias hasta entonces-, fue con la crisis de los gobiernos posneoliberales y el fortalecimiento de fuerzas de derecha que el interés por la polarización y el conflicto ideológico se volvió más relevante en las ciencias sociales y en el espacio público en general.
El triunfo de Bolsonaro en Brasil, en 2018, el ascenso y posterior radicalización de Nayib Bukele en El Salvador, la llegada de José Antonio Kast a la segunda vuelta en Chile en 2022, el triunfo de Mauricio Macri en 2015 y, luego, de Javier Milei en 2023 en la Argentina, y los buenos desempeños de candidatos conservadores en Colombia, Perú, Uruguay, entre otros, dan cuenta de la revitalización de la derecha en la región y de la heterogeneidad de variantes disponibles. También muestran que las opciones radicales se volvieron competitivas y lograron, a través de innovaciones programáticas y estéticas, desafiar consensos culturales y desplazar a las derechas mainstream (Borges, Lloyd y Vommaro, 2024).
Sin duda, el ascenso de esta derecha es parte de un proceso global, aunque con particularidades regionales y nacionales. Su oferta programática tiene en común conservadurismo social y rechazo a los avances de género y derechos LGTBQI+, una agenda de seguridad punitiva, distintos grados de liberalismo económico y, en ciertos países -como en Chile-, una abierta postura contra las reivindicaciones indígenas así como xenofobia, en particular contra los migrantes venezolanos.
La novedad es que han logrado atraer a públicos diversos: tanto a los votantes tradicionales de las derechas más conservadoras (adultos mayores, sectores religiosos, personas de zonas rurales), como a jóvenes, en particular varones, que ven a esta derecha como una opción antiestablishment y antiprogresista, en particular donde hubo gobiernos de izquierda duraderos, pero también de centro.
La radicalidad de estas derechas llevó a algunos autores a hablar de polarización asimétrica, es decir, de una polarización causada por la adopción de posiciones extremas por parte de las derechas. Este debate se originó en los Estados Unidos, donde se advirtió que la radicalización de las derechas tiene efectos nocivos para la gobernabilidad y la convivencia democrática, ya que incentiva o refuerza la animadversión de los militantes republicanos "duros" respecto de los demócratas (Levitsky y Ziblatt, 2018).
¿Sucede algo similar en América Latina? Retrospectivamente, vemos que en esta región hubo primero un giro hacia posiciones más progresistas o de izquierda en cuestiones distributivas y en ciertos países, sobre todo en la Argentina y Brasil, en términos culturales, de los partidos y movimientos nacional-populares y/o de izquierda que llegaron al poder a principios del siglo XXI. Las primeras fuerzas de oposición a tales movimientos, en algunos casos constituidos previamente, como el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) en Brasil y otros más novedosos, como la Propuesta Republicana (PRO) en la Argentina, adoptaron posiciones relativamente moderadas (Vommaro, 2023).
Fue recién hacia 2018 con el triunfo de Bolsonaro, el ascenso de Kast en Chile y de Milei en la Argentina que se produjo una radicalización de una parte de la derecha. Si en el nuevo contexto político es posible hablar de una polarización asimétrica, al mirar esta polarización en términos de proceso advertimos que la derecha radical surgió luego de un movimiento de los gobiernos posneoliberales hacia la izquierda y/o el progresismo, y tras un segundo movimiento de moderación de las derechas mainstream que trataron de plegarse a esos consensos. La radicalización de las ofertas de derecha alternativa desafió a unos y otros.
Como muestra el capítulo 1, de Santiago Anria, Rocío Salas-Lewin y Kenneth Roberts, lo que caracteriza al escenario político contemporáneo no es la desaparición de las posiciones moderadas o centristas, sino que los polos traccionan a ese centro y licúan su poder. Eso ocurrió, en buena parte, en la relación entre la derecha mainstream y la derecha radical.
Este breve recorrido no puede concluir sin una mención a los "sospechosos de siempre": los medios y, en particular, los medios digitales. Aunque no es un tema que abordemos en este libro, una importante cantidad de estudios se preguntan por el efecto del nuevo panorama mediático en la polarización (Persily y Tucker, 2020). El eje de la discusión son los efectos de la cámara de eco o burbujas informativas: el hecho de que cada vez más seguimos y confiamos en medios o personalidades mediáticas que confirman y refuerzan nuestras ideas previas y las emociones asociadas a ellas (Dubois y Blank, 2018).
En este contexto, en el Norte, así como en América Latina, la preocupación por las fake news y las deep fake son crecientes (Calvo y Aruguete, 2020). Los estudios muestran la fuerte inversión de los influencers de derecha radical en estrategias digitales, en especial en momentos en que los medios conservadores mainstream les daban la espalda (Kessler, Vommaro y Paladino, 2022).
Asimismo, se ha establecido una conexión internacional entre estrategas ligados a Trump y la extrema derecha estadounidense con los entornos de Bolsonaro y Milei.
A ello puede sumarse el caso de Bukele, quien ha sido pionero en usar las redes sociales para intentar construir una realidad política según sus coordenadas, tal como lo muestra el capítulo 5, de Amparo Marroquín Parducci y de Carlos Iván Orellana.
Los estudios muestran la diseminación de discursos de odio de la derecha radical, la proliferación de fake news en distintos contextos (Miskolci y De Figueiredo Balieiro, 2023) y han demostrado que cuanto más polarizada está una sociedad o una coyuntura determinada, más apegados están los individuos a noticias, no importa si verdaderas o falsas, que reafirman sus creencias.
Por lo demás, la inteligencia artificial (IA) parece proveer mayor sofisticación y efecto de veracidad a imágenes y noticias falsas, y prima un pesimismo y cierta desorientación sobre cómo hacer frente a estas amenazas, ya que hay dudas sobre la eficacia actual del fact checking y otras estrategias que intentan contrarrestar los efectos de la información falsa. Ciertamente, la esfera pública digital es un espacio central de organización -y desorganización- del conflicto en las sociedades.
En este libro, nos enfocamos en los efectos de esta esfera pública digital, así como de los agentes de representación social y política, en el modo en que las sociedades latinoamericanas organizan su descontento. Para ello, es crucial el concepto de encuadre que desarrollamos en el siguiente punto.